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La zoqueira del siglo XXI

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La ‘zoqueira’ Elena Ferro recibe el Premio Nacional de Artesanía

El Ministerio de Industria destaca que la artesana gallega ha logrado resignificar los tradicionales zuecos campesinos como complemento de moda

La ‘zoqueira’ Elena Ferro recibe el Premio Nacional de Artesanía

La zoqueira gallega Elena Ferro ha resultado ganadora del Premio Nacional de Artesanía 2019 al conjunto de una obra consolidada, por haber conseguido «resignificar» un producto tan tradicional como los zuecos de madera, reinventando su uso como complemento de moda a través de la innovación. Ferro, miembro de una familia dedicada al oficio durante varias generaciones, fabrica vistosos modelos en su taller de la aldea de Merza, en el municipio de Vila de Cruces (Pontevedra), y los comercializa por Internet y también en su tienda de A Coruña.

La ceremonia de entrega de los premios ha tenido lugar este miércoles en la sede del Ministerio de Industria, en Madrid, y ha estado presidida por la ministra en funciones, Reyes Maroto, acompañada del secretario general de la Industria, Raúl Blanco, y de la directora general de la Fundación EOI, Nieves Olivera.

La importancia de la artesanía, ha destacado el ministerio en una nota de prensa, «no radica solo en su valor cultural y artístico», sino que supone también un sector consolidado en la economía española, en la que representa en torno al 2,4% del PIB industrial y un 0,4% del PIB total. «Estos premios trasmiten la realidad de un sector en continua evolución y permiten dar a conocer ejemplos claros de calidad e innovación, de la incorporación de nuevos diseños y de la mejora de las técnicas para satisfacer a un consumidor cada vez más exigente», ha subrayado la ministra.

De entre las 90 candidaturas presentadas este año, los galardones han reconocido a otra artesana gallega, la ceramista Paula Ojea, que ha recibido el Premio Producto por su colección Cut&Fold, una serie de piezas utilitarias en gres, arcilla refractaria y esmaltes que evocan el papel doblado y cortado con formas geométricas.

Galicia exporta sus zocos

El oficio del zoqueiro revive en la comunidad gallega, que ya vende producción al extranjero

Galicia exporta sus zocos

Los productores de zocos y zocas en Galicia entraron desde los años 70 en un declive que alcanzó la etiqueta de «en peligro de extinción» a principios del siglo XXI. Obcecados en continuar con un oficio ancestral, en los últimos años, varios nombres han conseguido evitar el estertor final a una actividad que debe mucho a los grupos de música tradicional. La vieja escuela de zoqueiros como Carlos Barros de Mondariz lucha por dar valor a un calzado que nuevos autores han conseguido enfundar en pies de una joven y cada vez más extensa generación de gallegos pero también de extranjeros.

«No sólo vendemos a gallegos emigrados sino a gente autóctona de países como Suiza, Gran Bretaña o Estados Unidos», explica la zoqueira de Merza (Vila de Cruces) Elena Ferro que ha causado una revolución en el sector al dar color y diseños estampados con un aire moderno a los zocos.

Para hacerse una idea de la pujanza de algunos creadores gallegos en el extranjero, otro apunte. Días atrás se conocía que el Museo de los Zuecos de Holanda, el Klompen Museum, proponía al lucense Alberto Geada acudir a la competición internacional de septiembre en la que se elegirán los mejores pares de zocas del mundo. «Va a ir gente de 60 países. Puede ser una oportunidad para empresas de aquí y para nuestra cultura», explicaba Geada quien busca sponsors para no perderse la cita. «Es algo novedoso que un zoqueiro busque patrocinador. Además del concurso de Holanda que espera recibir unas 70.000 personas esos días, por lo que será un espacio de promoción mundial; creo que también se podría hacer una gira por Latinoamérica para enseñar este trabajo», detalla el artista zoqueiro, quien ha vendido producto a través de internet a compradores de más de 25 países tras aprender el oficio de su padre, Secundino Geada Funcasta.

Zoco y zoca

Quizás llegados a este punto, para los profanos, haga falta puntualizar que un zoco no es lo mismo que una zoca. En castellano, zueco designa tanto al «zapato de madera de una pieza» como el «de cuero con suela de corcho o de madera». No obstante, en Galicia -según la Real Academia Galega- zoca es el calzado enteramente de madera con tacos (dos si es propiamente gallego; tres si es asturiano); mientras que el zoco es aquel que tiene suela de madera pero el resto del cuerpo es de cuero.

Esta última modalidad es la que está revolucionando Elena Ferro, de O Deza, al introducir innovaciones como el teñir el cuero de diferentes colores o incluso asemejarlo a la piel de la cebra y cambiar los cordones por lazos de pseudo raso más coquetos. En 2010, Ferro ganó el concurso de artesanía Antón Fraguas de la Deputación de A Coruña con unos zuecos rojos con lunares al estilo de mariquitas. El siguiente paso fueron los zocos-cebra, con piel de vaca pintada como el animal africano, para seguir variantes de múltiples colores.

50 años del mercado central de Castellón, (1949

Información del libro 50 años del mercado central de Castellón, (1949-1999): de las antiguas ferias y zocos medievales a los mercados del siglo XXI

50 años del mercado central de Castellón, (1949

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La zoqueira del siglo XXI

La artesana pontevedresa Elena Ferro rescata desde su centenario taller familiar los zuecos, un calzado condenado a desaparecer, y lo convierte en un exitoso complemento de moda. En 2019 recibió el Premio Nacional de Artesanía y sus piezas taconean por medio mundo

La zoqueira del siglo XXI

El taller de la familia Ferro festeja su centenario el día 19 con espectáculos de Viravolta Títeres o Sés y la recogida de calzado

Elena, la menor de cinco hermanos, nació en 1975 en la misma casa familiar de Merza (Vila de Cruces), y sus sentidos se estrenarían, ya en la cuna, con la visión de los zuecos, el olor del cuero y la madera y el sonido constante de las herramientas.

Y la pequeña Elena era feliz en ese espacio creativo donde pronto destacó por su asombrosa habilidad en todos los trabajos manuales: dibujaba, tallaba figuras de madera y soñaba con piezas imposibles.

Elena Ferro se hizo cargo del taller familiar en 1999 y, con su tesón e imaginación desbordante, ha sido capaz de dotar de una nueva vida a este calzado tradicional, que estaba condenado a desaparecer, y convertirlo en exitoso complemento de moda.

Premio Nacional de Artesanía en 2019, sus originales diseños llaman la atención en todo el mundo y sorprenden con las continuas innovaciones que se cuecen en la tienda-taller de la parroquia pontevedresa y viajan a todo el mundo gracias a la visibilidad ilimitada que les aportan las redes sociales y la venta online.

Elena Ferro, Premio Nacional de Artesanía 2019

Junto a ella, en estos momentos trabajan sus hermanas Teresa y Chicha, además de tres personas de la zona. Y sus padres, ya muy entrados en los 80, siguen paseando por el taller observando orgullosos cómo sus hijas mantienen aquello por lo que ellos tanto lucharon.

Las hermanas de Elena Ferro y sus padres en el taller de Merza Bernabé/Gutier

La artesana asegura que nunca se sintió obligada a mantener la tradición familiar. Más bien lo vivió de una manera muy natural cuando terminó el bachillerato.

Sin embargo, a finales de los 70, con la mecanización del trabajo en el campo y el abandono del rural de muchas familias, los zuecos tenían cada vez menor demanda y el taller parecía condenado a desaparecer. Los Ferro, haciendo gala de su apellido, no se iban a dejar fundir tan fácilmente y, aunque sin abandonar del todo la fabricación del calzado, lograron mantener siempre abierto el negocio ampliando sus productos a la marroquinería, el trabajo de cuero, bolsos, carteras, cinturones, etc…

A mediados de los 90, Elena se empeñó en retomar la fabricación de los zuecos, pero quería adaptarlos a los tiempos actuales. “En aquel momento la gente sentía rechazo hacia este calzado porque era sinónimo de pobreza, pero yo estaba convencida de que si habían protegido a tanta gente del frío y de la humedad no podían ser malos”, destaca. Los primeros cambios, admite, no tuvieron éxito, pero la artesana había comenzado una revolución que, a base de arriesgar e insistir, pronto vería sus frutos. Elena consiguió rescatar los zuecos del fango y elevarlos hasta la pasarela. Diseños fantásticos que conservan la esencia del calzado tradicional y que vuelven a entusiasmar a la gente.

El taller Eferro fabrica actualmente unos 4.000 pares de zuecos al año. Taconean sobre todo en Galicia, pero también en el País Vasco, Barcelona, Alemania, Estados Unidos y Nueva Zelanda. Hasta la NASA se enamoró de un modelo de zueco-cohete de brillantes colores que compró a la pontevedresa y ahora lucen en la sede madrileña de la agencia espacial.

Las redes sociales han sido una herramienta más en el taller de la diseñadora, un trampolín que les ha dado una visibilidad inimaginable para un pequeño negocio en el corazón de la Galicia rural. Fue en 2010 cuando Elena comenzó a elaborar cuidadosos montajes en Facebook para presentar sus nuevos diseños. “Me divertía sacando los zuecos de contexto y usando un poco de retranca”, comenta. La gente empezó a compartirlo y sus seguidores a crecer hasta superar los 100.000 que tiene ahora. La familia entera ha arropado los cambios realizados por Elena.

En la mesa de la casa de Merza la familia se reúne a diario: padres, tía, primo, hermanas… “Hablamos de todo y la relación es buena. Hemos conseguido que, aunque a veces discutamos, el ambiente sea bueno y eso es esencial para mí, para poder crear; con un mal ambiente de trabajo me sería imposible”, advierte.

Elena asegura con orgullo que “antes que zoqueira fui feiranta; aprendí primero a vender los zuecos que a hacerlos y eso es todo un honor porque gracias a las ferias el taller pudo sobrevivir”, dice. En el último año, la pandemia del COVID restringió al máximo estos mercados populares pero la diseñadora espera que pronto puedan volver a celebrarse. “En esta etapa la venta online fue nuestra salvación”, advierte.

Elena Ferro de pequeña en el puesto de zocas en la feria

Zuecos con piel de tipo leopardo o de vaca, zuecos para niños, tipo sandalia, con tacón, con cordones, lazos y hebillas. Pero también sets de fundas de cuchillos, cajas de picnic, colaboraciones con diseñadores… Elena no para de innovar. “Todos los días aprendemos algo; si en algún momento crees que ya sabes todo, mal asunto”, opina. Escuchar a sus clientes es, dice, su principal baza. “Hay que estar atentos a lo que la gente necesita. Por ejemplo, comenzamos a fabricar zuecos para veganos, sin cuero ni piel, y también calzados más flexibles que, aunque siguen siendo de madera tienen un corte con una goma que aporta mayor comodidad”.

La artesana también se involucra en los temas de actualidad y tan pronto lanza unos zuecos inspirados en las Letras Galegas como otros reivindicativos por el conflicto palestino. “A veces te encuentras con gente que te dice aquello de ‘zapatero a tus zapatos’, pero a mí me gusta posicionarme”, justifica.

La pontevedresa también es reivindicativa en su vida personal y no ha dudado en ser voz del colectivo LGTBI para reivindicar sus derechos y ayudar a la normalización e igualdad en temas de género. “Aún hoy en día hay mucha gente mayor y también jóvenes que se ocultan y lo pasan muy mal; es terrible que las personas sufran por amar a otras de su mismo género”, lamenta, al tiempo que relata la normalidad con la que su familia siempre la aceptó a ella.

En artesanía, Elena advierte que también las mujeres tienen mucho que pelear para trabajar en igualdad de condiciones que los hombres. “Nos hemos criado en una cultura machista y todavía nos cuesta empoderarnos. Para mí misma fue complicado asumir que yo era la encargada del taller y hacerme respetar; tuve que enfadarme muchas veces a la hora de comprar materiales o vender en ferias. Hemos avanzado bastante, pero hay que seguir luchando para no correr el riesgo de volver para atrás”, considera.

Y es que, aunque siempre hubo zoqueiras, la mayoría trabajaba en la sombra, como ocurría en la pintura del Renacimiento. En Vila de Cruces siempre se hablaba del ‘zoqueiro de Merza’, aunque la tía y la madre de Elena eran tan importantes en la fabricación de los zuecos como su padre. Elena logró hacerse un nombre propio y ella ya es, sin duda, la zoqueira de Merza.

La italiana Sofonisba Anguissola (1530 – 1626) fue la primera pintora del Renacimiento a la que se le reconoció su faceta artística.

Sofonisba Anguissola, Autorretrato, 1556, Museo Lancut, Polonia

Aunque sus padres no tenían vinculación con el arte, animaron a sus siete hijos -seis mujeres- a cultivar sus talentos. Sofonisba pronto destacó en la pintura y su padre la envió al taller de Bernadino Campi, con quien perfeccionó el retrato, género en el que pronto superó a su maestro y fue una gran innovadora.

Su condición de mujer le dificultó seguir desarrollándose, ya que disciplinas como anatomía o el dibujo al natural estaban vedados a las mujeres.

El Duque de Alba recomendó a Sofonisba al rey Felipe II de España y con solo 27 años se convirtió en la retratista real y dama de honor de la reina Isabel de Valois. Permaneció en la corte unos 20 años hasta la muerte de la reina y se casó de forma tardía en dos ocasiones.

Un zoco artesanal para la València del siglo XXI

Las “covetes de Sant Joan” son un conjunto de 19 locales comerciales, de apenas 10 metros cuadrados de superficie y techos abovedados construidos en 1700 y adosados a la fachada barroca de los Santos Juanes. Estas tiendas-cueva, en las que se vendía cerámica, antigüedades y chatarra y otros objetos, han estado cerradas  y sin uso durante años hasta que la asociación Recuperem les covetes”, apoyada por el Ayuntamiento de València, ha puesto en marcha una iniciativa para recuperarlas y volver a ponerlas en uso como mercado tradicional de artesanía. Una actuación que se dio a conocer en 2019 y que ahora coge impulso al hilo de las obras de reurbanización y peatonalización de las plazas de Brujas y el Mercat, que arrancarán en mayo.

Un zoco artesanal para la València del siglo XXI

Las covetes eran una fuente complementaria de ingresos para la Iglesia de los Santos Juanes (anteriormente Sant Joan del Mercat) y tras la desamortización pasaron a manos de propietarios privados. La iglesia conserva una de las cuevas, aunque la mayoría son ya propiedad privada. Estos locales comerciales únicos estuvieron en uso hasta finales de los años 80.

Imagen histórica de los locales comerciales ubicados en el subsuelo de la iglesia

Pese a estar declaradas Bien de Interés Cultural, como la propia iglesia, su deterioro avanza, pese a los esfuerzos de algunos propietarios por mantenerlas en condiciones. «Recuperem les Covetes» ha fichado al arquitecto Carlos Campos para redactar el proyecto técnico de intervención para las “covetes”, el primer paso para su recuperación y vuelta a la vida. 

“Les covetes” fueron construidas entre 1700 y 1702 por el escultor valenciano Leonardo Julio Capuz. Además de esta construcciones tan singulares, Capuz es el responsables de introducir la columna salomónica en la Comunitat Valenciana. Al igual que sucede en otras ciudades, este tipo de construcciones abovedadas y semienterradas aprovecharon la tribuna adosada a la iglesia, que desde un primer momento las utilizó con fines comerciales para rentabilizaras y procurar pingües beneficios a la parroquia. Principalmente funcionaron como chatarrerías y tiendas de viejo, pero también albergaron transacciones comerciales y artísticas.

Visita a los orígenes de les covetes de Sant Joan de València Arturo Iranzo

La singularidad de los Santos Juanes no escapa a nadie y son pocos los turistas que pasean por el entorno de la Lonja que no se paran ante esta pintoresca fachada barroca interesados por los misterios de sus «covetes» . Para muchos expertos, estas cuevas son como fósiles vivientes de los antiguos establecimientos comerciales de las casas que se abrían a la calle en la antigua Roma. El caso de València no es único y la tradición de estos establecimiento bebe de la esencia comercial de los antiguos zocos árabes. De hecho, los mismo expertos apuntan a las similitudes que les ‘covetes’ con las tiendas-taller de zocos como, por ejemplo, el de Marrakech.

Un ejemplo más cercano de templo religioso con galería comercial estaría en el convento de San Felipe el Rea, un antiguo cenobio madrileño, ya desaparecido, ubicado junto a la Puerta del Sol. Para salvar el desnivel del suelo, el cenobio fue edificado sobre un gran pedestal, bautizado como Gradas de San Felipe, debajo del cual se situaban una serie de locales o «covachuelas» que servían de mercadillos. Este sería el caso más similar al de los bajos de los Santos Juanes, construidos en la portada de los Santos Juanes recayente a la plaza del Mercat y la Lonja, epicentro durante siglos de la actividad comercial y económica de la ciudad.

referencia:
elpais.com
www.laopinioncoruna.es
dialnet.unirioja.es
www.farodevigo.es
www.levante-emv.com

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