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Lesbianas en la Historia: La reina Ana de Inglaterra

Ana Bolena, de reina de Inglaterra al patíbulo

Atractiva y decidida, logró el amor incondicional de Enrique VIII, que no dudó en romper con Roma para casarse con ella; pero su incapacidad para dar un heredero al monarca le costó la vida.

Ana Bolena, de reina de Inglaterra al patíbulo

Ana Bolena se arrodilló ante el rey, y este le puso un manto de terciopelo carmesí y una corona de oro; además, le otorgó 1.000 libras al año «para el mantenimiento de su dignidad». Ese 1 de septiembre de 1532, con ese gesto, Enrique VIII había dado un paso insólito: había encumbrado a una mujer a par del reino.

Era una dádiva de amor ofrecida como recompensa a la entrega de una dama que, después de años de entereza y previendo su pronto matrimonio, había accedido, por fin, a ser la amante del soberano, que por entonces estaba casado con Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos V.

La pareja pasó la Navidad en su casa de campo de Greenwich. En la noche de Reyes se sirvió un banquete tan espléndido que fue necesario habilitar cocinas provisionales en los jardines. Poco después, Ana sintió un intenso deseo de comer manzanas y se dio cuenta de que estaba embarazada. Como no querían que su hijo naciese fuera del matrimonio, y aunque el rey seguía casado con Catalina de Aragón, un capellán los desposó en secreto a finales de enero de 1533.

¿Quién era esa mujer capaz de subyugar a un poderoso monarca del Renacimiento, culto y despótico? ¿Cómo llegó a convertirse en la reina consorte más recordada de Inglaterra? Nacida en el año 1501, Ana Bolena adquirió una excelente formación: en un principio en la corte de Margarita de Austria y posteriormente en Francia, donde fue dama de honor de María Tudor –hermana de Enrique VIII y esposa del rey galo Luis XII– y después también de la reina Claudia, la esposa de Francisco I.

Además de modales cortesanos y cultura, tal vez aprendió otras habilidades más dudosas en la promiscua corte de Francisco I. En 1533, éste dijo en confianza al duque de Norfolk «cuán poco virtuosamente había vivido siempre Ana». El propio Enrique VIII confesó al embajador español, en 1536, que su mujer había sido «corrompida» en Francia y que él no lo descubrió hasta que empezó a tener relaciones sexuales con ella.

Comoquiera que fuese, tras su regreso a Inglaterra en 1525, Ana no tardó en atraer la atención de Enrique. Mujer bella e inteligente, hablaba francés con soltura y poseía conocimientos de latín; destacaba en la danza, la música y la poesía, y vestía siempre a la última moda. Aunque Enrique le declaró su amor en 1526, ella se negó a ser su concubina porque sabía «lo pronto que se hartaba el rey de las que le habían servido como queridas». Ana aspiraba a ocupar el trono de Inglaterra y, en consecuencia, coqueteaba con el monarca, se hacía de rogar o se dejaba querer, sin embargo rehuía la consumación carnal. De la pasión que despertaba en el rey son testimonio las cartas que él le escribió entre 1527 y 1529, en una de las cuales confesaba: «Deseo estar en los brazos de mi amada, cuyos bonitos pechos espero besar dentro de poco… Confío gozar de aquello que tanto he anhelado, con satisfacción de ambos».

En 1528, Ana actuaba ya como si fuera la reina. Se sentaba en el asiento de ésta en los banquetes, y lucía espléndidas joyas y suntuosos vestidos púrpura, el color reservado para la realeza. Se le rendía mayor homenaje que a Catalina de Aragón, cada vez más arrinconada; pero esto no le bastaba. En una ocasión en que Enrique cenó con la reina, Ana armó un escándalo y le expresó airada sus quejas por las demoras en la anulación del vínculo marital que le unía a Catalina. Incluso insinuó que le dejaría y declaró que estaba malgastando su juventud «inútilmente».

El problema de la nulidad matrimonial polarizó la opinión entre la nobleza y provocó una porfiada lucha por el poder. En aquel momento existían tres facciones en la corte: quienes seguían al cardenal Wolsey, aún ministro principal, y apoyaban al rey; los conservadores, que secundaban discretamente a la reina Catalina, y la facción de los Bolena, que pronto sería la más poderosa y estaba liderada por la propia Ana, Thomas y George Bolena, y sir Francis Bryan.

Absolutamente comprometida con la causa de la Reforma protestante (Chapuys, embajador de Carlos V, la describió como «más luterana que el propio Lutero»), Ana logró derrocar a su enemigo, el cardenal Wolsey, cuya caída, en octubre de 1529, propició el ascenso de Thomas Cranmer. Éste desencallaría la espinosa cuestión del «divorcio» de Enrique y sería recompensado por ello con el arzobispado de Canterbury.

El 1 de septiembre de 1532, Enrique y Ana visitaron al rey de Francia, Francisco I. Su intención era recabar el apoyo de éste para celebrar un matrimonio al que se oponían Carlos V y el papa Clemente VII. Ana triunfó totalmente: lució un fastuoso vestuario y llevó las joyas de las reinas de Inglaterra, arrancadas por la fuerza a Catalina.

A principios de 1533, y tras su boda secreta con Enrique, Ana se había convertido en reina a todos los efectos menos de nombre. Cranmer acudió en su ayuda y propuso medidas radicales para legalizar la situación. Así, en abril el Parlamento aprobó el Acta de Restricción de Apelaciones, la primera de las leyes que acabarían provocando el cisma inglés y la creación de la Iglesia anglicana. El papa quedaba de ese modo desautorizado para juzgar el litigio matrimonial de Enrique, y Catalina de Aragón ya no podría apelar al Vaticano contra las decisiones tomadas por las autoridades religiosas inglesas. El 23 de mayo, el arzobispo Cranmer convocó un tribunal eclesiástico que declaró nula la unión del rey con Catalina, y sólo cinco días después sentenció que la boda entre Enrique y Ana era válida y legítima.

La apoteósica coronación de Ana Bolena superó en esplendor a la de todas sus predecesoras. El 31 de mayo, vestida de paño de oro y armiño blanco, hizo su entrada en Londres y recorrió la ciudad en una procesión que se extendía a lo largo de más de medio kilómetro. Los arcos triunfales y los espectáculos organizados en su honor loaban la castidad de la nueva soberana y expresaban la esperanza de que diera a luz hijos varones que continuasen la dinastía Tudor.

La facción de los Bolena se encontraba en el cénit de su poder. La religión, el arte y todos los aspectos de la cultura cortesana en general se utilizaron para exaltar la imagen de la nueva reina. Ana utilizó su influencia para promover la Reforma y marcó la pauta intelectual de la corte favoreciendo a los eruditos comprometidos con el anglicanismo.

Rara vez se la veía en público sin llevar un devocionario en las manos y además entregó a sus damas un librito de rezos que podía llevarse colgado del cinturón.

En el verano de 1533, Ana se enteró de que Enrique tenía un escarceo con una bella dama, hecho habitual cuando sus esposas estaban embarazadas. A diferencia de Catalina, le afeó su conducta y usó palabras que no gustaron nada al rey. Éste, furioso, le dijo que debía «aguantarse como habían hecho otras mejores que ella», advirtiéndole que podía hundirla tan rápidamente como la había encumbrado. El nacimiento el 7 de septiembre, no del esperado varón, sino de una hija (la futura Isabel I), no contribuyó en nada a mejorar la relación entre los esposos. Tal como se encargó de informar el embajador veneciano, «el rey está ya fatigado hasta la saciedad de su nueva reina».

Sin embargo, había que acabar con la oposición al matrimonio real. En 1534, el Parlamento dictó un Acta de Supremacía que consagraba al rey como Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra, cortando definitivamente el vínculo entre Enrique y Roma, y luego otorgó la sucesión a la princesa Isabel en detrimento de María, hija de Catalina. Todo el que no jurara estas disposiciones podía ser condenado a muerte por alta traición. Así, cayeron las cabezas de quienes, como Tomás Moro, se opusieron a ello.

Pero después de sufrir un aborto, Ana se vio sometida a una gran presión. Enrique, frustrado porque no le daba el ansiado hijo varón, se entregó a «bailes y mujeres más que nunca», se mostraba cada vez más irritado ante las quejas de la reina y, a fines de 1535, inició un romance con Jane Seymour. El fuego amoroso del rey por su esposa ya se había extinguido, pero ésta se convirtió en un problema político tanto en el interior, por su impopularidad, como en el exterior, ya que tras la muerte de Catalina representaba un obstáculo para el acercamiento entre Enrique y el emperador Carlos V que defendía el primer ministro Thomas Cromwell.

El 30 de abril de 1536, mientras Ana, embarazada de nuevo, estaba en Greenwich Park, Cromwell le tendió una trampa y presentó ante el rey pruebas al parecer incontestables de que la reina había seducido a Smeaton y a otros miembros de su Consejo Privado, incluido su propio hermano. Aún más, había tramado un regicidio para casarse con uno de sus amantes y gobernar como regente del hijo que llevaba en su seno.

La mayoría de los historiadores considera infundadas las 22 acusaciones de adulterio que se presentaron en contra de Ana Bolena y es improbable que ésta conspirara para asesinar al rey, puesto que era su principal valedor y fuente de poder. Sin embargo, su reputación de mujer frívola, su gusto por la compañía masculina y su indulgencia con el galanteo y los juegos del amor cortés llevaron a que el monarca y muchos otros la creyeran culpable. Un tribunal presidido por su tío, el duque de Norfolk, y en el que figuraba su propio padre, la condenó a muerte. Ana rondaba la treintena cuando fue decapitada, con un golpe de espada, el 19 de mayo de 1536; Enrique VIII solamente esperaría diez días para volver a casarse. En esa ocasión con Jane Seymour.

Ana Bolena no tuvo el funeral solemne que de hecho merecía tanto por su rango como por sus orígenes aristocráticos. Simplemente, sus restos mortales fueron envueltos y enterrados en una tumba común en la capilla de San Pedro ad Vincula, donde se enterrarían también los restos de la reina Catalina Howard, la quinta esposa de Enrique VIII que sería, asimismo, ejecutada.

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La de Elizabeth Tudor es una historia tan intensa, sorprendente y legendaria, que bien podría ser un cuento de hadas. De esos concebidos por la pluma del mismísimo Charles Perrault. Su vida recuerda a la de la famosísima Cenicienta. Pero con un plus para nuestra protagonista: cambió el príncipe por la corona. ¡Toma ya!

Siendo niña, pasó de princesa a bastarda. Y, tras la muerte de su padre, fue educada por su madrastra, viviendo a la sombra de sus hermanos. Mas, de repente, un día se convirtió en reina.  Elizabeth Tudor, la cachorrilla inofensiva del «león inglés», le dio con un canto en los dientes a su padre. ¡Y a todo machista que se pusiera en su camino!

No sólo se mantuvo casi medio siglo en el trono, haciendo frente a conspiraciones y atentados para derrocarla. También se convirtió en la monarca más poderosa de su dinastía. ¡Y en la enemiga oficial del rey más poderoso del momento (1)! Se enfrentó al Papa, mandó decapitar a su prima (2) y rechazó el matrimonio y la maternidad. Además, transformó su país en una superpotencia que se acabaría convirtiendo en el imperio más grande de la historia. Conozcamos más a fondo la legendaria historia de esta fascinante mujer de armas tomar.

Enrique VIII de Inglaterra (3) se casó en segundas nupcias (4) para tener un hijo varón y legítimo. Cosa que, hasta entonces, no había podido lograr. Cuatro años después, sólo había tenido una niña: Elizabeth Tudor, nuestra prota. Defraudado, el cruel rey mandó decapitar a su esposa. Y su hijita, que hasta entonces era princesa, pasó a ser bastarda y deslegitimada de sus derechos al trono por su propio padre. Aún así, la pequeña lo adoraba y admiraba muchísimo. Para ella era un semidiós, y decía de sí misma que era «cachorra de león». Su padre a penas la visitaba. Ni a ella ni a su hermana mayor (5). Sin embargo, sí dedicaba mucho tiempo a ligar. Hasta seis veces llegó a casarse, dando a la pequeña Elizabeth un hermano más (6).

Tras la muerte de su padre, Elizabeth Tudor se quedó al cuidado de la viuda de su padre, su madrastra. Así, estableció una estrecha relación con su hermano pequeño. Ambos eran protestantes, a diferencia de su hermana mayor, hija del primer matrimonio de su padre, que era católica. Esto marcó la mala relación entre ambas.

Con el tiempo, Elizabeth se convirtió en una joven extremadamente inteligente, pero también en una mujer con ciertos encantos. Cosa que no pasó desapercibida a su padrastro. Durante muchos años, éste se metía en su cama por las mañanas y se divertía con ella. Por supuesto, la convencía de que no estaban haciendo nada malo. Hay que tener en cuenta que las jovencitas inglesas del siglo XVI dormían totalmente desnudas… Este hecho, junto a la actitud que su cruel padre había tenido con ella, dejaría huella en la joven. Así, marcarían su compleja relación futura con los hombres.

Tras la muerte de sus dos hermanos, quienes reinaron muy poco tiempo, Elizabeth fue coronada reina de Inglaterra (7). Y lo hizo como única heredera legítima al trono inglés. Tenía veinticinco años. Los católicos de su reino se echaron las manos a la cabeza. No tardaron en ponerse manos a la obra para asesinarla y coronar a su prima (2), que era católica. Pero Elizabeth Tudor supo rodearse de las personas adecuadas, y logró hacer frente a todas las conspiraciones para derrocarla. Era muy inteligente. Hasta entonces, había sido tolerante, pero había llegado el momento de enseñar quien mandaba. Arrestó y asesinó a cientos de sospechosos católicos y a su prima hermana, pillada con las manos en la masa.

Algo que destaca de la gran reina es que nunca consintió casarse ni tener hijos. De ahí su apodo de «La reina virgen», aunque de virgen no tenía nada. ¿Odiaba a los hombres por las experiencias que había pasado en su juventud? ¿Prefería a las mujeres? ¡Pues va a ser que no! Elizabeth tuvo muchos amantes varones, e incluso llegó a estar enamorada en más de una ocasión.

Su romance más sonado fue con sir Robert Dudley (8), sin embargo, nunca aceptó casarse con él. Además, tuvo numerosos pretendientes, entre ellos el rey de España (9), su excuñado y futuro enemigo. Probablemente, el motivo por el que nunca quiso casarse fue por ambición. Elizabeth deseaba ostentar el poder con total y absoluta exclusividad. Sabía que, en un mundo de hombres, un rey aunque fuese consorte, la haría pasar a un segundo plano. Y Elizabeth había estado en segundo plano demasiadas veces. No estaba dispuesta a perder lo que tanto le había costado conseguir. Ahora ella era la reina, y lo seguiría siendo mientras siguiese viva. Ningún marido le quitaría el protagonismo, ni tampoco habría hijos que conspiraran para arrebatarle su corona. Su único compromiso sería con Inglaterra.

Al igual que su padre, Elizabeth Tudor se autonombró jefa de la Iglesia anglicana. Por ello, fue excomulgada por el Papa de Roma. Además, mantuvo durante décadas un pulso interminable al mismísimo Felipe II de España, al que llamaba «demonio del mediodía». Así, dio carta blanca a los piratas ingleses para saquear los barcos españoles que venían cargados de riquezas de América. También, apoyó revueltas y levantamientos en los Países Bajos contra el monarca español. Elizabeth  siempre estuvo al acecho para acabar con la hegemonía española.

Felipe II, que en el pasado le había pedido matrimonio, estaba hasta las narices de la reina inglesa. Así que le declaró la guerra. Y aquí comienza la leyenda de Elizabeth. Porque la reina salió airosa de la campaña que posteriormente se conocería como la de la «Armada Invencible«. Espada en mano y vestida con su armadura, cabalgó junto a sus tropas dispuesta a ganar la guerra; o a perder la vida en el campo de batalla, como un soldado más. Es famosa su frase:

«Tengo el cuerpo frágil y débil de una mujer, pero tengo el corazón y el estómago de un rey de Inglaterra».

Tras esta victoria, Inglaterra se  erigió como una gran potencia mundial. Al mismo tiempo, España y su «Imperio» se fueron desmoronando. La reina Elizabeht I de Inglaterra, le había ganado el pulso a Felipe II de España.

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(1) Felipe II, rey de España. Perteneciente a la dinastía de los Austrias. Era hijo de Carlos I de España y V de Alemania, y de Isabel de Portugal. Estuvo casado, en segundas nupcias, con la hermana mayor de Elizabeth, María Tudor, siendo rey de Inglaterra durante un breve período de tiempo, hasta la muerte de ésta. Cuando Elizabeth asciende al trono éste le propone matrimonio, pero Elizabeth le da largas hasta que el rey se cansa y se casa con Isabel de Valois. Ambos mantuvieron una rivalidad sin precedentes durante décadas, llegando a enfrentarse en el campo de batalla.

(2) María de Escocia, reina católica. Prima hermana de Elizabeth y candidata de los católicos ingleses como sustituta de Elizabeth. Conspiró contra la reina, quien la encerró durante años hasta que, finalmente, la mandó ejecutar.

(3) Enrique VIII, segundo rey de la dinastía Tudor en Inglaterra después de su padre, Enrique VII. Padre de María Tudor (a la que tuvo con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos) y de Eduardo VI (al que tuvo con su tercera esposa, Jane Seymour). Fundó la Iglesia Anglicana y es conocido por su crueldad y tiranía.

(4) Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII, doncella de la primera esposa del rey, Catalina de Aragón. Es la madre de la reina Elizabeth I, quien tenía tres años cuando su madre fue decapitada.

(5) María Tudor, hija de Enrique VIII y su primera esposa, Catalina de Aragón. Católica y enemiga de los protestantes, fue apodada como «María la sanguinaria», debido a las cruentas represiones que llevó a cabo contra los protestantes. Era nieta de los Reyes Católicos. Estuvo casada con su sobrino segundo, el príncipe Felipe de España, futuro rey Felipe II.

(6) Eduardo VI, hijo de Jane Seymour, la tercera esposa de Enrique VIIII y éste. Reinó tras la muerte de su padre durante un breve período de tiempo, hasta su temprana muerte a la edad de quince años. Le sucedió María y, tras la muerte de ésta, Elizabeth.

(7) Robert Dudley, formaba parte de la corte de la reina Elizabeth, de quien estuvo enamorado. A pesar de estar casado, mantuvo una relación amorosa con la reina, siendo su amante durante mucho tiempo, y llegó a pedirle matrimonio a la reina, quien lo rechazó.

(8) Elizabeth fue coronada reina de Inglaterra el 15 de enero de 1559, en la Abadía de Westminster.

(9) Ver (1)

*Fuente de la imagen de portada.

referencia:
historia.nationalgeographic.com.es
khronoshistoria.com

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