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El enigma Milan Kundera, el clásico huidizo

Acclaimed Czech

The celebrated Czech-born author Milan Kundera turns ninety on April 1st. True to form, the reclusive writer – who hasn’t granted an interview in decades – has insisted…

Acclaimed Czech

The celebrated Czech-born author Milan Kundera turns ninety on April 1st. True to form, the reclusive writer – who hasn’t granted an interview in decades – has insisted his publishers ignore the milestone. But the literary world cannot help but take stock of Kundera’s enduring legacy.

But what the wider world knows of Milan Kundera – the man himself, how his thinking has evolved – comes through his writing. Though he joined the Communist party in 1948 while in his teens, clearly by 1967, when his novel The Joke was published, he had little respect for the regime. Ever since, Kundera was regarded as “subversive” writer, though we know he never saw himself as a “dissident” one.

Decades ago, before he stopped giving interviews, Kundera said his work is “subversive” in that it raises questions of moral and social uncertainty, anathema to the ideological faithful of any stripe – Communist, Christian, what have you.

Charles University professor of literature Petr Bílek explains.

“He always presses the role of the text and not the role of the theological human being who produces the text. So, it’s not that important how we label Milan Kundera as a person, but how we approach his texts. And here, I think the term ‘subversive’ is the key.

“He wants to attack things, to expand these interactions or relationships instead of fitting, more or less comfortably, into some pre-defined categories. This is why, I believe, he had so many difficulties with the label of ‘dissident’ – because it is a political category, and he reflects the world around him from the point of aesthetics.”

Kundera once said great novels are born of historical events that cast people into situations which unmask their flaws and reveal their true character – along with the absurdity of any certitude.

Indeed, his books focus more on timeless matters of the heart and mind than of the politics of the day. This is one reason he so often revised new translations of his books. Ironically, many have – and may never be – officially published in his native Czech.

Prof. Petr Bílek again:

There are now four of his novels that have not been translated into Czech, and he says he has neither the time nor the inclination to do so, nor would he let anyone else. Eventually, will they appear in Czech, do you think? Is there any clue whether he has made some provisions for that?

“It’s hard to say. It’s of course a paradoxical and very curious situation that you can read these in Chinese, Spanish or whatever but not in his native language. At the same time, in my view, it makes perfect sense because he is a bilingual writer these days.

“He wrote these novels in French. At the same time, he could translate them into Czech to do, say, the second version of the original and it would still be the ‘original’ language. If anyone else translates these texts, they are not going to be Kundera’s text anymore. The wording, the style, will be chosen by someone else.

“Psychologically, I can imagine, he has this kind of parental attitude and doesn’t want to see someone else changing his texts.”

Los 90 años del enigmático Kundera, el escritor de la memoria y el exilio

El enigmático escritor Milan Kundera cumple este lunes 1 de abril del 2019 noventa años. Pese a ser el novelista checo más popular desde Franz Kafka ha tenido una difícil relación con su país natal, hasta el punto de escribir en francés y negarse a revisar las traducciones al checo de sus obras.

Los 90 años del enigmático Kundera, el escritor de la memoria y el exilio

En esta foto de archivo tomada el 30 de noviembre de 2010, el escritor checo Milan Kundera (C) asiste a la fiesta del 20 aniversario de la revisión del filósofo francés Bernard-Henri Levy en París. Este 1 de abril de 2019, el escritor Milan Kundera, autor de ‘La insoportable levedad del ser’ (1984), celebra su cumpleaños 90. Foto: AFP

El enigmático escritor Milan Kundera cumple este lunes 1 de abril del 2019 noventa años. Pese a ser el novelista checo más popular desde Franz Kafka ha tenido una difícil relación con su país natal, hasta el punto de escribir en francés y negarse a revisar las traducciones al checo de sus obras.

Kundera (Brno, 1929) se convirtió en los últimos 25 años en un autor casi invisible, un asceta silencioso recluido en su céntrico piso de París, alguien que rehuye a los periodistas y las declaraciones públicas.

El aniversario de este eterno candidato al Nobel de Literatura pasa casi desapercibido en República Checa, donde sólo algunos medios le dedican un reportaje y recuerdan que desde hace décadas no da entrevistas ni visita su país natal.

Nació en Brno en una familia de tradición cultural -su padre Ludvík Kundera era un célebre pianista- y la música tiene una gran influencia en su prosa.

Prosista, poeta, dramaturgo y ensayista checo -el régimen comunista le retiró la nacionalidad en 1979 y obtuvo la francesa en 1981- empezó a ser conocido en la década de los años 60 como autor teatral, pero acabó consagrándose como novelista (‘La broma’ y ‘El libro de los amores ridículos’).

Desde sus primeras novelas, el humor, la ironía y la reflexión sobre la memoria, el paso del tiempo, el exilio y la frágil condición humana han sido sus señas de identidad.

En su ensayo ‘El arte de la novela‘ se declara admirador de Miguel de Cervantes, a quien considera no sólo el creador de la novela con su Quijote sino de la propia Edad Moderna.

“Para mí el creador de la Edad Moderna no es solamente Descartes, sino también Cervantes”, escribió sobre quien influyó con su humor y su arte narrativo de forma decisiva en su obra.

“A quién o a qué me siento ligado?: a Dios? a la patria? al pueblo? al individuo? Mi respuesta es tan ridícula como sincera: no me siento ligado a nada salvo a la desprestigiada herencia de Cervantes”, aseguró en ese ensayo.

Durante el proceso aperturista de la ‘Primavera de Praga‘ fue uno de los representantes de la oposición al régimen prosoviético, lo que pagó más tarde con su expulsión del Partido Comunista y la prohibición de publicar.

La sátira del comunismo estalinista que retrató en ‘La broma‘ le valió el reconocimiento en su país, pero con el fin del aperturismo y la reinstauración de un Gobierno fiel a la URSS se le vetó como escritor.

Kundera se exilió en Francia en 1975, y publicó en checo -en una editorial de Toronto- sus obras más conocidas (‘El libro de la risa y el olvido’, ‘La insoportable levedad del ser’ y La inmortalidad’), si bien la versión definitiva fue fijada en francés.‘La insoportable levedad del ser’, una novela sobre un triángulo amoroso que ha marcado a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno, es su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa.

Esa obra surge tras la experiencia de Occidente en la década de los años 70, cuando Kundera consideró que “nunca fue mejor el tiempo y al mismo tiempo se hizo tan insoportable”, según dijo en una ocasión el crítico literario checo Jiri Penas.

Tras la transición democrática checoslovaca, Kundera publicó en 1993 en su país natal ‘La inmortalidad’, lo que supuso un efímero reencuentro literario con su país.

“A partir de la publicación de ‘La inmortalidad’ dejó de existir para la literatura checa”, dice también Penas, en referencia a que a partir de ‘La lentitud’, publicada en 1994, el francés se convirtió en su lengua literaria.

Pese a su voluntad de alejarse de su país -al que no regresa desde hace 22 años-, su pasado checo le ha perseguido, como si él mismo fuera el personaje de alguna de sus novelas.

En 2008 el Instituto checo para el Estudio de los Regímenes Totalitarios (USTRCR) le acusó de delatar en 1950, cuando tenía poco más de 20 años, a un espía que acabó 14 años en prisión.

El escritor rompió entonces su silenció -por medio de un comunicado- para calificar esas acusaciones de “puras mentiras”. El acta que probaría su trabajo como delator no contaba con su firma.

Kundera declinó varias invitación a República Checa, incluida la entrega del Premio Nacional de Literatura en 2007, lo que algunos consideraron un desplante.

A finales del año pasado, el primer ministro checo, Andrej Babis, ofreció devolverle la ciudadanía como una acto de reparación por la decisión del régimen comunista de retirarle la nacionalidad. Kundera nunca respondió al ofrecimiento.

Fernando Arrabal, escritor español afincando en Francia desde el franquismo, relató a Efe una conversación con el checo, que pone de manifiesto su carácter reservado.

Refiriéndose al premio Nobel, Kundera le dijo a Arrabal: “Pero, realmente, alguien puede imaginar que vaya a ir a ese salón para recibir ese premio y pronunciar un discurso de agradecimiento ante la televisión y los fotógrafos?”.

Da nessuna parte. L’enigma di Milan Kundera, l’ultimo classico

Un paio di libri raccontano la biografia (occultata) di Milan Kundera, l’ultimo dei classici. Il passato torna a colpire

Da nessuna parte. L’enigma di Milan Kundera, l’ultimo classico

Milan Kundera vive a Parigi, in centro, in uno dei quartieri della città con la più alta concentrazione al mondo di giornalisti, editori, persone legate al mondo delle lettere. Kundera ha 92 anni, la sua salute va peggiorando, non è mai stato un uomo troppo sociale né socievole. Lo si vedeva per strada, al ristorante, con la consueta cerchia di amici. L’autore de Lo scherzo, de L’insostenibile leggerezza dell’essere e di diversi altri romanzi e saggi, ormai dei classici della letteratura contemporanea, ha avuto tutto per stare sotto i riflettori della gauche parigina, nella capitale dove vive, da decenni, con l’inseparabile Vera. Eppure, è riuscito a sfuggire all’esposizione pubblica. Rare sono le fotografie che lo ritraggono. Mantiene uno stretto controllo sulle opere pubblicate e tradotte. La sua biografia si sintetizza in due frasi: “Milan Kundera è nato in Cecoslovacchia. Nel 1975 si è trasferito in Francia”. Il resto non conta: contano le opere. Kundera non rilascia interviste, non partecipa a eventi dove ci siano telecamere o fotografi.

Recentemente ha ricevuto il prestigioso Premio Franz Kafka, assegnato, negli anni, a Philip Roth, Margaret Atwood, Peter Handke: non si è recato all’ambasciata di Francia a Praga, inviando a ricevere il premio la traduttrice dei suoi libri francesi in ceco, Anna Kareninova. Un quartetto ha eseguito le opere di Pavel Haas, insegnante di composizione del giovane Kundera nella sua città natale, Brno, morto ad Auschwitz nel 1944. Haas era il padre della prima moglie di Kundera, Olga Haas, “letteralmente cancellata dal romanzo ufficiale della sua vita”, dice Ariane Chemin, autrice di À la recherche de Milan Kundera, studio che svela la vita di uno scrittore che ha sempre considerato la propria biografia di scarso interesse. La cerimonia non avrebbe potuto essere più kunderiana. C’era l’idolatrato Kafka, “il meno compreso dei grandi scrittori del secolo scorso”, che, come ha scritto, “mescola il grave e il lieve, il comico e il triste, il senso e l’insensato”. C’era l’assenza di Kundera, uno degli ultimi grandi del XX secolo, un classico, inafferrabile. Perfino il complesso rapporto con il paese natale – allora Cecoslovacchia, ora Repubblica Ceca, nei suoi romanzi Boemia e Moravia – è più disteso ma non ancora pacificato.

“Ho fatto del mio meglio per lottare contro leggi che mi sembravano contrarie alla mia concezione della libertà individuale”: Michel Houellebecq

Le ultime pagine del libro della Chemin, basato su una serie di reportage pubblicati su “Le Monde”, è un sfogo di nostalgia. “In spirito i Kundera sono a Brno, in Moravia”, benché abitino a Parigi. “I ricordi tornano, torturano, è il movimento naturale della vecchiaia”, ha detto Christian Salmon, il braccio destro di Kundera durante il leggendario seminario di letteratura tenuto negli anni Ottanta all’École des Hautes Etudes en Sciences Sociales di Parigi. Il momento della riconciliazione pare propizio, dopo decenni di ostilità. Il regime comunista ha bandito i libri di Kundera, lo ha espulso dal partito, lo ha tenuto sotto controllo dopo la Primavera di Praga del 1968. Aiutati dagli amici francesi, Milan e Vera approdarono prima a Rennes, poi nella capitale. Dopo la Rivoluzione di velluto del 1989 e la caduta del blocco comunista, le cose non si sono subito aggiustate. Kundera, a cui il vecchio regime aveva tolto la nazionalità, era diventato cittadino francese, aveva adottato il francese come lingua letteraria. Gli mancava il pedigree del resistente e del padre della patria, a differenza di Václav Havel: non l’ha mai desiderato, in effetti; una volta in Francia si è dedicato al romanzo, sentendosi a disagio a indossare l’etichetta del dissidente. Ha evitato i riflettori, non ha voluto recitare la parte dell’intellettuale mediatico, che ha opinioni su tutto e nulla conosce davvero. È uno scrittore impegnato, certo: impegnato nel fare arte.

“Kundera crede che l’arte del romanziere sia in antagonismo con il lirismo, con quel modo di mostrarsi, cioè, che oggi è diventato dominante tra gli autori che si vendono sui media e nei social”, spiega Salmon. “Kundera crede che l’opera sia superiore all’autore… La sua non è la posa dell’eremita solitario; ha scelto di ritirarsi dalla vita pubblica, dalla presenza sui media, dalla prestanza social. Afferma una specie di elezione: il romanziere deve eclissarsi dentro l’opera”.

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Nel tempo, i legami tra Kundera e la Repubblica Ceca si sono moltiplicati. Nel 2007 ha ottenuto il premio nazionale per la letteratura. Nel 2018 il primo ministro Andrej Babiš gli ha fatto visita nell’appartamento al VII arrondissement di Parigi; qualche mese dopo l’ambasciatore ha ripristinato la sua nazionalità ceca. I Kundera hanno donato la loro biblioteca e gli archivi alla città di Brno. Tuttavia, la percezione di Kundera in Repubblica Ceca e in altri paesi non è identica. Secondo Jan Novák, autore di Kundera: Český život a doba, una biografia di 900 pagine edita l’anno scorso, “Qui le persone conoscono bene il passato. All’estero Kundera ha potuto riscrivere la propria biografia: è uno scrittore straordinario, ma un uomo problematico”. Nel prologo al suo libro, Novák dubita che la celebrata allergia di Kundera al genere biografico – e la sua insistenza che ciò che è importante sia l’opera, non certo l’autore – obbedisca a “un postulato estetico o filosofico”: piuttosto, scrive, “mi pare una posizione decisamente difensiva, calcolata. A Kundera non piace rivedere la sua vita”. Secondo l’autore, Kundera nasconde qualcosa. Che cosa?

“Il passato stalinista”, risponde Novák. “Nei primi anni Cinquanta Kundera era un poeta totalmente stalinista. Era un potente funzionario letterario. Lasciò la Cecoslovacchia con la benedizione del Governo, con parte della sua biblioteca in macchina, in una situazione ben diversa da quella di molte persone espulse dopo l’invasione russa del 1968. Nei primi anni in Francia si comportò, in effetti, come un buon cittadino socialista cecoslovacco”. Nel suo libro Novák cita l’episodio che ritorna sempre quando si discute del passato di Kundera in Cecoslovacchia. Nel 2008 la rivista “Respekt”, a seguito di una indagine condotta negli archivi di Stato, ha rivelato un documento che lascia intendere come, nel 1950, il giovane Kundera abbia denunciato un oppositore, poi condannato a 22 anni di carcere. Kundera ha rotto il silenzio per negare l’accusa.

Tutto questo potrebbe raffreddare la riconciliazione. Ariane Chemin, che ha avuto contatti frequenti con la moglie dello scrittore durante la composizione del suo libro, conferma che alcuni anni fa i Kundera avevano in progetto di rientrare nel loro paese, “ma le scoperte divulgate da ‘Respekt’ l’hanno impedito”. Mila e Vera, dunque, sono ancora a Parigi, ma la loro mente è altrove, nell’antica patria. “In realtà, non sono da nessuna parte”, dice la Chemin, “ed è questo il lato tragico della vicenda”.

Marc Bassets

*L’articolo è stato pubblicato su “El País” come “El enigma Milan Kundera, el clásico huidizio”

Milan Kundera y el humor

CUADERNOS HISPANOAMERICANOS es una revista de crítica literaria y pensamiento fundada en 1948.

Milan Kundera y el humor

En Europa no hay territorio, pueblo o Estado que no haya sido en otro momento algo muy diferente de lo que ahora es. La virginidad histórica, el sueño romántico del nacionalismo, es un mito tan infundado como la creencia en que hemos alcanzado una situación política definitiva que debe salvaguardarse cueste lo que cueste. Lo definitivo no tiene cabida en la historia. Realidades destinadas aparentemente a una larga duración caen de golpe y desaparecen. Entre los detritus del pretérito, mezclados con las ruinas de los templos y las estatuas de los dioses inmortales, hay cientos de invencibles imperios. Y no es algo que aconteciera sólo en tiempos remotos. Nosotros mismos hemos sido testigos del ocaso y desmoronamiento de la URSS —«cuatro palabras, cuatro mentiras», escribió alguien antes de la caída—, un cataclismo que pilló por sorpresa a casi todo el mundo.,

Entre esas regiones que fueron multitud de cosas antes de llegar a ser lo que ahora son, se halla Chequia, la vieja Bohemia. Integrada a lo largo de los siglos en variopintos conglomerados políticos, su paso a la condición de república soberana se remonta a hace apenas cien años, tras la Gran Guerra y el colapso del imperio austrohúngaro. La independencia adquirida entonces no la ha librado, sin embargo, de ser invadida posteriormente en varias ocasiones. Encontrarse en el centro de Europa, entre colosos con ansias expansivas, no es lo mejor que puede sucederle a un país pequeño.

La primera de esas invasiones vino del oeste. Hitler convenció a los alemanes de que era necesario ampliar las fronteras del Estado. Un nombre surge cuando se recuerda aquel episodio, el de Reinhard Heydrich, «el carnicero de Praga». Nombrado en 1941 Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, su misión era germanizar a viva fuerza la república. Con ese objetivo debía eliminar a los judíos, escoger entre «la basura checa» a los futuros alemanes y poner al resto de la población a trabajar como siervos del Reich de los mil años. Unos terroristas caídos del cielo y su alocada temeridad de superhombre nietzscheano evitaron que alcanzara su propósito.

La segunda invasión vino del este. El deseo de oxigenar el régimen comunista impuesto al concluir la Segunda Guerra Mundial provocó las manifestaciones de la primavera de 1968 y, con ellas, el despliegue de los tanques del pacto de Varsovia. La liquidación de la cultura checa dejó de ser entonces una posibilidad para transformarse en programa político gracias al presidente impuesto por los rusos, Gustav Husak, también llamado a causa de la masacre cultural llevada a cabo durante su mandato «el presidente del olvido». El precio por intentar huir del telón de acero, eufemismo tras el cual se extendía el inconmensurable campo de concentración soviético, fueron veinte años más de estalinismo sin Stalin y la impresión para los checos de que agonizaban como pueblo.

Entre quienes asistieron en la entonces Checoslovaquia al esfuerzo comunista por borrar cualquier rastro de cultura que estorbara los planes del partido estaba el mayor escritor checo de la segunda mitad del siglo xx, Milan Kundera. Tratándose de un partidario de las reformas, puede considerarse una suerte que, en vez de ser confinado en un hospital psiquiátrico o un campo de trabajo, le permitieran ganarse la vida ejerciendo como albañil o tocando el piano en un club. El régimen, a pesar de su extraordinaria dureza, se estaba reblandeciendo. Pocos años antes, en la URSS, bastaba con elogiar una pintura impresionista para que uno fuera acusado de calumniar al socialismo y, por tanto, de ser un traidor. Habida cuenta que un decreto de 1934 extendía la culpa de los traidores a sus familias, incluidos los niños mayores de doce años, edad a partir de la cual podía ser aplicada la pena capital, verse obligado a cambiar de profesión no era el peor castigo para un disidente. El objetivo prioritario del nuevo gobierno eran ya menos los individuos que su conciencia de pueblo. Había que separar a la población checa de sus raíces a fin de hacerla permeable a las quiméricas promesas del partido. Lo que sucedió en aquellas dos décadas, y lo que sucedió fue una mezcla de terror y connivencia, confirmó que el marqués de Vauvenargues estaba en lo cierto cuando escribió que «la esclavitud humilla tanto a la gente que esta termina por amarla».

Consciente de que su vida en la patria era en esas condiciones imposible, Kundera prefirió marcharse. Más que la prohibición de publicar —las autoridades habían retirado tiempo atrás sus libros de librerías y bibliotecas—, fue la deliberada aniquilación de la cultura checa por parte del Estado lo que le decidió a hacerlo. En 1979, cuatro años después de instalarse en Francia, perdió también su nacionalidad. El gobierno checo no quería tener nada que ver con un escritor opuesto a sus ideales. Luego, para compensar su éxito internacional, se le organizó una dura campaña de descrédito similar a la que han sufrido todas las personas de relieve que han osado cuestionar las bondades de la dictadura del proletariado. Los ecos de esa campaña aún resuenan gracias a los vástagos de los «intelectuales comprometidos», hoy especializados en los discursos identitarios, la corrección política y otros sucedáneos bajos en calorías de la revolución.

EUROPA Y LA NOVELA

La experiencia del exilio ayudó sin duda a Kundera a verse como un escritor europeo y no solo checo. A fin de cuentas, Europa es algo más que un viejo mosaico de territorios separados por costumbres y lenguas diversas; es una cultura unida por la historia. Esa unidad se remonta al Imperio Romano y sobrevivió espiritualmente a la fragmentación política durante la Edad Media gracias al predominio de la Iglesia. La ruptura, una ruptura que afectó a todos de alguna manera, se produjo con el advenimiento de la modernidad, cuando el individuo pasó a ocupar el lugar que hasta entonces había ocupado Dios. Destruida la unanimidad de la fe, perdidas las certezas religiosas, los europeos empezaron a experimentar la existencia como algo muy problemático. Tal experiencia tuvo graves consecuencias en todos los órdenes de la vida, incluido el de las artes y la literatura, las cuales evolucionarían hasta convertirse en una actividad individual en la cual se expresa una «originalidad personal irremplazable». Fue en este contexto donde apareció la novela moderna, cuyo crucial papel histórico reivindica Kundera en cuatro libros de ensayos: El arte de la novela, Testamentos traicionados, El telón y Un encuentro.

Aunque él mismo ha repetido a menudo que estos ensayos no responden a una voluntad teórica, sino que son las reflexiones de un novelista que ha tropezado reiteradamente con ciertos problemas teóricos inexcusables, nadie puede negar que encierran una muy original y clarividente interpretación del género. Por lo pronto, y a diferencia de quienes acostumbran a tratarla como si fuera un mero reflejo de las corrientes filosóficas o morales preponderantes, Kundera defiende la autonomía estética de la novela a la vez que subraya su condición de contrapeso a la prepotencia de las ideas típica de la modernidad. Si la filosofía, al menos en la línea hegeliano-marxista que terminaría por dominar la escena pública, se esforzaba por convertir las ideas en mitos capaces de encandilar a las masas, y la ciencia, al igual que la industria y el mercado vinculados a ella, se apartaba cada vez más de la experiencia humana personal, la novela fue dejando atrás el mundo del mito en el cual hundía sus raíces para concentrarse en la realidad presente, o lo que viene a ser igual, en el problema personal y cotidiano de la existencia humana. Identificar lo moderno sólo con la ideología y la ciencia constituye, por eso, una arbitrariedad y, además, un olvido de lo que Europa debe a don Quijote, a Tristram Shandy o a Madame Bovary. ¿Acaso no nos enseñaron estas y otras figuras novelescas una forma de comprender la vida, de sentir y relacionarnos?, ¿y no ha acreditado la novela, pese a las innumerables necrológicas a su costa, el vigor suficiente para cuestionar cada vez que ha hecho falta la voluntad de quienes se esfuerzan por imponer una concepción monolítica de la verdad, que es aquello contra lo que viene luchando Europa desde hace siglos?

Innegablemente, la novela tiene su propia e irrenunciable misión. Pensar que simplemente gravita alrededor de las ideas filosóficas, estéticas y morales de la sociedad es privarla de toda sustancia. Eso quizás sea lo que hacen los novelistas mediocres, que suelen ser, inevitablemente, la mayoría, aunque no, desde luego, aquellos a los que el arte de la novela debe su perfección, desde Rabelais o Cervantes a Joyce o Kafka pasando por Balzac, Tolstoi o Proust. Las novelas de estos autores señeros se caracterizan todas por examinar la existencia con la pretensión de volverla inteligible. No hay nada abstracto en ellas, su cometido es observar y comprender lo real tal y como se nos ofrece en la vida cotidiana, aunque aprovechando los recursos de la ficción. Se trata, en suma, y como decía Hermann Broch, de «descubrir lo que únicamente una novela puede descubrir». Se explica así la ambigüedad de sus hallazgos, la imposibilidad de convertirlos en una verdad ciclópea, como aparentemente desean todos aquellos que identifican la sabiduría con una especie de comodín universal gracias al cual decantar a su favor todas las apuestas. Al concluir la lectura de Madame Bovary, no sabemos qué piensa Flaubert acerca de la protagonista. ¿Es una mujer caprichosa o una mujer incapaz de resignarse a vivir la existencia gris que le ha tocado en suerte? El autor no lo dice. Tampoco está claro si Cervantes considera a don Quijote un lunático idealista o un hombre bueno extraviado en el laberinto de los sueños. Pero nada de esto es muy importante. A fin de cuentas, los novelistas no ofrecen sus personajes a la consideración pública para que el lector los emule o los juzgue, sino para que los comprenda. Verdad que los espíritus pragmáticos y la gente de convicciones morales rotundas se soliviantan con tal indefinición, pero no hay que llevarse a engaño: el espacio de la novela es el espacio donde nadie es el poseedor de la verdad, pues todos en ese espacio tienen derecho a ser comprendidos.

referencia:
english.radio.cz
www.elcomercio.com
www.pangea.news
cuadernoshispanoamericanos.com

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