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Te he puesto a parir muchísimas veces, pero… : el mensaje de despedida de Jorge Javier Vázquez a Iglesias

Diario de una cuarentena: crónicas del coronavirus

La plantilla de SUR nos cuenta su día a día del aislamiento: teletrabajo, conciliación y muchas anécdotas

Diario de una cuarentena: crónicas del coronavirus

POR JOSÉ LUIS PIEDRA. Por fin vemos algo de luz al final del túnel en esta larga pesadilla y la esperanza de doblegar al maldito virus parece abrirse paso, o al menos controlarlo que ya es mucho. Todo un aliento motivacional después del hastío de más de un mes y medio de encierro hogareño.

En esta larga reclusión me he acordado mucho de aquella película de los años 90 ‘Atrapado en el tiempo’, en la que el actor Bill Murray vivía de forma permanente en el tradicional día de la marmota en Estados Unidos. Y es que algo similar he experimentado en muchos de estos días donde el hartazgo de la rutina causaba estragos al haber reducido la inevitable cotidianidad vital al hábitat de mi casa. Nunca el tiempo había impuesto su rígida tiranía con una aplastante monotonía ante la que me ha sido imposible oponer resistencia al ser imposible escapar de los límites físicos de mi casa, excepto para las compras indispensables como todo el mundo. Y todo ello inundado a diario por el seguimiento informativo de la crisis sanitaria, tal vez excesivo y que ha llegado convertirse en una obsesión.

La condena de repetir siempre el mismo día y siempre con el mismo tema, el coronavirus, como en la película de Bill Murray, la marmota convertida en la maldición de una crisis sanitaria cuyas magnitudes nadie esperaba y que nos recuerda que lo más importante de la vida es la vida misma, ésa que han perdido desgraciadamente miles de personas a causa de este diabólico virus. Con esta perspectiva, la insoportable rutina se torna incluso en sublime y terminas abrazando la bendita cotidianidad como la gran virtud que te confiere la vida. Máxime cuando tienes la fortuna de afrontar el confinamiento acompañado del mayor tesoro que ésta te ha regalado, mis dos hijos, una preadolescente de 14 y otro aprendiz de adulto con 18.

No hay mal que por bien no venga y con ellos en este tiempo hemos reforzado nuestra particular piña familiar y mejorado nuestra convivencia, no exenta de conflictos inevitables con tanto tiempo juntos. También he visto una mejora en la responsabilidad compartida en el desempeño de las tareas del hogar, donde se han implicado mucho más que antes. Creo que este encierro ha servido para acelerar en su madurez y hasta en mis conversaciones con ellos he sentido en ocasiones que parecía estar hablando con adultos, especialmente cuando nos referíamos a la cruda realidad que nos está dibujando la pandemia.

Nuestra gran preocupación todos los días era, sin duda, mi madre y abuela de mis niños, que a sus 90 años sigue aferrada a la vida con una vitalidad encomiable en una residencia de mayores. Los estragos dramáticos que el coronavirus está causando en estos centros hacía crecer nuestro miedo, alimentado a diario por las incesantes y luctuosas noticias que llegaban de esto centros.

La videollamada de cada día con la abuela se convertía así en el milagro más esperado de la jornada y era como ganar tiempo con la esperanza puesta en los ansiados test que, afortunadamente, ya se realizaron hace dos semanas y cuyos positivos resultados nos permitió relajar nuestro temor.

El confinamiento, ciertamente, ha sido más llevadero al poder disfrutar de una casa más o menos espaciosa y con zonas, como un patio y una azotea, que nos conectaban exterior. La verdad que he sido un privilegiado pensando lo duro que ha sido para mucha gente que no ha tenido esa posibilidad por residir en pisos más pequeños y condenados a unas condiciones menos confortables.

El día a día ha estado, como para cualquier periodista en este tiempo, marcado por el seguimiento informativo permanente de esta crisis que ha llegado a ser obsesivo, hasta el punto de que mis hijos me han llegado a censurar tanta dependencia, invitándome a desconectar de vez en cuando. Y es que estos días hemos estados volcados en un carrusel de cifras, medidas, planes y demás actuaciones de emergencia como si de una guerra se tratase, siempre atentos al parte diario con resultados durísimos.

Mi entrega estos días al teletrabajo no ha sido nada nuevo por venir realizándolo ya desde hace tiempo al estar siempre fuera de la redacción desde Sevilla para el seguimiento de la actividad política andaluza. Sí es verdad que el encierro y la absorción informativa de esta crisis me ha llegado a estar enganchado, a lo que se suma la difícil separación de lo laboral y lo personal con las difusas fronteras al compartir el mismo espacio.

Sí se echan en falta las ruedas de prensa presenciales de antaño, ya que a veces las apariciones telemáticas de los responsables políticos en este nuevo formato a distancia han llegado a ser interminables y tediosas, sin la chispa de los encuentros cuerpo a cuerpo. Todavía recuerdo la última rueda de prensa presencial en el Palacio San Telmo del Gobierno andaluz dos días antes de la declaración del estado de alarma, en la que ya se presagiaba lo peor con una asistencia reducida ya de periodistas, conscientes de que la situación pintaba tan mal como después demostró la evolución de los hechos.

Atrapado en la rutina y en la crisis sanitaria han transcurrido así los días pegado al portátil, a las redes sociales y al whatsapp –qué hubiera sido de un encierro así sin estos medios-, sin olvidar la logística cotidiana del hogar, la limpieza y la cocina en la que he progresado muchísimo. Todo ello con el ritual de los aplausos de las ocho, momento también de convivencia vecinal con charlas desde la azoteas que han servido para unirnos más en estos tiempos difíciles en los que la vida social solo ha fluido por los medios tecnológicos.

Sin ser un hombre hogareño, creo que esta reclusión ha sido más llevadera de lo que esperaba, y eso que mi mujer me recordaba siempre con ironía que nunca se mi iba a caer el techo encima por el escaso tiempo que dedicaba a estar en casa tranquilo por mi espíritu siempre inquieto y activo. Mi metamorfosis en hogareño a la fuerza hubiera sido tal vez un gran regalo para ella.

Pero la peor parte del confinamiento ha sido la limitación de mi pasión por la práctica deportiva, que he intentado sobrellevar como he podido, jugando incluso al fútbol con mis niños en pequeño patio, donde he corrido a diario en menos de 60 metros cuadrado lo que me hacía sentir como ratón de laboratorio en el rulo de su jaula o como un recluso dando reiteradas vueltas en el patio penitenciario. Y es que, como decía un amigo periodista, la vida te hace preso en ocasiones en su cárcel de barrotes invisibles.

Por ello, he recibido con una euforia inusitada el atisbo de libertad que se ha abierto por fin para salir a pasear y correr. Desde hace unos días estoy quemando toda la adrenalina acumulada en esta prolongada reclusión con la esperanza puesta, como todos, en la futura superación de esta pesadilla.

POR TXEMA MARTíN. He hecho la cuenta y llevo exactamente cincuenta días encerrado. Tengo la suerte de haber pasado esta cincuentena en una casa grande, con un pequeño jardín y una madre, que también podría escribir su propio diario de confinamiento. El mío no va a ser tal, primero porque contar el día de hoy sería aburrido y existencialista, pero también porque a estas alturas a uno le sale escribir del confinamiento en pasado, pese a que todavía formamos parte de él y no sabemos lo que nos queda.

Mi encierro habría sido diferente si no fuera por la gentileza que me brinda SUR al permitirme ser su colaborador. Los días de la semana se habrían confundido si no fuera por mi compromiso de enviar artículos a este periódico tres días a la semana, lunes, miércoles y viernes. Este es uno de mis mayores orgullos, tener compañeros que en estos momentos están dando lo mejor de sí mismos para ofrecerlo a la sociedad. Los días de envío y la irremediable melancolía de los domingos me han obligado a mantener el ritmo de los días -aunque casi siempre debería haber enviado los artículos antes- y, sobre todo, a llevar un escrutinio de la actualidad que ha sido mayor del que me hubiera gustado. Tampoco sé si alguien ha sido capaz de desconectar de verdad. Yo lo intenté en falso la cuarta semana, cuando después de enterarme de un par de desgracias y notar el dolor a mi alrededor, desaparecí de Twitter, una red social que por aquella época ya se había convertido en una máquina de odiar, al menos una parte, que es siempre la más visible. Por otro lado, creo que he faltado dos días al aplauso de las 8.

El mío ha sido, de alguna manera, un confinamiento convencional. No he comprado rollos de papel higiénico a granel, pero sí he fabricado casi de la nada bizcochos que han podido cambiar vidas y unas empanadillas que me salieron buenísimas. He intentado innovar en los perritos calientes y perfeccionar mis desayunos. He recogido muchísimo, y he sufrido varios shocks en la memoria abriendo cajas que llevaban veinte o quince años cerradas. Casi todo mi pasado ha desfilado delante de mí, como dicen que pasa en el peligro que precede a la muerte. He encontrado muchas cartas y me ha sido difícil reconocerme en el destinatario. También he recordado muchos acontecimientos, más buenos que malos, y me he dado cuenta de que ya no son sólo los demás los que se hacen mayores.

La sección de cultura y espectáculos de mi confinamiento tampoco ha sido muy original. He hecho descender los tres rascacielos que formaban las lecturas que tenía pendientes. He leído a Cristina Morales, a Bret Easton Ellis, a Tatiana Tibuleac, a Chris Ware, a Piedad Bonet o a Joan Didion, y de forma obsesiva varios poemas de Antonio Gamoneda. El último libro que he abierto debería haber sido el primero: esta semana he empezado, por fin, ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, en la edición que me regaló Silvia Grijalba, y no sé cómo tengo el valor de decir que no he leído todavía. He visto bastantes películas entre las que se incluyen bodrios pero también varias buenas o incluso muy buenas, como la argentina ‘Rojo’ o la francesa ‘Vivir deprisa, amar despacio’; he tirado de Hitchcock y de Aristarain y también me ha dado por la ciencia ficción, como si no tuviera suficiente con los informativos, resistiéndome sin embargo a la tentación de volver a ver ‘Chernobyl’ pero cediendo a ver de nuevo ‘Veep’. Huérfano de series nuevas, en las primeras semanas me enganchó ‘The Act’, un estupendo culebrón de terror de ocho capítulos.

He estado en fiestas por videollamada, descorchando botellas con alegría, y he asistido en riguroso ‘streaming’ a un festival de música electrónica desde el salón. En particular, estoy orgulloso de haber bailado varias veces delante de una cámara. Releo lo que he escrito y descubro que, así contado, podría parecer que he disfrutado de un confinamiento muy feliz, pero he tenido días en los que he llorado con motivos o sin ellos, he tenido y sigo teniendo sueños raros, he echado de menos demasiadas veces y no he podido dejar de hacer ejercicio, sobre todo por mi espalda. Me causa mucha pena comprobar que este país jamás estará unido, aunque también he sentido aprecio por muchos desconocidos. No creo que vayamos a aprender demasiado de esto más allá de la capacidad de resistencia de cada uno y me niego a pensar que la vida nos va a cambiar para siempre y a peor. Prefiero inclinarme por lo positivo, confiar en nuestra capacidad de resistencia y deleitarme con la posibilidad de un bello verano..

POR RACHEL HAYNES. Si tuviera que dar una forma geométrica a mi confinamiento del coronavirus sería un rectángulo. O, mejor dicho, dos.

El primero lo delinea el marco de mi terraza y su contenido es la vista que se ve desde allí, que ha sido mi única visión en primera persona del mundo exterior en las últimas siete semanas.

En principio la imagen podría ser una fotografía fija: el mar, que vislumbro cuando giro mi cabeza a la izquierda, las montañas que forman el horizonte en frente y los tejados de las casas que tengo delante cambian más bien poco.

Pero el día se convierte en noche -cuarenta y tantas veces desde que esto empezó-, el tiempo cambia de lluvia a sol y el color de los carritos de la compra de la gente de la calle va variando. Todas pistas reales de que la vida sigue allí fuera.

Menos mal que tengo el otro rectángulo, la pantalla de mi ordenador, para rellenar los huecos. Gracias a mis compañeros de trabajo, periodistas tanto aquí en Málaga como en todo el mundo, veo lo que no entra en mi vista real. Sé que sigue existiendo calle Larios –aunque sea sin gente-. Sé que sigue habiendo arena en la playa –aunque esté ocupada por gaviotas y golpeada por olas-. Y sé que sigue habiendo enfermos en el hospital, cuidados por los héroes a quien aplaudimos todas las tardes.

Y gracias a este rectángulo, y otro más pequeñito que es mi teléfono móvil, puedo seguir haciendo mi trabajo desde casa. Puedo asegurar que esta información que me van comunicando mis compañeros llega también a decenas de miles de extranjeros que viven en la provincia de Málaga y más allá. Lectores que sufren no solo un confinamiento físico, sino también una barrera idiomática que los separa de la actualidad a su alrededor.

Pero cuando desvío mis ojos de mis rectángulos, me centro en el triángulo humano que formamos aquí en mi casa. Un marido que sí sale a la calle y trae comida, ánimo y noticias del barrio, y un hijo de 14 años, que maneja responsablemente su rutina de estudios, vive su confinamiento a través de sus propias pantallas y es, como todos los que siguen creciendo, una prueba más de que el tiempo no ha parado. Siete semanas dan para mucho en esa carrera adolescente de niño a adulto.

Tengo que volver a fijar los ojos en la pantalla para ver el resto de la familia y amigos. Ahora curiosamente todos están a la misma distancia –que se podría llamar distancia Zoom– tanto los que están aquí en España como los que están fuera.

Escribo estas líneas el día 1 de mayo, pero cuando se las lea seguramente habré salido a pasear. Habré llegado a la playa, habré hecho un giro de 360 grados y habré comprobado con mis propios ojos que el mundo que no entraba en la vista desde el rectángulo de mi terraza sigue allí.

POR EUGENIO CABEZAS. El martes 10 de marzo fui al colegio a llevar la matrícula de mi hijo pequeño, Víctor, que en septiembre se supone que comenzará primero de Infantil. Recuerdo que entrando el director me preguntó, ¿Eugenio, tú que eres periodista, crees que van a suspender las clases? Me quedé callado unos segundos, sin saber qué responder, pero le dije: «Parece que todo apunta a que sí, mira Madrid o Italia». En apenas cuatro días todo se precipitó. Desde entonces las jornadas se han convertido en un bucle en el que es difícil saber qué día de la semana es.

Aunque el teletrabajo no es nuevo para mí, pues llevo así desde que en 2006 empecé como corresponsal de Diario SUR en Benalmádena y Torremolinos, viviendo todavía entonces en la capital malagueña, antes de venirme en 2008 a mi pueblo natal, Nerja, sí lo es tener que organizar la semana sin las clases escolares ni las terapias de las tardes de mi hijo mayor, Hugo, de 8 años. Desde antes de los dos años está diagnosticado de autismo. Apenas habla, sólo algunas palabras para pedir lo que quiere.

Si esta situación nos tiene a todos sumidos en la incertidumbre y el miedo, para él no está resultando tampoco nada fácil. Sus problemas de sueño se han agudizado. La falta de una rutina diaria le está haciendo mella. En casa tratamos de que haga las tareas que nos mandan su maestra Ana, del aula específica, y su logopeda, Rocío, pero no es fácil. Aun así estamos consiguiendo muchos logros. Cuando notamos que está muy inquieto, lo saco a dar un paseo por el parque Verano Azul y el cauce urbano del río Chíllar. No me pongo ningún lazo azul, como recomendaron las asociaciones de autismo, porque no considero que tenga que ir marcado.

Cuando aún no se podía sacar a los niños a la calle, un par de veces fui increpado por transeúntes. Resultó muy desagradable tener que explicarle el trastorno de mi hijo. Una patrulla de la Policía Local me confesó un día que recibieron una llamada y, puesto que el agente que la atendió me reconoció por la descripción que dio, le dijo a la señora: «¿Usted sabe por qué ese padre ha salido con su hijo?» Con Víctor todo es mucho más fácil, aunque a la vez, absorbente. ‘Papá, el tren’, ‘Papá, la pelota’, ‘Papá, jugar a la Wii’. La madre y yo nos turnamos para estar con él. Sabe que en la calle hay «un bicho» y por eso no puede ir a la guardería. «No hay colegio», repite.

Por si no fuera poco todo este entretenimiento, en casa también convivimos con un perro, Tino, un labrador de 5 años, que en contra de lo que pudiera pensarse por su edad (tendría que tener al menos 35 años humanos), parece más bien un cachorro. Siempre quiere jugar, sobre todo si escucha la palabra ‘pelota’. Llega entonces el momento de sacarlo a la calle. Cuando el paseo es más corto de lo habitual, se frena en seco y me tira hacia el parque y la playa. Como su ‘hermano’ Hugo, él tampoco entiende de pandemias.

En esta montaña rusa de emociones, lo que más echo de menos en esta cuarentena es el gimnasio, al que en julio hará veinte años que empecé a ir. De hecho, estas siete semanas son el periodo más largo en estas casi dos décadas que he estado sin «mover hierros», como decían los veteranos cuando empecé. Para suplirlo, he vuelto a darle uso a la bicicleta estática que compramos hace un par de años y que hasta ahora empleábamos como perchero. También me gustaría volver a nadar en la piscina cubierta de Torrox con Hugo. En esto somos como dos gotas de agua. No hay sitio en el que mi hijo mayor sea más feliz que chapoteando en el líquido elemento, con su peculiar estilo a espalda.

Aunque estas semanas de confinamiento han sido frescas y lluviosas en la Axarquía, echo también mucho en falta bañarme y nadar en la playa. De hecho, creo que he roto con una tradición personal desde hace al menos una década: sumergirme como mínimo una vez todos los meses del año en el Mediterráneo. Espero que todo esto acabe pronto y podamos volver a disfrutar de la playa este verano. Aunque no me lo digan, sé que Hugo y Tino lo están deseando también.

POR JUAN CANO. Siguiendo la estela de alguno de mis compañeros, me voy a tomar esto más que como un diario, como un confesionario. Lo admito, soy un poco hipocondríaco (sí, sé que tú ya lo sabías). O mejor aprensivo, que parece menos grave (me recuerda esto a lo del letón y el lituano del amigo Pablo Aranda). Si lees la RAE lo primero suena a enfermedad y lo segundo, a un estado de ánimo, así que me quedo con aprensivo, que si lo pienso mucho acabo teniendo las dos cosas. O ninguna, porque la verdad es que no me encaja la definición por lo de «sumamente pusilánime», con lo que a mí me gusta un sarao. Aunque lo de definirse es mejor dejárselo a los demás, que está feo hablar de uno, y más si eres periodista. Es curioso, ahora que lo pienso. Con un par de copitas de vino (nunca al volante, que a Aznar ya le costó un disgusto decir algo parecido) se te olvida hasta lo que te duele. Todavía no me he dado a la bebida con esto del coronavirus, al menos no definitivamente, pero si algo tengo claro es que, cuando todo vuelva a la normalidad, no pienso hacerme un análisis de sangre durante una temporada. Sí, lo confieso, le temo al resultado, aunque pongo poco de mi parte. El encierro me ha dado por la cocina (por visitarla, para qué nos vamos a engañar) y por castigarme. Y no hablo de flexiones, precisamente. En casa, el almuerzo se ha vuelto de pronto algo tan importante que empezamos a planificarlo el día anterior. Igual que las compras, aunque ahí me estreso bastante más (cualquier día voy al súper con el neopreno y las gafas de buceo). Siempre sigo un ritual que me ayuda a calmar mis neuras: las bolsas de frío por un lado para desinfectarlas antes de meterlas en el frigorífico, las del congelado por otro… Como me tomo mi tiempo, suelo ir a horas intempestivas, para evitar las colas, y busco siempre a la misma cajera, Auxi, que me entiende, no me mete prisa y hasta me ayuda a clasificar los artículos. El resto de la compra acaba en el trastero, en cuarentena, como los paquetes de Amazon, que se quedan una semana en la terraza (cualquier día se los lleva un águila o una urraca cleptómana, ahora que estamos todos encerrados y la naturaleza empieza a recuperar lo que es suyo, aunque esto seguiría siendo un hurto porque los he pagado yo). La cosa es que siempre detecto algún fallo en alguna parte del proceso -suele ser el móvil, o las gafas- y pienso «Juan, ya la hemos liao». Y ya como me dé por estornudar… Si algo tiene esto del coronavirus es que a uno le da tiempo a pensar demasiado. Y cuando lo hago, concluyo que, a este ritmo, para que el virus entre en casa lo va a tener que hacer escalando, aunque seguro que dentro de poco le descubren una nueva propiedad y el que se tiene que ir al trastero soy yo. Recuerdo la era A. D. C., Antes Del Coronavirus (el acrónimo no es mío, se lo tomo prestado a mi hermano Lillo), y todo eran prisas para calentar el túper y salir corriendo. Correr, correr y correr, y siempre para llegar al mismo sitio. Y ahora viene un puñetero virus, con lo que yo les temo, que no se sabe bien si procede del pangolín, del murciélago o el perro mapache (mira que me gusta comer, pero juro que no los he probado en mi vida), que lo que sí es seguro es que viene de China (tampoco he estado nunca, y voy a hacer como con el análisis de sangre, lo voy a dejar por un tiempo), y nos resitúa a todos en el mundo. En lo importante que es la higiene personal, algo tan sencillo como lavarse las manos. En cuidar un poco más a nuestros mayores, como ellos hicieron de nosotros, aunque ya no nos acordemos porque éramos demasiado pequeños y todavía inocentes. Y en que los superhéroes no son los de los cómics. Ahora que todos salimos a las ocho a aplaudir a los sanitarios, pienso en los recortes, que obligaron a muchos de ellos a hacer las maletas, y en que hasta hubo que ampliar el delito de atentado (lo siento, la cabra tira al monte) para castigar las agresiones que a veces sufren. Por cierto, que mi prima Vanesa, que es enfermera y emigró a Milán para buscarse la vida hace ya unos años, empezó a avisarnos en febrero de que lo de allí venía para acá, pero no lo vimos venir. Aquí va la última confesión del día: cuando me advirtió de lo que pasaba en Italia, a primeros de marzo compré agua para tres inviernos. No, no me dio por el papel higiénico. Se ve que como soy de Almería y allí tenemos desierto, le temo más a quedarme sin agua; cosas del subconsciente. Con los sanitarios pasa como con los mayores. Cuidar al que te cuida, o te ha cuidado alguna vez, no debería ser una norma, sino una vocación. En definitiva, y por sacarle el lado positivo a las pandemias, quizá todo esto ha servido para recordarnos lo que es importante: la salud (a mí no me hacía falta, la verdad, que yo ya llevaba la preocupación de serie) y pasar tiempo con la familia. Les dejo, que es mediodía.

POR ÁNGEL ESCALERA. El ser humano tiene una capacidad de adaptación asombrosa; se acostumbra a todo. Eso me ha ocurrido a mí. Aunque llevo más de mes y medio de confinamiento, los días han discurrido con rapidez. En este tiempo de enclaustramiento he tratado de mantener la calma, pese a que eso es difícil en el oficio periodístico, por el bien de mi salud mental. Echo la vista atrás y me parece que fue ayer cuando empecé con el teletrabajo. Si algo define a este método que permite cumplir con la actividad laboral es que no deja lugar para el aburrimiento. La característica principal es que te pasas las horas delante del ordenador y pendiente del teléfono. Son las herramientas empleadas para sacar adelante la tarea que hay que llevar a cabo en esta etapa tan extraña, en la que somos protagonistas involuntarios de una pandemia que se seguirá recordando dentro de cien años cuando a nosotros ya no nos recuerde nadie. Hemos entrado a formar parte de la historia sin haberlo pedido.

Como decía, las nuevas tecnologías nos facilitan la labor, pero a la vez nos hacen depender de ellas para casi todo. ¡Qué horror cuando el sistema nos desconecta y nos deja con la palabra en la tecla! En esos casos, nos sentimos impotentes; se paraliza nuestro trabajo y no sabemos si tirarnos de los pelos o tirarnos al suelo. Menos mal que contamos con técnicos eficaces que nos resuelven los problemas.

Bueno, a lo que iba. Mi vida durante esta cuarentena (que ya dura más de 40 días) se centra en una relación tanto de amor como de odio con el ordenador portátil y con teléfono. El sonido de las notificaciones de los mensajes que llegan me mantienen en tensión constante y se meten en mis horas de descanso, porque no me atrevo apagar el celular y dejarlo fuera de servicio (castigado en su caja), aunque debo confesar sin pudor que más de una vez he sentido ganas de estrellarlo contra la pared, sobre todo cuando ha sonado a horas intempestivas, así como de dar vacaciones indefinidas y no remuneradas al ordenador. No lo he hecho, claro está. Sin en ellos, en la actual tesitura, estaría más perdido que el famoso barco del arroz.

Por tanto, como asegura el refrán, si no puedes con tus enemigos, únete a ellos. Así que mimo el ordenador y cuido el teléfono como si fueran unos fieles compañeros inanimados que me hacen la existencia más grata, pese a que en ocasiones los maldiga en arameo, o en lo que yo creo que es el arameo, una lengua de la que no tengo ni la más remota idea. Ni la voy a tener. De eso estoy tan seguro como de que el coronavirus nos ha cogido como a las cigarras, cantando tan felices y sin ver lo que se nos venía encima.

Como me paso muchas horas sentado, escribiendo las informaciones que se publican tanto en la web de SUR como en la edición impresa del periódico, procuro hacer algo de ejercicio físico y desentumecer los músculos a lo largo de cada jornada . Yo soy un buen caminante, un andarín vocacional. Voy a pie a todos los sitios que puedo, que son muchos. Ahora, a falta de calle, buenos son los pasillos y el salón de mi piso para hacer los 20 metros casa. Al menos, muevo las piernas o las piernas me mueven a mí. Según como se mire. Y es que el que no se consuela es porque no quiere.

Por las noches, antes de que el sueño me deje grogui como a un púgil sonado, me dedico a una afición que combate cualquier atisbo de tedio: la lectura. Durante el encierro he leído las novelas ‘Alegría’, de Manuel Vilas y ‘El mapa de los afectos’, de Ana Merino; ahora estoy con ‘El caballero encantado’, de don Benito Pérez Galdós, del que este año se cumple el centenario de su muerte. Con Galdós se aprende más de la historia de España que con los libros de muchos sesudos historiadores.

También he releído una obra que viene muy al pelo de lo que estamos sufriendo en estas semanas de reclusión: ‘La peste’, de Albert Camus. En la página 33 de la edición que tengo en mi biblioteca hay una frase que, aunque referida a los habitantes de Orán, ciudad en la que se desarrolla la epidemia de peste, resume a la perfección la crisis sanitaria por la que atraviesa el mundo en este año bisiesto de 2020: «Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas». Pues eso. Que no somos nadie.

POR ÁLVARO FRÍAS Hoy ha sido un buen día. Quién lo diría cuando Carmen y yo nos hemos subido esta mañana al coche bien separados y cubiertos con guantes y mascarillas. Cuando hemos caminado por una calle Larios desierta, en la que solo destacaban algunos de esos héroes anónimos que visten de uniforme y que nos cuidan cada día. Cuando hemos llegado a la consulta del ginecólogo y las pocas parejas que estábamos en la sala de espera nos mirábamos con recelo.

Todo ha cambiado cuando por fin, en el diminuto monitor en el que se mostraba la ecografía, hemos «visto» (tengo que admitir que a estas alturas del embarazo aún me cuesta ver la imagen nítidamente) a la pequeña Elena. Después, el doctor nos ha dicho que todo sigue muy bien y, entonces, ha empezado a ser un gran día. Porque por poco que vea de esa pequeñita, ya desde ahí dentro, me alegra cada segundo.

También a su mamá, de la que estoy orgulloso por lo bien que lleva su embarazo, teniendo en cuenta todo lo que el coronavirus ha cambiado en nuestras expectativas. No hay caminatas por el paseo marítimo para lucir esa preciosa barrigota, ni caricias de la familia para sentir las constantes patadas de la pequeña (no para quieta, solo espero que sea más tranquila cuando nazca). Es la peor parte de todo esto, en una sociedad hipercomunicada, en la que estamos en contacto permanente, todo el avance de la tecnología no puede transmitir el calor de ese abrazo, por ahora, prohibido a los nuestros. Pero estamos bien. Sanos, y por ello hay que dar gracias.

Carmen aguanta esa relativa compañía que le hago. Porque, no nos engañemos, con el teletrabajo no se para. Paso las horas delante del ordenador y conectado a mi otra mitad, a mi Juanito, con el que prefiero no contar las horas que hablamos al cabo del día. Debo reconocer que pasan rápidos, entre la faena diaria y ese ratito de deporte que procuro no dejar ningún día porque me hace sentir muy bien, me despeja.

Cuando me paro a ver qué pasará después de esto, es inevitable no pensar en la pequeña. Estará con nosotros muy pronto y entonces el agobio por la situación a la que nos enfrentaremos por el dichoso virus me roba buena parte de los pensamientos. Pero no hay miedo. Somos afortunados por la llegada de Elenita, con ella y por ella podremos con todo. Además no estamos solos, tenemos la ayuda de los nuestros, algunos de los que, por desgracia, ya la cuidan desde el cielo.

POR FRANCISCO GUTIÉRREZ ¿Quién nos iba a decir que pasaríamos meses encerrados en casa, saliendo apenas para hacer la compra? Cuando todo esto empezó, albergábamos esperanzas de poder celebrar la comunión de nuestra pequeña. Faltaba más de un mes, y nos mandaban a casa por dos semanas… ¡Ilusos! El vestido espera colgado del armario. Pasó la fecha de la comunión, hemos celebrado el cumpleaños de nuestra hija mayor en casa, en familia, y quedan aún otros dos más que tendremos que pasar en la intimidad de la familia. Se hace raro no poder salir a la calle a celebrar un cumpleaños.

Los paseos con Clara serán un respiro, ahora que se permiten, pero ella se resiste a salir a la calle. Todos nos hemos acomodado a vivir y trabajar entre cuatro paredes y el exterior nos asusta. No es para menos: lo que nos decían que era como una gripe resulta que ha acabado con miles de vidas, de puestos de trabajo, de ilusiones y de proyectos de futuro.

El confinamiento nos ha enfrentado a nuevos retos. El del teletrabajo, eufemismo que podemos traducir como ordenador y teléfono abierto todo el día. Mi jefa es casi una más de la familia. «Te llama Barreales», me dice mi hija cuando suena el teléfono. Puede ser a la hora del desayuno, en la comida o en la sobremesa. Ninguno tenemos horario de trabajo. El otro día, un compañero pedía a Bori una foto, ¡a la una de la madrugada! «¿Has visto la hora?», preguntaba el fotógrafo. «Perdona; el maldito teletrabajo!», contestaba. Sí, el teletrabajo ha acabado con los horarios y va camino de hacernos perder la cordura.

En esta crisis sanitaria y social estamos viendo el valor de la información, de los periódicos y de los periodistas. Como el resto de compañeros, raro es el día que no tengo que dedicar tiempo y esfuerzo en aclarar informaciones que resultan ser falsas. La más reciente, que el Gobierno eliminaba la jubilación anticipada de los profesores. Un bulo más. La sociedad parece valorar el papel de los medios en esta crisis, pero, ¿qué pasará después? En el horizonte se vislumbran nubarrones en forma de cierres y despidos. Trabajar con esa incertidumbre genera desasosiego. En manos de los que hoy valoran nuestro trabajo está que lo conservemos.

Como en tantas familias, los padres tenemos que hacer de profes de la pequeña, imprimiendo fichas, explicando las lecciones y ayudando en las tareas. O de jugar el papel de padres intransigentes cuando tratamos de mantener unos horarios de sueño o de estudio pero, sobre todo, el reto de no perder los nervios, de mantener la calma, de conseguir una convivencia pacífica de cinco personas en un piso de 90 metros. Aunque con una terraza con vistas al mar. Sí, somos unos privilegiados, vivir en Málaga y con la playa al lado es un auténtico privilegio.

En nuestro recinto, Carlos, un chico del bloque 6, pone todas las tardes música, después de los aplausos. Hemos tenido sesiones temáticas, música de películas, canciones infantiles de los años ochenta. Después de tantos años viviendo aquí, encuentras en las terrazas caras desconocidas, personas con las que apenas te has cruzado en la calle. O parejas jóvenes, quizás recién llegadas. Echamos de menos a la señora del sexto del bloque 4. Salía todos los días, con su pelo negro largo y una bata celeste. Ya estamos preocupados por su ausencia.

Días antes de que el coronavirus nos estallara en las manos llegó a nuestro bloque, a nuestra misma planta, David, un señor canadiense ya jubilado. Se vino a Málaga porque le gusta el sol, el calor y los paseos por la playa. Lo vemos paseando por la casa y saliendo a la terraza, desde la que se ve el mar. Está solo. Jóvenes de nuestro recinto le hacen la compra. Y yo recojo su basura. Si algo bueno podemos sacar de esta situación es el valor de la solidaridad.

Entre las pocas salidas está la de ir al quiosco. Me lo recuerda cada sábado mi hija Clara. Se ha aficionado a los pasatiempos infantiles de SUR. Le gusta sobre todo el sudoku. Los fines de semana sacamos el tablero del parchís o de las ‘tortas locas’. Casi siempre me gana. Desde bien pequeña ha sido una gran tramposa. Ya lo hacía hace unos pocos años con su abuela Sule (QEPD). Ahora, yo, como mi madre, miro para otro lado o me hago el despistado cuando cuenta de más, se salta una casilla de castigo o avanza de torta en torta sin sacar la puntuación. Entre prórroga y prórroga del confinamiento seguimos jugando, perdiendo yo la mayoría de las veces. Todo sea por la sonrisa de mi hija. Y confiando en no caer en la casilla de la muerte, en la que ahora se dibuja un virus, la que nos haría retroceder hasta el punto de salida.

POR FRANCISCO JIMÉNEZ. He de confesar que, al principio, le llegué a coger el gustillo a esto del confinamiento. No por lo del teletrabajo, que evidentemente estaba sobrevalorado, pero a falta de calle, qué mejor que exprimir esta especie de paréntesis forzoso en el trajín diario para disfrutar al máximo de la familia. Desayunar, almorzar, merendar (he vuelto a merendar) y cenar juntos es maravilloso. Con tres peques en casa, el objetivo era tratar de relativizar todo lo que está pasando y tenerles entretenidos. Ya saben, juegos de mesa, dibujos, un rato de cocinillas (mi nueva especialidad son los churros) y antes del baño un poquito de deporte en el salón. Nada especial, lo mismo que en cualquier hogar, pero lo cierto es que entre el trabajo, el colegio, las extraescolares, la superagenda de cumples de cada fin de semana y que los cinco no somos precisamente ermitaños lo de dedicar un día a estar encerrados en casa no entraba en nuestros planes.

Y menos un mes y medio. Tampoco ir celebrando sus cumples sin pisar la calle. Ni experimentar como peluquero, tanto a máquina como a tijeras. El primero que se atrevió a ponerse en mis manos, el mediano de 8 años, se tiró dos días con la gorra puesta en cada videollamada con los abuelos, los tíos y los amigos. Menos mal que la Comunión ya había sido aplazada. La experiencia es un grado, y el salto de calidad se notó en el mayor, de 10 (ahora 11), que vio cumplido su deseo de tener una raya a la altura de la sien aprovechando que lo de no salir iba para largo. Tan mal no lo haría cuando el peque, con sus 6 años recién cumplidos, lloraba para que le cortara las puntas de su rubia melena. En cambio, la mami no se atreve. Y bien que hace.

Insisto en que lo del teletrabajo estaba sobrevalorado. El periodismo se ejerce en la calle, así que cualquier salida para hacer un reportaje se convierte en un chute de moral entre horas y horas pegado al teléfono y al ordenador. Sinceramente, no echo de menos la Redacción del periódico, pero jamás pensé que podría echar tanto en falta a quienes la llenaban de vida. La otra familia, con sus consejos, sus risas, sus vivencias, sus confesiones… En fin, es lo que nos ha tocado.

¿Hasta cuándo? Uno es optimista por naturaleza, así que para huir de cualquier amenaza de ver el vaso medio vacío en el plano personal y laboral he comprado la filosofía de plantearme la vida día a día. O partido a partido, como dicen en el fútbol. En casa también somos futboleros, así que el pasillo es ahora nuestro terreno de juego. Al menos, hasta que vuelva a darle una mano de pintura. De momento ya han caído las habitaciones y este finde tocará el salón. Ese salón que se ha convertido en despacho durante todo el día (bendito teletrabajo), en aula por las mañanas y en sala de juegos por las tardes. Ah, también en zona de acampada nocturna. Todos mezclados, y todos juntos. En una familia numerosa en la que la palabra silencio no existe, encontrar un rincón para concentrarse en el trabajo es complicado entre dudas escolares y disputas internas entre el tridente, pero al final creo que lo he conseguido.

Ahora empezamos a salir. La primera escapada en familia fue el lunes por la mañana. No se me ocurre mejor forma para celebrar los 11 años del mayor. El portátil del trabajo apagado 24 horas por primera vez en mes y medio. «Pues el día ha estado bastante bien», comentaba antes de irse a la cama. Es increíble la capacidad de adaptación de los niños.

Lo que no llego a comprender es ese optimismo que en los últimos días se encargan de trasladar desde el Gobierno central y desde la Junta de Andalucía. Con miles de contagios diarios y con una lista interminable de fallecidos, nuestros dirigentes empiezan a hablar ya de la vuelta al cole, de la apertura de tiendas y de que en unas semanas podremos volver a juntarnos (no demasiado) en los bares. Benditos bares. ¿En serio? Está bien ir pensando en el ‘después’ y en esa ‘nueva normalidad’ porque el sustento de muchas familias depende de ello, pero ese mensaje que transmiten puede volverse en nuestra contra en forma de relajación por parte de la población. Ojalá no sea el cuento de la lechera.

POR AGUSTÍN PELÁEZ. En casa estamos tres en teletrabajo, mi hijo mayor, mi mujer y un servidor. El menor, que estudia Ingeniería Industrial, también lleva confinado en casa desde el inicio del estado de alarma. Se lo ha tomado tan en serio que no sale a la puerta de la calle. Como mucho se asoma al porche. A veces pienso que cuando salga se va a quemar con el sol, así que le pediré que se ponga protección. Aunque es él primero en decirnos que es bueno que nos dé el sol por aquello de la vitamina D. Los dos son mayores de edad y a veces se comportan como si fueran los padres, pero en general lo llevamos bastante bien.

De vez en cuando salimos a hacer la compra. La hace el que dispone de más tiempo en ese momento. Lo mismo hacemos a la hora de tirar la basura. Durante estas más de seis semanas de confinamiento he descubierto la terraza, un espacio hasta ahora infrautilizado de la casa. Salgo a respirar aire. Al vivir a un tiro de piedra del mar, en ocasiones se puede hasta oler el agua marina. Y pienso entonces que no me resignaré a tomar el sol rodeado de mamparas, porque eso más que ir a la playa debe ser como meterse en una sauna, pero claro, quien iba a decir que hace menos de 45 días íbamos a tener que estar confinados acosados por un virus microscópico que no sólo ha cambiado nuestras vidas, sino que es capaz de acabar con ella.

Mi hijo mayor recordaba que siendo un niño su abuelo le contaba que una cicatriz que tenía en el vientre era fruto de haber estado en la guerra, que se la produjo una metralla en el fragor del combate. La realidad es que era del apendicitis, pero le encantaban aquellas batallitas del abuelo y comentaba, en voz alta, el poco glamour que tendrá cuando le cuente a sus nietos o a sus hijos que allá por 2020 todos teníamos que ir al supermercado con mascarillas y con guantes, y que no nos podíamos acercar a menos de dos metros de otras personas por culpa de un virus.

La terraza es el espacio al que cada día, a las 20.00 horas, me asomó para aplaudir el esfuerzo que hace mucha gente en este país para protegernos a los demás, porque no puede haber nada más heroico que el trabajo de los sanitarios para proteger y curar a las personas contagiadas sin los medios de protección adecuados; la labor que realizan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la de los miembros de la Fuerzas Armadas que han ayudado a desinfectar infraestructuras esenciales o en el trabajo que realizan cada día los empleados de los supermercados, el de los agricultores y ganaderos e incluso los camioneros para que nada nos falte.

Recuerdo que cuando regresaba de la última edición de Fruit Attraction de Madrid, en octubre de 2019, a la que había acudido enviado por SUR para seguir la presencia de las empresas agroalimentarias malagueñas en esta feria, ya en el AVE de regreso a Málaga había en mi mismo vagón un grupo de turistas japoneses. Aquellos días estaba algo acatarrado y empece a toser. Con todo disimulo, el japonés que estaba más cerca cogió su mochila y tras lavarse las manos con un gel hidroalcohólico que llevaba en el interior se colocó una mascarilla. Por supuesto, no me sentí ofendido. Me pareció un tanto curioso, incluso exagerado. El hombre era algo mayor y en aquel momento pensé que lo hizo pensando en que no quería que se le chafara el viaje turístico por culpa de un resfriado. Ahora soy yo el que vigila que nadie tosa cerca cuando voy al súper, a la panadería o al kiosco. Por cierto que es un agobio llevar la mascarilla. Se me empañan las gafas y no hay nada que lo remedie, siempre me las termino quitando. Menos mal que para las distancias cortas me las arreglo, pero como soy miope, de lejos no veo ni torta.

Lo que peor llevo es no haber podido despedirme de un amigo que se ha ido para siempre en este periodo. Me hubiera gustado abrazar a su mujer y a sus hijos y acompañarles.

Echo de menos visitar alguna almazara, un invernadero, una plantación de aguacate o mango para ver cómo van y hablar con los agricultores de tal o cual variedad de fruta o verdura, de cuándo plantan o de cómo va la cosecha, visitar La Mayora, la lonja de un puerto en plena subasta, ver a un ganadero en su día a día para que me hable de su trabajo. Tengo una larga lista de empresas ‘agro’ que me gustaría conocer in situ y que espero visitar pronto. Después de varios años escribiendo casi a diario de temas agroalimentarios muchas veces pienso que no sé pensar en otra cosa. Para mi, que soy de ‘Provincias’, ha sido un descubrimiento. Me encanta y lo disfruto, porque es un sector apasionante del que cada día aprendo, me sorprende y admiro. Creo que habría que aplaudirles también a diario, porque hay muchos productores que lo están pasando mal debido al cierre de la hostelería y la restauración, pero siguen al pie del cañón.

La mayor parte del tiempo que llevo en SUR la he pasado escribiendo desde la delegación de Vélez, sin el ruido ni el calor de una redacción arropándote. Quizá por ello, cuando voy al periódico a Málaga trato de buscar un ordenador situado en una zona poco ruidosa y me voy casi siempre, si hay sitio libre, al espacio en el que están los compañeros de la edición en alemán e informática. Ahora, después de tantos días de confinamiento me digo que la próxima vez que vaya me colocaré en el corazón de la redacción. Hasta entonces, vaya también ese aplauso de cada tarde desde mi terraza para todos mis compañeros, a los que admiro un montón.

POR MANOLO CASTILLO. No sé cómo calificar este confinamiento porque jamás imaginé vernos en esta situación. Quizá porque no soy muy aficionado a las películas de ciencia ficción, aunque a partir de ahora comenzaré a verlas con otros ojos. Vi ‘Contagio’ y me parece increíble cómo en 2011 se pudo narrar con tanta verisimilitud lo que estamos viviendo en 2020 con el coronavirus. Ya nada nos puede parecer imposible.

Tengo que reconocer que el confinamiento voluntario es desde hace algunos años una de mis aficiones preferidas. Encerrarme en la casa con los míos y mis cosas. Por eso desde el primer día del estado de alarma supe que lo difícil no iba a ser el ‘estar’ sino el ‘ser’.

Cuando se prohibió el tabaco en 2011 en los lugares públicos pensé que iba a ser prácticamente imposible por la forma de ser de los españoles. Y me equivoqué. Ahora, la prueba ha sido mucho mayor y se ha superado también. Pensar en casi todo un país encerrado en casa podía parecer inverosímil, pero ha ocurrido. Lo que pienso es que los efectos de estas semanas sólo lo veremos dentro de algún tiempo, porque ha sido todo tan surrealista y estrambótico que no puede ser inocuo. Tantos días con tanta gente haciendo cosas tan extrañas debe ser algo que marque para siempre. Es como si de repente todos hubiéramos participado en una película, como si en el fondo nada fuese real, como si todos esos personajes que aparecen casi a diario en nuestra televisión fuesen una ficción. Ha sido como si los espíritus de Instagram y TikTok se hubieran apoderado de los hogares españoles y el propio día a día fuese un ‘storie’, con sus ‘likes’, sus comentarios y sus ‘emojis’. Lo mismo convertíamos la cocina en un plató de ‘Master Chef’ que el salón en una pista de ‘cross fit’. No hemos cogido el coche, no hemos ido a un restaurante ni a un bar, no hemos tomado una caña con los amigos, no hemos ido a pasear. Si uno se pone a pensar, esto ha sido, y está siendo, muy loco.

Y entre todas las cosas, nos hemos dado cuenta, una vez más, de que las cosas no son como son y que pueden ser diferentes. Podemos trabajar sin ir a trabajar y podemos vivir sin salir de casa. Y sin fútbol, algo que en algunas casas habrá sido una especie de expediente X. Ha sido tanto el impacto que me temo que puede haber muchas personas que no tengan mucho interés en terminar el confinamiento y piensen que como en casa en ningún sitio. Los habrá que la angustia o los niños entre 0 y 10 años le habrán consumiendo toda la energía. Y los habrá que cuando salgan de casa se sentirán extraños.

Eso sí, a obedientes no nos gana nadie. Hemos asumido todas las órdenes sin rechistar, a pesar de las numerosas contradicciones. La gran pregunta es: ¿Y después de todo esto, qué? Pues ya veremos, frase que se ha convertido en el mantra del confinamiento. Este domingo parecía el día de los Reyes Magos; dejaron a los niños sacar de paseo a los padres. Y mañana, pues mañana ya veremos.

P.D. El teletrabajo es, realmente, un invento maligno. Es convertir el ordenador, el móvil y tu cabeza en el punto sobre el que gira toda su casa durante 24 horas al día, siete días de la semana y 30 días al mes.

POR JAVIER RECIO. Me he convertido en un voyeur. Lo reconozco. La curiosidad me ha podido, no sé si habrá sido por mi condición de periodista. Este confinamiento, del que ya han pasado los cuarenta días que en principio parecían suficientes, me ha permitido descubrir a mis vecinos, a los que antes no hacía caso, quizá porque en las horas de llegada a casa tras el trabajo siempre reinaba la oscuridad. Ahora no. Ahora paso muchas horas junto a una ventana a la que de forma reiterada torno la mirada para ver no se sabe muy bien qué, porque ya lo tengo todo más que escrutado. Bueno, confieso, miro para ver lo que hacen mis vecinos, que lógicamente también están confinados.

No cojo los prismáticos como James Stewart en la magnífica película de Alfred Hitchcock, aunque he de reconocer que me dan paranoias como le ocurría a este magnífico actor. Mi casa está rodeada por otras cinco. Y para husmear (oler o ‘goler’ en malaguita) me suelo asomar a la ventana, o mejor dicho a las ventanas, para escudriñar lo que hacen mis vecinos. Los moradores de enfrente acaban de tener un bebé y sé que sobre las once de la mañana siempre lo sacan para darle un paseo entre los cuatro perros que tienen. El chaval se ve que está a gusto, porque nunca lo he escuchado llorar. Sobre las cinco de la tarde van a una muralla medianera que tiene con otra vecina para echar un rato, aunque la conversación casi siempre gira sobre lo mismo: lo guapo que está el niño. Confieso que a esa hora abro la ventana para oír y, si es posible, escuchar para ver si sueltan algún cotilleo. Pero nada. No rajan. Mientras tanto, Coco, mi perro, también se sabe los horarios pues sale del porche y gira la cabeza hacia arriba para comprobar si le digo algo o, más bien, si escucha sonar la cadena, que es sinónimo de darle un paseo. Por mi curiosidad lo tengo algo olvidado. Qué perro es, pensará el can de mí.

En el lado este de la casa hay un vecino que siempre está metido en el garaje haciendo no sé muy bien qué. Se ve que le gusta el bricolaje y tiene además un aparato muy extraño que le permite volar gracias a un gran ventilador que se coloca a su espalda. Mis hijas, de 21 y 15 años, dicen que es raro y que les recuerda a esos actores de películas vespertinas de domingo que acaban cometiendo crímenes. Yo dudo, aunque al final no me dejo llevar por las sospechas de Stewart, al saber que es policía y que además es un gran tipo. Raciocinio, por favor. A los vecinos del lado oeste lo observo por la ventana de la habitación, a la que voy para estirar las piernas. Vale, me han pillado, voy para mirar. Son una pareja de guiris belgas que acaban de comprar la casa y que andan con la idea de acabar con las hormigas en su parcela de 2.500 metros. Me he acordado de San Agustín (ahora me ha venido bien estudiar en Los Olivos), que le dijo a un niño que era imposible sacar en su pequeño cubo el agua del mar. Pues estos están todo el día fumigan que te fumigan. Cosas de guiris. Con ellos viven dos jóvenes, que ya me he enterado que tienen 27 y 23 años. Mi total desconocimiento de su francés (si hubiera estudiado en el Liceo…), me hizo creer en un principio que eran sus hijos, hasta que en un día de avistamiento vi cómo se estaban morreando. Por fin sé que es su hijo y su novia. Qué espía más chungo soy. Necesito demasiado tiempo para enterarme bien de las cosas.

Por último, desde la ventana de la cara sur de la casa, la del baño, contemplo a una familia mixta, compuesta por un australiano y una gallega que tienen dos hijas pequeñas, que se han trasladado también a la misma hace unos meses. Se ve que prevalece la inconsciencia del guiri, porque divisé en pleno mes de marzo a las pequeñas bañarse en la piscina cuando subió algo, muy poco, la temperatura. También le debió de subir al padre, al australiano, que se bañó en pelotas. Debe ser nudista. Me puse a pensar si hiciera lo mismo en mi piscina, aunque lo descarté porque también podría verme en un momento dado él, aunque creo que en la comparación no saldría mal parado…Es broma, me he venido arriba. Que tampoco es para tanto. La verdad es que estoy entretenido con lo que podría ser un remake rural de la gran película del maestro de suspense, que podría titularse ‘El visillo alhaurino’. No estoy mal, aunque echo de menos mandar whatsapps orales a mis compañeros, a los que veo en la redacción desde mi pecera indiscreta… Ánimo a todos, ya queda menos.

POR JUAN CAMACHO. Importa poco los días que llevamos de cuarentena. Ya son muchos. Demasiados.

Todo empezó como una aventura. Sin duda lo está siendo, pero la emoción de empezar algo desconocido se ha ido evanesciendo con el paso de los días dando lugar a la incertidumbre y al miedo.

Antiguamente, el epicentro de las vidas era el hogar. Hoy, en la mayoría de los casos se ha convertido en un lugar donde dormir y poco más. Eso sí, la cercanía a los centros de ocios es primordial. Al criarme en Marchena, a 60 km de Sevilla, en una época de malas carreteras, mis padres apostaron por una gran casa donde el tiempo tenía su propio ritmo. Donde pasar días era una delicia, tumbado en el patio de columnas, sobre el suelo de loza buscando el sol que entraba a través de la «vela» (toldo que a gran altura tapa el sol cegador de la campiña sevillana). Entonces tenía perros. En distintas épocas. ‘Nova’ y ‘Bulky’. Cockers ingleses negros. Mi padre, abogado, atendía en su despacho con parsimonia y paciencia infinita a sus clientes: buscadores de miseria de parientes muertos, carroñeros, depredadores… en fin, gente en pos de la esperanza de arrancarse los problemas que les torturaban y depositarlos en el despacho del letrado. Pero cuando toda esa jauría se iba, él se encerraba en su laboratorio fotográfico o se dedicaba a leer, a escribir, a pintar o a tocar la guitarra. Mi hermano mayor tenía su estudio de pintura. Mi madre era el alma de la casa. Y mi hermano Ricardo era querido y apoyado por todos. Yo lo veía todo desde abajo. Era el pequeño.

Y, ahora, otra vez ahora, las casas son el centro de todo.

Trabajar en Diario SUR como asesor de publicidad supone estar siempre en una montaña rusa de emociones. No siempre se puede comercializar los productos que deseas, pero siempre se ha de estar al pie del cañón. Intentándolo a brazo partido con el alma entregada a una causa común. Los compañeros hacen la vida mucho más fácil. Somos un grupo de profesionales que siempre deja un hueco para unas risas, unas palmeras gigantes de chocolate o unos churros. Y todo, esta atmósfera maravillosa que muchas veces da aire y sentido a un trabajo mucho más duro de lo que pudiera parecer, ha pasado a un segundo plano con el teletrabajo. Los ratos de desahogo ahora son ocupados por poner un desayuno a los tres cachorrillos de niños que tenemos que cuidar, a inventarte un juego nuevo, a pensar qué se come hoy, a restablecer la contraseña de Netflix (bendito sea) que a Pablo de 3 años de edad le da por tocar cada dos por tres, a entrar en la página web del colegio para ver los deberes que les tocan esa semana o para ir al Banco Santander que está saliendo de la puerta de mi dormitorio-despacho a la derecha, que es dónde mi mujer ha establecido su teletrabajo.

Merece mención aparte la extraordinaria entereza de los niños. Reconozco que los míos tienen mucha suerte al contar con un pequeño jardín donde, cuando el tiempo lo permite, pueden jugar y desfogar. Inventar mundos. Crear tsunamis. Levantar muros con su imaginación que le salven de la pandemia y de la histeria de los mayores. Pero la realidad es que llevan un mes sin salir de casa y esto lo están sufriendo se den cuentan o no.

Hacer de lo extraordinario algo cotidiano se he convertido en una exigencia durísima; ahora no sólo se trabaja desde casa durante ocho horas y ejercemos de padres el resto del tiempo. Ahora somos a tiempo total (con ERTE incluido): asesores, padres, maestros, médicos, psicólogos, cocineros, limpiadores, jardineros y en contadas ocasiones, cuando las fuerzas y el deseo lo permiten, amantes de tu pareja.

Recuerdo en estos días la película protagonizada por Bill Murray: ‘El día de la marmota’, aunque el nombre real era ‘Groundhog Day (Atrapado en el tiempo)’, más que otras de infectados y de virus. Es lo más parecido a uno de mis días. Siempre igual. Al menos, Bill podía salir a la calle. Yo, ahora, no tengo perro, sólo tengo tres hijos y una espléndida mujer. Así que me tengo que quedar en casa con los gritos de alegrías o de enfados de los niños, ya no los distingo, mientras me asomo a la terraza y veo personas caminar con sus perritos, deseando que se acabe la comida para poder ir al Maskom con mi mascarilla y mis guantes cual cirujano ante operación de corazón abierto, aunque yo lo tengo «encogío».

Desde esta habitación del confinamiento desde donde veo las luces del aeropuerto fantasma sin apenas aviones, la noche repara los resquemores de un día más, de un día menos para volver a la «locura» de la normalidad.

POR EMILIO MORALES . El diez de marzo cumplí treinta tacos. Era lunes, y pensé que lo mejor sería hacer una fiesta por todo lo alto el fin de semana. Lo que no sabía es que ya no habría más fines de semana. Desde hace tiempo vivo en un piso del centro con dos amigos de la infancia, y cuando sobrevolaba la idea del confinamiento reflexioné durante un segundos: tengo dos opciones, vivir un mes encerrado en un piso con dos colegas que están sumidos, maldita sea, en un ERTE, o volver a casa de mis padres, en la que hay un bonito jardín y sobre todo, ‘la Batcueva’.

La Batcueva es un gimnasio que montó mi padre en nuestro garaje, y me recuerda a cuando Batman se retiraba socialmente y comenzaba a entrenar en silencio. Una bici de ‘spinning’, el press banca y la barra de dominadas son mis compañeros de batalla, siempre acompañado del teléfono móvil. Realmente, llevo muchos años teletrabajando, y con lo que respecta a mi trabajo estoy acostumbrado a reutilizar espacios de mi casa convertidos en improvisados despachos. Soy caótico, y nunca escribo desde el mismo sitio, incluso muchas de las llamadas las hago montado en la bici -he encontrado la posición perfecta para que el móvil no se caiga después de varios accidentes-.

Me siento afortunado de poder contar historias en este tiempo, y son muchas veces las que me dan el aire fresco que necesito. Aunque, no os quiero engañar: Estoy bien. Gracias a Dios mi familia no está afectada por el virus, y está siendo una experiencia curiosa volver a casa sin contar los veintitantos. Considero esto un regalo, meses en los que poder convivir con mis padres sin los embistes de la adolescencia, y conociéndonos de otra manera. Se respira buen rollo, sobre todo en la cocina. Echamos de menos a mi hermano, médico residente en Sevilla, uno de los que como dice mi nueva sección, está en primera línea.

Ahora mismo tengo a mi madre enfrente, profesora de inglés de cuarto de ESO. He escuchado un reading sobre Corea del Sur 37 veces, pero ella parece mantener la vocación y corrige a sus alumnos virtualmente con mucho cariño. Mi padre acaba de subir de la Batcueva, una hora y veinte dice que ha estado. Disculpad, me suena el móvil. Tengo que dejaros. Cosas del teletrabajo.

POR ANTONIO GÓNGORA . La cuarentena confunde a mucha gente. Las ideas, los planes, las perspectivas y hasta la salud van cambiando a medida que avanzan las semanas. Unos días piensas que el confinamiento debería seguir más tiempo para garantizar la seguridad, mientras que otros quieres que todo acabe, aunque no sabes muy bien para qué. La normalidad que viene será nueva, diferente y con ciertas similitudes a este periodo de encierro. Hasta que no exista el medicamento o la vacuna adecuados, el temor seguirá presente para realizar cualquier movimiento, al margen de las restricciones. Todos nos preguntamos cuándo podremos hacer determinadas cosas que tenemos en mente, que hasta marzo eran habituales. Esa inquietud permanente, quizás también por un exceso de responsabilidad o preocupación, afecta de muchas maneras, lo que te impide disfrutar de una tranquilidad imprescindible.

Creo que la desesperación no responde al completo al siempre indeseable confinamiento, sino que va más allá y no desaparecerá con la nueva ‘libertad’, sino que se mantendrá hasta que no exista el aval médico que nos permitan retomar a la normalidad real y contar con la confianza necesaria para salvaguardar la seguridad al máximo nivel posible (todos tenemos familia cercana o conocidos muy vulnerables, sobre todo por la edad). Las precauciones por no contagiarte al salir de casa se pueden convertir en una obsesión. Hasta las mascarillas y los guantes te parecen insuficientes para acercarte al supermercado. El miedo no sólo es libre, sino que va y viene.

Intento teletrabajar en mi casa de la forma más cómoda, pero no es nada fácil. He realizado un ‘tour’ por las zonas que me gustan en busca del lugar que más me atrae. Y no parece existir ninguno adecuado. Estaba acostumbrado a trabajar desde mi domicilio en ocasiones puntuales, pero las circunstancias son las que han cambiado. Nunca consigues desconectar por completo ni tampoco acabas antes la jornada (en mi caso, más bien al contrario). El problema sigue siendo el mismo: la intranquilidad que te mantiene más pendiente que nunca de cualquier movimiento personal o informativo.

Y en el fondo me considero privilegiado, porque en otras profesiones todo es más complicado. Hay muchos perjudicados directos en este momento por cuestiones sanitarias y también económicas, pero los efectos colaterales afectan de una forma directa a los niños, que por fin podrán salir, y a los adolescentes, de los que apenas se habla y que seguramente están sufriendo más este confinamiento. Están en el momento de su vida en el que las relaciones personales son fundamentales, vitales. Y seguramente pasará algún tiempo hasta que sea posible esta comunicación, como la del resto.

Parece que el final del confinamiento no acaba con el problema. Sólo y exclusivamente una vacuna eficaz acabará con esta pesadilla. Lo que se desconoce es cuándo ocurrirá eso. Mientras tanto sigo buscando en mi casa cuál es el lugar en el que me siento mejor para teletrabajar, algo que se puede alargar mucho más que el estado de alarma. Ahora esperamos la llegada del fútbol y del arranque del trabajo para el Málaga. Salvo contratiempo, sí habrá partidos, pero serán sin espectadores en los estadios, sin ambiente. La televisión volverá a ser imprescindible mientras esperamos la liberación…

POR MARINA MARTÍNEZ . «Hello, hello / I’m at a place called Vertigo». Y ahí resuenan los U2 mientras sigo dando vueltas. Más que vértigo por lo que viene, es mareo por la caminata. Hasta que te acostumbras y acabas andando una hora por la casa con los irlandeses, Coldplay, los Rolling, Lori Meyers o Vetusta Morla en la oreja. Una mezcla ecléctica, la mejor para recorrer de punta a punta el paseo marítimo, y más allá, como siempre he hecho en la era anterior al confinamiento. Ahora sólo me lo imagino, no queda otra. Como ver el sol cada día o andar por la orilla del mar. Quien me conoce sabe que no puedo vivir sin ellos (del chocolate y la ensaladilla rusa hablaré después). Pues estos días, ni mar ni apenas sol. Parece que una confluencia astral se haya alineado para quitárnoslo todo de golpe. Y aquí eso afecta. Especialmente si has crecido y vives en Torremolinos, como es mi caso. Por no hablar de esos guiris que te cruzas con calcetín blanco y sandalias, que no es un tópico, doy fe. Pues hasta eso se echa de menos en una zona que ni en los peores días de invierno podía pensar encontrarme tan muda.

Veo la estampa de camino al supermercado. Una odisea, por cierto. Sólo pensar en la preparación para salir, ya da pereza. Aunque para protegerme nunca he tenido problema. Cuando más escaseaban las mascarillas, mi madre, que vale para todo, se preocupó por hacerme alguna casera para salir del paso. Pero ni con unas ni con otras resulta agradable ir a comprar, la verdad. Entre eso, la cola para entrar y la tensión que se respira dentro con las dichosas distancias de seguridad vuelves a casa con un ataque de ansiedad, como bien dice Miguel Ángel Martín (@tunomandas), el actor malagueño que se ha ganado a medio país con su particular diario a través de las redes sociales. (Yo me incluyo, por cierto).

En SUR también tenemos nuestro diario. Aunque para mí en realidad es como una especie de día de la marmota. Y decir esto en un mundo como el periodismo ya es difícil. ¿Que seguimos siendo periodistas en casa? Por supuesto, en casa y donde nos pille la noticia. Pero salir, patear la calle y relacionarnos con la gente también es vital para un periodista. Y yo añadiría algo más: compartir redacción con un gran equipo profesional y humano. Y el nuestro es de lo mejorcito, todo hay que decirlo. Desde Local y Cultura hasta Web, Arte, Fotógrafos o Deportes. Consultar, debatir, referir y reírnos juntos no lo puede sustituir ni la mejor app. Que esa es otra. Entre videollamadas y whatsapp hay poco respiro. Te despistas un momento para una necesidad básica y has perdido el hilo de alguno/s de los múltiples grupos (que a su vez, además, se van reproduciendo). ¿Cuesta? Sí, pero es la única forma de estar constantemente conectados. En general con toda la redacción, y en particular con mis compañeros de sección. Edición y cierre para más señas. Gracias a ellos se lleva muchísimo mejor el encierro. Aunque nos falten las muletillas de Antonio Ortín, los palmeteos de José Miguel Aguilar, los abrazos de Rafa Ruiz, el «otra cosa mariposa» de Pedro García o la parafernalia de gadgets que monta y desmonta cada vez que llega y se va mi inseparable Rafa Cortés. Al menos, cada tarde nos vemos en nuestra reunión virtual. Y se agradece, la verdad, en la soledad de cada uno de nuestros rincones casi de ermitaños.

Dice mi gran amigo Sergio Lanzas que nos lee en estos diarios y le parecemos personajes de ficción. Yo diría que de ciencia-ficción porque nos ha tocado vivir una situación inédita. Aun así, podemos sentirnos afortunados. Por tener salud y porque no estamos en primera línea de fuego como tantos profesionales que arriesgan su vida a diario por salvar otras. Somos una actividad esencial, sí, y eso dice mucho en estos tiempos. Pero hay que reconocer que no es fácil coordinarse y hacer un periódico desde un mapa tan extenso de casas como el nuestro, las cosas como son. Afortunadamente, o no, estamos conectados casi 24 horas. Ya saben, el periodismo no entiende de horarios. Tener el ordenador en casa tampoco.

Entre los temas pendientes de escribir y la edición y cierre del periódico y de los suplementos, que nos ocupa hasta bien entrada la medianoche, se nos pasan los días. Eso sí, en zapatilla de deporte como mínimo. No llego al nivel de estilismo de Piluqui (quizás al lector le suene más como Pilar R. Quirós), pero me niego al babuchismo, y por supuesto al pijama. También los días libres. Si algo me está enseñando esta cuarentena es que hay que estar siempre presentable. Suele caer alguna videollamada que te pilla a traición y no es plan de ir en bata. La reputación por los suelos de un plumazo. Eso y la batería del móvil, que hay días que hace falta cargar hasta dos y tres veces. Entrevistas, reuniones por Meet, videollamadas por whatsapp… un no parar. Y los días de descanso, con los amigos, y en muchos casos, también compañeros. Siempre que no andes ocupada limpiando, ordenando cajones o haciendo alguna receta como la tarta de queso de Dani García (tenía que salir tarde o temprano).

Sí, yo también soy de las que está aprovechando para retomar mi afición por la repostería y hasta para hacer pan en casa. Aunque cada vez se está poniendo más difícil. Levadura y harina son bienes preciados actualmente, como lo fue el papel higiénico en su momento. No importa, si no comemos piquitos. Nunca serán como los que nos ofrece Francisco Griñán en los almuerzos junto a la máquina de bebidas y tentaciones varias, pero con la ensaladilla rusa vienen de lujo. Quien me conoce también sabe que soy una fan incondicional de este plato. Como del chocolate. Por eso echo tanto de menos mis visitas a la taberna Uvedoble, por la rusa y por ese kinder en tres texturas que cae siempre de postre. Será el primer restaurante al que vaya cuando se levante la veda, ya se lo he prometido a Willie. Muy a pesar de Antonio Jiménez, su Ta-Kumi tendrá que ser el segundo, que también hay ‘mono’ de japo. Como yo, sé que hay muchos que están intentando ahorrar para poder recuperar el tiempo perdido y poder compensar de alguna forma esos cierres. Tengo algún amigo que incluso se ha agenciado una hucha para ir reservando lo que se gastará en comer cuando podamos.

La operación biquini ya la hemos dado por perdida, la hostelería no. Todo lo contrario. Es clave en nuestra economía. Y además hay ganas de volver. No son pocos los que me lo recuerdan por redes sociales o por whatsapp. En el mío hay grupos como ‘Jalandomochis’, ‘Disfrutones comilones’ o ‘Michelines’, con eso lo digo todo. Yo, que además suelo escribir de gastronomía, siento un gran vacío (también en el estómago). Acostumbro a ir al restaurante de uno y de otro, hablar con ellos, estar al tanto de lo que se cuece, descubrir nuevos proyectos… y, de repente, frenazo. Cuesta aún digerirlo. Como pensar en mi última escapada a Madrid con los amigos allá por finales de febrero. Va a ser verdad que el destino existe. ¡Lo que nos hemos acordado! Apenas a tres semanas de que todo cambiara. Como una antes, cuando estaba de cumpleaños multitudinario con otra de mis inseparables del periódico, y ya también de la vida, Ester Requena. Allí compartimos abrazos, besos y hasta platos. Lo normal. Nunca hubiéramos podido imaginar que siete días después sería lo anormal.

Desde entonces, el coronavirus ha copado la gran mayoría de las páginas. Prácticamente todo gira en torno a un mismo tema. Y lamentablemente creo que así seguirá siéndolo mucho tiempo. Confío en que sea lo justo para dejarnos salir del pozo dignamente… y para no odiar demasiado al Dúo Dinámico. Lo del himno de la cuarentena ya se nos está yendo de las manos. Antes que ‘Resistiré’, yo prefiero decir «un día menos». Ese es mi himno. Así me despido de mis compañeros cada noche una vez cerrado el periódico en ese hervidero de whatsapp en el que nunca falta el buen humor. No es por nada, pero somos los mejores autoanimándonos. Sabemos que lo importante es estar bien, lo demás ya vendrá. Estamos convencidos. Entonces, cambiaré la canción de U2: de ‘Vértigo’ a ‘Its a beautiful day’.

POR ANTONIO J. GUERRERO Son las 6,30 de la mañana. Me levanto como eran mis días normales del estrés de mi intensa vida. Esta vez no tengo que elegir el pantalón de chándal ni la camiseta: toca buscar qué mascarilla ponerse. Me dan las 4, las 5 y las 6 y ya no puedo estar más en la cama. Con una sudadera, enciendo la luz del salón y empieza la jornada en la redacción que me he traído al piso. Ya no salgo por las mañanas para ver salir el sol por mi Antequera, pasando desde Santa Eufemia al Portichuelo, subiendo y bajando cuestas para hacer la foto de cada mañana con la silueta de la Peña de los Enamorados y subirla a Instagram, compartida por corazones desde todos los lugares.

Mientras que se enciende el ordenador, la luz de flexo ilumina la muñeca que mi hija dejó anoche en el sofá. Y es cuando sigo soñando. Esta situación me está permitiendo estar todo el día con ella. Cada noche, antes de cenar, nos ofrece a Lorena y a míun espectáculo de magia o un baile de una canción. Sin esperarlo, la otra tarde me pidió que ensayara con ella, una canción con la que bailábamos juntos cuando apenas tenía 2 años: ‘La Bella y la Bestia’.

Ella empieza a guiar mis pasos, me muestra el camino con una coreografía increíble, con la puerta cerrada para que su madre no nos vea. Y llega el estreno. No recordaba que se podía ser tan feliz, con el simple hecho de bailar, aunque hagas de ‘bestia. Cuando estás a punto de seguir con el sueño, el móvil empieza a vibrar. Toca ponerse la mascarilla de la actualidad del día a día.

Sé que soy raro, uso las listas de Twitter y selecciono qué leer. Empiezo por la prensa nacional, para centrarme en la provincia, periodistas compañeros, referentes, amigos (no voy a citaros por si me dejo alguno atrás, pero sois a los que les doy me gusta o retuiteo a primera hora). Luego, intento ponerme bien los guantes y la mascarilla al pasar por encima de la clase política. Si antes los entendía poco, ahora es que ya no les comprendo. Y, con la puerta cerrada, mientras leo whatsapp, recibo la primera llamada de la mañana. Se trata de un profesional de primera fila de riesgo, ha pasado otra mala noche, necesita desahogarse como cuando yo los llamo. Le tocó estar al lado de una persona que se nos fue. Otra más. Y acaba de llegar a casa y no sabía con quién llorar. Sus hijos no han podido estar en su exhalación, pero ellos le dieron la mano en el momento. Y no podrán verlo para despedirse. Y lloramos juntos, sin saber qué decirnos, pero con el final asegurado: ¡Saldremos y venceremos! Ambos sabemos lo que es superar una batalla.

Tras el desayuno, la profe de mi hija ya ha mandado la tarea y se pone a hacer sus deberes, siempre con su madre al lado (lo sé, lo reconozco, necesito mejorar en la conciliación, es mi tarea pendiente) y la escucho seguir aprendiendo a leer. Cumplió 5 años en el confinamiento y pregunta cuándo podremos celebrar su cumple con la familia y los amigos. ¡Qué grandes son los pequeñajos! Pero llegan las 10, hora de la videoconferencia para la rueda de prensa municipal. Ves el mismo rostro en todos los compañeros: han dormido mal, están preocupados y desean vernos ante los políticos. Desde el Ayuntamiento, intentan dar su parte del día. Toca escribir, avance para el digital y ver qué puede quedar para el papel.

Nuevo cambio. Toca salir a dar una vuelta para esa fotografía única de las calles semivacías. Me ha tocado buscar la nieve a principios de abril o las iglesias vacías con sus calles y plazas en plena Semana Santa. Con la mascarilla puesta, los guantes y el tarro de alcohol, fusiono trabajo con las compras. Es un ritual comprar el periódico en el kiosco de mi amigo Juanma, la fruta en la tienda de mi barrio de trabajo y el pan y la carne al lado de casa. Hay tensión, estrés, miedo, ansiedad. Ya son menos, pero sigue mucha gente mayor sin protección. Mejor no hablar de los días de las pensiones en los bancos. ¡Distancia, por favor!

Y va llegando el mediodía, la Junta ofrece los datos diarios y dos o tres veces a la semana da los datos oficiales, del área sanitaria de la Comarca de Antequera, sa que tanto clama recuperar la ciudad y que ahora vuelve para buscar esperanza en su hospital. Avance de la actualización, pena por ver la cifra de difuntos a la que hay que sumar los de otros finales. Pero, ¡qué dolor más grande el no poder despedirte en persona, ni poder abrazar a su familia ni estar con ellos en su despedida! Y te levantas, abrazo a mi mujer y doy un beso a mi hija. ¡No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos!

Mediodía, recibes un correo de la hija de Francisca y Rafael, o una llamada de la amiga de Santiago y Lourdes: ¡quieren dar las gracias y compartir buenas noticias! Y recuperas la sonrisa. Es como el Periodismo: buscar historias a pie de calle y no dejarte cautivar por los comunicados oficiales, que sólo comparten lo que quieren cuando les interesa, si es que no lo adelantan en sus redes sociales. Y les llamas, te emocionas al sentir que no les importa decir que han tenido el virus y quieren mandar un mensaje de optimismo. O que los amigos le ofrecieron la boda que tuvieron que suspender. ¡Qué subidón de moral el ponerte ante una página en blanco y poder escribir historias diferentes, donde fusionas el Periodismo con la Literatura!

Tras el almuerzo, la pequeña siesta me puede. Descanso más que por la noche. Y llega ese momento de sobresalto que hay que seguir. Y escribes, llamas, miras, lees, contrastas, escuchas y escribes. Y sin esperarlo, la alegría de la casa nos invita a salir al balcón. Son las 20 horas. Soy de los que aplaudo, ondeando la bandera de Antequera al viento y hasta me dejé llevar en Semana Santa para dar un minipregón a los vecinos. ¡Qué buena gente! Muchos nos hemos conocido estos días. Y, mientras, la pequeña Eufemia deja su timidez, se asoma por el balcón, aplaude y me susurra: «¡Papá! ¿Por qué no te pones el casco de Darth Vader y matas a los bichitos con el sable láser?». La miro, me emociona y le prometo que lo haré.

Es el momento de dejarte llevar por el niño que aún llevo dentro, y mirar esa otra mascarilla y salir a la calle con ella y ponerme frente al COVID-19. Mientras, abro muñecos de mi colección de 1977 a 1983 (los coleccionistas como Moret saben lo que eso significa). Ella me lo pide y hago todo lo que quiera. Sólo me queda lo del perrillo… Tiempo al tiempo.

Y es cuando cambia mi sensación de la ‘princesa’ a mi ‘guerrerrilla’, la que coge su muñeca de ‘Wonder Woman’ y simula sus batallas, con el resto de sus juguetes. Es hora de bajar la basura, ducharse, cenar, el espectáculo de cada día y acostarse. Rezamos, lectura del cuento de cada noche y la pequeña duerme. Mientras, en el salón, nuestra improvisada redacción, queda la pizarra, con la fecha del día escrita por ella, un dibujo del «bichito» y el apunte del día: la familia, recuerdos, animales…

Y llega la noche, con las máscaras por elegir para el día siguiente: la que nos protege del coronavirus, la del trabajo de periodista, la del padre con cámara y móvil en mano o la del padre de la princesa Leia, el de Star Wars, que se emociona al ver cómo la pequeña de 5 años, espera el día que pueda celebrar su cumpleaños con sus amigos, su familia y salir de nuevo a la calle. Mientras los adultos protestamos por todo; ellos, los más pequeños, quieren volver al colegio y nos están dando una lección de cómo reconducir esta sociedad: esperanza, sinceridad, imaginación, aplausos, sonrisas y ganas de salir a la calle. Sigo el confinamiento: ¿aprenderé de esta nueva batalla? Lo intentaremos con el Periodismo como estandarte y nada más, pero nada menos, decía mi maestro y padre Ángel Guerrero. Y, cómo no… ¡siempre sale el sol… por Antequera!

POR ANDREA JIMÉNEZ Me mudé a esta casa justo un mes antes de que se decretara el estado de alarma. Me estaba adaptando bien a mi nuevo barrio, me parecía un regalo poder vivir a tan solo unos minutos de la playa de Pedregalejo y de su bullicioso ambiente. Ahora parece una locura pensar en volver a ver pronto esas terrazas tan llenas. En mi primer mes aquí (o en mis últimas semanas de libertad, depende de cómo se mire) disfrutaba todo lo posible de mi nueva ubicación: paseos y comidas cerca del mar, que me encanta. Y de repente todo cambió. Ahora más que nunca, agradezco ser periodista y poder contar las historias surgidas de esta situación tan excepcional y desconocida. Son muchas las personas que se están dejando la piel y son muchos los voluntarios y voluntarias que están ayudando en lo que pueden desde sus casas.

El teletrabajo me mantiene ocupada, y está haciendo que los días pasen con cierta rapidez. En mi tiempo libre, he redescubierto mi afición a los videojuegos: la Nintendo Switch me está salvando la cuarentena. Lo que fue uno de mis mayores pasatiempos en la preadolescencia (por aquel entonces la primera Nintendo DS) ha vuelto en estos días, con la única diferencia de que ahora no tengo a mis padres en casa para que me regañen por jugar mucho. Aunque no sé si en estos momentos lo harían, hay que solidarizarse un poco con los niños y con la situación.

Pero tranquilos, padres, no solo dedico mi tiempo libre a jugar a videojuegos. Además de las tareas del hogar, he hecho mis primeros pinitos culinarios, he ordenado mi armario, veo películas y series, leo libros y hago videollamadas con mi familia y amigos, a los que echo mucho de menos.

Mi reordenación de armario tiene una premisa clara: la ropa cómoda primero. Los pantalones anchos han tomado el control. Después de un mes, ya empieza a cansarme este look, y hay días que me levanto con ganas de vestirme un poco más mona, como las ‘influencers’ que veo en Instagram, que no sé como lo hacen. Pero me dura poco. Como mucho, me pongo un vestido que sea cómodo.

Esta casa es luminosa, algo que se agradece mucho en estos días. Por suerte tenemos terraza, un espacio que se ha convertido en el comedor del fin de semana y en un rincón (pequeño) de pensar en lo que estamos viviendo y en lo que está por venir.

Parece que el confinamiento se alargará otros quince días (yo lo tenía claro). Pues es lo que toca. Mi salida más loca seguirá siendo ir a tirar la basura, mientras pienso en poder volver a bajar esta calle y dar un paseo por la playa. Y conducir hasta San Pedro para ver a mi familia. Creo que nada será igual después de esto, nuestra forma de pensar y de vivir será diferente. Espero que a mejor. De momento, me quedo en casa, en la que no vivo sola. Fernando, mi compañero de vida y ahora de televida, me acompaña en esta aventura diaria junto a Trufa, nuestra perrita, que no entiende lo que es una pandemia.

POR SERGIO CORTÉS Soy un privilegiado: tengo trabajo, tengo un modesto chalé con patio, tengo dos hijas ya ‘mayores’ y no tengo familiares directos o amigos contagiados por el coronavirus. No me puedo quejar lo más mínimo. Pongo todo eso en la balanza cuando en este largo mes de confinamiento me da por reflexionar sobre cómo nos ha cambiado la vida de un plumazo y, sobre todo, cómo nos va a cambiar incluso después de que esto se resuelva… cuando se resuelva. El optimismo que tengo de serie choca de bruces con la enorme incertidumbre que nos atenaza estas semanas. Echo de menos tantas cosas y a tanta gente que comienzo a asumir que nada va a ser igual. Porque los días ahora son más largos (y no precisamente por el cambio horario) y deseo como nunca que salga el sol, que haya claridad, que esté todo despejado. Y en eso, conviene valorarlo, también soy (somos) un privilegiado por vivir donde vivo.

El confinamiento nos ha obligado a variar hábitos, a reinventarnos, a priorizar la pausa, a valorar la cercanía de la familia, a meditar sobre el ritmo acelerado de nuestras vidas y, creo que no es ninguna cursilería, a añorar un beso y un abrazo. Pero también, acostumbrados como estábamos a vivir exclusivamente el presente, nos ha obligado a plantearnos el futuro. El cercano y el lejano. Desde cuándo volveremos a nuestro lugar de trabajo o cuándo se reanudarán los colegios a cuánto costará la recuperación económica.

También el confinamiento está poniendo a prueba nuestra capacidad de aguante ante innumerables situaciones, cada una en su momento, pero sinceramente no le doy la más mínima importancia a cualquier discrepancia por la convivencia o el teletrabajo. ¿Acaso es lógico hacerlo ante la pérdida de tantas vidas día sí y día también? Es lo que más me enrabieta: ver cómo se pasa de puntillas sobre la cifra diaria de muertos (la traslado, por ejemplo, a cuántos accidentes de avión diarios tendrían que producirse y me asusto) y, sobre todo, tratar de asimilar que sus familiares no pueden despedirse de ellos.

La sensación es que nadie sabe a ciencia cierta cómo es el enemigo. Cada vez surgen más dudas sobre los síntomas, sobre si puede afectar también a jóvenes o a personas sin patologías, y hasta sobre la eficacia del bicarbonato. Teorías y más teorías, elucubraciones y más elucubraciones, predicciones y más predicciones. Por eso nos ponemos en la piel, especialmente, de los sanitarios y salimos a aplaudir cada tarde. Porque de repente hemos valorado que están ahí (cuando siempre han estado y estarán) y porque sabemos que luchan con tirachinas frente a un adversario descomunal. Y no lo digo sólo por los medios, sino por la dificultad que entraña desconocer toda la maldad del virus contra el que se pelea.

Es evidente que no olvidamos a los policías, los militares, los empleados de supermercado, los repartidores a domicilio, los camioneros, los agricultores, las empresas de alimentación y distribución, o a aquellos también expuestos en las farmacias (como mi ‘hermano’ Paco) o las gasolineras. Pero yo me levanto todos los días pensando en los quiosqueros, en esas personas que permiten que nuestro teletrabajo en SUR tenga una incidencia real, en que el trabajo de esta familia llegue a todos. Y también en nuestros suscriptores de la web, receptores al minuto de nuestro esfuerzo.

Echo de menos tantas cosas… Mientras las llamadas y los mensajes de whatsapp se suceden en jornadas maratonianas que no parecen tener fin, echo de menos mi casa de Doctor Marañón, aquella en la que he pasado más años de mi vida, con mi Rosaleda enfrente. Echo de menos a todos mis compañeros, aquellos con los que comparto plaza de aparcamiento, charla en la recepción o la administración, saludos en el rincón del café y bromas y debates en cualquier lugar de la redacción. El coronavirus y el confinamiento nos han reseteado de arriba abajo. Los ‘memes’ de los primeros días ya se han reducido drásticamente y nuestra capacidad de aguante está permanentemente a prueba. Yo me afano en cambiar de mesa de trabajo y en buscar un rato para salir al patio para andar, en elegir qué libro leer y en tratar de cumplir con las tareas domésticas encomendadas. Mi mujer, Marisa, es una perfecta coordinadora y mis hijas, Alba y Yaiza, andan liadas con sus tareas de la Universidad y de cuarto de la ESO. Toda la maquinaría está perfectamente engrasada para hacer más llevadero este inesperado e insólito trance.

Por eso, por encima de todo, no me quejo. Pienso en mi madre (enclaustrada en casa con la agenda tan repleta que siempre tiene), en mis amigos con niños pequeños, en aquellos que viven en espacios reducidos o de la caridad, en tantos cuya situación laboral es precaria o está en peligro… Pongo todo eso en la balanza y soy un privilegiado. He aprendido más que nunca a valorar lo que tengo.

POR VANESSA MELGAR . Tengo un niño de 20 meses. Fin. Así de escueto, e intenso, podría ser mi diario de una cuarentena. Jorge rebosa energía. «¡¡Ya te enterarás, ya!!», me decían las madres experimentadas. «Ya me estoy enterando, ya», digo yo. Me imagino que el cordón umbilical no se ha cortado y que a través de él me descarga. Es un ciclón. Desordena y ordeno. Se lava los dientes y las manos a su manera. También se embadurna con body milk cada vez que lo considera (tiene una piel envidiable) y come solo con dos cucharas. El yogur le llega hasta el flequillo. Mi lavadora hace horas extras.

Pero Jorge también derrama alegría y con ella colorea nuestra cuarentena, la de Adolfo, mi compañero y su padre, y la mía. Él es militar, de Infantería de Marina, y hay jornadas que está en primera línea. A él y a sus compañeros, a los sanitarios, a los guardias civiles, policías, voluntarios de Protección Civil, transportistas, limpiadoras, cajeras… hay que agradecerles mucho, no solo en forma de aplausos. A los insolidarios… (palabrotas).

Yo sigo trabajando en casa, como autónoma y como antes de esta pesadilla, desde una habitación acondicionada como despacho (cuando me canso, me voy al salón con el portátil o a la terraza… bendita terraza). Me comunico con los compañeros del periódico por teléfono, WhatsApp o correo electrónico. Echo de menos la calle. Salir, con mi mochila con cámara y libreta, y no saber qué te deparará el día. Ahora es menos aventurero, con la responsabilidad de Jorge. Me estoy perdiendo Ronda en miniprimavera, antes del maxiverano. En esta época es especialmente bonita. La Alameda es mi sitio favorito, pero también la calle de la Bola. Como Jorge, derraman alegría. Son bulliciosas. Ahora, están mudas. Profesionalmente, tengo grabados muchos momentos pero hay dos que me han sobrecogido de manera especial. El primero fue cuando nevó copiosamente en Ronda y temprano, estaba amaneciendo, entré en la Alameda. No había huellas. Era la primera persona. El silencio resultaba inquietante. Me asomé a los balcones y la imagen de parte de la Serranía completamente blanca me impresionó. Era otro mundo, como el que se me reveló el primer día del estado de alarma, en la calle de la Bola. Ni un alma. Todo cerrado. Se oían mis pasos y los pájaros cantar. También otro mundo.

Me voy a perder el mayo rondeño, el mes en el que parece celebrarse todo: los 101 kilómetros de la Legión, la recreación histórica Ronda Romántica, la romería en honor a la Virgen de la Cabeza, María Auxiliadora, la Real Feria de Mayo…

Cansa escribir prácticamente solo del virus, aunque, afortunadamente, en Ronda y la comarca, la incidencia está siendo mucho menor y la presión laboral, por tanto, también; pero reconozco que la cuarentena me está ayudando a reconciliarme con la profesión. Desde mi burbuja hogareña y abstrayéndome de lo feo que rodea a este trabajo, teclear es más dulce, más tranquilo, más idealista… quizás siempre haya sido así y la vida, en todos los planos, no tenga que correr tanto, no perder de vista el foco, las cosas importantes, como ver crecer a Jorge, darse cuenta antes de que hay que renovar su armario porque los pantalones le quedan ya cortos. Mimarse. Yo tengo ahora hasta entrenadora personal, con la que practico cardio y pilates. Hay días que me mata.

Siempre me ha gustado escribir de temas humanos. En estos días hay historias que te sacan una sonrisa e incluso te emocionan. Me gusta conectar con la gente. A veces nos perdemos. Adoro a las personas que están educadas mediáticamente, las que consumen informaciones de medios serios, de referencia, como Diario SUR, las que saben apartar a un lado la basura. Odio las redes sociales, que ahora consumo más, ya que son una herramienta de trabajo. La mayoría de las noticias las escribo para la página web, al mediodía, cuando Jorge duerme. Añoro el papel.

No veo la televisión prácticamente, aunque me encanta Vicente Vallés. He llorado con el dolor de los que han perdido a sus familiares y amigos en estas circunstancias. Es duro no poder despedirse. Me he descubierto en la cuarentena más empática, también más perfeccionista y activa. He cambiado de sitio muebles y cuadros, he pintado el salón y hasta he planchado las colchas de unas camas. He hecho el cambio de armario. He cocinado tarta de zanahorias, brownie y bizcocho y tortillitas de cuchara, con acelgas y bacalao, típicas de mi pueblo, Algatocín.

Conciliar es difícil. Tejer la Vanessa madre, periodista y ama de casa no resulta exitoso la mayoría de las jornadas. Nos organizamos bien, pero la casa es agotadora y exprime estar pendiente de todo a la vez. No me gusta la rutina. Quiero salir a la calle y tomar café mientras hago una entrevista. Entonces me conecto de nuevo a la vida, a la realidad que nos rodea, me siento afortunada y el café, que me sabe a gloria, me lo tomo en casa con los míos. Estamos bien.

POR MARÍA DOLORES TORTOSA . «Una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura». Esta frase de Virginia Woolf en su ensayo sobre la mujer y la literatura, ‘Una habitación propia’, hizo que al montar la casa tuviera claro que habría un cuarto solo para mi, con mis libros, las estampas de flores, la colección de piedras y caracolas y los recuerdos de viajes. El trabajo de periodista me ha llevado a otros cuartos con libros y soledad, pero el confinamiento por el coronavirus me ha pillado en esta primera habitación propia. Las ausencias intermitentes la han convertido un poco en desván de ‘cosas’; y no están en ella todos los libros, repartidos entre Sevilla y Antequera, pero tampoco hay mucho tiempo para leer o escribir novelas. La realidad del coronoavirus, «errática» y «poco previsible», tomando prestadas palabras de Woolf referidas a la inspiración, me tienen, como a todos mis colegas plumillas, supongo, enganchada desde la mañana a la noche a la Red. Unas veces escuchando una rueda de prensa sin periodistas, otras un debate parlamentario sin casi diputados; o viendo vídeos y más vídeos caseros de los políticos de todos los partidos con sus discursos sin preguntas (y sin respuestas) y leyendo y leyendo, pero no a los sabios y sabias de mi biblioteca, sino los mismos comunicados de todas las administraciones y organizaciones que llegan por correo electrónico o mensajería de las redes. El teletrabajo en casa ya lo conocía como corresponsal de información política regional durante una década en Sevilla, pero este periodismo telemático y virtual que hoy hacemos confinados es una novedad. ¿Ha venido para quedarse como la Covid-19? Ayyy…

Un periodismo de monotema. Es para aburrirse, sino fuera porque esta crisis coge forma de ‘thriller’. El giro de la trama al final de cada capítulo engancha para el siguiente. Todos pendientes de la curva de contagios y fallecidos, esperanzados a un desenlace feliz, sabiendo que puede no serlo. No sé si los comunicados diarios del Gobierno y la Junta son como partes de guerra, pero lo parecen. Con ellos comienza la jornada de trabajo frente a la pantalla del portátil, el móvil y la tablet…

Confieso que yo también me evado con los memes de los ‘whatsapp’ de los grupos de amigos, aunque aún no he caído en la apuesta de colgar en las redes fotos de cuando éramos más jóvenes y cumplir con la máxima de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Desde luego que sí. Hay que buscar escapes al drama. Imagino en las casas a esos papás y mamás como los protagonistas de ‘La vida es bella’. Ellos son mis héroes, como el personal de los hospitales, supermercados, policías y del campo. Y mi padre, apenas repuesto como ninguno en casa de la muerte de mamá hace tan pocos meses. Hemos descubierto el ‘google meet’ el día de su cumpleaños este abril confinado y me cuenta cada día las cien vueltas que da al pasillo con su andador tuneado. ‘Resistiré’ ha sido la sintonía de su vida y espero que siga resistiendo mucho más. Cada día aplaudo por todos ellos, pero hay veces que se me pasa la hora de las ocho. Mi calle es discreta; ya sé que hay otras que montan ferias. Estos días estaría celebrándose la de Sevilla…

Todos nos preguntamos cómo nos cambiará la vida el coronavirus y si volveremos a los hábitos de antes. Por ahora solo ir al súper me produce angustia. Imagínense yendo de hospital en hospital con un familiar con enfermedad crónica y de riesgo varias veces durante el mes de confinamiento. Es como acudir al frente. Lo he vivido y confieso que lo que más deseaba era volver a casa y a mi habitación propia. ¿Nos acostumbraremos tanto a esto que acabaremos sintiendo claustrofilia? La imaginación no me da para novelas, pero sí para fabricar fumigadores de lejía y artilugios de protección. Qué diría mi madre, que me sabía presumida, si me viera cómo he perdido el sentido del ridículo desde el primer día que salí a la calle con guantes de fregar los platos. Ahora mismo busco una garrafa grande de plástico para cortarla y colocármela en la cabeza como pantalla protectora.

POR REGINA SOTORRÍO Esta es mi segunda cuarentena en 2020. La otra se llama Leo y llegó en enero con 3,5 kilos de peso. Justo cuando el posparto dejó de doler y las hormonas ya me pedían calle, volvimos a encerrarnos en casa. «Este no era el plan», le digo a menudo en esos momentos que compartimos solo él y yo cada dos o tres horas, el bendito ‘momento teta’.

Lo confieso: a veces lo alargo más de la cuenta o lo provoco antes de tiempo. Con su hermana «mayor» de apenas dos años y medio revoloteando por la casa, esos minutos con Leo enganchado a mi pecho se han convertido en una válvula de escape. Hasta Candela entiende ya, más o menos, que «mamá no puede» correr tras ella ni tirarse al suelo a jugar a las cocinitas si tiene a su hermano encima. Por eso, en cuanto veo la ocasión, me amparo en el maravilloso poder de la lactancia para alejarme del caos y echo mano del móvil para conectarme con lo que pasa ahí fuera. Y es entonces cuando alucino con lo que la Redacción de SUR es capaz de hacer. Los cientos de WhatsApp del chat del periódico me devuelven a la vorágine del periodismo, a un ritmo frenético del que no se baja ningún compañero en estos días raros. Cómo me gustaría que usted, lector, supiera la cantidad de horas y de esfuerzo (profesional y personal) que hay detrás de cada texto.

Yo les sigo en la distancia desde mi burbuja de baja por maternidad, con admiración por una labor impecable, con mucho orgullo de pertenecer a ese equipo y con cierta nostalgia por no estar con ellos tomando el pulso informativo de una circunstancia histórica. Echo de menos un bullicio y una tensión que sé que luego echaré de más, pero así es la condición humana. Y les echo de menos a ellos, mucho.

De vuelta a mi mundo, el día se pasa en un bucle sin fin de teta-pis-caca-gases interrumpido por un juego nuevo cada diez minutos y canciones infantiles de fondo que después se me aparecen en sueños. Para darle más emoción a este confinamiento, le hemos quitado el pañal a la niña. Al grito de «pipí» toda actividad se paraliza para comenzar una carrera de obstáculos hacia el baño. Cada vez que llegamos a tiempo a la meta es una fiesta. Cuando no lo logramos, se pueden imaginar lo que toca. Por suerte, tengo al mejor compañero de cuarentena posible, un padre corresponsable que no «ayuda» en casa: él hace que la vida en casa funcione. Mientras escribo esto, el buenpadre (como diría mi buena amiga Laura Baena, la ‘Malamadre’ jefa) prepara el segundo bizcocho de la semana (y, ojo, es miércoles) con los dos enanos en la cocina. Esta vez es de chocolate. ¡Bien!

El encierro ha sumado otra rutina a mis días: las videollamadas de cada tarde con los abuelos. Es curioso que ahora nos veamos más que antes, pero tanta pantalla tiene sus peligros. A la mayor le ha despertado una especie de complejo de ‘mono de feria’, o quizás es que la niña me ha salido artista: en cuanto escucha el teléfono comienza su número especial de canto y baile. «¡Mira qué hago!», grita en cada llamada, sea quien sea el interlocutor. Y para el pequeño sus abuelos son esos rostros mal encuadrados en un móvil que le dicen una y otra vez lo grande que está para lo chico que es. Pero hay una buena noticia que me repito a mí misma como un mantra, ya queda un día menos. Un día menos para pasear (¡qué ganas!) con Leo, para volver a compartir mesa y debates con mis compañeros y, sobre todo, un día menos para que me des todos esos abrazos que me debes, mamá

POR ANTONIO ORTÍN He de admitir que a estas alturas, con un mes de confinamiento a las espaldas, vivir se ha convertido en una montaña rusa. Porque va por días. Es cierto que el empujón colectivo de ver cada día sin denuedo a los sanitarios, a las fuerzas de seguridad, repartidores, empleados de supermercados, etc; hasta el hecho de participar en los aplausos diarios en los balcones y de estar refugiado en casa con mi familia es el mejor soporte. Como dice un buen amigo, el ‘eje’ vital principal está fuerte. Lo malo son las incertidumbres, el dolor por lo que está pasando y, lo peor, el miedo a lo que se nos viene encima «cuando todo esto pase».

Pero más allá de lo trascendental, también es cierto que la experiencia está siendo todo un desafío logístico. Porque encerrar a una familia numerosa con tres adolescentes dentro de un piso está poniendo a prueba nuestra capacidad de organización y, como dicen los políticos en esa cursilada de moda, las ‘costuras’ del hogar. Hay que valorar, y mucho, que Nicolás, de 17, Cayetano, de 15, y Gonzalo, de 12, lo están llevando francamente bien. Hay ratos, evidentemente. La explosión hormonal ejerce de vez en cuando su energía desbordante, eso es inevitable, y provoca algunos roces. Pero en líneas generales no se les puede reprochar nada. No me imagino a su padre de adolescente en esta situación. Han entendido bien que está en juego la salud de todos.

Así que, bueno, vamos saliendo creo que con éxito. El secreto, si es que lo hay, es que desde el primer día hemos impuesto una rutina horaria que facilita mucho el reparto de tareas y la disciplina interna de funcionamiento. El salón de mi casa se ha convertido en un espacio de ‘networking’, con el nunca bien ponderado rincón para el ergómetro, donde mi hijo Cayetano sigue machacándose cada día como remero. A eso añadan que Nicolás, el mayor, tiene parte de su habitación convertida en un estudio de producción donde desarrolla su carrera como DJ bajo el nombre de Nortin. Si antes le dedicaba horas, ahora he perdido la cuenta del trabajo que lleva a cabo. Y el pequeño Gonzalo, que quema su incombustible energía en el pasillo de casa con las clases de fitness que su profesor de surf, Nacho Fernández Urdiales, le imparte por Skype durante estos días de cuarentena. Algún día habrá que contar la inmensa labor de este hombre con la juventud de Rincón de la Victoria.

En fin. Desde por la mañana que Cristina, mi pareja, arranca la ‘oficina’ de su empresa, Intermástil, concesionario oficial de carretillas Toyota, hasta que yo cierro la última edición del periódico por la noche, esto es un no parar. De hecho, no me explico cómo estando todo el día en casa tengo ahora menos tiempo que antes del confinamiento. Por cierto, que por mucho que digan los gurús del teletrabajo, para un periódico vale como solución provisional. Pero poco más.

La edición y el cierre de un proceso multimedia como el de SUR, con la web en constante actualización y las páginas llevadas al límite de actualización con el cierre nocturno, están sometidas a constantes cambios que requieren continuos flujos de comunicación. Y el teletrabajo ralentiza todo bastante. Es muy jodido no perder el hilo de ocho o diez grupos internos de WhatsApp, estar al tanto de la última hora vía Twitter o teletipos y avanzar en la edición. No, no es lo mismo que una Redacción por más que mi salón, a las siete de la tarde, sea un rumor incesante de repiqueteo de teclados con Radio 5 Todo Noticias de fondo hasta la madrugada, en la que que Rotativa confirma que lo tiene todo. No, no es una Redacción, aunque, qué quieren que les diga: uno es periodista en Martiricos, en la selva o en el trastero de tu casa. Esta profesión va por dentro.

Por lo demás, lo dicho, vamos saliendo adelante con cierta rutina. El día empieza con 40-45 minutos de deporte. Una sesión de abdominales que completo con un trabajo de core, fuerza y flexibilidad que me han puesto mis entrenadores del Real Club Mediterráneo. Es el cordón umbilical que me mantiene unido a una de mis pasiones, de mis válvulas de escape a la presión diaria: la natación. Cómo echo de menos el agua y los buenos ratos con mi equipo de veteranos del club, ahora que hemos aprendido a valorar todas esas pequeñas cosas que nos hacían tan felices y que no siempre apreciamos en su justa medida. Pero bueno, regresemos a lo cotidiano, que me vuelvo a poner trascendente. Pues ese ratito de trabajo, junto con el olor a lejía que me evoca el cloro de las piscinas, me mantiene la memoria alimentada. En fin, todo el mundo tiene una pedrada y la mía es esa, qué le vamos a hacer.

Después toca poner en marcha la casa, dejar planteado el almuerzo y poner a la tropa en pie para que se conecten a las clases virtuales con el instituto antes de arrancar el ordenador para adelantar artículos y reportajes; un tiempo muy valioso previo a la primera videoconferencia del día, la de puesta en página, que ya pone a mil la turbina de la elaboración del periódico hasta la madrugada. Lo que sí agradezco es el hecho de poder comer y cenar todos los días en familia, uno de esos regalos de los que te priva la vida antes conocida como normalidad. Hasta el debate entre mis hijos por ver a quién le toca recoger y fregar la cocina me suena a música celestial en estos tiempos de pandemia.

Lo que no me resulta tan grato es la visita al supermercado. Lo tenemos organizado para hacer una operación salida a la semana y hacer acopio hasta la siguiente. Pero he de admitir que se ha convertido en un agobio. Sólo el protocolo de preparación de mascarillas, guantes, la previsión de bolsas y la lista para que no se olvide nada ya es una tensión. Y luego, esa sensación de que sales a la calle con el miedo con el que pisarías Pripiat, la ciudad fantasma de Chernóbil. Hasta hacer la compra, que siempre he disfrutado, lo vivo ahora como si cualquiera de los otros clientes supusieran una amenaza para mi salud cada vez que se me acercan en el mostrador de los huevos. No sé, es desasosegante.

Y eso de lunes a viernes. Los fines de semana que no me toca trabajar rompemos la rutina de la misma manera que lo hacíamos antes. Una comida especial y mucho ocio en familia, que comprende la recuperación de clásicos del cine como ‘Casablanca’, alguna partida de Monopoly (¡he vuelto a jugar después de años!) y algún torneo de billar en el que, permítanme la inmodestia, soy francamente bueno. También hay ratos para que cada uno tenga su espacio.

Hemos abierto un poco la mano con el tiempo autorizado de videoconsola, las Nintendo y demás.

Por mi parte, al tiempo irrenunciable de lectura (acabo de terminar una formidable biografía de Unamuno de Colette y Jean-Claude Rabaté y estoy revisando un magnífico manual de Historia Contemporánea coordinado por Javier Paredes) le he sumado una revisión de mi discoteca. Algunos clásicos han revivido y otros han perdido el valor que tuvieron. Pero, bueno, eso es otra historia.

En fin, así vamos pasando el confinamiento como mejor podemos. Pensando mucho, eso sí, en cómo será todo después de esto. En qué nos encontraremos ahí fuera el día después de la cuarentena y salgamos de este refugio doméstico.

POR PEDRO GARCÍA

¡Piiii!… ¡piiii, piiii!… ¡piiii, piiii, piiii, piiii! y las semicorcheas encadenan un monótono e irritante repertorio que no dará respiro hasta pasada la medianoche. En la pequeña pantalla, los iconitos bailan de arriba abajo mientras parpadean en verde líneas de palabras a punto de nacer. A veces, a un ritmo tan vertiginoso que acabo respondiendo a un mensaje por el cauce equivocado. Disculpad. Antes pensaba que WhatsApp no era más que una forma de tortura gratuita que a otros les servía para llenar sus espacios de aburrimiento vital, pero ante este incierto panorama he acabado guardándole el respeto. Como a otras cosas. Tanto que, como herramienta de trabajo, ahora me acaba resultando tan vital como las manos o las gafas, el bolígrafo o el ordenador.

En un periódico, los flujos de comunicación son tan constantes y necesarios, que sin ellos sería impensable que llegada la noche se obrara el milagro diario de ver el simple papel en blanco estructurado en secciones y convertido en noticias, contando alguna primicia, historias vivas y profusamente ilustradas, opinión, crónicas de balones en juego, o pulcras pinceladas culturales.

Acostumbrado desde hace casi un cuarto de siglo al calor humano, al bullicio de la Redacción, al estrés compartido, a trabajar codo a codo con mis compañeros en el equipo de Edición, creo que aún sigo sintiéndome un poco en estado de shock cuando nos reencontramos cada tarde en una breve videoconferencia para perfilar los contenidos (trágicos, también a veces esperanzadores) de la actualidad y el Cierre del periódico. Ya me he acostumbrado tanto a sus rostros pixelados desde sus búnkeres, como si vivieran realmente confinados en sus móviles, que toda rutina anterior me sabe a ciencia ficción. Lo mismo me ocurre cuando en los escasos ratos libres que no dedico a estirar las piernas camino de la panadería o el súper –con mi mascarilla de fumigar rosales que no protege realmente de nada y mis guantes reventados de pequeños que son pero sirven de atrezzo–, hojeo con morbo esos periódicos envejecidos prematuramente que traje cuando aún pensaba pintar el techo del lavadero. Me inquieta la temeraria proximidad con que posaban los personajes fotografiados a cara descubierta. Llegando a las sufridas páginas de agenda que contenían las exposiciones que me perdí y la cartelera que tanto trabajo nos daba, me resulta todo tan irreal como increíblemente remoto, pese a que apenas hace un mes que se apagaron los últimos proyectores.

Si para muchos sus salones son en buena medida el santuario de la televisión, en mi caso lo era de mis libros y hábitos de lectura, hasta que las circunstancias me obligaron a recluirme lo que dure la cuarentena, –que no serán cuarenta días–, y a ceder el puesto de honor de la mesa del comedor al aparatoso ordenador del trabajo, que absorbe el tiempo de una manera tan indecible, y desde el cual chequeo páginas y titulares en zapatillas, luchando por no acabar convertido en un Robinson Crusoe aunque el pelo me crezca ya por horas.

Aunque les cueste creerlo, solo Paquito el chocolatero logra arrancarme puntualmente de la pantalla cada tarde durante un buen cuarto de hora, en que salgo al jardín y aprovecho para respirar la primavera. La razón es que un estruendo de aplausos pregrabados y un popurrí verbenero aderezado para más inri de himnos patrióticos dispara sus generosos decibelios desde el centro de día para mayores, de momento en desuso, frente a mi casa. Parece que mis vecinos han dejado ya de verle la gracia al espectáculo, pues cada vez hay más bajas en la cita de los balcones, mientras sus perros confinados en los patios ladran furiosos y asustados como en las noches de tormenta.

Antes de volver a mi puesto de guardia, visito fugazmente la nevera y no me suele apetecer nada de lo que encuentro y por lo que tanto aguanté en el súper al comienzo de esta pesadilla. Ni siquiera el chocolate negro. Me siento de nuevo frente al ordenador y el teléfono, –que ha vuelto a cargar incontables nuevos mensajes y arde al tacto– sin levantarme hasta que toca encender la lámpara, y vuelve ese pellizco en el estómago que no me abandonará hasta que el programa que usamos para volcar textos en internet marque el fin y nos despidamos intercambiando una gráfica y muda salva de aplausos por WhatsApp, algo más reconfortados tras esa jornada, nunca exenta de sobresaltos, y que parecía no tener fin.

POR J. RAFAEL CORTÉS. Los que me conocen bien saben que en el trabajo hay dos cosas que no me pueden faltar: la música y mis ‘gadgets’. Me gusta estar currando en la Redacción escuchando buenas canciones de fondo y rodeado de los ‘cacharros’ más disparatados, bolis y todo tipo de artilugios móviles o sonoros que hacen reír a mis compañeros. Pero sin duda el otro puntal de mi jornada diaria en el periódico son precisamente ellos, todo ese gran equipo que da vida a SUR y que ya es también parte de mi familia. El otro día tuve que pasarme por Doctor Marañón para recoger algunas cosas y esa visita relámpago al edificio totalmente vacío fue sobrecogedora, casi aterradora, como la situación que estamos viviendo. Una crisis sanitaria mundial que en mi caso ha supuesto también la pérdida de un familiar muy cercano, una gran persona a la que queríamos mucho y a la que ni siquiera hemos tenido la oportunidad de despedir como se merecía. Pero hay que seguir adelante…

Ahora los que hacemos SUR trabajamos desde casa, aunque sin perder el contacto, que especialmente en estos tiempos es más importante que nunca: el whatsapp y las videoconferencias han sustituido esa relación permanente con ellos, pero sobre todo con ‘los tres en raya’, como nos llamamos cariñosamente los que compartimos ese rincón lleno de Portadas en el que nos sentamos a diario.

En mi particular encierro, donde comparto teletrabajo con mi otra gran familia -mi mujer y mi hija- los que nos encargamos de la edición, el cierre y los suplementos en SUR trabajamos codo con codo estos días para coordinar nuestro trabajo al tiempo que nos ‘inventamos’ una guía de ocio… para estar en casa. Y es que con el objetivo de ofrecer propuestas para disfrutar del fin de semana se creó el suplemento FIND hace 13 años, aunque desde su creación nunca nos habíamos enfrentado a este reto: Mantener la agenda de ocio para los días de descanso cuando el estado de alarma nos obliga a estar encerrados en casa. La imaginación y, en mi caso, el trabajazo que hacen los músicos malagueños manteniendo su actividad durante el confinamiento con conciertos en Internet, nuevos lanzamientos discográficos y todo tipo de propuestas creativas, está facilitando ese trabajo.

Son tiempos de desafíos, y otro de los retos a los que nos enfrentamos estos días es el de la convivencia familiar, aunque eso para mí tampoco es un problema. Somos solo tres, bueno cuatro si contamos a ‘Maya’, un Yorkshire que lleva con nosotros seis años y que se hace querer. Aquí la distribución de tareas domésticas es equitativa. Somos tres a repartir a partes iguales: limpieza, comida, compras, arreglos domésticos diversos… Todo se distribuye de forma proporcional, pero a ‘Maya’ la saco siempre yo a pasear. Bueno, eso cuando se deja, porque cada vez que me ve con la cadena y poniéndome la mascarilla se esconde bajo la mesa del comedor, su rincón inexpugnable. Y la basura también es cosa mía!!!, que de alguna manera tengo que compensar los quince años que llevo sin sacarla…

El resto del tiempo en casa, cuando no estamos los tres teletrabajando, lo pasamos charlando, viendo las series del momento (mi hija sigue empeñada en que veamos ‘Los 100’, aunque yo soy más de ‘This is Us’), jugando al parchís, a las cartas y hasta al bingo… y a las ocho de la tarde, todos a aplaudir. Una ovación para los que siguen luchando en la batalla contra el virus y un emotivo recuerdo también para los seres queridos que nos han dejado por culpa de la maldita pandemia que nos mantiene confinados después de un mes. Un tiempo en el que, la verdad, no me ha dado tiempo a aburrirme, pero sí a añorar mi vida de antes.

¿Qué más cosas echo de menos? Pues mis sesiones de natación en el gimnasio, los paseos a pie de playa, las escapadas gastronómicas con el ‘Equipo Jalando’ y ese día a día normal y cotidiano que intento compensar llenando de fotos -y ‘gadgets’- mi nuevo rincón de trabajo, que por supuesto es provisional.

POR LUIS MORET. Silencio. Mucho silencio. Hasta en el centro de la ciudad se puede escuchar a los pájaros. Incluso hay uno que ulula en la distancia y que no soy capaz de identificar. Creo que esta ausencia de ruido durante todo el día es algo que no voy a olvidar de este tiempo de confinamiento. Sobre todo, el matutino. Solo había experimentado una sensación parecida algunos días en el campo, pero ahora ocurre aquí. Bienvenido sea, aunque eche de menos lo otro, con lo que tiene de actividad humana.

Los días transcurren con la rutina del intenso teletrabajo y la casa convertida en una miniredacción para dos. Me ha costado encontrar el sitio idóneo para convertirlo en puesto de trabajo, pero al fin lo tengo. La mesa del comedor. Primero fue la cocina, pero, claro, allí, estaba todo el día comiendo. Ahora en esta estancia, en la que ya solo por el nombre recuerda el arte del buen yantar, estoy más cómodo, pero sigo comiendo. También recordaremos estos días por la permanente presencia del ordenador en el comedor -la estatua, me llama Susana, mi compañera de fatigas y también de trabajo- la barba, que solo una vez me dejé hace 30 años; las carreras frenéticas de mi hijo Javier, que se entrena para triatlón, a modo de circuito por el salón y la cocina, y los aplausos a las ocho, entre otras cosas.

En lo que llamamos el despacho, Susana cierra su puerta para teletrabajar y un póster a tamaño real de un ‘stormtrooper’de la Guerra de las Galaxias recuerda que hay que intentar no molestar. Ella, además de trabajar, intenta mantener el orden de una casa con dos hombres no especialmente aplicados. Desde ayer no me dejaba abrir la nevera. La sorpresa estaba dentro. Una ‘pedaso’ de tarta de zanahoria hecha con la ‘Maripuri’, así llama a la Thermomix, que estaba para chuparse los dedos. Junto a ello, regalos de confinamiento, y el deseo al apagar las velas. Si se cumple, pronto acabará la cuarentena.

Estas imágenes de puertas para adentro se me quedarán grabadas para siempre como escenas de un confinamiento largo que ha incluido desde el día del padre hasta mi cumpleaños. No seré el primero ni el último al que le toque celebrarlo encerrado en casa, pero qué le vamos a hacer. Recuerdo el último con fiesta sorpresa y amigos y se me saltan las lágrimas… En fin, ya habrá tiempo de repetirlo. Gracias a todos -amigos y compañeros- por vuestros mensajes. Muy gratificante me ha parecido éste, que ojalá incluyeran de verdad en el decreto de estado de alarma. «Los cumpleaños de marzo y abril no serán contabilizados. Mantendrán la misma edad».

Lo de la barba quizá obedezca a dejar un icono fotográfico de la cuarentena y también para ver cómo quedaba. También creo que mi imaginación jugaba a ver si al crecer mi pelo en la cara, la cabeza se animaba a hacer crecer cabello por aquello de la simbiosis con la parte lateral-inferior. Pero va a ser que no.

Pasan los días y las noches y en ocasiones me he imaginado a bordo de un submarino o una nave espacial para superar mejor el confinamiento. Era una técnica que empleaba cuando en tiempos de actividad en la calle no podía dormir. Pero ahora para dormir no hay problema. ¿Será por la ausencia de ruido?

A falta de mascarillas, ahí tengo reservado mi casco de soldado de asalto imperial de Star Wars que creo que puede hacer un gran apaño. Antes de lucirlo tendré que ver si está autorizado, pero proteger creo que protege. Al menos con la molesta tos con la que he tenido que lidiar en ocasiones, que te hace imaginarte de todo. Pero, claro, lo mejor es pensar que es un resfriado. Al final, nada de lo que preocuparse.

Este 11 de abril de cumpleaños estuvo marcado como primera fecha de posible levantamiento de las medidas del estado de alarma. Hubiera sido un gran regalo, pero no pudo ser. Todos los que cumplan el 26 de abril habrán pensado lo mismo… pero ya parece claro que habrá muchos otros que tendrán que celebrarlo entre cuatro paredes. A ellos también, feliz cumple de confinamiento…. ¡Y a seguir comiendo!

POR JUAN CALDERÓN. Para los que vivimos de un lado para otro desde que nos levantamos hasta que nos acostamos esto del confinamiento tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Para que ustedes lo sepan, yo me cruzo Málaga de punta a punta todas las mañanas. Vivo al otro lado del Guadalhorce, en Churriana, la Málaga olvidada, porque realmente para muchos Málaga acaba en el río, y si me apuran en el aeropuerto. Más allá de eso es otro mundo. El extranjero casi. Así que la cuarentena me está ahorrando un porrón de kilómetros cada día y una buena dosis de estrés. Eso es de lo poco bueno que puedo sacar de esto. Pero claro, cuando tienes a una niña de siete años y un niño de cuatro encerrados durante más de un mes, pues ya se pueden imaginar. Aquello del estrés que les comentaba, pues lo tengo disparado. Vamos de bronca en bronca, pero al final te paras a pensar y es que no les puedes exigir nada porque bastante hacen con no pedir salir a la calle. Es curioso, mis niños no lo han hecho ni una vez en este tiempo. Igual quiere decir que mi mujer, mucho más ella que yo las cosas como son, lo estamos haciendo medio bien. Desayunar, comer y cenar con todos juntos es una bendición porque no lo he podido hacer nunca desde que nacieron; es lo que tiene esta profesión. Esos momentos no están pagados. Me llama la atención qué nivel de compenetración y entendimiento están logrando en estas semanas, a pesar de esa mano que se escapa, del tirón del pelos que vuela o incluso el bocado al brazo que suelta de vez en cuando el pequeño.

Empezamos poniéndoles un horario, pero esto ya se ha desatado. Cada vez les cuesta más tener cierta disciplina, pero es normal. Hemos hecho todo tipo de manualidades, pero llevamos unos días pintando piedras y haciendo colgantes de conchas que habíamos recogido de la playas cuando se podían visitar. Un día me traje varios cubos llenos de piedras para ponerlos en las jardineras, cantos rodados que ahora estamos decorando. Y ahí se pasan las horas entretenidos. Pocas veces una cosa tan simple como una piedra dio para tanto.

Como les comentaba, vivo en Churriana, que es un barrio con identidad de pueblo porque en realidad una vez lo fue, así que uno no sabe si decir mi pueblo o mi barrio… Aquí, al lado del aeropuerto el zumbido de los aviones es constante. Los que no son de aquí, los extranjeros de la capital, siempre me preguntan lo mismo. «¿Pero puedes dormir con el ruido de los aviones?». Y la verdad es que lo tiene uno tan interiorizado que ni los escucha. Les cuento esto porque por las noches cuando salgo a que la perrilla que tenemos, que es otro ciclón que me tiene loco, haga un poquito de pipí porque si no se lo hace en la azotea, no se oye nada. El silencio es total y absoluto. Al fondo se ven las luces del aeropuerto, pero no se escucha nada de nada. Nunca en los 43 años que llevo aquí lo había sentido. Resulta que al final, lo que nos perturba es el silencio.

Yo vivo en una casa mata, lo que las inmobiliarias de hoy nos venderían como un chalet o un duplex, que queda más ‘cool’, pero debajo tengo un ‘chino’ que vende de todo. El jaleo que hay todo el día es tremendo con la chavalería para dentro y para afuera, moto va y moto viene, el que para con la música a tope… Pensaba que ‘mi chino’, lo llamo así porque a pesar de los años no sé su nombre, me iba a sacar de cualquier apuro en el confinamiento. Ya saben, cosas importantes en estas situaciones: palomitas, pipas con sal, un heladito, chucherías, papel higiénico… Pero la Policía vino al comienzo del estado de alarma y le dijo que tenía que cerrar, lo cual no entiendo porque los chinos han sustituido a las tiendas de barrio y eso nos obliga a todos a desplazarnos. «Anda Chino, máquina, cierra que no veas la que habéis ‘liao’ con el coronavirus», le dijo el agente mientras yo veía la escena desde mi balcón. ¡Qué culpa tendrá mi chino!

Yo vivo a un lado de la calle y al otro está la casa de mis padres y mi hermana. Como no hay trasiego de coches y el silencio es total, pues nos hablamos a gritos. Ellos asomados a la tapia y nosotros al balcón. La escena es curiosísima. Voces van y voces vienen en tiempos de las redes sociales… La movida de los aplausos me ha permitido conocer a algunos de los nuevos vecinos. Tiene tela porque vivo en la misma calle desde hace cuarenta años. Me da pena por mi madre, porque sé que está deseando darle un beso de esos apretados a mis niños de esos que sólo dan las abuelas, pero averigua cuándo podremos hacerlo…

Lo del teletrabajo es el timo del siglo. Vivo pegado al portátil desde que termino de hacer las cosas de la casa hasta que me acuesto, y tengo que reconocer que me cuesta mantener la concentración para escribir cualquier cosa. No hay horas ni días de descanso desde que esto empezó, y el problema es que uno no sabe cómo parar a no ser que tire el móvil por la ventana para no escuchar el WhatsApp ni ver el Twitter… Barrer se ha convertido en una obsesión. No me explico cómo generamos tantas pelusas de un día para otro. Creo que nos estamos desintegrando en forma de pelusas, así que cuando acabo de desayunar cojo la escoba para ver cómo está el asunto y ver cuántos gramos de nosotros hay en el suelo… Cuando acabo le enseño el recogedor a mi mujer. «Mira, es increíble lo que hemos soltado». Total, que a veces barro dos o tres veces al día.

El otro día que fui al periódico a recoger mi monitor porque estaba que iba a tirar el portátil por la ventana. Entré a la redacción y se me vino el mundo encima. El silencio era total, cuando normalmente aquello es un gallinero con ‘la Requena’ hablando para todos, Barreales gritándole a los de Local que tiene al lado para que se acerquen y con Recio desde la otra punta mandando ‘Guasas’… Grabé un vídeo dándome un paseo por los sitios de cada compañero e iba diciendo sus nombres con un poquillo de guasa para levantar el ánimo. Lo compartí en el grupo que tenemos porque pensé que les haría ilusión. Mis compañeros no estaban, pero yo los veía por allí. Me fui con las lágrimas saltadas pensando cuándo volveremos a juntarnos. Ojalá sea más pronto que tarde. Cuídense. Besos para todos.

POR PEDRO LUIS GÓMEZ. Lo peor que llevo de este confinamiento es que no distingo los días (aparte de que no puedo salir a correr). Vamos, que no sé si es lunes, sábado o domingo, por mucho empeño que ponga. Nunca, ni cuando me operaron de úlcera hace 30 años, he estado tanto tiempo sin salir de la casa, concretamente desde el día 12, cuando me comunicaron por teléfono móvil en Los Manueles, donde comía con un grupo de amigos (Miguel, Manolo, Paco, Federico y Victoria, en un día de verano en Playamar), que una persona con la que almorcé el sábado el día 7 tenía el maldito bicho y había dado más que positivo, y por precaución casi ni me despedí y me vine a mis aposentos que se dice a la espera de acontecimientos… O sea, que en este Jueves Santo de mis amores hace ya la friolera de 29 días que llevo sin poner un pie en la calle, porque esto se cumple o se hace el gilipollas, y las cosas no están para eso. Tengo un papel que me dice que puedo ir al periódico, pero le he cogido el gusto a esto del teletrabajo, y las videoconferencias, seguramente porque a la fuerza ahorcan…

Quien lo lleva peor es el menor de mis hijos, Álvaro, que con 12 años está en edad de todo menos de estar entre cuatro paredes. Está fastidiado, como su padre, porque ha salido cofrade de primera y disfruta como pocos de los tronos y de los nazarenos. Me pregunta si en septiembre habrá tronos, y le digo que posiblemente sí, pero que no habrá nazarenos y le hablo de la liturgia, pero no se crean que eso lo asimila muy bien… También ha realizado su peculiar procesión en miniatura, una tradición que inició con apenas cuatro años y renueva cada primavera, él solito además. También en Fortnite está hecho un coloso, y como entrenador del Málaga ríanse de Guardiola…

En estos días de aislamiento me he hecho amigo de un montón de ‘glovers’; son tipos magníficos todos, serviciales al máximo, y hago un ruego a las empresas: supriman las bicicletas, es inhumano que hagan el reparto en ellas, sobre todo si tienen que llevar paquetes a Cerrado de Calderón, porque es como el Tourmalet en el Tour. Yo ya les he dicho que si me mandan un ‘glover’ con bicicleta dejo de utilizar el servicio. Es lo que he hecho con Uber Eats, porque dos servicios llegaron seguidos con exhaustos ciclistas y eso no hay dinero que lo pague ni debiera estar permitido, y no estoy dispuesto a colaborar en esa explotación. Total, que entre una cosa y otra, me sorprendo del tiempo que llevo enclaustrado pero me vengo abajo si miro lo que nos queda.

Yo les avanzo que suelo ser pesimista por lo general, pero que hasta avanzado mayo no vamos a poder poner un pie en la calle, y si no al tiempo. Ojalá me equivoque. Escribo esto en un Jueves Santo muy raro para todos, pero para quien esto escribe, que lleva toda su vida viendo al Cristo de Mena todos los años, desde que siendo muy niño mi abuelo Pedro me llevaba a los paredones del Guadalmedina donde nos peleábamos por un hueco para ver el traslado legionario, es muy difícil de asumir. Hay tradiciones que duelen cuando no se cumplen: todas las mañana como la de hoy, a las 9 ya listo, a las 11 en la plaza de Santo Domingo, el traslado; después visita a la Esperanza y finalmente comprando torrijas en El Colmenero y después a tomarnos un vermú a El Pimpi y tapear en Santiago o en La Reserva o en el Chinitas… Me he quedado, nos hemos quedado, sin todo eso, y cuando esas cosas, que otrora podían parecer nimias, que ahora se valora en su verdadera importancia, desaparecen de tu vida, la verdad es que cuesta trabajo asimilarlo.

De todas formas pensé que me iba a dar tiempo de todo: trabajar, terminar mi sexto libro, correr en la cinta, ordenar mi cuarto, revisar papeles atrasados, ver películas en los distintos portales ‘inteligentes’ y leer libros… Bueno, pues o soy muy torpe o mido muy mal los tiempos, pero lo cierto es que lo único que hago es trabajar y hacer de comer. La cocina me relaja, aunque soy tan ‘aceptable’ en ella como horroroso en el orden, y cuando termino cualquier plato parece que ha pasado un ciclón, ahora eso sí, me casqué un ‘pollo al Pedro Luis’ de primera, y una paella de verduras influenciada por la maravillosa Piti (Conde Ansurez), la que mejor las hace en el mundo mundial. Sea como fuera, lo único positivo de esta ‘prisión provisional sin fianza’ que padecemos es que he descubierto mi robot de cocina, Gourmet 5000, que llevaba siete años encerrado en una despensa, y tras recobrar la libertad ahora se ha hecho mi inseparable amigo, porque incluso me habla: ¡hay que ver las conversaciones que tenemos…! Y si alguien que lea este diario me echa una mano, lo agradeceré infinito: cuando lo pongo en horno, de buenas a primeras, se para y le sale en la pantalla un E2 que significa no sé qué de tema eléctrico, pero no me furula…

Y como ya se sabe suele llover sobre mojado, porque también se me ha roto el horno fijo de la cocina, y miren aquí no entra ni San Pedro para arreglar nada, que el bicho ese es malo con avaricia… Y en esas estoy, buscando la solución del maldito E2, otro virus. Lo peor de todo esto es que un buen montón de amigos han sufrido el bicho, y tres de ellos, desgraciadamente han fallecido. No pude ni siquiera ir a despedirlos, y eso no es justo. Eso es lo peor de toda esta historia, que hablamos de la vida diaria cuando muchos, demasiados, han encontrado la muerte, además que no les tocaba en teoría. En fin, ya termino. Me vuelvo a la cocina, a ver si arreglo el maldito Gourmet 5000, mi nuevo y gran amigo, que como tal, me suele hacer trastadas, porque ya se sabe que en la amistad se permite casi todo… Jueves Santo sin mi Cristo de la Buena Muerte en las calles. Uf, qué trastada. Le pido a Él por todos. Que les sea leve. Y mucha salud.

POR JESÚS HINOJOSA. A medida que pasan los días, y mucho más en esta semana, se me viene a la cabeza ese grito con el que los capataces de los tronos insuflan ánimos a los portadores en los últimos momentos de la procesión: «¡Arrrriba, arriba, arriba, arriba, arriba!». Menuda cuesta esta de abril, de la de enero ya ni nos acordamos. Ya hemos consumido buena parte de nuestras fuerzas y todavía nos queda un buen trecho hasta llegar en este caso no al encierro, sino a la salida. Ese día en el que podamos respirar el aire de la calle, aunque sea detrás de una mascarilla y procurando no rozarnos.

Ya nada volverá a ser como antes, pero apenas si tengo tiempo para pensar en el futuro de las próximas semanas y meses entre llamadas a hermanos mayores y mensajes de WhatsApp de mis compañeros del periódico. Esto del teletrabajo se parece cada vez más a una farmacia 24 horas, solo que el turno siempre lo tiene el mismo. No hay tronos en la calle, pero a los quioscos llega cada día el suplemento ‘Pasión del Sur’ y el equipo de los ‘hermanos menores’ tiene que estar a pleno rendimiento, y más ahora que tenemos a nuestro admirado Ángel Escalera dándolo todo con la información del coronavirus. Pedro Luis Gómez, Antonio Montilla, un servidor, y hasta el ‘hermano menor honorario’, Antonio Roche, echamos de menos su firma en las nostálgicas crónicas cofrades de este año.

Como otros muchos malagueños y españoles confinados, ya tengo ciertas rutinas que repito cada día. Algunas me sirven para mover el esqueleto, aunque solo sea para montar y desmontar cada día en la mesa del salón el teclado, el ordenador portátil y el ratón, dispuesto sobre el boletín de una cofradía a modo de alfombrilla (no diré el nombre por si se pudiera sentir ofendida, aunque ahora que lo pienso no son pocas las veces en las que habrán usado páginas del periódico con mis informaciones para sacar brillo a un bastón o quitar cera de una túnica).

Me alegra que una de mis últimas salidas antes de esta clausura fuera a unos grandes almaneces (sí, El Corte Inglés) para comprar una maquinilla con la que poder raparme cada semana. Jamás pensé que tuviera destreza para eso, pero la verdad es que no se me da mal. Pienso en mi pobre peluquero y en tantos autónomos para los que esta cuesta va a ser especialmente dura.

Como duras están siendo estos días las despedidas de los seres queridos. A mí me tocó una muy de cerca en esta pasada semana de pasión, aunque no fue por coronavirus, y la verdad es que se hace complicado vivir un momento así en esta situación de clausura forzada. Me acuerdo especialmente de la que tienen de forma voluntaria mis monjas clarisas de la iglesia de la Divina Pastora y ahora las admiro más todavía. ¿Cuándo la volveré a ver? A Ella, me refiero. Aún no lo sé, pero guardo como oro en paño la última foto que le saqué con el móvil en la penumbra de su camarín.

«¡Arrrriba, arriba, arriba, arriba, arriba!». Salud, amor y esperanza para todos. Ya queda menos para terminar de subir la cuesta, cada vez estamos más cerca del punto de partida de algo nuevo que nos asusta pero que tendremos que afrontar con ganas y optimismo, no nos queda otra. Jamás pensé que diría esto, pero que ganas tengo de ver a rebosar la canasta de la ropa pendiente de plancha.

POR ESTER REQUENA. «Editar en estos días una web de información general es como montar en una montaña rusa. No dejan de aparecer curvas y curvas y curvas… ¡Qué vértigo». La reflexión no es mía, es de Mikel Labastida, mi homólogo como editor de la web de Las Provincias, de nuestro mismo grupo editorial. Y sí, así me siento también yo desde hace un mes, en una montaña rusa continua… a la que hay que añadirle la adaptación exprés al teletrabajo y comunicarnos con whatsapp. Mucho más que antes. No los he contado, pero creo que pueden superar tranquilamente más de dos mil al día (más las llamadas de Boris Salas, que no falten, que si no ya me preocupo). Y no exagero. Nunca pensé que echaría tanto de menos mi mesa en el periódico y ver a diario a mis compañeros, aunque nos echemos nuestras risas virtuales. Como recuerdo, si algunos se llevaron a casa su silla, yo opté por el reposapiés, que soy de tamaño pequeño y lo necesito para sentarme bien. Cosas del 1,58 de altura.

Tan obsesionada me tiene el dichoso virus que más de una noche he tenido pesadillas pensando en que tenía que levantarme corriendo en plena madrugada a cambiar textos y piezas en SUR.es. Es lo que tiene una web en continuo cambio 24 horas al día y más en estos tiempos de crisis. Y para ‘ayudar’ a llevarlo mejor, un día me salta mi madre con que tengo mala cara y que parezco la madre de Adara en ‘Supervivientes’. Sí, lo que hay que oír en pleno confinamiento… Tampoco ayuda que haya dicho adiós a la chapa y pintura. Ropa cómoda y cara lavada son mi uniforme. A este paso se me olvida andar con tacones. Envidio tanto a la gente que se arregla para estar en casa, pero no me sale. Al igual que hacer deporte. Lo he intentado, pero en 25 días que llevamos en estado de alarma solo he conseguido hacer dos días algo y sólo 15 minutos (espero que esto no lo lea mi entrenador Guille de la Tribu Malaka, porque si no cuando vuelva me va a torturar a sentadillas). Así que tardo más en ponerme los tenis que en menearme en plan ‘Fama, a bailar’. Y ver, sin moverse de la silla, las miles de rutinas de ejercicios que llenan las redes sociales no adelgaza. Palabra de seguidora de varias cuentas fit. Y no hablemos de limpiar y ordenar. La gente está dejando sus casas niqueladas y en la mía parece que se está librando la batalla final de una guerra. De eso me doy cuenta cada vez que dan las ocho y veo que cada vez es más difícil llegar a la terraza a aplaudir… y a asistir a la minifiesta que montan mis vecinos de calle durante 15 minutos cada día. Ya tenemos hasta tres Djs por toda la calle que se alternan y hasta se les puede hacer peticiones. Hemos bailado desde el ‘Paquito el chocolatero’ hasta el ‘Asejeré’.

Al menos el trabajo ayuda a sobrellevar esta Semana Santa rara y atípica. Tan centrada estoy en las cifras del coronavirus y sus efectos que no soy consciente de que no hay procesiones en la calle. Ya cuando todo esto pase seguro que llegará el duelo, porque en circunstancias ‘normales’ hoy tendría todo preparado para salir con Fusionadas un Miércoles Santo más. Y nos daríamos muchos besos y abrazos al terminar la estación de penitencia porque ahí está mi otra familia, junto con la heredada y la del periódico. Y soltaríamos muchas lágrimas de emoción, pero quedan pendientes para octubre. Al igual que el reencuentro con mi hermana y mis sobrinas Isabel e Inés, que viven fuera de España, y que el coronavirus las deja ya sin las vacaciones en la Costa del Sol y sin fecha próxima de visita. ¡Benditas videollamadas que son un chute de energía diario con sus progresos para una tita tan pesada como soy yo!

Mientras, subida en la montaña rusa de la información que no para, me sale un poco mi vena ‘grinch’ en el grupo de SUR Digital. Menos mal que en él hay un equipazo y terminamos riéndonos de todo, aunque seamos conscientes de que todo esto nos va a marcar mucho en el futuro. Pero eso vendrá después. Por ahora solo decir lo que nos repetimos todos los días: «Un día menos».

POR PILAR R. QUIRÓS. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, lectores, que me he vuelto una madre explotadora. Así. Sin contemplaciones. Nos confinaron, muy a nuestro pesar, como Filomeno, y monté mi estado-casa de sitio cual cuartel castrense. Me erigí, sin darle muchas vueltas, en capitana Maléfica, y acuñé un pequeño regimiento de hijos/soldados, que como en los buenos ejércitos, esos de países desarrollados, cobran por sus obligaciones. Mi mayor adolescente, el sargento, se encarga de las comidas y las cenas, a 7 euros el pack completo por día; la pre-adolescente, cabo cuartel, hizo suyo el cuarto de baño, a 2 euros la jornada; y el niño grande, soldado raso, dobla sábanas con la capitana y barre la terraza por otros dos euros para que no haya agravios comparativos. El resto es todo un engranaje por el que ya no se paga pero sí se exige en una vida atávica, de la que sólo salimos por pasar muchas más horas on line trabajando y enganchados a clases del cole (esos profes sí que no están pagados). Los días, estos días van cayendo como las fichas de dominó cuando se disponen una tras otra. Mis animalillos, menos algunos momentos de inquietud del adolescente en ebullición, y el chico siempre preparado para una buena lucha por los sofás, cojines mediante, están dando una lección de saber estar y de conformismo ante las circunstancias digna de estudio de Freud. Chapeau!

El primer día de cautiverio me subí en los tacones y me faltó colgarme el bolso. Morros, rojos siempre, y una camisa de esas monas que no requiere plancha pero que da el pego. Cuando empezamos a desayunar, la tropa, curiosa hasta la saciedad, me preguntó con insolencia: ¿Dónde vas?, inquirió el mayor. ¿A la calle? No se puede, dijo la segunda. El tercero siguió con su cola-cao y espetó: «Pues lo de los tacones para estar en casa…». Nos reímos desaforadamente y seguí haciendo el paripé una horita más hasta que el otro capitán me miró con cara de Mr. Bean y me bajé de las alzas entre risas. No coló. Desayunamos juntos, comemos juntos, cenamos juntos como nunca. Como cuando estamos de viaje. De viaje en nuestra casa, del pasillo al salón, de ahí a la terraza cuando hace sol, que para más inri lleva escondido más días de la cuenta. Y son estos días en los que toca hacerse la dura para mantener alta la moral del cuartel cuando una se da cuenta de que esos colegas que se sientan contigo todas las jornadas y juntan letras como tú son tan familia tuya como con los que te has encerrado forzosamente y que tienen tu sangre. Ese Albert insidioso que te pone pegas a todo para buscar tu Yin o tu Yang, que ya me lía tanto que…, esa Barreales que es una madre segunda parte, ese Iván que siempre tiene algo que contar surrealista, todos en mi mesa; con Nuria trasera, que ya me ha hecho saber que echa de menos mi megabass (es congénito chata, nací con él incorporado de serie), Susana y Requena metiéndose conmigo (me encanta), ese Alvarito que va a ser papá, Ortín siempre con ese ‘hombre lo que se dice…’; Recio, de su pecera a poner orden en plan zalamero, la tierna churrasquita Bryan, Manolo pintando con Fran la primera, las vecinas Meñi y Pilar, los niños del digital y sus memes, los de Deportes y ese Cortés siempre contando alguna anécdota, el ya paleño Cano con Soto, Paquito y Lillo de hombre del tiempo, el germano Stuber y Agui con sus palmas, los colegas de Cultura con los que compartimos almuerzo y piquitos y ese dream team de Arte y Cierre, que nos diseñan las páginas y nos corrigen hasta el carné de identidad (Marinoide entono el mea culpa). El WhatsApp me arde con todos ellos y a todas horas dejando piezas y Bori, Ñito y Pedro, con sus fotos y vídeos. Pero no los veo, aunque los sienta. Ángel, Montilla e Hinojosa, los hermanos menores, y el maestro de ceremonias Pedro Luis, que estos días llenarían de incienso y toques de campana la redacción, justo enfrente, como si habláramos por el ojopatio. Vivimos en un submundo mientras un bicho de los demonios se sigue haciendo fuerte fuera. Y entonces atas cabos, y te acuerdas de ellos, de los que frecuentas en la Casona en esos pasillos gigantescos en los que ahora barruntas que algo de deporte hacías (shhh, que nadie se entere), y todo ese espectro de gente, familia, tus padres, a los que ves y les hablas a cuatro metros cuando le llevas de semana en semana alguna compra a casa y amigos, que te rodean. Tantos. Todo un mundo encorsetado entre cuatro paredes. Mi intención era haber escrito un encierro cachondo, casi un recreo, en tono jocoso, canalla, pero me salió la vena sentimental. Este fin de semana se nos informa de que aún estamos en el paso del Ecuador. A todos ellos, a mi gente, lo que les digo siempre que puedo: Zus quiero.

POR MARINA RIVAS. No atravesaba el mejor de mis momentos cuando se decretó el estado de alarma, por lo que la primera noche de confinamiento, mi compañera y yo abrimos la primera botella de vino, mientras veníamos a Pedro Sánchez por la televisión. Causa y efecto. Los primeros días se transformaron en un carrusel de emociones; nos parecía estar viviendo una pesadilla y las primeras crisis existenciales no tardaron en llegar. Todo se magnifica además en un piso de 50 m2, sin terraza y con un balcón en el que hay que maniobrar para colar un tendedero. No lo llamo hogar porque después de haber pasado por ocho domicilios, me cuesta verlo como tal.

La primera semana además estaba en juego el añadido de la soledad, porque mi compañera seguía acudiendo a su oficina. Pero sin darme cuenta, algo que creía una debilidad se convirtió en una fortaleza. Ya llevo casi dos años teletrabajando, por lo que sé lidiar conmigo misma y el silencio; aprendí que hablar con las paredes no es precisamente bueno y que dar un paseo por el piso cada cierto tiempo es más que necesario. Pasaron los días y se estabilizaron las emociones, pese a que cada vez llegaban más noticias negativas. De repente los que me parecían grandes problemas antes de la pandemia se tornaron insignificantes, porque lo que más importaba e importa, es que nadie de mi círculo cercano, de los que al final verdaderamente importan, se han contagiado (tampoco mi madre, persona de riesgo). Soy una afortunada.

Esa calma me permite continuar con mi habitual rutina. Me levanto y me tomo dos cafés, uno detrás del otro y por supuesto solos. Me acompaña mi amiga Sarah, que ahora teletrabaja conmigo en la mesa de la cocina (la oficina); aunque recién levantada sigo siendo un ser antisocial que se pone los auriculares y escucha ‘La Vida Moderna’ hasta que hace efecto la cafeína. Doy gracias por tener trabajo en tiempos difíciles y me dedico a ello todo lo que puedo cada día. Me ayuda a evadirme y con las llamadas y vuelvo a ser alguien sociable otra vez. Cuando cierro sesión, me acompaña ‘Rock FM’ y me pongo entrenar religiosamente 20-30 minutos de cardio (corriendo por el pasillo como pollo sin cabeza) y 30-40 de musculación (con lo que se puede).

Por la noche, tras jugar a las palas o hacer videollamada con mis amigas (desperdigadas por España e Inglaterra), Sarah y yo cenamos viendo cómo cocinan los vecinos del edificio de enfrente, que está como a tres metros. Un matrimonio y un hijo más cercano a los 40 que a los 30 al que sólo vemos con el ordenador. Ojo, que no lo critico. ¡A saber qué será de mi entonces! Antes de acostarme veo alguna serie (ya acabé ‘Cómo defender a un asesino’ y ‘Freud’) o leo un rato (ahora estoy con ‘Mein Kampf’, un siniestro clásico) y al día siguiente, vuelta a empezar. Sigo echando de menos las cervezas de los sábados, el gimnasio, las visitas de mis padres (de Nerja) algún que otro domingo, la compañía de esa persona especial, y por supuesto, conducir. Pero luego me despojo del egoísmo transitorio y recuerdo que mientras yo sólo estoy en casa, personas como los sanitarios (entre ellos, mi padre) se juegan la vida por salvarnos a los demás.

POR PEDRO LUIS ALONSO.Comienza la Semana Santa, e incluso llega el buen tiempo. Quedan horas para el Domingo de Ramos, pero no oiremos las campanas de San Felipe Neri que avisan de la salida de la Pollinica. Se hace duro, sobre todo para los ‘procesionistas’. En realidad es duro casi todo. Tendría que remontarme a mi infancia para recordar tanto tiempo sin ver un partido de fútbol en directo. Nunca me han atraído las redifusiones de grandes citas en diferido. Me gusta quedarme con las sensaciones del directo. No he vuelto a ver el Borussia Dortmund-Málaga, ni el España-Holanda de la final del Mundial de 2010, ese tipo de citas que seguramente no se repetirán en vida.

Tampoco nunca había vestido y desvestido tantas veces a unas muñecas. En realidad, nunca lo había hecho antes. Pero ahora, y salvando mucho las distancias, porque no estoy ni mucho menos en un campo de concentración, toca hacer de Guido Orefice en ‘La vida es bella’. Poner buena cara al temporal y hacer de tripas corazón en lo que nos queda de confinamiento.

Menos mal que nuestra hija nos da la vida. A punto de cumplir tres años, el día 18, la efeméride la celebraremos aún en cuarentena. Ella no ha pedido aún salir a la calle, gracias a Dios, y sus fantasías parecen quedar satisfechas en casa, donde alterna fases expansivas con otras de calma viendo dibujos animados o jugando con la ‘tablet’. Aunque la mayoría en SUR ya conocíamos el teletrabajo antes de la pandemia, era en otros horarios y en soledad. Ahora es casi imposible de compatibilizar con la nueva realidad, con esos momentos en que ella, que apenas sabe jugar sola y no entiende la importancia del trabajo en nuestras vidas, reclama tu presencia, porque de lo contrario vacía armarios, pone pegatinas en las paredes, echa crema solar a sus bebés o no para de subirse a un banco de Ikea para lavarse las manos. Su madre le enseñó a garabatearse un ‘bichito’ en el dorso de la mano, y cada vez que se lo borra con sus lavados la premiamos con un caramelo.

De lunes a viernes, hasta la sobremesa, toca ejercitar la paciencia en solitario con ella y mi perra. Me río de los decálogos sobre el teletrabajo de estos días, de la impresionante mesa de escritorio bien iluminada, de la higiene postural (el portátil en mi regazo y donde se pueda). Ya con mi mujer en casa, de vuelta de su trabajo en un hospital psiquiátrico. Y hago aquí un paréntesis: la salud mental, esa gran olvidada por todos, hasta por la UME, pese a ser un centro con hasta el cuádruple de mayores que una residencia mediana, peleando casi sin material contra el coronavirus y con ese compromiso intachable de sus empleados. Continúo: es entonces cuando trato de recuperar el tiempo perdido en el periódico, con cierto resquemor por no haber podido estar antes al cien por cien. Por eso también nuestros días apenas conocen ya fronteras entre el de descanso y el laborable y trato de adelantar contenidos para liberarme cara a las temidas mañanas.

Vivo en un chalet con jardín, aunque no tan amplio como para que se desfogue lo que necesitaría Lana, que ya supera los cinco años pero se comporta como una cachorra. Salgo todos los días, pero reduzco las distancias. A los que creen que los dueños de perros somos unos afortunados, les doy la razón, pero por lo que su nobleza y lealtad nos enseñan cada día, y no tanto por esas salidas, tan ansiadas por algunos que creen que es una burda coartada, que antes de la pandemia nunca iban fuera a hacer sus necesidades. Ni cuando estamos enfermos, hace malo o tenemos el típico día en el que no nos sobra tiempo.

En casa no estamos casi atentos a los horarios de los aplausos. Apenas se oyen, en una zona de casas unifamiliares, pero no por eso podemos estar menos agradecidos al compromiso del personal sanitario, como el de todos los colectivos que están en la calle, como nuestros redactores gráficos de SUR (Ñito, Bori, Pedro). ¿Alguien dudaría de que cualquier otro gremio no estaría dando el callo estos días si fuera el que le tocara pelear en primera línea? Ya lo vivimos con Julen. «Sólo cuando la vida te pone en situaciones adversas te das cuenta de tu verdadera fortaleza», nos enseñó el expresidente de Uruguay José Mújica, y se lo leí el otro día a nuestro paisano Antonio de la Torre, que tan bien le interpretó.

Cuando conocí el caso de una madre confinada con sus padres, sí, pero sin su marido (en Italia) y con tres niños, dos con espectro autista, me di cuenta de que todas nuestras pesadumbres domésticas no son nada comparables. ¿Es tanto lo que hago en relación a esa minoría de hogares en los que se da ese milagro diario o a la guerra en los hospitales? ¿Y qué decir del drama de quienes han perdido un familiar cercano sin poder no sólo velarlo, sino siquiera atenderlo en su periplo hospitalario? Por no hablar del temor sobre si el virus podrá llegar a los padres de uno (no es mi caso, porque ya no viven).

Creo que las situaciones más extremas en la vida nos ponen a prueba y esta va a extraer muchas cosas buenas de la mayoría. En una época en la que cuesta tanto sacar tiempo para la familia al completo, con las parejas incorporadas al mundo laboral y pocas ayudas a la conciliación, disfrutemos de lo que nos regala esta cuarentena. Cuando esto termine valoraremos más el ocio externo y las amistades. Quedan horas para el Domingo de Ramos (o puede serlo ya cuando lean estas líneas) y esta Semana Santa me hacía una ilusión especial el debut de nazarena de mi hija con la cofradía del Amor y la Caridad. Por segundo año tampoco portaré el Cristo de la Expiración. Parece que este año sí veremos el sol el Miércoles Santo. Ha venido así. Estoy convencido de que hay que poner buena cara al mal (buen) tiempo.

POR NURIA TRIGUERO.Empezaré mi página en este diario con una confesión. Yo también hice una compra compulsiva en la víspera del decreto de alarma: vino y chocolate. Cada uno tiene sus prioridades. Después de tres semanas de cuarentena, he de decir que el mayor desabastecimiento en mi casa no ha sido de papel higiénico, sino de pijamas. Mi eterna negativa a tener chándal, unida a la gran capacidad ensuciadora que tienen los bebés y a la dificultad para poner lavadoras en esta primavera lluviosa me ha dejado en bragas (literalmente) en más de una ocasión. Reconozco ahora a mi pesar que el chándal será feo, sí, pero más feo es combinar jerséis con mallas deportivas. Hasta estuve tentada de bajar del altillo mis pantalones de pijama premamá. No me juzguen. Fue en un momento particularmente oscuro de la primera semana de confinamiento. «Hay que vestirse todos los días, aunque trabajes desde casa», dirán ustedes. Ñiñiñi. Que sí, que tienen razón. No se entrevista con el mismo ánimo al presidente de la Confederación de Empresarios en pijama y sin peinar; lo digo por experiencia. Tengo compañeras disciplinadas y divinas que se pintan y hasta se colocan los tacones para ponerse delante del ordenador. Toda mi admiración. Yo me doy por satisfecha porque he ido a mejor estilísticamente hablando (a peor era difícil, también es verdad) y a día de hoy he conseguido un nivel de dignidad aceptable; casi a prueba de videollamadas.

«21 días de teletrabajo a jornada completa». Podría ser un programa de Samanta Villar. Les daré mi conclusión: está sobrevalorado (el teletrabajo, no el programa). ¿Esto era la nueva economía? ¡Bendita redacción! Cuando volvamos al periódico voy a besar mi mesa, mi silla, la máquina de café malísimo y carísimo y, sobre todo, a mis compañeros (después ya nos desinfectaremos). Echo de menos hasta a los más ruidosos, o especialmente a ellos. No es que en casa falte ruido: en vez de escuchar a Piluqui haciendo ronda de concejales para ‘construir’ su casona, oigo a Emma (que tiene 15 meses y cinco dientes) ensayar a gritos nuevas palabras. Los grandes ‘hits’ por ahora son «papa» y «ata». Creo que igual esta última es de tanto escucharme hablar por teléfono con Lorenzo Amor, el presidente de la Asociación de Trabajadores Autónomos. «Mamá» sólo lo dice cuando se despierta de madrugada, qué suerte la mía.

Es extraño. Los días de confinamiento pasan a la vez rápida y lentamente. Todos se suelen parecer bastante; la mayor diferencia estriba en si llueve o sale el sol. En este último caso mejoran ostensiblemente porque salimos al patio a recargarnos de vitamina D. En una casa con dos periodistas teletrabajando, una perra y una niña que está aprendiendo a caminar no hay tiempo para aburrirse. Y menos para aprender chino, hacer deporte, amasar pan o repasar la filmografía de Bergman, como parece que están haciendo muchos en la cuarentena. Lo que hay es el tiempo justo para trabajar (mucho), dormir (poco), comer (eso no se perdona) y jugar, eso sí. Jugar, reír y hacer mucho el payaso: eso es obligado y se lo tenemos que agradecer a Emma, que afortunadamente todavía no entiende de epidemias.

Leí a mi admirado psicólogo Arun Mansukhani el otro día que es normal tener cambios de humor y altibajos emocionales en estas circunstancias. A mí, al menos, me ocurre. Ayer fue un mal día. Murieron casi mil personas en España y tuve que escribir la noticia de que Málaga ha sufrido la mayor subida del paro de su historia. Esta guerra contra el coronavirus tiene, como es evidente, su principal frente en el terreno sanitario. Pero a mí me está tocando cubrir el otro, el económico, que también empieza a ser dramático. Cuando dobleguemos la maldita curva de contagio tendremos por delante otra montaña que subir: la del empleo destruido.

En fin, que ayer fue un mal día, ya digo. Pero hoy ha sido bueno. Ha salido el sol y hemos tomado el aperitivo todos los compañeros de redacción juntos, videollamada mediante. Ha sido un rato caótico y divertido que me ha cargado las pilas. ¡Hasta hemos recibido una buena nueva! Y aquí estoy ahora, con las endorfinas a tope (y dos cervezas en el cuerpo), pensando en lo afortunada que soy porque tengo las tres cosas más importantes en este momento. Tengo salud, trabajo (un gran trabajo) y tengo la mejor compañía para este encierro.

POR FERNANDO TORRES. Trufa está rara. Su rutina ha cambiado poco, pero el confinamiento ha golpeado directamente en su línea de flotación: los paseos, antes generosos y llenos de recados, saludos y callejeo sano, ahora se han convertido en una paupérrima vuelta a la manzana (una manzana que no tiene mucho que ofrecer, la entiendo perfectamente). Ladra más de la cuenta, gruñe a todo el que ve por ahí, está excesivamente protectora con la casa, protesta sin argumentos y rara vez suelta sus juguetes, pidiendo un poco de marcha.

Trufa lleva casi tres años conmigo y en este tiempo la salida nocturna ha sido el perfecto punto y final a mi jornada laboral. Sin importar la hora, ya sean las nueve o apurando el cierre, nadie nos quita un buen paseo con sus llamadas telefónicas a amigos y familiares. Ahora llamo menos, porque en cinco minutos no me da tiempo a decir mucho (ni hay mucho que contar), y porque mi manzana está construída en una importante pendiente, por lo que jadeo más que respondo cuando mi madre me pregunta cómo ha ido el día.

¿Saben esos perros cuyos dueños siempre dicen, orgullosos, que parece son conscientes de que alguien está hablando de ellos? No es el caso de Trufa. Ella es lista a su manera, más pícara que inteligente y hace gala de una compleja gestión emocional que estos días se traducen en tener a mi lado a un perro de 15 kilos intentando subirse a mi silla mientras tecleo. No lo digo como una queja, porque no sé si sería capaz de gestionar una situación en la que en vez de un chucho peludo, quien intentase subirse a mi regazo fuese un churumbel pidiendo que le explicase lo que es la ley conmutativa. Si de algo están sirviendo estos días de introspección y recogimiento es para confirmar que ni de lejos estoy listo para la paternidad.

En los primeros días de estado de alarma, los propietarios de perros nos erigimos como triunfales vencedores del confinamiento, con al menos dos excusas diarias para hacerle una peineta al sistema. He de confesar que al principio mantuve la ruta habitual (bajar la cuesta, girar a la izquierda dejando a un lado mi antiguo colegio, cruzar el puente sobre el Jaboneros, llegar a una pequeña parcela de césped y regresar tras unos respetables 25 minutos a buen ritmo). Trufa. como muchos perros callejeros adoptados, solo hace sus necesidades sobre hierba o tierra, traumas de tiempos peores. El primer día que vi un coche de policía rondando por nuestro váter particular me entraron escalofríos y decidí ceñirme a la inclinada y aburrida manzana tras recibir de golpe y porrazo un tortazo de realidad. Alejarse más de 200 metros de casa es hoy en día una auténtica afrenta, y no está la cosa como para explicarle a los señores policías que mi perro es exquisito y necesita un punto concreto para inspirarse.

Creo que el confinamiento ha instalado a Trufa en una adolescencia perpetua, porque llora sin sentido y cuando le digo un sonoro ‘no’ en plena entrevista, se va al dormitorio, enfadada, castigando mi rechazo. Supongo que mis salidas y entradas desordenadas (ya saben, los periodistas no tenemos horario) antes servían para regular sus ánimos y dosificar su necesidad de afecto. Ahora vivimos en un continuo bucle en el que siempre hay un momento para jugar, a sus ojos, porque ella no sabe lo que es tener que cerrar una página. Y muchísimo menos sabe lo que es una pandemia.

POR FRANCISCO GRIÑÁN. No sé si lo han experimentado, pero los días ya se empiezan a confundir unos con otros. Y eso que estoy obedeciendo a los expertos. No salgo de casa para nada por indicación de las autoridades sanitarias y de mi neumóloga, que además es mi cuñada. Lo último, no hay que jurarlo, es lo que más pesa. Me visto a diario. Nada de chándal y babuchas, sino ropa, ropa. Zapatos incluidos, ya que, como me recuerda mi compañero Fran Ruano, es fundamental para completar el uniforme de la normalidad. En casa tenemos 70 metros mal contados para cinco y, aunque estamos apretaditos, no nos importaría haber tenido incluso un perro, como conté hace un par de semanas. Tras el desayuno, teleperiodismo, telentrevistas y algún paseo matutino, del dormitorio al salón, pasando por la rotonda de la cocina, para cambiar de postura. Mientras, el resto de la familia se pelea por el ordenador para sus teleclases, teletrabajo y teletodo. En el periódico hace tiempo que nos dieron un portátil para llevarnos el trabajo a casa, así que no participo en estas peleas. En otras sí. Sobre todo, por el mando a distancia.

En los almuerzos el diálogo adolescente de siempre. «Ayer hice yo los platos». «No, yo». «No, fui yo». Y así sin parar y los pobres platos esperando y mirando con cara de churrete. Lo bien que los reciben cuando transportan una lasaña o un gazpachuelo y el poco cariño que les tienen cuando están ya vacíos. A veces, como padre, me siento un plato después del almuerzo. Por las tardes, más teletrabajo y parada obligatoria a los ocho para salir a la ventana a aplaudir y escuchar la canción o el himno patriotero que pone algún vecino. Y algo de charla con los de enfrente. Después, deporte con la familia, aunque le pese a mi compañero Alberto Gómez. Lo de hacer deporte, no lo de la familia. Me ha llamado una cosa muy fea que no voy a repetir porque el sábado pasado había perdido un kilo. Claro, es que no he hecho tanto deporte en mi vida. Con eso de la casa pequeña nos ha dado un ataque de vigorexia y ya conozco a todos los youtubers más en forma. Me gustan sobre todo los vídeos de chicas, lo reconozco. Se reconoce que son de chicas no por lo que hacen, porque yo acabo molido, sino porque siempre dicen: «Venga chicas, una más», «No me falléis chicas», «Ésta es la última, chicas», «Os estoy viendo, chicas». Pero es mentira, no me ven porque entonces dirían: «A ver, el chico gordito del fondo… sigue haciéndolo como puedas». Es que no me han visto intentando sincronizar la mano izquierda arriba con la patada derecha abajo. Eso lo inventó un sádico muy coordinado. Pero cuando Alberto lea esto se quedará tranquilo porque ya he vuelto a ganar ese kilo. Desde el último fin de semana, será la lluvia o lo que sea, me he dado al chocolate. En onza, de untar, en barritas, negro, con leche, con almendras, con pepitas de no sé qué y hasta ese duro, el duro a la taza, pero sin taza. Ahora que lo pienso, no tendría que haber escrito esto último porque mi endocrino lo va a leer y me va a llamar. También es mi cuñado. La próxima tabla de gimnasia la hago con la música de ‘Paquito el Chocolatero’ que va muy bien para las flexiones.

Para la cena, hemos quedado con los niños que no vamos a estar todo el día de camareros, así que se encargan ellos. Y cada noche lo mismo: «Ayer lo hice yo», «no yo»… Siempre cenamos a las tantas. Mientras esperamos, aprovechamos para las videollamadas con la familia y amigos. Aún no he olvidado la imagen de mi madre hace unos días. Lleva sola casi tres semanas y nos recibió en pantalla con una máscara de Batgirl. Amplió la imagen e iba disfrazada entera de riguroso negro murciélago y capa. Hay cosas que un hijo no debería ver. Ni un nieto. Pero confieso que me como a mi madre y me hubiera ido con ella en plan Joker. Si la cena llega antes de la medianoche, intentamos ver una película pero normalmente solo hay tiempo para el capítulo de una serie. De nuevo pelea. Encontrar un título por consenso deja en juego de niños la negociación gubernamental previa a cada consejo de ministros de Sánchez.

A la mañana siguiente, me siento como Bill Murray con ganas de reventar el radiodespertador en el Día de la Marmota. La película no se titulaba así, pero todo el mundo sabe cual es y habrá sentido esta punzada en algún momento estos días. Después me arrepiento del arrebato porque el despertador es el móvil y si me lo cargo sería para tirarse por la ventana después de los aplausos. Aunque en algunos momentos del día no me importaría reventarlo para romper con esta cuarentena de la hiperconectividad. Los días se empiezan a parecer unos a otros, pero ahora que lo he escrito me doy cuenta de que no paro en todo el día. Y que cada jornada te acaba regalando algo que no te esperas. Así que, mientras llega la carta de libertad, ya sé lo primero que voy a hacer cuando salga. Llevarle a mi madre un regalo: un traje de Superwoman. Seguro que es el que mejor le queda.

POR MATÍAS STUBER. Me empieza a pesar que en las últimas dos semanas sólo hay un tema que mueve al mundo. Mejor dicho, que lo condena a la inmovilidad: coronavirus. La paradoja resulta cruel. Como también me resulta cruel que algo tan feo como un rollo de papel higiénico se haya convertido en uno de los símbolos de estos tiempos. Cuando me pregunto si todavía puedo ir al baño sin tener problemas, hago un recuento y aún me quedan cinco. Ojalá sean suficientes. Miro al calendario. El 11 de abril es un sábado. En circunstancias normales, lo serían. Aunque la palabra normalidad ahora me deja desorientado. Hay otras a las que antes no le prestaba atención y ahora rezo por ellas. Cadena de suministro, por ejemplo. Me vienen a la cabeza imágenes de supermercados desabastecidos en la antigua RDA. Pensaba que me gustaba mi piso, aunque no tuviera una terraza. Mi opinión ha cambiado. Siento que he entrado en una prisión, aunque no de la manera que hubiera imaginado. En calidad de confinado por algo que es invisible. No llevo esposas pero siento que las tengo puestas.

La cuarentena me ha tocado vivirla solo. La idea de irme a la casa de mis padres me seduce. Podría decir que los echo de menos. Es verdad. Me angustia que vaya a pasar mucho tiempo hasta que les pueda dar un beso. Es una angustia pasajera. Pienso más en lo bien que cocina mi madre. Señal inequívoca, por otra parte, de que no tienen problemas de salud. Toco madera. Ya tienen una edad y me digo a mí mismo que no debo ser egoísta. Pienso mucho en mi padre. Me lo imagino alto y esbelto. Este domingo hubiéramos ido juntos al Málaga-Extremadura. El destino nos ha cambiado nuestro empeño en hacer planes por un azaroso porvenir. ¿Para siempre? Espero que no.

Intento mantener una rutina. Me salva el trabajo. Los fines de semana me descarrilo demasiado. Este sábado me levanté a la una del mediodía. Venga, duerme un poco más. Tiempo tienes de sobra. Por las noches trato de cocinar aunque apenas tenga hambre. Al estar todo el día sentado, se ha ralentizado mi metabolismo. Echo de menos ir al gimnasio. El problema principal de una vida en cuarentena para mí es el siguiente: como la decisión de estar en casa no responde a una decisión tomada en libertad, no siento que tenga valor.

Lo más desagradable es la soledad. Cuando miro por la ventana no hay vida. Vuelvo al salón y me siento como en un vacío temporal. Los días son uniformes y ya no utilizo las palabras lunes, martes o miércoles. Las he cambiado por números. Día 12, día 13… Estar solo no es lo mismo que la soledad. Siempre he sido un defensor de las ventajas de vivir solo. Hablo por teléfono. Dos o tres horas. Pero la presencia de las personas en tu entorno es algo que se percibe. Es sensorial. Si se prolonga su falta, te sientes poco a poco como un fantasma. Me he pillado hablando conmigo mismo en el espejo. Estoy blanco como Casper. ¡Buh!

Me he propuesto leer muchos libros en estos días y no me he leído ninguno. Paso mucho tiempo enganchado a Twitter. Creo que tengo una adicción. Leo lo que ponen algunos políticos y me deprimo. Me surgen demasiadas dudas. La crisis sanitaria que lo va a cambiar todo choca contra un sistema y unos políticos que están acostumbrados a otra cosa. El sistema, o sea las autonomías, está cayendo en la prolijidad. Nuestros políticos, así lo creo, están versados en la lucha y en la brega por el poder. Pero esto es otra cosa. Sin embargo, es la política la que tiene que bajar a este país de la mejor manera posible del cadalso. Debe, a pesar de las contradicciones, encontrar un compromiso y las mejores soluciones para salvar el mayor número de vidas y minimizar, al mismo tiempo, los daños en la economía. Busco evadirme y no hacerme más preguntas.

El sábado me bebí una botella de vino viendo una serie. Me levanté con un leve dolor de cabeza. Fue una sensación agradable, como después de una buena noche de fiesta en el centro. Echo de menos a algunos bares. A esos bares con mis amigos dentro. También a los turistas. Creo que aportan mucho más de lo que restan. Me temo que nos daremos cuenta de ello en los próximos meses. Por momentos lo veo todo negro, como la imagen deprimente que ofrecen los paneles informativos del aeropuerto. Me he despedido del concepto de aldea global. Ojalá sea un hasta pronto.

Pero también hay algo que me ayuda a venirme arriba en estos días. Son los periodistas. Yo me emociono con los médicos y los enfermeros. Pero también me pasa cuando leo una buena información o un reportaje que me hubiera gustado firmar a mí. En los últimos años, se ha debatido mucho sobre el grado de necesidad de los periódicos. Denostados, por momentos. Ahora resulta que son más necesarios que nunca. Un periodismo independiente, seguro, fiable y cercano es imprescindible. Me agarro a aportar mi diminuto grano de arena. Necesito una gran borrachera colectiva para olvidar y dar abrazos como antes.

POR BORJA GUTIÉRREZ. Tengo que reconocer que siempre he sido muy casero, una virtud en alza en estos tiempos. Pero será por inconformismo infantil o por falta de práctica, que ahora tengo más ganas de salir que nunca. A donde sea. Y que me roben el móvil, porque no me veo capaz de olvidarlo por mi mismo. Conectado y controlado. Ansioso e inquieto. Lo peor de todo esto. Aunque puedo y debo confesar que soy un afortunado. Desde dos días antes de que el encierro fuera por decreto yo ya estaba confinado en un lugar seguro (el más seguro). De vuelta a donde empezó todo para mí, donde empecé a descubrir las primeras cosas. Mi primer mundo, que sigue siendo grande aunque antes me pareciera inmenso. Y con la misma intensidad, contraste y pureza. Por eso vivo esta especie de frenazo en seco de todo con una reconfortante nostalgia.

La de entrar y salir cuarenta veces al día, cegarme en blanco con el sol y verlo todo negro al volver a entrar. Subir a la azotea para sentir el viento y mirar lejos (ahora entiendo mejor las recomendaciones del manual de riesgos laborales). Mirar el mar y mirar la sierra. El cielo y el lucero. Y leer a Miguel Delibes. Bajar al bancal para recoger las habas, los chícharos y comerme de paso un níspero (bueno, dos o tres) debajo del árbol que, como dice mi padre, es donde están buenos y saben más dulces. Los estoy viendo crecer y coger color en tiempo real y es maravilloso (no tanto como las greñas que ya tengo). Y hacemos limonada porque ya no sabemos qué hacer con tanto limón.

Pero qué bien entra después de haber dado diez pelotazos en ‘la portá’. No sin darle a alguno de los coches que hay aparcados y escuchar eso de «un poco más flojito». Ese es el momento de jugarla tranquilos y dar toques (aunque no nos hemos grabado ningún reto de esos de las redes). Y enseñar al más joven el truco de la vuelta al mundo. Ese en el que con un leve toque intentas dejar levitando la pelota para dibujar un círculo en el aire con la pierna. Juego con mis dos hermanos pequeños y los dos son mejores que yo. Eso es así. Pero tragando aire a duras penas mientras ellos siguen en el juego del uno contra uno que hemos organizado con dos porterías que son botellas de agua es cuando mejor me sale sonreir. Automático. A pesar de todo. De los problemas del teletrabajo y de la incertidumbre. Y de las cifras de víctimas y del qué pasará con la vida de antes después de esto. Del echar de menos la vida en pareja y la intimidad. Así, al menos, paro el tiempo. De los cambios de humor, ya mejor otro día.

POR ALMUDENA NOGUÉS. 15. Es pronunciar este número y activarse cual resorte en mi mente el eco de la voz de mi abuela en aquellas largas noches de verano jugando al Bingo en nuestro refugio preferido, en Mijas. Siempre que salía esta bola se le dibujaba una sonrisa en la cara para, acto seguido, entonar con soniquete: «la niña bonita». En estos difíciles días de confinamiento, sin embargo, estas dos cifras poco o nada tienen de bonito. Conforman mi peculiar trinchera en esta guerra donde el enemigo es un virus y los escudos huelen a jabón de manos. Desde hace 16 días nuestra familia está dividida por 15 escalones. Los que separan la segunda de la tercera planta de casa. Allí, en el torreón, mi marido libra su peculiar batalla contra ¿el coronavirus?, ¿una gripe? Llamadlo como queráis porque la realidad es que a todos los que tienen síntomas leves no le hacen ningún test. Él tuvo picos de fiebre (aunque nunca llegó a 38) y, sobre todo, una tos horrible que no se le quita aún a día de hoy con ninguno de los tres fármacos que hasta la fecha hemos probado por indicación médica

Mi hogar, pues, se ha transformado en un improvisado campo de batalla en el que la lejía es mi mayor aliada, con permiso de los guantes y la mascarilla. Y aunque no voy a negar que al principio ha sido muy duro, también es cierto que al final las personas tenemos una asombrosa capacidad de adaptarnos a los nuevos escenarios y apretar lo dientes. Y en ello ando. Lidiando solita con el teletrabajo (que aunque hay días que me ha costado horrores también está siendo mi gran válvula de escape), dos niños de 8 y 4 años que no entienden que su padre esté aislado en el torreón y están especialmente revoltosos y un perro (¡bendito perro!) que aunque aumenta mi carga de tareas domésticas me regala un soplo de vida en cada uno de sus paseos.

Dicen que hay que aprovechar que ahora tenemos ¿tiempo? Yo tengo menos que nunca. Soy periodista, madre, profesora, maestra de manualidades, enfermera, cocinera y limpiadora a jornada completa. Y en mitad de este caos intenté no quedarme atrás en esta obsesión colectiva por hacer algo de deporte pero, ¿sabéis qué? Que he tirado la toalla. En su lugar, cuando se alinean los astros y mis hijos me dan una tregua, me salgo al patio cual caracol en cuanto sale un rayito de sol o me encierro 10 minutos en el baño, lleno la bañera, enciendo una vela y escucho a Sofía Ellar. De vuelta a la realidad, al bajar al salón, una banderola que puse para celebrar una fiesta tres días antes de que decretaran el Estado de alarma me recuerda como diría mi querida Lucía Be que la vida es una verbena… Y para que no se me olvide he decidido no quitarla hasta que todo esto acabe. ¿Bailas?

POR ROSSEL APARICIO y ENRIQUE MIRANDA ¡Extra, extra! Bombazo informativo en ‘Kaboom City’: la ciudad de los Superzings (pequeñas figuritas de goma coleccionables que traen de cabeza a los niños en edad escolar) acaba de plantarle cara y vencer al coronavirus. «¡Vivaaaaa!» gritan los niños -con la misma energía con la que aplauden cada día a las 20.00 horas- en el vídeo al más estilo ‘youtuber’ grabado para animar una larga tarde de encierro. Hay que inventar cada día para mantener el ánimo. Si algo han aprendido en estas dos semanas las familias españolas es a sacarle el máximo provecho de cada metro cuadrado de su vivienda. En nuestro caso (dos adultos y dos pequeños de 7 y 3 años) hemos convertido la mesa de salón en colegio, el pequeño patio para tender, en una cancha de baloncesto, el despacho, en oficina, y el cuarto de los niños en un fuerte con sábanas y cojines.

Sorprendentemente, ellos están llevando mejor que nosotros lo de estar en casa, es admirable su capacidad de adaptación. Los adultos echamos mucho de menos eso de salir al paseo marítimo, ir al parque o tomarnos un tinto en una terraza. Aunque lo que verdaderamente añoramos es el contacto con los amigos de siempre, con la familia cercana, con los compañeros. Las nuevas tecnologías ayudan y las videollamadas son nuestra ventana al exterior. Aunque tienen su peligro, ojo, cuando el mayor se dedica a enseñar el piso -baños y dormitorios incluidos- en una cita múltiple con algunos de sus compañeros de clase, y sus padres. Huelga decir que nuestro orden casero, en esta intensa convivencia, no es el mejor por más que lo intentemos.

Por lo demás, bien. Incluso hemos organizado por WhatsApp con nuestro grupo de amigos y sus hijos un ‘Got Talent’ versión cuarentena, en el que cada uno tiene que mandar un vídeo con alguna habilidad: cantar, bailar, cocinar, mímica o directamente hacer el payaso. La prohibición de que esas imágenes salgan del chat es máxima, que tampoco es cuestión de arruinarle la imagen pública a nadie.

En el día a día, hemos conseguido repartir bien las tareas: mientras mamá se encierra en el despacho, papá está con los peques y viceversa. Aún hay que pegar algún grito de: «¡Dejad a mamá, que está trabajando!», pero es que, con dos progenitores periodistas, no están acostumbrados a tenernos tanto tiempo en casa a la vez. Estamos pensando en electrificar la puerta del despacho, pero quizá con un cartelito de advertencia sea suficiente. Por lo general tratamos de no hablar mucho de la dichosa pandemia, aunque de vez en cuando sea inevitable. «No quiero más, hay un virus en mi plato», fue la última excusa del pequeño para no terminarse la comida. Ellos también se lo llevan a su terreno cuando les interesa.

Estos días siempre hay alguien que nos pregunta eso de: la cuarentena, ¿bien o con niños? Nosotros bien, con niños. Ellos nos obligan a no bajar la guardia, a ser creativos, a reír, a correr y a no pensar mucho en que todo esto va a cambiar nuestra realidad, y seguramente no para mejor. Literalmente, nos están dando la vida

POR JOSÉ MIGUEL AGUILAR. A diferencia de mis compañeros, confinados en su hogar, cercados por las circunstancias pero sin perder ni un ápice la capacidad de informar al minuto de esta crisis sin parangón, mi rutina apenas ha cambiado porque me toca cumplir con mis obligaciones en el periódico, literalmente, en mi sitio habitual, con el horario cotidiano y con idéntica labor a la de antes del estado de alarma en la que llevamos ya dos semanas. Hay quien me dice que soy un afortunado, y así me siento porque no noto en demasía las carencias que me transmiten aquellos que están abatidos por el tedio de un día sin horas encasilladas en la costumbre de etiquetar la jornada según las casillas del reloj. Solo cuando cae la tarde noto el desaliento de la ausencia de lo que antes era práctica habitual: tomarme una copa con amigos, salir a cenar con mi mujer o compartir noches de versos sueltos, sonetos construidos al azar del viento de poniente, canciones escritas al compás de la guitarra y tertulias en locales que potencian la cultura local.

Así que esta historia de la cuarentena será distinta a la de los redactores que tan brillantemente me han tenido entretenido estos días en este relato de esta extraña actualidad, apasionante por un lado, pero llena de incertidumbre por otro. Lo primero que os contaré es que causa desazón llegar a una Redacción vacía, en penumbra, en un silencio que angustia, sin la presencia de los compañeros, en mañanas interminables con la soledad como única compañía y el quehacer diario como hábito.

Tras la reunión matutina vía telefónica a varias bandas para organizar el día con los responsables de las distintas secciones, toca confeccionar el planillo de la paginación del periódico según los contenidos que marca la actualidad. Es de justicia reconocer que nos estamos organizando muy bien, sin contratiempos, pese a la distancia física y a la novedad del trabajo telemático de toda la Redacción. Es para felicitarnos, para qué ocultarlo. Un trabajo en equipo en toda regla que está teniendo los resultados esperados. La verdad es que me siento muy orgulloso de la gente que compone SUR y de ser parte de este medio de referencia para miles de malagueños.

La puesta en página, el tema de apertura, el reparto de contenidos, la edición gráfica, el enriquecimiento de gráficos en informaciones que necesitan ese complemento tan necesario, etc. se decide al mediodía, para facilitar el trabajo de mis compañeros de Edición y Cierre, que se incorporan por la tarde. Me alegra saludar a Salvador Salas (el autor de la fotografía de este relato) o Ñito Salas cuando llegan al periódico para volcar las fotos en el sistema o a Pedro Quero para editar los vídeos que se suben a la web. Ellos merecen el reconocimiento de su trabajo a pie de calle cada día. La sonrisa de David González en el saludo de rigor es un soplo de aire fresco en estos días de tanta contaminación mental. Loli se afana en una limpieza del recinto más necesaria que nunca, y poco más que añadir en cuanto a presencia física en el edificio. Un detalle: cuando los compañeros vuelvan a sus puestos de trabajo en la Redacción se sorprenderán del cambio que está experimentando el entorno de La Rosaleda por las obras acometidas para acondicionar las distintas avenidas por el proyecto de las torres de Martiricos.

La tarde en el periódico es diferente. Llegan Antonio Ortín, Rafa Ruiz, Marina Martínez y Pedro García para relevarme en el cierre, mientras Rafa Cortés hace teletrabajo en casa. Resolvemos las cuestiones pendientes y solventamos los problemas de última hora, pendientes de comparecencias, anuncios oficiales y el parte del día con el recuerdo de infectados y fallecidos. Resulta dramática la cifra de personas contagiadas por el coronavirus día tras día.

Y así un día tras otro, y van quince, y nos quedan, al menos, otras dos semanas para volver a la normalidad, una palabra a la que no encuentro el significado correcto porque dudo de si luego todo volverá a ser como antes.

POR RAQUEL MERINO. Así me siento, como la leona de la manada. Convivo con dos menores, de 8 y 15 años (no me preguntéis qué edad es más difícil, cada una tiene lo suyo), y mi marido que está dentro de la llamada población de riesgo (eso sí, nos lleva ventaja porque en su momento ya estuvo en aislamiento más de 15 días y en menos metros cuadrados); por ello, a mí me toca la misión casi imposible de comprar provisiones antes de que los ‘caminantes’ de mi barrio dejen las estanterías literalmente peladas. Después de tres intentos infructuosos, me tragué mis palabras e hice algo que juré nunca haría: me levanté sobre las ocho de la mañana en mi día de descanso y a las 8.30 estaba en la cola del supermercado, guardando el metro de distancia de rigor. Mientras esperaba a que abrieran las puertas, sonreía recordando la escena del día anterior en la cocina, cuando mi hijo mayor me dijo que esta situación le recordaba a la serie ‘The walking dead’, donde los personajes se juegan la vida cada vez que salen a por comida. «Mamá, te veo con la mochila y la catana a la espalda y diciéndonos: si no vuelvo, que sepáis que os quiero». Pero, ¡lo conseguí! Como buena leona de mi manada, entré de las primeras y me fui directamente a la sección de carnes: dos pollos troceados, filetes de ternera, de pollo, de pavo, hamburguesas, pinchitos… ¡Vaya que si lo logré! Diez días después aún nos queda algo en el congelador. Y debo confesarlo, también me llevé un paquete de papel higiénico, por si acaso.

Pero no solo en el asunto de la comida me veo como la leona alfa. A pesar de que el padre está en casa, ¿sabéis a quién rondan continuamente los cachorros? A mamá. Así, mientras intento mantener el hilo de la conversación con mis compañeros del periódico por Whatsapp y acabar la información que tengo entre manos, mi hijo pequeño no para de hacerme preguntas sobre las tareas del telecolegio. ¡Cuánto valoro el trabajo de los profesores! ¡Qué paciencia, Señor! Paro unos segundos porque en el grupo ‘Nellitos 3ºB’ han colgado los ejercicios de sociales de hoy, que son para más inri en inglés, porque sí, una de las premisas al buscar colegio es que fuera bilingüe. ¿Quién me mandaría a mí?

Y entre teletrabajo, deberes del cole, casa, el perro… ¡ah, qué no! No tenemos perro, ¡¿por qué?! Intento sacar un rato para hacer pilates y no acabar con el llamado «síndrome de la clase turista», que quién lo tuviera ahora. Pero no me puedo quejar. Al menos, este ‘Coronavirus Z’ lo estoy pasando junto a mis hijos y mi marido, viendo cómo nos hace más fuerte, como nos empuja a apoyarnos aún más los unos en los otros, con sus abrazos y besos permitidos entre las paredes del hogar, y echando mucho de menos a la abuela que, por su edad y siguiendo las recomendaciones de Sanidad, pensamos que era mejor que se quedara en su casa. Si llego a saber que esto iba a durar un mes, se viene con nosotros. Menos mal que ella es aún más leona que yo y se toma este confinamiento con optimismo. Con deciros que hasta se pinta los labios para aplaudir religiosamente a las ocho de la tarde a los verdaderos héroes de esta historia.

POR ANTONIO MONTILLA. Querido diario: las circunstancias han querido que el decreto de alarma me haya cogido viviendo sólo en la particular isla de Robinson Crusoe en la que se ha convertido mi piso, transformado ahora no sólo en la morada donde, hasta la aparición del dichoso bicho del coronavirus, desconectaba del frenesí laboral sino en una particular corresponsalía del diario SUR en el barrio del Perchel. En este confinamiento que me ha tocado vivir en solitario mis particulares botellas al mar para comunicarme con el exterior, más allá de salir a comprar los productos básicos cada tres o cuatro días, la conforman la televisión, la radio -siempre fiel compañera de baile de aquellos que no tienen con quien bailar-, las redes sociales (¿cómo se habría vivido una crisis como ésta sin Twitter, Instagram, Facebook o WhatsApp?) y el teléfono, donde cada día hago una videollamada múltiple con mi madre, mis hermanos y mis sobrinos, que pasan esta crisis sanitaria allá en el terruño donde están mis raíces, en mi querida Cuevas del Becerro.

No me pesa la soledad, pero en estos días vivo la experiencia de desarrollar en un mismo espacio mis dos ‘yo’. De un lado, está mi labor periodística atento a las informaciones y trabajando los temas como hacen mis compañeros dejándose la piel cada día. Del otro lado, está mi yo más ‘maruja’ al tener que compatibilizar con las labores domésticas: limpiar para que las pelusas no se conviertan en un enemigo más aterrador que el Covid-19; hacer la colada; planchar y, fundamentalmente, preparar la comida -creo que me ha ganado ya un diploma en MasterChef a la hora de hacer diferentes tipos de ensalada para no repetir y caer en la monotonía culinaria-.

Mi rutina de trabajo periodístico y labores del hogar sólo se ve alterada a las ocho de la tarde cuando salgo al balcón a aplaudir y donde le he podido poner cara a algunos de mis vecinos de los bloques cercanos. Paralelamente, el confinamiento me ha permitido experimentar un oxímoron: el ‘vouyerismo auditivo’. Gracias a él ya conozco las horas aproximadas en que mi vecino del tercero pone el lavavajillas y me llegan las clases que mi vecina, pared con pared, imparte a sus hijos en edad escolar; la verdad que no vienen mal esas particulares lecciones ya que me ha ayudado a recordar que el Ebro pasa por Zaragoza, traer a mi memoria las operaciones del mínimo común denominador y el mínimo común múltiplo y repasar las funciones del diminutivo y aumentativo.

En esta vorágine de días iguales, siempre busco un hueco para el ocio en los libros. Así en estos momentos estoy navegando a través de la tierra gracias a la prosa de José Calvo Poyato (sí, el hermano de Carmen Calvo) a través de su novela sobre el viaje de Magallanes y Elcano, después de haber recorrido la Barcelona de principios del siglo XX con la lectura de ‘El pintor de almas’ y haberme acercado a un trocito de la historia de la Diputación de Málaga a través de las memorias de su expresidente Luis Vázquez Alfarache.

La música también me acompaña y en estos días de cuaresma las marchas que escucho, de la ‘Malagueña’ de Lecuona a ‘La Madrugá’ de Abel Moreno, me traen cierta nostalgia de lo que este año no podremos disfrutar: las procesiones de Semana Santa en la calle. Y, entonces, me acuerdo de aquella bulería cantada por Rocío Jurado: ‘Qué no daría yo’. Y parafraseándola me pregunto qué no daría yo por volver a encontrarme con mis compañeros en la bulliciosa redacción del periódico y tomarme el café de la tarde con Recio y Aguilar; qué no daría yo por coger el coche y llegar al pueblo y reencontrarme con los míos tras tantos días de distancia; qué no daría yo por salir y tomar una cerveza en Los Palacios con una tapa de huevos rellenos; o qué no daría yo por volver a escuchar la campaña de la cercana iglesia del Carmen llamando a misa.

Por el momento, y asumiendo la situación con resignación cristiana, pero también con disciplina, espíritu de sacrificio y moral en la victoria (acertada frase del Jemad, general Villarroya), voy restando, como el preso que cumple condena, días al calendario deseando que este año el Domingo de Resurrección sea más de Resurrección que nunca y se pueda levantar el estado de alarma y empezar a recuperar poco a poco la normalidad, que ya se echa de menos.

Voy terminando. Tengo comida en el congelador y la despensa, moral fuerte y de vez en cuando me despiertan una sonrisa algunos de los memes y vídeos que me llegan por Whasap como los que me enviaron dos amigos: José Luis tocando la trompeta y Andrades, con la flauta, interpretando ‘Resistiré’. Es lo que toca en estos días querido diario: resistir.

POR JUAN SOTO. Querida vecina desconocida: No conozco nada de tu vida, solo que tus intempestivos gritos no me dejan concentrarme para escribir esto. Para trabajar durante el tiempo que dure la cuarentena me he instalado en un habitación que utilizamos como despacho, cuya ventana da al ‘ojopatio’ del bloque. Y aunque llevamos 14 años viviendo casi ventana con ventana solo sé que tienes tantas ganas de que termine como yo. Tú para no tener que lidiar más con tu hija. Yo para dejar de oír tus voces casi a cualquier hora del día.

Que se haya cumplido el deseo de Mafalda y se haya parado el mundo me ha servido para conocer un poco mejor mi comunidad de vecinos, que es un tanto particular. Además de la que siempre grita tengo otro que toca el violín para animarnos todas tardes, y otro que pasa más tiempo encerrado en el trastero que en su casa (no sé si porque tiene mucho que ordenar o porque prefiere esos momentos de soledad).

La realidad es que estos once días de encierro ya empiezan a pesar un poco. Y eso que yo tengo la suerte (o la desgracia) de salir habitualmente a la calle para seguir cubriendo informativamente esta crisis sanitaria. Y no tengo muy claro si es bueno o malo porque cuando vuelvo siempre me encuentro con las mismas caras de desconfianza en mi mujer y mi hija, que no se fían de que meta al puñetero virus por la puerta de casa sin haber cursado invitación previa. No sé si os ocurre a los demás pero cuando ahora sales a la calle, aunque sólo sea para hacer la compra, te da la sensación de que la ciudad está gaseada y tienes miedo hasta de respirar.

Por lo demás, el encierro lo tomamos con resignación y no lo llevamos mal del todo. El primer día hicimos el típico cartelito de ‘todo va a salir bien’ y aplaudimos con fuerza, aunque ya se nos ha pasado un poco la fiebre inicial. Afortunadamente seguimos trabajando los tres (la peque está todo el día conectada a la tablet con sus compañeros del colegio por internet) y tratamos de mantener la rutinas del resto del año. ¡Ah! Y hasta me ha dado por hacer deporte, a mi, que como el otro día decía el siempre genial Manolo Sarria, «tú que no has hecho deporte en tu puta vida».

Cuando no estamos trabajando pasamos el tiempo entre meme y meme, supongo que como cualquier otro mortal, e imaginando todo lo que haremos cuando salgamos por fin de este confinamiento. Yo lo tengo claro: un vinito y una buena charla en cualquier terraza del Centro. Eso sí que será el verdadero triunfo al coronavirus

Pd. Me he afeitado para salir en la foto, ya que corría el riesgo de que nadie me reconociera

Pd2. Armando, si lees esto, necesito un corte de pelo con urgencia. Mándame aunque sea las tijeras por mensajero.

POR ISABEL MÉNDEZ. «¿Mami, hoy también hay coronavirus o ya se ha ido?»: Esa pregunta de mi hijo pequeño me acompaña cada día desde que empezó el confinamiento… Y las que quedan. Ha pasado de no ver los informativos a no perdérselos, y ya almacena tal volumen de datos sobre la pandemia que incluso podría resultar útil para cualquier hemeroteca. Lo que son las cosas… Para intentar distraernos durante el encierro, ya que no tenemos ni perro ni bicicleta estática, (y no me da la vida para presenciar la clase deportiva de turno entre el bendito teletrabajo, el cole virtual y el día a día de la casa) hemos recurrido al trastero para buscar algo con lo que entretenernos a la vez que ejercitamos el cuerpo: la Wii Fit. Así que cada día, aunque en mi caso por lo general sólo puedan ser unos minutos, simulo que me subo a un step, hago footing o practico el saludo al sol, por ejemplo, ese que ahora tanto echamos de menos.

Y de este modo más los memes geniales que circulan (quien no haya visto el vídeo del pingüino espídico ya está tardando) y los aplausos a las ocho de la tarde – sigo emocionándome cada vez que participo- vamos preparándonos para cuando podamos volver a salir y consigamos dejar atrás todo esto. Un día al que sospecho que una gran mayoría (entre la que me incluyo) llegará pálida y bastante repuesta, por cierto.

Hay muchos que dicen que esta crisis del coronavirus es una lección de vida, y que cuando pase ya no nos volveremos a ver de igual manera: apoyo totalmente esta teoría, porque creo que es muy cierta. Y es que con esas videollamadas que ahora tanto proliferan, a veces ‘pillamos’ a amigos y compañeros de trabajo de un modo que posiblemente no los hubiéramos encontrado nunca (a la familia sí porque ya la conocemos, como su nombre indica). Qué buen invento el Skype, Google dúo y etc. y qué suerte poder usarlo desde casa cuando muchos otros se juegan el tipo en hospitales, supermercados, carreteras, haciendo controles policiales o fotos (grandes ese Boris, Ñito y Pedro al pie del cañón) por los demás.

Chapó por ellos y ánimo a todos (incluyendo por supuesto al resto de mis compañeros): en cuanto salgamos de esta habrá que celebrar mucho, como por ejemplo la cantidad de cumpleaños que se están quedando estos días entre cuatro paredes (Rossel, Aguilar, Fran, los hermanos Salas, Kino, Sofía, Maite, María José, Javier, Miguel, mi padre…). Cuando nos dejen, vamos a hacer como las gallinas en ese divertido vídeo que también circula (otro para buscar si no se ha visto), pero de momento ya saben lo que toca: #yomequedoencasa.

POR IGNACIO LILLO. Si la historia de los pueblos occidentales se estudia generalmente con su etapa AC (Antes de Cristo) y DC (Después), la nuestra reciente se dividirá a partir de ahora en ACV (o sea, Antes del Coronavirus) y DCV (lo que está por venir). En nuestra vida ACV, tal y como la teníamos planeada, hoy la casa estaría a rebosar de gente. Es el cumpleaños de mi novia, Olga, e iban a venir a pasar el fin de semana amigas procedentes de lugares tan dispares como Costa Rica. Tantas eran que llegamos a barajar incluso que yo me exiliara temporalmente a casa de mis padres para dejarles más espacio.

En nuestra vida ACV habríamos pasado todo el sábado en la calle, desde la comida en Uvedoble (teníamos la reserva hecha), las copas de terraza en terraza (Batik, Chinitas, Valeria…) cena improvisada y más copas ya en algún garito del Centro donde se pudiera bailar. Hoy, que es justo la fecha de su aniversario, después de dormir hasta tarde habríamos ido todos a comer al Balneario, que es y será siempre nuestro rincón soñado de Málaga. Por supuesto, habría encontrado el momento para buscar algún regalo bonito y una gran tarta con sus velas…

Evidentemente, en nuestra vida DCV nada de esto ha sido posible, pero por supuesto no vamos a dejar de celebrar un año más juntos y, más que nunca, la salud. Por eso ayer fui a la farmacia, que es uno de los pocos sitios que quedan abiertos, a donde está permitido ir y que venden cosas susceptibles de regalar. Le he comprado un detalle que lleva moraleja incorporada: una crema de protección solar de una buena marca, que me ha costado un pico pero que nos va a hacer falta en cantidades industriales cuando por fin podamos volver a salir y recorrer libremente las carreteras de la Costa del Sol, entre Málaga y Marbella (de donde es ella) con nuestro viejo descapotable. También le compré un par de trozos de tarta, que para los dos solos (Nori, nuestro perro, no puede comer dulces) tampoco necesitamos más y tengo una aversión enfermiza a derrochar comida. Las velas las hemos reciclado de fechas anteriores, por suerte teníamos los números que necesitábamos.

Pero lo mejor del día ha sido comprobar el calor de tantos amigos y familiares, que no han podido estar físicamente pero que lo han hecho en la distancia, en muchos casos con husos horarios dispares ¡desde Costa Rica y Catar, pasando por Madrid!, por medio de videoconferencias en grupo de WhatsApp, de Skype y de Zoom. Juntos, pero no revueltos, le hemos cantado el cumpleaños feliz y ha soplado velas de cera y digitales. Y todo ello gracias a nuestras estupendas redes de telecomunicaciones, que lo bueno que tenemos en España también hay que decirlo. Cuando todo esto acabe, en nuestra nueva vida DCV, cambiarán muchas cosas, pero hay una que seguro que no lo hará porque está en nuestro ADN mediterráneo: nos vamos a hartar de darnos besos y abrazos.

POR IVÁN GELIBTER. Sé que lo primero que dicen los expertos es que no es bueno contar los días de este confinamiento, pero hay algunas cifras que retumban en mi cabeza sin que pueda hacer nada por evitarlo. Hoy hace exactamente un mes y un día que me casé, veinticinco desde que me fui de luna de miel a Japón y a Corea y siete desde que regresé. Además, hoy celebro seis días desde que dejé de fumar, una promesa que me hice a mí mismo hace meses y que estoy cumpliendo -sorprendentemente- a rajatabla. Por si esto fuera poco, recién esta mañana he conseguido levantarme a una hora normal, porque toda esta semana he estado ‘torturado’ por un ‘jet-lag’ que me hacía madrugar a las cinco para luego dejarme listo de papeles a eso de las ocho de la tarde.

No cuento con familiares dependientes en casa, ni perro, ni niños. Pero sí tengo un marido recién estrenado con el que estoy cosido a pespunte desde el 19 de febrero, la última vez que los dos fuimos a trabajar de manera presencial. No lo digo como un motivo de lamento -al revés- pero por muy enamorados que estemos el uno del otro, hay que reconocer que es inevitable discutir de vez en cuando, sobre todo por motivos domésticos. ¿Por qué otra causa podría ser en estas circunstancias? De momento, intentamos seguir las mismas dinámicas de antes de que comenzara todo esto. La limpieza a fondo de mi zona de la casa (el salón y el cuarto de las películas) la sigo haciendo el viernes -esta semana será el lunes- y el resto lo hace él el domingo. Eso sí, en el día a día él siempre hace más que yo. Diría que un 60-40 por ciento, aunque seguro que cuando lea este diario frunce el ceño.

Al supermercado, por suerte, sigo yendo yo. No porque lo haga mejor que él (hemos tenido una minicrisis por mis compras), pero eso me permite haber salido a la calle al menos dos veces en esta semana. En este viaje del que acabamos de regresar -y que pensamos ¡ilusos! que era una distopía que nunca veríamos en nuestro país- me he comprado unas cuantas prendas que estaba deseoso de estrenar. Así, me he tomado estas dos bajadas al súper como si fuera una salida de viernes noche. Me duché, me sequé un pelo que necesita ya ir a la peluquería y me vestí ideal. No me puse tacones porque no me veo con ellos, pero es el detalle que me faltaba.

Intento trabajar y pensar al mismo ritmo que lo hacía antes de casarme, pero reconozco que resulta muy difícil. Los trajes siguen dando vueltas por la casa porque no hemos podido llevarlos a la tintorería. Hace ya un mes que no veo a mis padres, a mi abuela, a mi suegra, a mi hermana, a mis cuñados y cuñadas, y sobre todo a cuatro personas que crecen cada día que pasa. Las videollamadas con Emma, Cloe, Enzo y Martina no cumplen con mis expectativas, y cada vez que entro en el cuarto y veo los regalos que les hemos comprado en Japón, solo puedo pensar con tristeza que no sé cuánto tiempo más tendremos que esperar para poder dárselos.

Pero, a pesar de todo, esta cuarentena también sirve para darme cuenta -o más bien confirmar- lo afortunado que soy. No solo porque tenga 3.500 películas en casa para matar el aburrimiento, sino porque tengo con quien poder verlas. Hoy, y el resto de días de nuestra vida. También me he dado cuenta de que dejar de fumar no está siendo tan difícil como pensé que lo sería. Sigo viendo en el pasillo la obra de Javi Calleja en cuya cabeza se reflejan las palabras: «I just want to sleep»; y aunque el ‘jet-lag’ no se haya ido del todo, bendita la fortuna de haber podido viajar veinte días después de disfrutar el momento más feliz de mi vida. Empiezo con las cuentas y termino con ellas. Ya queda un día menos para acabar este confinamiento, aunque ya no nunca seré el mismo. Al menos, la nicotina ya ha desaparecido de mis dedos.

POR MARÍA EUGENIA MERELO. Miro y me mira un cuadro de Agustín Parejo School. Un grabado con dos imágenes enfrentadas de Juan Pablo II. Un Papa fijado en ese papel y en la memoria de muchos por su indecente cabezonería en la imparable expansión de la epidemia del VIH. Él sostenía y proclamaba que el uso del preservativo para evitar la propagación era ‘una blasfemia contra Dios’. En el grabado, sobre la imagen del irresponsable pontífice, se funden cientos de nombres de personas que fallecieron infectados por el virus. Justicia poética. Un cuadro sobre una epidemia que acompaña el encierro para contar y vivir otra. Entre el sida y el Covid-19 han pasado muchos años. Lo que antes iba a misa ahora es decreto ley de emergencia. Lo que antes era blasfemia ahora es ‘fake new’.

Las voces y los sonidos de la redacción ya no se oyen. La banda sonora que he tenido durante treinta años en SUR se ha apagado. Como se han apagado las voces de los niños entrando y saliendo del colegio cercano. Tampoco suena el tráfico. Ni el mar, que veo a lo lejos. Oigo las voces de la gente a través del teléfono. Oigo las voces de las canciones, de la radio y de la tele. Y veo. Veo desde la terraza a los vecinos paseando a sus perros. Varias veces al día. Y otros vecinos paseando con bolsas de la compra. Varias veces al día. Y pienso en Francia. Allí se puede hacer footing durante 20 minutos y alejarse hasta dos kilómetros de casa. Ya quisiera tener perro, familia numerosa para hacer la compra o estar en Francia.

La bulla del periódico ha cedido su espacio a otro jaleo. El WhatsApp se ha impuesto en el teletrabajo y en las telerelaciones. No para. He asignado diferentes sonidos a las notificaciones para identificar los chats, priorizar y no volverme loca. El ruido tecnológico de la jornada laboral se mezcla con el doméstico. La lavadora y el lavavajillas tienen sus propias conversaciones en la cocina, que ahora, como toda la casa,también es redacción, restaurante, bar, cine, espacio de paseo, sala de conciertos y sala de pilates.

Por fin es viernes. Es el nombre de un chat de amigos a quienes nos gusta vernos el último día de la semana laboral para compartir vino y charla. Ahora los amigos me mandan aplicaciones para hacer quedadas virtuales con una botella de vino. Ya entiendo por qué en Mercadona ahora sobra el papel higiénico y falta el vino. Mercadona. Nunca pensé que hacer la compra se convertiría en un planazo. Me ilusiona pensar qué me pongo para las citas virtuales. Miro y me mira el cuadro de Agustín Parejo School. Ahí está la epidemia. Hoy, por fin (no) es viernes.

POR HÉCTOR BARBOTTA. En casa nunca hemos sido de ‘día de’; ni de la madre, ni del black friday, ni de blancolor. Tampoco del padre. No adscribir a estas estratagemas comerciales lo ha situado a uno muchas veces en los márgenes de la sociabilidad. Sin embargo, por qué negarlo, ayudaba a levantarse con una sonrisa que las niñas irrumpieran en la habitación antes de que sonara el despertador con alguna artesanía construida en el cole y saltaran sobre la cama desparramando besos y felicitaciones.

En casa llevamos varios días debatiendo sobre la pertinencia moral de hacer compras por internet. Llegamos a la conclusión de que mejor no. Si estamos aislados para no contagiarnos unos a otros, no vamos a exponer a los repartidores, el eslabón más débil y desprotegido de la cadena comercial. Así que sin cole y sin compras, no ha habido regalo. Yo creía que las niñas, las pobres, no se habían acordado. Pero a mitad de la mañana la mayor se acercó al salón, donde está instalada la mesa de trabajo, y me deseó felicidades con un beso. Esfuerzo titánico para que las lágrimas no afloraran.

El encierro es una montaña rusa emocional donde todo se magnifica. De creer que se habían olvidado de una fecha que hasta hace unos días me la traía al pairo al «felicidades» con beso media un subidón de ánimo. Pero esto es un sube y baja. Tan pronto te encuentras arriba cuando pasa por delante una buena historia que contar, como la del turista millonario varado en un hotel de lujo porque el avión privado en el que se mueve tiene matrícula italiana y no puede venir a recogerlo, como te ve bajando en picado cuando a las cuatro de la madrugada te das cuenta de que no has podido pegar ojo porque todo aquello en lo que no quieres pensar durante el día -cuándo va a durar esto, qué puede pasar si dura mucho- aflora desde el inconsciente y empieza a machacarte la cabeza. La fórmula que recomiendo a mis hijas para espantar indistintamente insomnio y pesadillas -»cierra los ojos y piensa en cosas bonitas»- no soy capaz de aplicármela a mi mismo. Bonita, lo que se puede decir bonita, era mi vida hasta la semana pasada. El problema es que hasta ahora no había tenido tiempo de darme cuenta.

Hace no mucho, en la otra vida, antes del coronavirus, compramos un reloj que refleja la hora en el techo. Una chulada. Ahora me está avisando de que dentro de tres horas va a sonar el despertador, porque una de las lecciones que uno tiene aprendidas en el sexto día de encierro es que cada jornada debe tener su agenda organizada, y eso incluye levantarse a su hora, como si en lugar de encierro hubiese por delante esa rutina bonita que yo no sabía qué tan bonita era. Mirar qué tiempo va a hacer, preparar las viandas para el cole, aprovechar que las niñas aún no han entrado en la adolescencia y les gusta que uno las lleve de la mano hasta que se encuentran con sus compañeras, llegar temprano a la delegación del periódico en Marbella, saludar al portero del edificio, ordenar los temas pendientes, ponerse a escribir temprano aprovechando el silencio de la primera hora de la mañana, cuando las neuronas están más despiertas.

La rutina de estos días no tiene nada de eso: pero uno ya ha aprendido que para no perder un mínimo sentido de la normalidad, para evitar que el confinamiento nos deshumanice, hay que tener rutina y agenda. Y eso empieza por poner el despertador.

Otra lección es que no hay que contar los días, ni los que han pasado ni los que faltan, que tampoco se sabe cuántos son. Tampoco deberían contarse las horas que faltan para que el despertador chulo, que refleja la hora en el techo, avise que hay que levantarse.

Desde el primer día explicamos a las niñas que esto no son unas vacaciones. Horario escolar por la mañana, una hora para cada asignatura con sus recreos correspondientes, comida al mediodía y por la tarde inglés, piano o lo que toque. Si todo ha ido bien, tablet, videoconferencias con los amigos o televisión (o todo eso) antes de la cena. A las ocho, todo el mundo en el balcón aplaudiendo. Hay que ver lo que entusiasma a las niñas un aplauso y lo que reconforta a uno saberse parte de una comunidad con conciencia de tal.

El plan tiene un problema: papá y mamá son periodistas y aunque intentan organizarse no pueden prever en qué momento estarán más ocupados. La comida se adelanta (casi nunca) o se atrasa. La cita obligada con la bicicleta estática, convertida en el artilugio más valorado de la casa, cambia de horario y a veces se incumple. Cada día aumenta la admiración por los héroes, y las heroínas, acostumbrados a escribir dos párrafos seguidos con cierta coherencia en medio de interrupciones continuas.

Estos días, aún con sufrimiento incluido, son apasionantes para ejercer el periodismo. Esta crisis global cambiará la percepción que el mundo tiene de sí mismo. Es un tiempo interesante.

Una maldición china que se atribuye apócrifamente a Confucio dice: «Ojalá te toque vivir tiempos interesantes». Servidor, que hace muchos años y muchísimos kilómetros vivió un tiempo de guerra mientras hacía la mili, es la segunda vez que pasa por una época interesante. Maldito Confucio. Ojalá se hubiese limitado, como dijo aquella concursante de un certamen de belleza, a inventar la confusión.

POR ANA BARREALES. La mía es una de esas casas en las que suele haber gente de fuera casi todos los días: igual somos uno menos que dos más a la hora de comer (más bien lo segundo). Tengo tres hijas muy sociables que cuando quieren hacer una celebración más formal e invitar a amig@s preguntan: ¿Cuánto es el máximo? Con estos antecedentes y tres chicas de 14, 18 y 19 años con la perspectiva de pasar muchos días encerradas con sus padres tenemos bastantes papeletas para llevar el confinamiento regular. De momento han pintado un calendario en una pared de pizarra tachando días, justo lo que los expertos han dicho que no hay que hacer.

Yo he descubierto que teletrabajo puntual está muy bien cuando es por elección, pero que cuando es por obligación es una manera de estar todo el día pringada sin que sea necesariamente más productivo. Increíblemente, a pesar de que te ahorras los desplazamientos, el gimnasio, ir a correr… tengo menos tiempo que nunca. Ellas han comprobado que en una clase on line poco motivadora es más fácil despistarse y pasar inadvertida sin que te echen la charla.

Cuando se dictó el decreto de alarma y mientras la gente arrasaba en los supermercados me volqué en lo mío, que es el periodismo, y dejé la intendencia doméstica en sus manos. Consideraron que las compras más urgentes antes de confinarnos eran (por este orden): productos de higiene femenina, cereales de chocolate (que no fueran de marca blanca) y pipas (muchas).

Visto que eso no es algo que les preocupe en exceso y que no pasamos hambre el fin de semana porque el congelador de casa suele estar lleno, me dije: aquí hacen falta nuevas rutinas y disciplina y dicté mi propio decreto de alarma. Las tareas domésticas se reparten entre todos, con flexibilidad. ¿Que cada uno quiere hacerlas a una hora? No hay problema. Yo paso revista a las 9 de la mañana. Cada cual, que se apañe como quiera.

Ha habido cierta tensión por la distribución de los lugares de trabajo, así que, por desempatar más que nada, yo me he quedado con el salón . Una cosa está clara: de teletrabajar en pijama nada de nada, porque aquí abres una puerta y te encuentras una vídeollamada y no es plan.

El principio no ha estado mal. Tampoco es que estemos todo el día jugando a Dixit o a Virus en armonía, pero tenemos nuestros momentos de risa floja contagiosa en las comidas y los tradicionales mosqueos de cualquier familia, que si no te encierres en el baño, que si esa taza no la recojo que no es mía y el argumentario habitual de «no me», «no me» para cualquier tarea pendiente. Nada nuevo bajo el sol.

«A mí es que tanta convivencia me agobia», me soltó mi hija pequeña el lunes, después de apenas tres días sin salir, como si ella nunca hubiera pasado un fin de semana con nosotros. Y dicho esto se fue sin cenar después de contemplar un plato de coliflor durante una media hora desde todos los ángulos posibles sin probarlo. Pues esa sorpresa que tenía para el día siguiente.

Leía el otro día en un reportaje de Rossel Aparicio en SUR las recomendaciones del neuropsicólogo Álvaro Bilbao para estos días, diciendo que tampoco hay que tomarse a la tremenda eso de tener la sensibilidad a flor de piel y perder un poco el control (o al menos esto es lo que se me quedó). Siempre que se sepa recuperar,claro. Es lo que tienen los encierros, que si se nos va un poquito la olla tampoco hay que hiperventilar y fustigarse luego.

Sí señor, así me gustan a mí los terapeutas, que no nos pongan muchos deberes y nos quiten cargos de conciencia.

POR ANTONIO JAVIER LÓPEZ

-¡Papiiiii… la zeta!

-¿Qué le pasa, cariño?

-¡¡¡Que así no eeessss!!!!

V tiene cinco años y lleva estupendamente la cuarentena, pero no puede con la mala letra de su padre. Después del fin de semana de cuartelillo, desde el lunes aplicamos (bueno, intentamos aplicar) las pautas que nos han pasado las seños del cole y de la guardería. Así que después de despertarnos, lavarnos las manos y la cara, vestirnos (la nota de corte estético está en el chándal para V y M y vaqueros con camiseta para los papás) y desayunar, empezamos la jornada. Mamá sigue con las clases ‘on line’ desde la habitación al fondo del pasillo que llamamos ‘el estudio’ porque nos da fatiga decirle ‘el arrumbaero’ y la mesa del comedor en el salón se ha transformado en un espacio de ‘coworking-ludoteca’. Colocamos a M en la trona y empieza su sesión de dibujos en folios con las ceras y la pintura de dedos. El asunto dura aproximadamente lo que tardamos en montar el siguiente chiringuito, donde V practica la escritura. Ella misma me ha explicado la mecánica con el rigor por el detalle que le viene por herencia materna. Veamos. Escribimos con el rotulador en la parte alta de la pizarra blanca la siguiente frase: ‘Escritorio de palabras de adivinanzas’. Ese mensaje se queda fijo. Después, debajo, escribo una palabra. Ella la mira muy atenta, luego yo la borro y ella la dibuja de memoria en el cuaderno que hemos estrenado para la ocasión. Hemos quedado que cada mañana haremos ocho palabras. Hoy han sido ‘regalo’, ‘flor’, ‘piruleta’, ‘chocolate’, ‘estrella’, ‘corazón’, ‘tigre’ y ‘conejo’. Así, al voleo. Entre medias, una entrevista por teléfono, dos informes descargados para una información prevista dentro de unos días, tres incursiones de auxilio de mamá y el privilegio de estar viviendo todo esto en un piso luminoso, con la mejor compañía que pude imaginar y con M y V teniéndose el uno a la otra para jugar, batallar y reírse juntos a cada rato mientras observan cómo intentamos mantener la armonía, los horarios y las recetas de la gurú del orden doméstico a la que nos entregamos (unos más que otros, la verdad) hace un par de meses: las camisetas dobladas en tres partes y puestas de canto en el cajón; los pantalones, lo mismo y el resto, ya no me acuerdo. Así que en el tercer día de quedarnos en casa, y a falta del partido de vuelta, el resultado es claro: Cuarentena 1 – Marie Kondo 0.

POR ANA PÉREZ-BRYAN. «Para ya con el móvil». No, no es por mí. Se lo digo a la mía de 13, porque mucho se habla del encierro con niños pero no con el de adolescentes. Yo tengo una en plena ebullición y otra que sigue con paso firme la entrada en esa gran bola de nieve. Una fotito. «Venga mamá, que la cuelgo», se ríe desde el otro lado de la mesa que llevo compartiendo tooooooda la mañana con ella. Pero yo soy más lista: antes de que lo haga ella, me adelanto. Así que aquí me tienen. Intentando concentrarme entre lo mío, lo suyo y lo de la otra, que hace deberes en su cuarto, donde (aleluya) no llega el WiFi. Hoy ha empezado la escuela virtual: metemos las claves; ella para cumplir con la clase de historia y yo para mi ronda de historias de la cuarentena. «¿Por qué no te quedas en pijama, si nadie te va a ver?», pregunto, inocente. Error. Nadie sabe quién está al otro lado (…). Venga, que toca la cueva de los neandertales. Me los imagino felices, en sus refugios, sin virus; con la única preocupación de si hoy tocará de comer mamut o ciervo. A mí hoy me toca cazuela de fideos que me mandó mi madre antes de que esta crisis estallara. Ay, mi madre. Qué haría sin ella. «¿No irás al periódico?, que allí hay ‘focos’», me pregunta desde su terraza. Tengo la suerte de que vive en el portal de al lado, aunque desde hace una semana haya un abismo entre el 2C y el 3A. La intento convencer de que no saldré con la misma (poca) seguridad con la que me contesta mi hija cuando dice que sí, que deja ya el móvil. Sigo avanzando entre lo mío y lo de ellas: resumen de biología e instrumentos musicales. Que hablando de música, hoy he aprendido una coreografía de esas de TikTok con ‘Tusa’, himno adolescente e instagramer. «¡¡¡¡¡¡¡Ahora soy una chica mala!!!!!!», canto. Y encerrada, pienso. Creo que ya tengo el titular de esta crónica: ídem en la cueva de los neandertales. Me saca de la concentración el bendito Netflix. Ay, mi Netflix. Qué haría sin él. Toca enésima vuelta a ‘Las chicas del cable’ (justicia poética en estos días que me tiro todo el día colgada) y ‘La casa de papel’. «¡¡¡¡Nueva temporada el 4 de abril!!!!», gritan. Y yo me pregunto: ¿seguiré encerrada el 4 de abril? Pero sobre todo: ¿Me quedará suficiente papel para esa fecha?

POR ALBERTO GÓMEZ. Lo más arriesgado que he hecho hoy ha sido coger la silla del trabajo, bajarla por el ascensor, pulsar sin guantes el botón de la planta baja y meterla en el coche para traerla a casa como quien pone a salvo un tesoro. No es que el estado de alarma me haya vuelto cleptómano, que sería comprensible, pero si tengo que trabajar en casa, que sea cómodo. Un mensaje para mis jefes: la devolveré. Ahora leo que tampoco es recomendable tomar Ibuprofeno. «La que nos espera a los mentalmente inestables», escribe mi amigo Alfonso. Ya mismo nos prohíben el vino, así que he comprado varias botellas por si acaso. A otros les da por arrasar con el papel higiénico. Ahora puedo leer los libros que tengo pendientes, como el último de Alejandro Zambra. Ayer me estrené con el teletrabajo, una vuelta a mis orígenes como autónomo. Los niños del vecino han crecido y ya hablan. Les ha dado por imitar el sonido de las sirenas de las ambulancias, agravando la hiponcondría de medio barrio, o quizá sólo la mía. Al menos están sanos, angelitos. Diría que desbordan salud, y falta nos hace. De momento llevo bien el encierro, de verdad, salvo cuando anoche bajé a la puerta de la calle para sacar al perro antes de recordar que no tengo. De ésta saldremos, me repito. Y estoy convencido: seremos mejores que antes. Los aplausos a los profesionales sanitarios me han emocionado, y la llorera me vino bien porque sufro de ojo seco. Mi madre ha trabajado más de cuarenta años en la sanidad pública, así que mis palmas también fueron para ella, que soporta peor el confinamiento: ahora quiere apuntarse a Supervivientes.

POR ÁNGEL DE LOS RÍOS. Bromeaba mi amiga Silvia en un grupo de WhatsApp: «Abro hilo: ¿qué es lo que más vas a echar de menos en esta cuarentena?». Algunos el terraceo, otros el gimnasio, pero yo no dudé: ¡la guardería! Que solo llevo un día, lo sé, pero del mismo modo que los científicos hacen sus matemáticas del crecimiento exponencial de los casos de coronavirus, yo hago mi regla de tres propia con mi niña, Minibrú (de minibruja, que así la llamamos). Cualquiera que tenga o haya tenido un trasto de 15 meses, que anda poco y como borracha, sabrá que ese bicho no para. Su dieta favorita se compone de pasta y tortilla, si pueden ser en la misma comida, mejor. Camina como mi Roomba, y si puede gatear limpiando la pelusa del suelo por donde pasa, mejor. Y gracias a ella he redescubierto el patio. ¡Gracias a Dios que tenemos un patio! Nos mudamos hace poco a esta casa y el patio está algo triste, como el de una cárcel. Tenemos un cubo de basura, al que Minibrú dio la vuelta y usa de andador, una escalera en la que hace aerobic (se sienta y se levanta, sube y baja), un tendedero que idolatra (ama las pinzas de colores), una pelota de la Patrulla Canina que nos dejaron los anteriores habitantes y cuatro plantas mustias de las que gusta arrancar hojas. Sentado en el escalón, mientras Minibrú asediaba a Lola, mi perra, que intentaba tomar tranquilamente el sol, yo dibujaba con la mente: ahí, un columpio; allí, los cuatro palés que una vez pensamos con convertir en sofá. Busqué en Google si mañana abre Ikea, pero eso lo decide Pedro Sánchez. Yo me estoy empezando a venir arriba -como Minibrú cuando coge velocidad con su cubo de basura- y me planteo seriamente en convertir el patio de mi cárcel en el patio de mi casa. Aunque igual hoy llueve -eso dicen- y se moja, como lo demás. Pero, entre noticia y noticia, tiempo no me va a faltar.

Hasta que la vida nos separe

Un memorial para los fallecidos y deudos por la pandemia en el Perú

Hasta que la vida nos separe

10 Mayo, 2020

Actualizado al 01 de mayo de 2021

Los números de la pandemia no cuantifican el dolor. A un año de detectarse al primer paciente con Covid-19 en el Perú, las cifras oficiales señalan que casi 50.000 personas han muerto por esta enfermedad, pero conocemos poco de la vida que dejaron. Por eso construimos y escribimos este memorial, con historias de las víctimas gracias al recuerdo de sus seres queridos, los afectados menos visibles en el desconcierto de esta emergencia. En este especial hallarán las historias personales de las víctimas de esta pandemia. Son retratos hablados de la condición humana.

OjoPúblico seguirá recogiendo estas historias con la idea de evitar que los números grandes nos hagan olvidar la importancia de los detalles, las personas y los recuerdos. Si quieres compartir el caso de tu familiar en este memorial, puedes escribirnos al correo [email protected] y dejarnos tus datos para contactarte.

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Jessica Soria

Jessica Carola Soria Gonzáles

Ucayali, 1970

Artesana textil shipiba 

Cuando nació la menor de sus hijas, Teresa Gonzáles Valles la llamó Kene Pena. Aunque tenía otro nombre en español (Jessica Carola Soria Gonzáles), para su madre y los shipibo-konibo el primero, que significa mujer diseñadora, era su ‘nombre verdadero’. “Los años demostraron que la yoxan (abuela) no se equivocó. [Mi mamá] era hábil con el croché, aprendió desde muy niña y vivía para diseñar”, dice Ana Rojas con la nostalgia que le trae recordar a su progenitora y maestra. 

Jessica era natural de la comunidad Panaillo, en el distrito de Yarinacocha (Ucayali). Allí vivió junto a sus 10 hermanos, todos artistas shipibos en pintura y textil. A los siete años, ya dibujaba y bordaba con la habilidad que “los espíritus le habían dado”. Sus cushma (vestimenta de una pieza) gustaban a su familia y se vendían con facilidad en la ciudad de Pucallpa. Aprendió el arte Kené, diseños hechos por las mujeres a partir de la materialización de energía de plantas medicinales como el ayahuasca, según la tradición shipibo-konibo. 

Pese a las adversidades que enfrentó, Jessica nunca dejó de diseñar y bordar. A los 16 años quedó embarazada por primera vez. No tenía el apoyo de su pareja, pero decidió seguir adelante con su talento y largas jornadas de bordado. “Solo dormía unas horas, siempre decía que tenía que bordar aunque no tenía pedidos pendientes”, cuenta su hija Ana, la mayor de tres hermanas.

Ana, Marisol y Deyla aprendieron el arte kené en textil (elaboración de prendas, alfombras y cuadros) de su madre. “Nos enseñó nuestra tradición, nuestra identidad como indígenas shipibas. Todas nosotras bordamos”, cuenta la mayor de las Sorias. 

Además de sus labores en el hogar, Jessica continuó impulsando su carrera. Su talento la llevó pronto a destacar, y se convirtió en  una de las artesanas indígenas que se presentaba en la feria Ruraq Maki (hecho a mano, en quechua) del Ministerio de Cultura. 

En 2013 también obtuvo el segundo puesto del Concurso de Arte Michell Alpaca, en la categoría mejor técnica, con su obra “Tela bordada con aplicación tradicional”. Y en 2020, una semana antes de que el expresidente Martín Vizcarra declare la cuarentena nacional por la propagación de la Covid-19, Jessica participó en el intercambio cultural “Conexiones” de I.AM.LIFE en California, Estados Unidos, como representante del arte shipibo del Perú.

“Estaba emocionada, feliz porque sus obras se expusieron en el extranjero. Nos contó que allá todo es moderno, pero que no dejaría su tierra porque en California hay pocos árboles”, recuerda Ana. 

Pese a la alegría por lograr la internalización de su arte, su salud estaba resquebrajada. Durante el vuelo de regreso a Perú, tuvo fiebre y dolor de cabeza, como si fuera un presagio de los malos días que vendrían. Al llegar a casa, en el distrito de Yarinacocha, sus tres hijas la recibieron entusiasmadas. Ella, entre risas, les contó que “los gringos le hicieron tomar mucha cerveza Corona”. 

Con el paso de los días y ante la alerta de los primeros casos de Covid-19, sus vecinos le decían en tono de burla “seguro trajiste el mal, tienes coronavirus”. Jessica a veces se molestaba. Otras, se reía. 

Ana cuenta que, después de ese viaje, la salud de su madre estaba debilitada, pero no sabían el motivo y no podían asistir al hospital, pues el sistema de salud ya estaba colapsado. “En setiembre nos confirmaron que mi mamá tenía Covid-19, antes de eso no sabíamos qué enfermedad padecía”, explicó.

Pese al malestar que sentía constantemente, la artista continuó trabajando con normalidad hasta que, en octubre, su salud se complicó gravemente. Un día antes de acudir al Hospital de Yarinacocha, Jessica estaba bordando en la puerta de su pequeña casa de madera, apreciando la belleza de la madre naturaleza, cuando decidió buscar ayuda. 

“Se levantó, nos miró y dijo ‘voy a ir al hospital y volveré para seguir trabajando. Deben estudiar y continuar con nuestro arte mientras no esté’”, contó la mayor de sus hijas. Ana acompañó a su mamá al hospital y estuvo con ella hasta que le consiguieron una cama en el área de hospitalización. Pero ya era muy tarde: al día siguiente falleció. 

Jessica tenía 50 años. Aunque no regresó caminando a su comunidad, volvió acompañada de alabanzas tradicionales en shipibo, rito que hicieron sus hermanos, hijos y vecinos, para despedir a una sabia y gestora de la cultura indígena. 

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Alberto Robles

Alberto Robles Guibovich

Áncash, 1941

Exdecano del Colegio de Abogados del Santa

El recuerdo que guarda Percy Robles Guibovich (82) de su hermano menor, Alberto (80), es el de un abogado honesto que buscaba justicia. “Él mismo revisaba las solicitudes de defensa que llegaban a su despacho. Leía detenidamente, pensaba y se encomendaba a Dios. Llamaba al involucrado y decía: soy abogado, defiendo la justicia y la verdad, no puedo asumir tu caso, eres culpable. Solo aceptaba la defensa de alguien cuando veía que necesitaba justicia”, cuenta desolado por la reciente partida. 

Los cuatro hermanos Robles Guibovich: Percy, Teresa, Alberto y Sonia son naturales de Chimbote (Áncash), pasaron juntos su infancia y adolescencia a lado de sus padres, Pedro Alberto Robles Rosero y Olga Rosa Guibovich Amesquita. El mayor de los hermanos Robles Guibovich recuerda que los días de mayor felicidad eran cuando iban a la playa: “Alberto y yo corríamos detrás de Teresa y Sonia. Siempre nuestra intención era arrojarlas al mar, éramos felices juntos, hasta que tuvimos que separarnos”. 

Alberto dejó su hogar en 1962, cuando migró a Lima para estudiar en la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea del Perú. Un año después sufrió un accidente en el oído. El general le dijo que no podría volver a volar ni hacer operaciones en campo: solo quedaba pasar a hacer trabajo administrativo. Entonces, pidió la baja. 

Aunque su sueño de ser piloto no se cumpliría, Alberto no se detuvo y viajó a la ciudad de Trujillo para postular -sin contarle a su familia- a la Universidad Nacional, en La Libertad. Allí ingresó, en 1963, a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas. “Nos sorprendió a todos con el cambio repentino, pero sabíamos que tenía la voluntad de hacer las cosas bien”, dice su hermano.

Tras culminar su carrera, en diciembre de 1970, Alberto trabajó en una cooperativa de Trujillo y, un año después, volvió a su hogar, en Chimbote. Su regreso trajo alegría a la familia Robles Guibovich: nuevamente estaban los seis juntos. 

Ya instalado en Chimbote, Alberto abrió el estudio jurídico Robles y Vayadares. Allí empezó a ejercer como abogado libre, llevando casos civiles, laborales y administrativos. Además, participaba activamente en política. Durante tres años (1986-1989) fue regidor provincial de la municipalidad del Santa. Llegó a aquel cargo con el Frente Electoral Izquierda Unida, que era liderado por el exalcalde de Lima Alfonso Barrantes Lingán, y continuó en las actividades políticas hasta el último de sus días. 

Otra de sus pasiones era el fútbol. Logró ser integrante del Tribunal de Honor del Instituto Peruano del Deporte desde 2007 hasta 2008. Su función allí era sancionar a los que incumplían con las normas deportivas. “Sus sobrinos eran como sus hijos, los ayudaba con sus estudios, en la práctica de los valores y los llevaba siempre a ver partidos de fútbol”, detalla su hermano Percy. 

El año pasado cumplió 50 años en el ejercicio de su profesión y el Colegio de Abogados del Santa -del cual fue tres veces decano por voto popular- le dio un reconocimiento como decano en mérito por su trayectoria. Su mayor cualidad, siempre recordada por sus amigos y jóvenes aprendices, era que no defendía casos de corrupción o injusticias.

“Creía profundamente que necesitamos una sociedad más justa y también amaba el fútbol”, dice entre risas Percy, quien a sus 82 años comprende que la Covid-19 es una ruleta rusa. Los cuatro hermanos Robles, mayores de 70 años, se enfermaron de coronavirus a principios de abril. En el caso de Alberto, la enfermedad fue más agresiva. En seis días se agravó y sus familiares debieron buscarle una cama UCI. “Se fue en paz, encomendando a sus sobrinos seguir su ejemplo de justicia para los más pobres”.

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Familia Gutiérrez

 Cruz María García Guerrero

Ayabaca (Piura), 1955

Ama de casa

Dany Mauricio Gutiérrez García

Paita (Piura), 1980

Comerciante pesquero

Tony Gutiérrez García

Paita (Piura), 1986

Técnico informático

Desde hace más de un mes, Tatiana Gutiérrez García, se pregunta porqué Dios no se la llevó a ella. ¿Por qué a su madre y a dos de sus hermanos? Se lo pregunta con rabia, impotencia, renegando de sus propias creencias. Si hubiera sido ella -dice- no habría tanto dolor en su familia. Porque no tiene hijos que le lloren, ni pareja que sufra su ausencia. Lo dice con el desconsuelo de quien ha perdido, en menos de un mes, a tres personas esenciales en su vida. Lo repite sintiéndose huérfana en un mundo extraño, que se cae a pedazos, por dentro y por fuera.

Antes de que el virus se los arrebatara, para Tatiana el mundo giraba en torno a una mesa grande. Esa, donde los domingos se reunían para comer frito y patasca. No importaban los problemas, o importaban menos. En su casa del puerto de Paita (Piura), acompañados del sonido del mar, la familia Gutiérrez García -siete hermanos, papá y mamá- era feliz. La felicidad tenía buena sazón, risas y complicidades propias de una familia sencilla, que privilegia el amor.

A fines de enero, uno de sus hermanos regresó a casa después de pasar un tiempo en Lima, trabajando como técnico informático en el sistema de transporte Metropolitano. Como muchos migrantes, Tony -34 años,  atlético, saludable- decidió regresar a su lugar de origen.  Renunció a su trabajo para estar con los suyos. Así pasaron dos meses juntos, dice Tatiana, como en la infancia.

También recuerda que el 6 de marzo su hermano mayor presentó los primeros síntomas: dolor de cabeza, fiebre, tos. Por la tarde, adolorido, Tony acudió al hospital Las Mercedes de Paita, donde le confirmaron con una prueba de hisopado que se había contagiado de Covid-19. Se quedó internado en busca de mejoría.

Dos días después, el lunes 8 de marzo, su madre, Cruz María García, también empezó a mostrar síntomas de la enfermedad. Tatiana la condujo de inmediato al hospital Jorge Reátegui de Piura, donde le confirmaron la presencia del SARS-CoV-2 y le recomendaron llevarla al endocrinólogo, pues era diabética. Al día siguiente, el especialista le recetó un tratamiento por 10 días. Regresaron a casa tranquilas.

El 10 de marzo, tras escuchar a un amigo médico, Tatiana y su madre volvieron a la ciudad de Piura para sacarle una tomografía de sus pulmones, que arrojó 60% de daño en ambos órganos. Se quedó internada en el hospital Reátegui. Pero, debido a la complejidad de la situación, esa noche fue trasladada al hospital Cayetano Heredia, de Essalud. Agotada, Tatiana regresó a casa después de que su hermano Raúl la relevara en el hospital.

Tatiana también se había contagiado y, a la mañana siguiente, soportó síntomas intensos, pero se sobrepuso y limpió todos los espacios de su vivienda, “para cuando mamá vuelva”, recuerda que pensó. Esa noche durmió tranquila. A las 8 am del día siguiente, 12 de marzo, recibió la primera llamada telefónica que la quebró:

–          ¿Señorita Tatiana Gutiérrez?

–          Sí, soy yo.

–          Su familiar acaba de fallecer.    

Después de gritar de dolor, el hombre detrás del teléfono le dijo con frialdad: “Pero su familiar [su madre] no ha durado mucho”. Tatiana intuye que quizás intentaba calmarla, pero el efecto fue el contrario. Una noche antes habían trasladado a Tony al hospital Campeones del 36 de Sullana, porque su situación era crítica. Necesitaba una cama en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), le dijeron los doctores a Tatiana, y le pidieron comprar dos ampollas que costaban S/ 1.740 cada una.

Así lo hizo, pero Tony no presentó mejoría. Permaneció internado 20 días, a la espera de una cama UCI que nunca consiguió. Días antes de fallecer, le envió una carta a su familia con un pedido desesperado. “Hermanos, les pido que me trasladen a otro lugar, aquí no veo mejoría. Nos ignoran”, escribió en una hoja de papel. Tatiana, que es comunicadora de profesión, subió el documento a su cuenta de Facebook el día que murió: 31 de marzo. Tony se fue sin saber que su madre había fallecido. Dejó dos hijas huérfanas, de 5 y 7 años. 

Doblemente abatida, la joven comunicadora inició ese día una campaña por redes sociales para conseguir una cama UCI para su otro hermano, Dany, internado en el mismo hospital que Tony, desde hacía dos semanas. El 2 de abril, por fin, consiguieron una cama para él, pero ya era demasiado tarde. Sus pulmones estaban muy deteriorados y falleció cinco días después. Dejó tres huérfanos: de 20, 15, y una niña de 1 año y medio.

Hace unos días, Tatiana posteó una foto en su cuenta de Facebook de una planta de flores lilas llamada ‘Chabelita’. La joven relata que cada vez que estaba a punto de florecer, los gatos la deshojaban. Una vez, incluso, dejaron solo el tallo; pero nunca pudieron cortarla de raíz. Así era su madre y sus hermanos, dice: “fuertes, perseverantes, que renacían pese a las adversidades”. Por eso ahora sabe que, aunque sus cuerpos no estén en la mesa de los domingos, sus almas acompañan a la familia desde el cielo. Como en la infancia, cuando eran felices y no lo sabían.   

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Hugo Majino

 Hugo Majino Bonilla

San Pedro de Chaulán, Huánuco, 1942

Docente

El recuerdo que Omar Majino guarda de su padre es de la primera vez que tomó prestada su guitarra. Entonces, el señor Omar Majino Bonilla hacía música con sus colegas del colegio Señor de los Milagros, en la ciudad de Huánuco. Cantaban y bailaban huaylas, una danza folclórica que habla del amor tierno, pero también del desgarro que provocan las separaciones. Su hijo asegura que se volvió artista por su progenitor, quien un día -cuando él aún era pequeño- lo inscribió en la escuela profesional de música. Pero no solo heredó el arte de su padre; también la vocación docente.   

Ahora, cuando Omar habla de su progenitor lo hace con la experiencia de un hombre que conoce los desafíos de ser maestro en un país con grandes brechas. El señor Majino se graduó en el instituto pedagógico Marcos Durán Martel de Huánuco y, de inmediato, se trasladó a la escuela primaria de su distrito, San Pedro de Chaulán. Años después, lo destacaron en la institución educativa 32008 Señor de los Milagros de Huánuco, donde fue director y permaneció hasta los 65 años, cuando se jubiló con honores.   

Los mensajes fraternos y de respeto de sus alumnos confirman que supo ganarse el corazón de sus estudiantes. “Hasta luego, maestro. Tenga lista nuestra aula de tertulias en el nuevo campo de batalla”, le escribió uno de ellos en redes sociales. Las últimas preocupaciones del señor Majino, recuerda su hijo, fueron que sus 10 nietos aprendieran a tocar algún instrumento y cuidar de las plantas de su huerta. Esa afición la combinaba con las películas de acción y los torneos de lucha libre que disfrutaba en casa, por televisión.

En los años ’80 fue alcalde de su distrito y, en 1999, regidor. Pero su hijo prefiere recordarlo siempre en su faceta como maestro de escuela. “Se desencantó de la política y se alejó de los cargos públicos. Admiraba a [Víctor Raúl] Haya de la Torre, su pensamiento y filosofía de vida”, dice Omar, quien ahora es docente en la Universidad Católica de Huánuco y también músico de profesión.  

Durante los últimos años, el señor Majino se dedicó a la siembra de papayas y paltas en una huerta de la familia. Cuando se cansó del encierro por la pandemia, comenzó a salir al mercado para comprar los víveres de la semana. En esas circunstancias, cree su hijo, se contagió de la Covid-19. Como se agripaba con frecuencia, ante los primeros síntomas, todos creyeron que era un catarro habitual. No fue hasta que empezó a faltarle el oxígeno, cuando lo llevaron de urgencia al hospital de Essalud de Huánuco. Dos días después, parecía recuperarse con bastante éxito y lo trasladaron a la villa Essalud, que acogía a los pacientes fuera de peligro.

Sin embargo, unos días antes de que le dieran de alta, su situación se agravó repentinamente y lo regresaron al hospital. Los médicos le detectaron un pulmón dañado y complicaciones en el corazón. Eso fue a fines de octubre; falleció el 3 de noviembre. Antes de partir, sus hijos pudieron despedirse de él, bajo estrictas medidas de seguridad. Oraron juntos y le dijeron cuánto lo amaban. Él solo asentía con la cabeza. Así se fue despidiendo, de a pocos y en paz. Su hijo Omar cree que, hasta el último momento, su padre fue un instrumento de enseñanza. Lo dice con la convicción de quien ha transitado duros caminos y ha visto la luz. 

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Jaime Raúl Pérez Ramírez

Puno, 1956

Profesor de secundaria

Un carolino, un caballero. Con estas palabras, que buscan resumir 40 años de docencia, los exalumnos del profesor Jaime Raúl Pérez Ramírez rinden homenaje a su maestro, a través de uno de los tantos videos que han inundado, en los últimos meses, las redes sociales del Glorioso Colegio Nacional «San Carlos» de Puno y de la familia Pérez, que hoy ha quedado conformada por su esposa Elena Checalla Saravia, y sus hijas, Pamela y Guiuliana Pérez Checalla. “El bicentenario no será lo mismo sin usted, profesor”, se escucha decir a uno de los más jóvenes exalumnos de Pérez Ramírez en el video, con la voz entrecortada.

La historia de Jaime Pérez Ramírez inició hace 64 años, como el segundo de los siete hijos de una pareja de comerciantes de la ciudad de Puno. Desde niño, en las aulas del colegio San Carlos, miró -como buen observador- con devoción a sus maestros. Aunque no pudo estudiar en una universidad por falta de recursos económicos, cuenta su hija Pamela, Jaime Pérez Ramírez persiguió su pasión por la docencia con estudios en la entonces Escuela Normal Mixta de Puno y cursos de especialización en la capital.

“Si te contara todo lo que he pasado, [los problemas de ahora] no son nada”, solía decir Jaime a sus hijas, en referencia a sus años de lucha social, que comenzaron a la par de su formación como docente. El profesor Jaime se inició como dirigente estudiantil en la Escuela Normal Mixta y llegó a ocupar los cargos de secretario provincial del Collao y secretario regional de Puno, en el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación del Perú (Sutep). “Ser dirigente en los ‘80 era bastante crítico, porque los acusaban de ser terroristas”, cuenta Pamela.

Efectivamente, los años de lucha de Jaime no solo significaron victorias y reivindicaciones sociales, sino también golpes de la Policía, amenazas y visitas al hospital, según recuerda su familia. Sin embargo, en estas luchas también conoció al amor de su vida: Jaime se acercó a Elena durante una protesta, cuando fue agredida por la Policía. “De ahí comenzaron a salir y, este año, cumplían 40 años de casados”, cuenta Pamela.

Los años siguientes, la pareja de profesores repartió sus obligaciones laborales con el cuidado de sus hijas. Pamela recuerda, por ejemplo, que ─cuando era niña─ su padre la llevaba con él en los viajes de supervisión que realizaba como director de la Unidad de Gestión Educativa Local, en la provincia de Melgar. Aunque a esa labor se sumaron clases en diversas escuelas de Puno, Jaime Pérez Ramírez dedicó la mayor parte de sus 40 años de trabajo al colegio San Carlos, como profesor de secundaria. La promoción 2017 incluso lleva su nombre.

Entre la familia y la educación, Jaime además encontraba tiempo para sus otras pasiones. Los fines de semana locutaba sobre los derechos laborales de los profesores en un programa radial en La Voz del Altiplano ─ejemplo que impulsó los estudios de Pamela como comunicadora─, y no había día que no se le viera con un libro entre manos. “Tenía una biblioteca muy grande en su casa”, dice Pamela. A esto se sumaba su gusto por cocinar y la música de los Iracundos y Los Ángeles Negros; además del rock de Black Sabbath y Kiss.

Los últimos años de Jaime transcurrieron entre la enseñanza en el colegio San Carlos y viajes a Lima, por problemas de salud. A pesar de que, por norma, le tocaba retirarse a los 35 años de enseñanza y su propia familia le había aconsejado descansar de sus labores, Jaime había decidido que seguiría al pie del cañón, en las aulas, hasta que le llegara una invitación formal para retirarse cuando cumpliera cuatro décadas de servicio. “La invitación no llegó, porque él cumplía 40 años de profesor en diciembre de este año”, cuenta Pamela.

Aún así, Jaime ya estaba planificando su vida como jubilado. A la par que preparaba sus clases virtuales ─a consecuencia de la pandemia─ para sus alumnos del Glorioso San Carlos, conversaba con su esposa Elena sobre el viaje que iban a realizar cuando se retirara. Aún no quedaba claro el destino: Huancayo, en la sierra peruana, o México. “Cuando acabe la pandemia, a mitad del próximo año, yo calculo, de todas maneras nos vamos a ir”, le decía a su esposa, según recuerda la menor de las hijas.

Sin embargo, en el mes de agosto, Jaime tuvo que viajar desde la capital ─donde residió los últimos meses para recibir su tratamiento médico─ hacia Puno, para realizar unos trámites administrativos en el colegio San Carlos. A la semana de arribar a su tierra natal, el profesor fue diagnosticado con Covid-19. “La situación fue muy rápida”, cuenta Pamela, quien acompañó a Jaime junto a su hermana y su madre durante los últimos días de su vida. El 15 de agosto, de camino al hospital, el profesor carolino partió.

“Me dejas un gran vacío”, escribió Elena en Facebook, a las pocas semanas del deceso de su esposo. “Cuida a tus hijas y a mí para seguir protegiendolas”, continúa el texto de su amiga, esposa y compañera sindical, “sé que ahora estás al lado del Señor; te amaré por siempre”.

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 Juan Lucas Díaz Burga

Ferreñafe (Lambayeque), 1950

Catedrático de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP)

Hace dos años, cuando Juan Lucas Díaz Burga se recibió como doctor en Ambiente y Desarrollo Sostenible por la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) de Loreto, se sentó a la mesa con sus hijos y les dijo, con el cariño de un padre ejemplar de 68 años: “Todo esto lo hago por ustedes, para darles un ejemplo. Vean cómo, a pesar de mis años, sigo estudiando. Quisiera que ustedes hicieran lo mismo. Nunca se cansen”. Las palabras las recuerda con claridad su esposa Isabel Andrade, una mujer a la que conoció cuando ambos coincidieron en la sede regional del Ministerio de Agricultura, en Loreto, en los años ‘80.  

Su primer trabajo, apenas se graduó como médico veterinario en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque, fue en el Ministerio de Agricultura, en Lima. Al año siguiente llegó destacado a la sede de Loreto, con las ilusiones de un joven que comienza a explorar el mundo. Allí conoció a Isabel Andrade, una mujer con la que, años más tarde, se casaría. Tuvieron cinco hijos: la mayor es licenciada en Ciencias Políticas y vive en Estados Unidos hace 20 años; la segunda es abogada y trabaja en una fiscalía de Maynas (Loreto); el tercero es odontólogo y el cuarto contador. El último, ingeniero civil, falleció en 2018, cuando tenía 28 años, en un accidente fluvial.

La señora Andrade dice que la muerte de su último hijo devastó a su esposo. “Él no pudo superar su partida, siempre lo tenía presente”, cuenta por teléfono. En la sede del Ministerio de Agricultura de Loreto, el señor Díaz Burga hizo carrera y se convirtió en jefe zonal del Servicio Nacional de Sanidad Agraria (Senasa). “Despertó mucha envidia. Por eso, estuvo allí solo hasta 1990”, dice su esposa. Ese año postuló a una plaza para catedrático en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), donde trabajó hasta sus últimos días.

Antes de enfermarse con la Covid-19, el señor Díaz dictaba clases virtuales a sus alumnos de la universidad, quienes lo recuerdan por su trato amable y la pasión con que enseñaba. Además, destacaban sus chistes en medio de la clase, los consejos que daba para que fueran mejores profesionales, y hasta cuando les decía que el examen estaba “facilito”, se lee en los mensajes que escribieron en redes sociales cuando falleció, el 12 de junio de este año. Todos coincidieron en que fue un profesional íntegro y entregado a sus alumnos, a quienes llamaba “hijos”, de cariño.

Natural de Ferreñafe, una localidad de la región norteña de Lambayeque, el señor Díaz Burga amaba el deporte y a los animales. Integró el equipo de fútbol de la facultad de Agronomía y, antes, también jugó en un club de su pueblo. En la universidad se hizo cargo de la granja de animales, que no descuidó siquiera cuando estuvo enfermo. Su esposa dice que no sabe dónde se contagió, pero que, desde el inicio, no creyó que fuera coronavirus. A fines de mayo, lo llevaron a una clínica particular, donde le diagnosticaron una gripe común. No le hicieron una prueba rápida.

Cuando se agravó, con dolores musculares y fiebre pidió que una enfermera lo atendiera en su casa. Evitó ir al hospital porque decía que allí había mucha carga viral. Al cuarto día, cuando se sintió mejor fue a la granja de la universidad a ver a los animales. “De allá regresó mal, con neumonía. Lo internamos en el hospital de Essalud y le hicieron la prueba molecular, que resultó positiva. Ingresó un viernes de junio y falleció al día siguiente”, dice la señora Andrade, que hasta ahora no asimila la partida de su compañero.

Era un tipo atlético, deportista y sin enfermedades preexistentes. Eso sí: padecía una alta carga de estrés laboral. “El médico me dijo que no respondió al tratamiento por el estrés excesivo”, señala su esposa. El señor Díaz acudía religiosamente a misa todos los domingos. La última vez que su hija habló con él, en el hospital, le dijo que no se preocupara, que había educado bien a sus hermanos. Pero no solo a ellos: también a las decenas de alumnos que lo recuerdan como un padre que los impulsó a ser mejores personas y profesionales. Es decir, un maestro de vocación. 

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Elizabeth Corina Romero Cueto

Lima, 1959

Ama de casa

Elizabeth Romero Cueto y su hija, Beatriz Arbulú, eran inseparables. “Tuvo un embarazo complicado, luego le detectaron un cáncer al útero y se lo tuvieron que quitar”, cuenta Beatriz (37), sobre el difícil camino que tuvo su madre: llevar un embarazo a los 24 años y sola. La recuerda trabajando en todo lo que pudo, desde obrera en una fábrica textil hasta asistente de un dentista, para que nunca hiciera falta un plato de comida.

Elizabeth nació en Lima y fue la sexta hija de un total de 13 hermanos. Tuvo que intercalar sus estudios en el colegio con el lavado de ropa de terceros, para ayudar en la economía familiar. Las prematuras responsabilidades, sin embargo, no la alejaron de las travesuras propias de una niña. Algunas mañanas, en vez de ir a clases se escapaba para ir a ver el mar.

«Mi mamá ha sido muy alegre y muy bonita», la recuerda Beatriz. La familia creció 1994, cuando Elizabeth se casó con un policía. Los años siguientes, transitaron por diferentes casas, hasta que se asentaron de manera definitiva en el distrito de Puente Piedra. La vida de Elizabeth dio varios giros. También cambió de religión. A pesar de haberse criado en el catolicismo, luego transitó hacia una Iglesia evangélica, donde acompañaba adolescentes los fines de semana. 

Beatriz dice que a diferencia de ella, su madre siempre estaba rodeada de personas. “Tenía una capacidad impresionante para hacer amigas”. Sus dos mejores compañeras de la vida, por ejemplo, viven en Japón y Argentina, y Elizabeth tenía planeado elegir uno de estos dos destinos para ir a visitar a alguna de ellas. “Yo a ella le contaba todo. Eso es lo que ahora extraño”, cuenta Beatriz, “éramos muy amigas, muy unidas”.

Las largas conversaciones entre madre e hija se caracterizaban por la sinceridad de Elizabeth. “Ella era demasiada directa; a veces, no le importaba herir tus sentimientos […] y te decía: ‘discúlpame, pero más vale que te diga las cosas como son’”, recuerda Beatriz. La honestidad radical fue uno de los principales valores de Elizabeth. Beatriz cuenta que algunas veces seguía a sus hermanos a escondidas, cuando temía que alguno de ellos ocultara algo. “Por eso le pusieron de apodo La Detective”.

“Extraño mucho conversar con ella, parábamos todo el día en el teléfono”. Beatriz explica que, cuando culminó la carrera técnica de enfermería, su madre le aconsejó cursar una carrera universitaria. Por eso continuó y se hizo obstetra. «Viajaba mucho y mi madre me seguía a todos lados”. Desde las alturas de La Oroya en Junín, hasta el clima caluroso de la selva de Cusco: Elizabeth siempre estaba ahí para los cumpleaños de su hija. “Donde he ido, ella también ha ido, nunca me dejó sola”, cuenta.

La última visita de Elizabeth a su hija, que entonces estaba asentada en La Convención, en Cusco, ocurrió poco antes de que se decretara la Emergencia Nacional por la pandemia. Hace unos meses, en agosto, Elizabeth enfermó de Covid-19 en Lima y tuvo que internarse en el Hospital de la Policía, para luego ser trasladada a la Clínica Providencia. En dichas circunstancias, madre e hija conversaban a diario por teléfono. “Cuando dejó de hablarme era porque ya estaba un poco mal, sus fuerzas no le daban ni para contestar el teléfono”, recuerda Beatriz. 

La mañana del 7 de setiembre, su hija solicitó a los doctores que le pusieran el teléfono cerca y en altavoz, para que Elizabeth escuchara que su esposo y hermano, también enfermos por Covid-19, se habían recuperado. “Solo faltaba ella”. Ese día, al mediodía, Elizabeth falleció. 

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Henrry Godofredo Sánchez Retamozo

Chimbote (Áncash), 1962

Secretario general del Sindicato de Trabajadores de la Municipalidad del Santa

En las mañanas, Henrry Sánchez Retamozo salía al balcón de su departamento en Chimbote, con la vista puesta en el barrio donde pasó toda su vida, y abría sus brazos para declarar uno de sus versos favoritos, escrito por el poeta mexicano Amado Nervo: “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”. A sus 58 años, Henrry le solía decir a su esposa Rosario Reynalt que no buscaba grandezas ni riquezas, que la prioridad de su vida -darle una educación de calidad a sus hijas- ya estaba cumplida, y que deseaba pasar su jubilación en compañía de su nieta.

El descanso que Henrry anhelaba era la consecuencia de una vida dedicada a la labor sindical, que dio sus primeros pasos hace cuatro décadas como dirigente estudiantil, cuando cursaba la secundaria en el Colegio San Pedro de Chimbote. Los años posteriores, Henrry se encargó de dirigir desde el Frente de Defensa de Chimbote hasta el Sindicato de Trabajadores de la Municipalidad del Santa. Una foto en blanco y negro, que su esposa Rosario guarda en un album fotográfico, lo muestra encadenado a la puerta del municipio, con un cartel colgado de su cuello, donde se lee en letras mayúsculas: “Exijo justicia”. 

“Sus principales motivaciones eran su espíritu solidario, la lucha por los derechos y justicia para los trabajadores, a pesar de diversos atentados contra su vida”, dice su esposa al recordar la labor de Retamozo, como lo solían llamar sus colegas. A finales de 2006, por ejemplo, un hombre desconocido interceptó a Henrry mientras este retornaba de su trabajo en la Municipalidad del Santa. El sujeto atacó, con cuchillo en mano. “La casaca de cuero le defendió la espalda, pero sí hirió su pierna”, recuerda Rosario. Luego de estos incidentes, Henrry tranquilizaba a su familia asegurando que estaban bendecidos por Dios.

Su labor diurna en el municipio era alternada con el oficio de taxista durante las noches. A pesar de que solía despertar a las 6:30 de la mañana, y de que trabajaba hasta las 3 de la tarde, Henrry salía en su auto a traer ingresos adicionales hasta la medianoche. “Muchos le decían: si tienes tu trabajo en la alcaldía, ¿por qué sigues trabajando en las noches?”, dice su esposa. La respuesta de Retamozo siempre era la misma: tengo una obligación que cumplir con mi familia. El dirigente era el principal sustento de una familia compuesta por Rosario, con quien compartió 32 años de vida; sus hijas Milagros y Rosario del Pilar, a quienes logró ver como egresadas de psicología; y su sobrino Dylann, a quien crió como a un hijo.

Además de luchador social, su familia lo recuerda como un artista. Efectivamente, aunque no se dedicó a la percusión de manera profesional, Henrry era reconocido entre los músicos de Chimbote por su talento con la tarola, la conga y el cajón. Entre sus canciones favoritas estaba Las Hojas Blancas, un clásico de la orquesta puertorriqueña El Gran Combo. “Están cayendo hojas blancas en mi cabellera”, sonó el 2 de mayo de hace ocho años, cuando Henrry, vestido con camisa blanca y un terno azul, hizo su aparición en la fiesta por sus 50 años de vida.

La última presentación pública de Retamozo ocurrió el pasado 8 de junio, cuando asistió a una protesta sindical para exigir la entrega de equipos de protección para los trabajadores de la municipalidad, durante la Emergencia Nacional. Para ese día, él había transcrito dos poemas que buscó en Internet, titulados ‘No te rindas’ y ‘Lucha contra tu verdugo, lucha por tu tierra’. Unos días después, Retamozo se contagió y enfermó, y lo internaron en el Seguro Social.

Mientras estuvo internado, Henrry conversaba con su familia por teléfono. “Siempre nos daba aliento, nos decía que todo estaría bien, hasta el último día”, dice Rosario. El último día que ambos conversaron fue el 25 de junio, al mediodía. Minutos antes, los doctores acababan de reanimar a Retamozo, luego de que sufriera un infarto. “El médico se sorprendió porque, luego de ese proceso, él estaba con energía y quería hablar con nosotros”. En esa última llamada, Henrry dijo a su familia que los amaba. Al día siguiente, falleció.

Días después Rosario recibió, de manos de un enfermero, la carta que su esposo le había escrito estando internado. En la misiva, Henry le agradece a su esposa porque “siempre tomaste las mejores decisiones”. Él siempre luchó, “luchó hasta el final contra el abuso”, asegura su esposa, y así quiere que recuerden su legado.

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Carlos Roberto Catacora Choque

Puno, 1944

Periodista deportivo

A Carlos Roberto Catacora Choque lo recuerdan seis generaciones de puneños. En  los años 70, el fallecido periodista deportivo creó el campeonato de fútbol “Verano deportivo”. Un torneo, donde chicos de 10, 13 y 15 años jugaban fútbol, mientras sus familias los alentaban desde las bancas. Y, con el tiempo, se convertiría en un semillero, pues los mejores jugadores eran seleccionados por equipos de segunda división, e incluso clubes profesionales. “Era sano entretenimiento, las familias se reunían y se alejaba a los chicos de los vicios”, resume su hijo Juan Carlos Catacora, quien recuerda aquellos veranos de su niñez con nostalgia. Su padre era un hombre que amaba el fútbol y la educación. A los 21 años se había recibido como docente de primaria en la Escuela Superior San Juan Bosco, y su primer empleo fue en el centro poblado de Huancarani, distrito de Ilave, provincia de El Collao (Puno).   La escuela del pueblo era una casita de barro, sin carpetas. Hacía mucho frío, como en todo Puno. Entonces, el docente construyó sillas con adobes y les colocó encima cueros de oveja para que los niños se calentaran.  Lo siguiente que hizo, cuenta su hijo Juan Carlos, fue formar un equipo de fútbol en la institución educativa, donde trabajó tres año, pero dejó huella: cuando fue designado al colegio de Paucarcolla, en el distrito de Puno, los comuneros de Huancarani fueron hasta la sede de la Dirección Regional de Educación para pedir que regresaran al profesor Catacora al pueblo. No fue posible. Se quedó en Paucarcolla, donde impulsó la construcción del estadio del distrito. Muchos lo recuerdan por esa obra. Más tarde, en los años 70, inauguró un programa deportivo en Radio Puno, llamado “Sucesos del deporte”. En simultáneo creó el campeonato “Verano deportivo”, que llegó a congregar, durante las vacaciones, hasta 150 equipos conformados por niños y adolescentes. En algunas fotos antiguas se lo ve con un micro en la mano, rodeado por decenas de niños uniformados de corto. Fue el tercero de seis hermanos e hincha acérrimo del club deportivo Alfonso Ugarte de Puno, que en 1976 disputó la Copa Libertadores. Admirador de los comentaristas deportivos Pocho Rospigliosi y Humberto Martínez Morosini, también se declaró hincha del club Alianza Lima, sobre todo del equipo que, en 1987, se accidentó en un avión Fokker. El profesor Catacora siguió por televisión a la selección peruana en los mundiales de México 70, España 82 y el reciente de Rusia 2018.   “Tuvo ese privilegio”, dice Juan Carlos, uno de sus cinco hijos. Los domingos, antes de la pandemia, solían reunirse en la  casa del señor Catacora Choque, alrededor de una mesa grande que también ocupaban sus 12 nietos. En esos encuentros familiares Carlos Roberto recordaba sus buenas épocas, los torneos de fútbol, los viajes que realizó por varias regiones del país. “Era feliz. Estaba orgulloso de lo que había conseguido, pero sobre todo amaba a sus nietos”, dice Juan Carlos. En julio de este año su hijo lo llevó al hospital tras una persistente gripe. No le hicieron ninguna prueba para descartar la Covid-19, pero le dijeron que era un resfriado común; así que volvió a casa. Al tercer día empeoró y, recién entonces, fue ingresado de urgencia al hospital Salcedo de Essalud Puno. 

“Mi papá fue una víctima más del sistema de salud. Entró solo por una gripe, lo derivaron a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y allí falleció. En el hospital no querían atenderlo, los médicos y enfermeras temían contagiarse”, dice su hijo. Uno de los pendientes que dejó el señor Catacora fue cubrir un mundial donde participara la selección peruana. Soñaba con ir a Qatar 2022 y gritar los goles del equipo de Ricardo Gareca. No le gustaban las condecoraciones, pese a que recibió muchas del Colegio de Periodistas de Puno y del Círculo de Periodistas Deportivos. Hasta antes de enfermar escribió los guiones de su programa deportivo, que transmitía una televisora local. Sin embargo, su labor más persistente fue otra: alentar a los chicos a practicar deporte. 

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César Augusto Flórez Corbera

Trujillo (La Libertad), 1955

Ingeniero en Industrias Alimentarias

Los hombres que descubren su vocación y se aferran a ella, como un náufrago a su balsa, dejan vacíos cuando ya no están. Eso ocurrió con César Augusto Flórez Corbera, ingeniero en Industrias Alimentarias, que lideró la Subgerencia de Defensa Civil del municipio provincial de Trujillo. Su muerte estremeció a periodistas, empleados públicos, familiares, amigos e, incluso, a personas que, sin conocerlo, le guardaban respeto. “Lo he visto algunas veces, pero fue uno de los pocos funcionarios que, al escucharlo, inspiraba confianza”, escribió una periodista de Trujillo. 

Veinte minutos después de conocer su muerte, el hoy suspendido alcalde provincial de Trujillo, Daniel Marcelo Jacinto, dijo: “Siento mucho lo que le pasó a César. Todo por cumplir con su trabajo, haciendo que tanta gente irresponsable obedezca los protocolos. Él siempre estuvo en primera línea”. César se expuso, diseñó estrategias y las ejecutó en el campo. “Ese fue su error”, dice desde Lima su hermano Ricardo, quien en junio -cuando falleció el señor Flórez Corbera- asesoraba al alcalde de Ventanilla, Pedro Spadaro. 

César y el alcalde de Ventanilla, recuerda Ricardo, enfermaron casi al mismo tiempo. La diferencia estuvo en la rapidez con la que les detectaron el virus. Mientras a Spadaro le hicieron una prueba molecular el primer día que tuvo síntomas; a César Augusto le dijeron, primero, que padecía un resfrío y, luego, le aplicaron una prueba rápida que resultó negativa. “Estuvo cinco, seis días agravándose y, cuando le detectaron la enfermedad [mediante una prueba molecular], fue demasiado tarde”, cuenta su hermano. 

Natural del distrito de Salaverry, el señor Flórez fue el penúltimo de 11 hermanos. Al igual que ellos, estudió en el colegio religioso Claretiano de Trujillo. Al terminar viajó a Lima, donde vivía su hermano mayor y su padre. Con el tiempo, juntos formaron una empresa de seguridad industrial: él se encargaba de las ventas y de conseguir clientes, “pues era muy carismático y caía bien a todo el mundo”, recuerda Ricardo. 

En los años 80, César migró a Brasil, donde se casó y tuvo dos hijos. Allí, se desempeñó en empresas ligadas al sector industrial y formó una propia. Permaneció 20 años en el país del jogo bonito hasta que regresó al Perú, y se empleó de inmediato en el sector público. Trabajó en las municipalidades de Trujillo y Chepén, y en los gobiernos regionales de La Libertad y Áncash, dentro de las áreas de Defensa Civil y en el Centro de Operaciones de Emergencia Regional. 

Especializado en gestión de riesgos y desastres, muchos lo recuerdan por liderar los planes de respuesta durante las lluvias y huaicos del Niño costero. “César entregó su vida por los demás. Su partida debe servir para que la comunidad reflexione sobre esta pandemia”, dijo el exalcalde Marcelo Jacinto un día después de su muerte, cuando le rindieron un homenaje póstumo y declararon tres días de duelo local. Con la bandera a media asta y los rostros tristes de sus compañeros, despidieron a un hombre que supo ganarse el cariño de quienes lo conocieron. 

La última vez que habló con su hermano Ricardo  ya estaba muy mal. “Me dijo: ‘hermano, no puedo respirar’. Entonces nos movimos rápido para que le consiguieran una cama en una clínica local”, cuenta. Sin embargo, el señor Flórez Corbera padeció la cruda realidad del sistema de salud en nuestro país: cuando lo retiraron de la clínica, porque su estado se agravó, y lo llevaron al hospital de Alta Complejidad Virgen de la Puerta, de EsSalud, no había oxígeno, ni camas disponibles con respiradores artificiales en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).  

“Debió intervenir el mismo gobernador regional de La Libertad para obtener una cama UCI, pero fue demasiado tarde. A los pocos días falleció”, lamenta Ricardo, quien siguió de cerca la recuperación del alcalde Spadaro, pero tuvo que resignarse con la partida de su hermano. El año pasado, César Augusto se había recibido como ingeniero de industrias alimentarias, y su sueño era continuar en la gestión pública, sirviendo a su pueblo. Nunca se cansó de hacerlo. Ni siquiera  el último de sus días.

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 Gilberto Liao Tenazoa

Iquitos, 1957

Exadministrador de IRTP

A Gilberto Liao Tenazoa lo van a extrañar varias generaciones de periodistas a los que formó con el cariño de un padre que quiere lo mejor para sus hijos. Jorge Carrillo, corresponsal de OjoPúblico en Loreto recuerda que el ‘chino Liao’ –como lo conocían sus amigos– le enseñó a manejar una cámara y a mirar con sentido periodístico. “¿Qué sabes hacer?, fue lo primero que me preguntó cuando me presenté en su trabajo en el CTAR (Consejo Transitorio de Administración Regional), en setiembre de 1992”, recuerda Jorge. 

El mayor de tres hermanos, el señor Liao destacó en el fútbol desde muy pequeño e integró el equipo titular del club Diego Gavilán, cuya camiseta defendió en los torneos de primera y segunda división. Era un buen centrodelantero que sabía impulsarse en el aire. Su hermano Luis, que es también periodista, dice que cuando saltaba parecía un resorte. Años más tarde continuaría acompañando al club de sus amores desde la tribuna del estadio, como hincha. 

Trabajó en el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (Sinamos) en el gobierno de Velasco Alvarado, en la Corporación de Desarrollo de Loreto, en el CTAR (hoy gobierno regional) y en el Instituto Nacional de Radio y Televisión (IRTP). En esta última institución permaneció 18 años y se desempeñó como administrador de la filial de Iquitos, aunque también trabajó en las sedes de Yurimaguas y Tarapoto.

Los últimos años de su vida estuvo dedicado a la crianza de paiche en varias piscigranjas que construyó en un terreno de 60 hectáreas, en los alrededores de la carretera Iquitos- Nauta. El año pasado fue elegido presidente de la Asociación de Paichicultores de Loreto. “Era nuestro proyecto eso de las piscigranjas, y queríamos ampliarlo a un circuito turístico que incluyera un bosque de cedro y la oferta para que los turistas pudieran pescar su paiche, cocinarlo y pasar unos días en un recreo campestre de la selva”, recuerda su hermano Luis.

Cuando enfermó con Covid-19, la principal preocupación de Luis fueron las otras complicaciones médicas que tenía Gilberto: tenía problemas con el corazón, hipertensión y diabetes. Hasta hacía cinco años fumaba varias cajetillas diarias de cigarrillos. Después de sufrir su primera taquicardia prometió dejarlo, pero luego vino un preinfarto y luego un segundo, y entonces se asustó. Esa vez sí cumplió su promesa. Hace unos meses, el 2 de mayo, Luis acudió al entierro de su cuñado sin sospechar que ahí se contagiaría. Horas más tarde se encontró con su hermano Gilberto y lo abrazó. Cuatro días después Luis dio positivo a la prueba rápida.

Al inicio el señor Liao se sintió bien y mantuvo su aislamiento en casa, pero luego tuvo que ir al banco a realizar un pago urgente. Ese día llovió. Su familia recuerda que al volver a su vivienda le comenzó a faltar el aire, tenía problemas para respirar. El 21 de mayo lo internaron en el hospital de Essalud de Iquitos y al día siguiente falleció. Su hermano Luis no pudo despedirse. Por teléfono nos cuenta que si tuviera esa oportunidad le agradecería por todo el apoyo que le dio en los momentos más difíciles.   

Dicen que la vida ocurre mientras se hace planes. Luis recuerda cada uno de los planes que tenía con su hermano, las ideas para traer turistas extranjeros a su recreo campestre. “Yo fui como un hijo para él, siempre me cuidó de los ataques que sufrí como periodista, me defendió abiertamente hasta en redes sociales. Hubiera querido decirle: ‘gracias’, que no olvidaré todo lo que hizo por mí”.

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Alexander Panduro García

Tingo María, 1963

Docente

Alexander Panduro García había adoptado la docencia como un estilo de vida. A sus tres hijos les contaba la historia de su vida como si les estuviera leyendo un cuento. En casa, por las mañanas, les narraba que había trabajado como lustrabotas, vendedor de gelatinas y juanes en la ciudad de Tingo María. Sus hijos lo escuchaban con la admiración de quien atiende a un hombre que, pese a las dificultades, construyó su propio destino. A punta de esfuerzo y repitiéndose desde muy niño que solo el estudio lo sacaría de la pobreza, consiguió hacerse profesional. 

Primero estudió en el instituto de educación superior Marcos Durand Martel de Huánuco, donde se recibió como docente. Después viajó hasta Lima para convalidar sus estudios y convertirse en bachiller en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde los 24 años se dedicó a la docencia en la educación primaria y, acababa de cumplir 33 años en el magisterio, cuando el coronavirus lo alcanzó. Su esposa, Josefina Rueda, lo define como un “maestro ejemplar, bromista y con una enorme vocación”.

Cinco años después de iniciar su carrera como profesor, el señor Panduro hizo realidad otro de sus sueños de infancia: ser comentarista deportivo. El fútbol recorría sus emociones. Esa pasión la había heredado de su padre. Todos los fines de semana, por la tarde, miraba en el televisor de la casa a sus ídolos: Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y otras estrellas del fútbol europeo. Fundó el programa Caravana Deportiva en una radio local de Tingo María, donde recordaba a ídolos como Maradona y Pelé, además de seguir de cerca el torneo local.

Alexander Panduro fue el segundo de nueve hermanos. También de niño estudió oratoria. “Leía muchísimo, de todo: noticias, libros de Literatura, Historia; era un gran lector”, lo recuerda su esposa Josefina, a quien conoció en una iglesia evangélica cuando él tenía 19 años. Tuvieron tres hijos: dos mujeres y un hombre, que se llama como él.

En sus ratos libres ella lo recuerda jugando ajedrez y visitando a sus padres. Era un hombre agradecido. Cuando su padre enfermó de Covid-19, él quien lo llevó al hospital de Essalud de Tingo María, donde falleció cuatro días después. 

Su esposa dice que en ese nosocomio se contagió, porque una semana después de aquella tragedia el señor Panduro también enfermó y debió ser internado de emergencia en el mismo hospital. Días después, por la gravedad de su estado, fue trasladado a Huánuco.

Todo fue demasiado rápido, dice la señora Josefina. Él era un hombre que cumplía sus chequeos médicos de rutina con la misma responsabilidad con la que preparaba sus clases para la escuela. Sufría diabetes, una dolencia que le complicó su situación frente a la Covid-19. “No pensamos que el virus nos afectaría porque nos cuidábamos al milímetro, cuando alguien de la casa se enfermaba él lo llevaba al seguro”, recuerda su esposa. 

Una de las cosas que más extrañará de él, nos dice, serán sus bromas y su espíritu creativo. Un día le llevó serenata a sus dos hijas; en Navidad colocaba los regalos en las puertas de sus cuartos, con cálidos mensajes de amor. Soñaba con ir al Mundial de Qatar 2022 y ver a la selección peruana. Cuando regresaron sus cenizas de Huánuco a su natal Tingo María, su esposa le mandó a construir una capilla donde pudieran visitarlo y recordarlo con honores.

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Leoncia Dávila Quispe

Occo (Ayacucho), 1951

Comerciante

A inicios del presente siglo, Leoncia Dávila salvó al pueblo de Occo Chirura. Ella nació el 14 de marzo de 1951 en este centro poblado ayacuchano -que en ese entonces solo se llamaba Occo- como la tercera hija de la pareja Dávila Quispe. Fue en este pueblo que, desde muy temprana edad, Leoncia aprendió a ser líder. Cuando sus padres viajaban entre caseríos y los hijos mayores de la familia ya se habían independizado, la joven cuidaba a sus hermanos menores Gregorio, Victoria y Zaragoza. “Agarró responsabilidad desde pequeña”, dice su hijo Fernando.

Una vez culminada la primaria, Leoncia fue llevada por su familia a Lima para laborar como trabajadora del hogar. Al poco tiempo de su arribo, “le consiguieron una pareja mayor y la obligaron a convivir” en un asentamiento humano de Villa María del Triunfo, según cuenta su primogénito. A los 15 años, ella dio a luz a su primer hijo, Fernando, y los años siguientes a Jorge y Juan Carlos. Con esta nueva familia, la joven ayacuchana descubrió su pasión por los negocios, y se dedicó al comercio de abarrotes junto a su pareja. “Llegaron a ser los mayores comerciantes del cono sur de aquella época”, recuerda su hijo. En ese entonces, por ejemplo, Leoncia era una de las pocas ciudadanas de la zona con televisor propio.

Hasta que una noche lo perdió todo. “De un momento a otro, mi padre se llevó todo, y la dejó sola a mi mamá, y ella tuvo que empezar de cero”, recuerda Fernando, quien fue testigo de la escena. Esa noche, Leoncia se encontró una casa vacía: sin productos, muebles ni camas. La joven de Occo juntó unos cuantos cartones, buscó una frazada y pasó la noche abrazada de sus tres hijos, que en ese entonces tenían siete, cinco y un año de nacidos. Corrían los años 70 y Leoncia, una mujer ya curtida por los escollos de la vida, salió la mañana siguiente con sus dos hijos mayores de la mano, y el menor al hombro, a buscar qué vender para que no faltara comida, recuerda Fernando.

“Mi mamá nunca se tiró para atrás”, asegura el hijo mayor de Leoncia. Luego de quedar sola con sus tres hijos, la joven ayacuchana volvió a los negocios, conoció a una nueva pareja con quien tuvo a Jesús y Maricruz; y para inicios de los ‘90 ya era dueña de una empresa de transporte urbano de pasajeros. “Lo único que debe dar vergüenza es robar o andar calato”, solía repetir Leoncia a todos sus hijos, para inculcarles que el trabajo dignifica. Estos años fueron aquellos que terminaron de forjar su carácter de luchadora, y le otorgaron renombre entre los vecinos del asentamiento humano.

Por este motivo, Leoncia fue una de las lideresas naturales de la asociación de comerciantes de la localidad. “Su palabra era honesta”, dice su hijo Fernando con orgullo. Leoncia cumplió el mismo rol con los denominados hijos de Occo, migrantes ayacuchanos que se agruparon bajo su liderazgo. En esta posición, la hija de Ayacucho organizó a sus paisanos para salvar a su pueblo natal. Hasta ese momento, Occo estaba ubicado en una quebrada, y durante años había sido afectada por deslizamientos y huaicos, hasta el punto crítico de poner en peligro su propia subsistencia.

La asociación de migrantes, liderada por Leoncia, juntó el dinero necesario para trasladar esta localidad con alrededor de 130 habitantes a su actual ubicación, en el distrito ayacuchano de Independencia, en la provincia de Vilcashuamán. De esta historia, Fernando guarda una lección de humildad de su madre: “Ella evitó elegir, como impulsora del traslado, alguna de las casas que rodeaban la plaza”. Por el contrario, Leoncia cedió un derecho que se había ganado a pulso, e impulsó que las ubicaciones de cada hogar sean decididas por sorteo.

Los años siguientes, Leoncia regresó en más de una oportunidad a su pueblo natal, sobre todo en la celebración de la Santa Cruz de Occo Chirura, en septiembre de cada año. El tiempo en que se quedaba en Lima, la empresaria ayacuchana alternaba entre sus proyectos de negocio con sus pasatiempos favoritos: completar crucigramas, darse unas escapadas para comer en alguna picantería arequipeña o tomar una taza de café en el Starbucks. Sus tareas además las acompañaba con música ayacuchana, o su infaltable orquesta de salsa Zaperoko.

A inicios de julio, sin embargo, Leoncia enfermó. Una neumonía que ya había comprometido cerca del 90% de sus pulmones la obligó a internarse en el Hospital de Emergencia Villa El Salvador, desde donde se comunicaba con sus hijos a través de videollamadas. “Nos decía ‘hijitos, estoy bien’; pucha, mi vieja siempre hasta el final luchando”, recuerda Fernando. La condición de Leoncia empeoró, y la familia no pudo encontrar una cama disponible en alguna Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). La última videollamada, Leoncia estaba boca abajo y, aunque ya no podía hablar, se despidió de su familia con un movimiento de mano. El 17 de julio, la empresaria ayacuchana falleció. “Es un dolor inimaginable”, dice su primogénito.

“La principal enseñanza que nos deja mi mamá es que debemos luchar hasta el final”, asegura Fernando. Efectivamente, cuando Leoncia veía a sus nietas llorando a consecuencia de algún problema, ella les solía recordar que “yo he pasado por tantos problemas, y nunca me han tumbado; no hay que llorar, siempre anda con la frente en alto”. Esta misma entereza, sumada a su defensa de la unión familiar, la llevó a impulsar la compra de un terreno y construcción de departamentos en Villa María del Triunfo para cada uno de sus hijos y su familia.

Los hijos de Leoncia están comprometidos en culminar el último proyecto de su madre: la demolición de su antigua casa, aquella donde hace cuarenta años tuvo que dormir entre cartones, para construir un centro comercial. “Es el proyecto que ella quería y nosotros nos hemos propuesto realizarlo en memoria de mi mamá”, asegura el mayor de los hermanos. El negocio llevará el nombre de Leoncia, en memoria de aquella mujer que todos los días se levantaba a las cinco de la mañana. “¿Qué tanto duermes? Cuando te mueras, descansarás”, solía repetir. Hoy, luego de una vida de esfuerzo, Leoncia ya puede descansar.

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Segundo Pinillos Reyes

Trujillo (La Libertad), 1954

Médico 

Al doctor Segundo Pinillos Reyes no solo lo van a recordar los pacientes que lo buscaban hasta en su casa, de madrugada, a quienes él nunca se negó a atender. Tampoco las personas sin dinero que trató sin reparos. También lo recordarán quienes lo vieron como alcalde de su pueblo natal en Trujillo y quienes lo conocieron en la primera fila de la lucha contra la pandemia en Loreto, una de las regiones más golpeadas, donde varios de sus hermanos de profesión también fueron cayendo después de entregarlo todo en sus puestos.   Pinillos Reyes nació en la región Trujillo, donde estudió medicina y se especializó en medicina interna. Cuando concluyó su especialidad, en los agitados años ochenta, logró ser alcalde de su pueblo natal, el distrito de Laredo, un cargo que repitió en 1995. Su vocación lo llevaría al otro extremo del norte peruano, donde llegó a ser director regional de Salud de Loreto.

La capital de esta región selvática fue para él una fuente de descubrimientos personales. El primero ocurrió durante la epidemia del cólera que abatió el Perú en los años noventa: en ese entonces, el doctor Pinillos emprendió un viaje turístico a Iquitos y llegó hasta Tabatingas, en la triple frontera con Brasil y Colombia. De regreso a la ciudad amazónica más grande del país, decidió quedarse para ayudar en el tratamiento de los pacientes. Fue contratado en el hospital de apoyo César Garayar García, donde haría toda su vida profesional.   En esa ciudad también conoció a su esposa, Jéssica Castillo, quien fue su mayor compañera de inquietudes: en su momento lo acompañó tanto para formar el movimiento político regional que lo llevaría a su segundo período de alcalde, como en el  regreso a Iquitos, a su puesto de médico internista en el hospital Garayar, del cual llegó a ser director.

La señora Castillo no sabe dónde el doctor se contagió de la Covid-19, aunque sospecha que fue en el mercado, donde acudió con su hijo a comprar los alimentos para la semana. “Mi hijo fue el primero que presentó los síntomas, y después mi esposo. Todo fue muy rápido”, dice la ahora viuda de Pinillos. Cuando los síntomas del doctor Pinillos se agravaron, su esposa lo llevó al hospital regional de Iquitos, donde pidió que le hicieran una prueba rápida, que por desgracia no había. Entonces le hicieron una tomografía que arrojó que el médico tenía el 50% de un pulmón dañado. En esas circunstancias, el Colegio Médico gestionó su traslado a Lima, donde finalmente falleció el último 13 de mayo.

El doctor Pinillos deja una estela de recuerdos que se mezclan: hace apenas unos años abrió un consultorio médico propio; dentro de cinco años se jubilaría y -según le había confiado a su esposa- pensaba dedicar su atención al centro del adulto mayor que quería instalar en un terreno que habían comprado en Zungarococha, un lugar retirado en el campo.  Hace poco, a la señora Castillo la llamaron desde Laredo, donde el médico fue alcalde dos veces, para invitarla a recibir un homenaje en honor a su esposo cuando pase la pandemia. No fueron los únicos que sintieron su partida: el gremio médico, colegas y decenas de pacientes telefonearon para expresar sus condolencias. El pesar se ha sentido en la costa y en la selva.

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Freddy Viena García

Pucallpa (Ucayali), 1974

Suboficial de la Policía

El suboficial Freddy Viena García, de 46 años, se enfrentó a la disyuntiva de dejar de trabajar para protegerse del coronavirus o seguir en la primera línea de batalla. Él, que hace muchos años dejó su ciudad natal para hacerse policía, eligió la segunda opción. Su hermana Selene recuerda que intentó disuadirlo, pero que él supo convencerla apelando a su inapelable sentido del deber. “Yo lo llamaba y le decía: ‘Ñañito, deja de ir, mira que se está poniendo feo en Iquitos’. Pero él me respondía: ‘Hermana, no te preocupes, tú sabes que no puedo dejar a mi institución cuando más me necesita’. Nunca cambió de opinión”, recuerda Selene Viena. La preocupación familiar radicaba en que el suboficial Viena García era hipertenso y estaba considerado como persona de riesgo. Natural de Pucallpa, cuando terminó el colegio y a falta de recursos económicos, Freddy Viena trabajó como conserje, y a los 19 años viajó con sus padres a Iquitos, donde postuló a la escuela de suboficiales. Después de graduarse, el joven Viena regresó a Pucallpa y fue enviado a Aguaytía, una zona acechada por la inseguridad; también trabajó en la comisaría de Manantay. 

Hace cinco años el comando policial dispuso su cambio a Iquitos, y tuvo que dejar por segunda vez su tierra natal. La pandemia lo sorprendió mientras servía en el departamento de Inspectoría de la Policía en la capital de Loreto. Las malas noticias comenzaron a llegar hace cuatro años, cuando Viena se había instalado en su último destino e incluso tenía un nuevo compromiso. Un día le informaron que su hermano mayor había fallecido. El suboficial, que era el último de la familia, pidió permiso para volver a casa y despedirlo. “Cuando llegó, se derrumbó; le afectó mucho la muerte de mi hermano. Lo llevamos de emergencia al cardiólogo, quien le detectó hipertensión”, dice Selene Viena. Esos años también atravesó por una fuerte depresión, de esas que dejan alguna huella. El último 10 de abril se sintió mal y no fue al trabajo. Tenía fiebre, dolor de cabeza y malestar en el cuerpo, pero él pensó que era dengue porque su pareja había contraído la enfermedad semanas antes. Fue al hospital y luego de examinarlo le dijeron que no era dengue. También se hizo una prueba rápida que salió negativa. Cuatro días después, los síntomas se intensificaron y fue internado de urgencia en el hospital regional de Iquitos. Allí le hicieron una prueba molecular que confirmó lo temido: tenía la Covid-19.  Selene Viena dice no entender cómo la vida puede arrebatarte todo de golpe. Lo dice porque el año pasado su hermano Freddy se compró una casa en Iquitos, viajó a Lima con su pareja y volvieron por Pucallpa, donde se compraron una camioneta. Las cosas parecían encaminadas a tiempos mejores. “Se le veía feliz, todo marchaba bien, y de repente…”. Un mes después de su deceso, el Ministerio del Interior otorgó un ascenso póstumo al suboficial Viena. La institución a la que fue fiel ha sabido reconocer su entrega.

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Juana Pérez Román

Apurímac, 1941

Comerciante

Cayetano Salinas Chávez

Apurímac, 1940

Jubilado

Ladislao Alfredo Salinas Pérez

Lima, 1966

Técnico

En los tiempos en que humanos y animales hablaban entre ellos en los cerros de Ancobamba (Apurímac), Dios castigó al ave chihuaco a pasar la vida con hambre y saltando entre los árboles por decir una mentira. Esa era una de las tantas historias que la señora Juana y su esposo Cayetano contaban a sus ocho hijos en su hogar de Santa Anita, iluminados a la luz de las velas y mientras esperaban que la electricidad volviera. Eran los días de atentados y apagones en la Lima de los años ‘80.

Los cuentos sobre el chihuaco o aquellas otras sobre cómo la abeja consiguió su aguijón y cómo un perro puede proteger a su dueño de las visitas nocturnas del diablo, fueron parte de la infancia de esta pareja. Por eso, las historias luego fueron transmitidas a sus niños. Cayetano nació en 1940 en Tapairihua, en Apurímac. En esa época, las familias debían recorrer varios kilómetros para inscribir a sus hijos de manera oficial. Aunque se desconoce la razón del incidente, lo cierto es que el joven Cayetano fue registrado con los apellidos Salinas Chávez, a pesar de que su madre apellidaba Becerra.

Con el tiempo, Cayetano tuvo que trasladarse a Cañete (Ica) a los 16 años para laborar en una hacienda, donde el pago por su trabajo era recompensado con comida. “El abuso del hacendado lo vivió en carne propia”, dice su hijo Leonidas, quien explica por qué su padre se convertiría en un partidario del Gobierno del general Juan Velasco. Las historias que Cayetano les contaba sobre su juventud, dicen sus herederos, parecían extraídas de una novela de Arguedas.

A los 19 años, Cayetano enfrentó por primera vez a la muerte. En 1959, el joven apurimeño abordó un vehículo para viajar desde Cañete hacia la capital, donde iba a ser recibido por una tía suya que vivía en el distrito del Rímac. Sin embargo, el vehículo que lo trasladaba sufrió un accidente y se desbarrancó, un incidente que costó la vida a todos los pasajeros del bus, excepto a Cayetano. “Mi papá decía que se salvó porque estuvo sentado entre dos personas de contextura gruesa”, recuerda Leonidas.

Una vez en la capital, Cayetano tuvo que enfrentar el racismo. “Cuando era joven, la gente se burlaba de él por su manera de hablar y el color de su piel”, explican sus hijos. Sin embargo, eso no lo amilanó de seguir apoyando el negocio familiar de sus tíos, aun cuando hizo el servicio militar obligatorio. Su breve paso por el Ejército, su honestidad y su talento en el disparo de cañón de los tanques, le valieron el cariño de sus superiores. Uno de ellos lo impulsó a iniciar sus estudios de primaria y finalmente a leer.

“A los 22 años abrí los ojos”, decía Cayetano al recordar lo que sintió cuando descifró el significado de las letras en los libros que empezaba a leer.

En sus días libres del servicio militar, Cayetano se reencontraba con otros migrantes de los Andes en la Plaza Manco Cápac de La Victoria. Fue en los alrededores del monumento que daba nombre al lugar que conoció a Juana Pérez Román, el amor de su vida. “Se enamoró de mi larga cabellera”, contaba entre risas la madre de los ocho hermanos Salinas Pérez. El cortejo, según cuentan sus hijos, duró tres años. En 1965, la pareja emprendió su hogar en Collique (Comas).

Juana tenía una historia similar a la de Cayetano. Nació en Apurímac, pero en el distrito de Chapimarca, en el anexo de Ancobamba, en 1941. Antes de llegar a Lima a los 19 años, le tocó vivir entre las haciendas de su tierra natal y de Nazca (Ica), en donde, según sus hijos, sintió el abuso cometido por los terratenientes de la época. “Cuando yo leía en el colegio las novelas de Ciro Alegría y de Arguedas lo relacionaba con la historia de mis padres. No solo eran cuentos, eran cosas que habían pasado”, recuerda Leonidas sobre sus padres.

Con vidas paralelas, Cayetano y Juana unieron sus historias en aquella Lima de los ‘60. La relación concibió su primer hijo, Ladislao, en 1966. Para mantener a la familia, Cayetano se dedicó a trabajar como obrero de construcción, y luego en una empresa de envases de cartón. Aunque no logró continuar con su carrera en el Ejército, ejerció la misma honestidad y el amor por sus compañeros fuera de la vida castrense. “Lo que hoy haces, mañana lo pagas”, repetía Cayetano como un mantra personal.

Con el tiempo, Cayetano llegó a ser dirigente sindical en la empresa de envases de cartón. “Fue muy respetado… así como exigía derechos para sus colegas, les exigía que cumplieran con sus deberes”, dice su hijo Leonidas. El 2008, después de 35 años de labores en dicha compañía, Cayetano se jubiló. Su hijo Walter, el menor de los ocho hermanos, fue testigo de aquel último día de trabajo. Al acabar el día, los trabajadores golpearon los fierros de las maquinarias en honor de Cayetano, mientras otros aplaudían de pie desde sus oficinas.

Juana Pérez fue una mujer emprendedora y laboriosa a pesar de no tener estudios. Una vez iniciada su vida en pareja, se dedicó a la venta de anticuchos en La Victoria. “Recién cuando yo estaba en la secundaria me di cuenta que mi madre no sabía leer palabras ni números, por eso me sorprendió lo lejos que llegó en el comercio”, dice Leonidas. Además, Juana era una maestra del ahorro. Ni su esposo sabía que escondía una alcancía de dinero enterrada en los exteriores de su casa. La familia recién se enteró cuando King Kong, uno de sus perros, desenterró aquellos ahorros. Con ese presupuesto, se mudaron en 1975 a Santa Anita, el último refugio definitivo de la familia Salinas Pérez.

Al este de Lima, Juana continuó con la venta de comida en la calle. A inicios de los ‘80, los ambulantes de la zona se asociaron y compraron un terreno para fundar el mercado Virgen del Carmen. En aquel local, Juana dedicó varios años de su vida a la venta de pescado, que intercaló con el cuidado de sus menores. “¿Por qué estás tan flaco?”, era una de las clásicas preguntas que Juana le lanzaba a sus hijos, sin importar la edad que tuvieran, antes de servirles un buen plato de sopa de sémola.

En 1996, la familia enfrentó uno de los momentos más dolorosos de su vida cuando Juana enfermó por una afección a los pulmones que la obligó a estar internada cerca de tres meses en el Hospital Almenara. Dos días antes de Navidad, los doctores se habían resignado a su inminente partida. Cayetano, para evitar que sus hijos lo vieran, se sentaba en un parque cercano al hogar para llorar por su esposa. Juana empeoró a tal punto que ya solo hablaba en quechua, su lengua materna. Para los médicos, aquello era el presagio del fin.

En esas horas claves, Juana se sumergió en un profundo sueño. De aquel viaje de la inconsciencia, la mujer recordaba a un hombre de túnica blanca que le decía “aún no es tu tiempo”. Así fue. Luego de debatirse entre la vida y la muerte, Juana se recuperó progresivamente y fue dada de alta. Hasta ahora la familia evoca estas imágenes como si fueran parte de un milagro.

En casa, mientras su madre estaba internada y el padre en los ajetreos propios de aquel trance, el liderazgo recayó sobre el hijo mayor: Ladislao, conocido como Lalo. El primogénito tenía un espacio especial en el cariño de Cayetano y Juana, pues con él habían aprendido a ser padres. Lalo, por su parte, aprendió desde muy pequeño la responsabilidad que otorga el ser el mayor de ocho hermanos, sobre todo cuando era quien “pagaba los platos rotos”, según recuerda Leonidas, por las travesuras de los menores en el hogar.

Los primeros años de la infancia de Lalo estuvieron marcados por sus viajes al colegio Víctor Andrés Belaunde en Santa Catalina. Su hermano Leonidas recuerda las largas caminatas que hacían entre la escuela y la casa para invertir el dinero del transporte en golosinas, y cómo lo llegó a salvar de ahogarse hasta en dos oportunidades: la primera cuando cayó a un tanque de agua, y la segunda en una visita a la playa de Chorrillos.

“A mi hermano le encantaba la playa”, dice Richard Salinas Pérez. A pesar de su asma crónica, la brisa del mar y el frío del agua eran los más gratificante para Lalo, quien siempre finalizaba los viajes a Chorrillos con un plato de arroz con frijoles y pescado frito en un puesto de comidas del muelle. La tradición continuó los años venideros, e incluyo cada vez a más hermanos y hasta a los vecinos de Santa Anita.

La segunda pasión de Lalo era la electrónica. De niño quedó fascinado cuando conoció el taller de un señor que reparaba equipos electrónicos, a cuadras de su casa. Fue en ese lugar donde Lalo tuvo la oportunidad de ver, a través de la televisión, los partidos de Perú en el Mundial de España 82. Desde ese entonces, Lalo se dedicaba a arreglar cualquier equipo electrónico que se malograra en su casa, y gustaba de visitar las tiendas especializadas en tecnología del Jirón Paruro.

Gracias a la electrónica Lalo descubrió la radio y, a través de ella, las canciones de disco que sonaban en los ‘70, como las interpretadas por el trío británico Bee Gees; las baladas de José José; o el ritmo lento de True, una canción entonada por la banda Spandau Ballet. “También escuchábamos cumbia, sobre todo a los Shapis”, dice Leonidas al recordar las aficiones musicales de su hermano, quien solía llevar una radio en el hombro en sus viajes por la capital. “Él era la alegría de la casa”, cuenta Richard. Luego Lalo creció, hizo el servicio militar, formó una familia con esposa y dos hijos y laboró en una fábrica.

Hoy las historias de Juana, Cayetano y Ladislao son recordadas con dolor. Las personas no son cifras, dice Leonidas. Los padres estuvieron internados en el Hospital Almenara en momentos diferentes y Lalo fue tratado en el Hospital Bravo Chico. El 21 de mayo, a las 3:30 de la mañana, Juana falleció a los 79 años. Ante el féretro de su esposa, a quien colmaba de besos y con quien solía caminar de la mano, Cayetano atinó a decir: “Juanita, hazme un espacio porque me quiero ir contigo”. Ocho días después, el 29 de mayo, y casi a la misma hora de la madrugada, Cayetano falleció con 80 años. Finalmente, Ladislao fue al encuentro de sus padres el lunes 1 de junio, aunque a las 3:30 de la tarde.

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Alejandro Severino Gonzáles Puémape

Puerto Malabrigo (La Libertad), 1949

Pescador 

Alejandro Gonzáles aprendió a nadar gracias a su padre Lucas, quien lo llevó desde temprana edad a trabajar en el mar. Fue el quinto de nueve hermanos en una familia asentada en Puerto de Malabrigo (La Libertad), pueblo habitado por pescadores artesanales y donde los jóvenes hoy corren tabla en sus tiempos libres. Los recuerdos de esta infancia fueron marcados por el olor del agua salada en las mañanas, los paseos con su padre a lo largo de la playa, y el trabajo en altamar con las redes de pesca.

A temprana edad, Alejandro también aprendió a valerse por sí mismo. Cuando su padre colgó las redes de pescador, él buscó empleo en el camal de su tierra como encargado de sacrificar a las reses. “Y de paso se tomaba la sangre del toro”, dice su hermano Rember, en referencia a una vieja tradición del oficio. “Decían que fortalecía los pulmones, por eso mi hermano era el más fuerte de todos”, agrega su hermana Noemí. Luego, Alejandro emigró a Lima, para trabajar en una fábrica textil y en una carpintería. 

Sin embargo, el mar llama a la sangre. Alejandro acabó volviendo al Puerto de Malabrigo para dedicarse a la pesca, como su padre hizo por años. Tenía todo el perfil para sucederlo en las faenas diarias. Rember recuerda que su hermano hizo el servicio militar obligatorio en La Marina durante dos años y fue campeón de remo en el club Regatas del Puerto Malabrigo. En el pasado, con 19 años, incluso había defendido los colores de un equipo de fútbol bautizado en honor al Caballero de los Mares: el Miguel Grau de Puerto Chicama.

Como pescador, Alejandro fue el mejor patrón de Chicama, como se conoce al responsable máximo dentro de un bote en alta mar. Dos de sus trece hijos, Erwin y Nilton, recuerdan a su padre parado en la popa del bote, atento a las olas a su alrededor y preparado para ordenar que remen con fuerza para vencer a la marea. Por su afición por la pesca, sus horas en el Océano y sus dotes de gran nadador, Alejandro fue apodado como lobo de mar.

Su entrega al mar solo era comparable con su devoción católica, que en su vida se destacó a través de pequeños pero significativos detalles. Por ejemplo, bautizó su barco con el nombre de Cristo Moreno y tatuó su antebrazo derecho con una imagen de Jesús crucificado. Ambos eran homenajes al Señor de los Milagros, de quien era consumado fiel, y en última instancia de San Pedro, el patrono de los pescadores. Sin embargo, aquellos años también se sumergió en la bohemia.

“A mi mamá no le gustaba escucharlo cantar, porque eso significaba que Alejandro ya había tomado”, recuerda Noemí. Todo cambio en el 2007, cuando una de sus hijas presentó graves complicaciones al momento de dar a luz a uno de sus nietos. “Entonces mi hermano retó a Dios y le dijo: ‘si tú sanas a mi nieto, yo te voy a servir de corazón toda mi vida’, y así lo cumplió hasta el último día”, cuenta Noemí.

Fue así como Alejandro se convirtió en evangélico como su madre. El pescador de Malabrigo incluso componía sus propias canciones para alabar a Dios. “Cambiaste tú mi vida, me diste esperanza”, se le escucha decir en un video grabado por su sobrino Andrés García. Con un polo de rayas blancas y azules horizontales, Alejandro canta las letras que escribió para aquel Dios que “ni por un momento, me ha dejado solo”. Miguel, otro de sus hijos, describe el antes y el después del pescador: “Cuando no trabajaba, estaba tomando; pero luego de convertirse a Cristo, todo era Biblia y trabajo”.

La labor de Alejandro también incluía su presencia en los astilleros, en donde se construyen y reparan las embarcaciones. Con los años, su fama llegó a oídos de pescadores en Pimentel, Pacasmayo y Salaverry, de donde lo llamaban para atender botes y chalanas. Erwin y Nilton trabajaron junto a su padre en el astillero y recuerdan que el dinero apenas era importante para el veterano pescador. “Mi papá nunca fue mala persona, siempre le debían plata y no le importaba; él estaba feliz haciendo el trabajo que amaba”, dicen. 

La entrega de Alejandro a los demás no se reflejó solo en su trabajo sino en el compromiso con su comunidad. Solía regalar pescado a los pobres, recuerda Rember, y preocuparse por su familia. Durante años ayudó a su hermana Carmen en el cuidado de su madre, quien falleció a los 94 años. Sus hermanos, hijos y sobrinos coinciden en decir que Alejandro “no medía las consecuencias al momento de ayudar a la gente”. “De mi hermano aprendimos a dar sin esperar nada a cambio”, dice Noemí.

A pesar de caer enfermo a mediados de junio, Alejandro nunca admitía que estaba mal. Una vez internado en el Hospital de Chocope llegó a decir: “no sé por qué estoy acá, si estoy bien”. Finalmente, el 22 de dicho mes, Alejandro falleció. Su familia cuenta que, sin la cuarentena de entonces, su despedida en el pueblo hubiera sido multitudinaria. Ahora que el viejo lobo de mar no esta, Noemí se ilusiona con la idea de que su partida tuvo que ocurrir por orden divina: “Jandito tenía una voz maravillosa, tanto así que creo que Dios se lo llevó para que le cante más de cerca”.

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Huberto Marín Sánchez

La Convención (Cusco), 1933

Ingeniero jubilado

Hasta el final de sus días, Huberto Marín siempre contaba que su recuerdo más antiguo se remontaba a 87 años en el tiempo, un domingo 15 de octubre de 1933, cuando llegó al mundo en Huayopata, en el valle cusqueño de La Convención. Desde entonces, su memoria atesoró los primeros años de la infancia en la hacienda de Choquellohuanca, en donde su familia cultivaba hojas de té, mientras él jugaba con sus seis hermanos o chapoteaba en un pozo de agua que hacía las veces de piscina.

Los recuerdos de Huberto, que en los últimos años transmitía a sus hijos, también evocaban las largas caminatas que hacía entre la hacienda cusqueña y su colegio, o los viajes que entre su natal Huayopata y la legendaria Ciudad Imperial del Cusco. Con humor recordaba que al llegar a la capital de los Incas buscaba con su papá zapatos para sus hermanos en base a cartones en los que había dibujado la silueta de sus pies. Tan largas eran las distancias en aquella época, que para cuando él regresaba a la hacienda, un mes después, los zapatos ya nos les quedaban a sus hermanos porque habían crecido.

Una vez entrado en la juventud, la hacienda de Choquellohuanca fue el escenario perfecto para que Huberto aprendiera y refinara la técnica del tiro y caza junto a su primo hermano Renato. Ambos recorrían las montañas de La Convención para cazar aves y venados, que después entregaban disecados al Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian Institution de EE.UU. “Tenía muy buena puntería”, recuerda Miguel Hadzich sobre su tío. Años después, Huberto continuó cultivando su afición al tiro de manera deportiva en los campos de entrenamiento del Rímac, en Lima. 

Entre sus memorias de esa época en Choquellohuanca, Huberto guardaba un hecho histórico. Una noche de 1965, según contó a su familia, un grupo de foráneos liderados por un hombre cercano a los cuarenta años, de lentes y poco cabello en la cabeza, se presentó en la hacienda familiar. “Mi nombre es Luis de la Puente Uceda”, dijo el líder del grupo cuando Huberto les dio el encuentro. Sin pensarlo dos veces, Huberto dio pan, agua y cobijo al grupo dirigido por el fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). 

En el encuentro, Huberto y de la Puente Uceda conversaron largo y tendido, pero ni siquiera al final de su vida contó los detalles de lo que se dijeron. Días después de que el guerrillero hubiera partido de su casa en la hacienda, Huberto se enteró que el Ejército acabó matando a Luis de la Puente y enterrado sus restos en las montañas de La Convención. “Mi papá renegó mucho cuando una revista entrevistó en 2005 a un empleado de la hacienda, que reveló el lugar del entierro”, cuenta su hija Ana María.

Cuatro años después de este encuentro, la familia Marín perdió la hacienda en el marco de la Reforma Agraria impulsada por el Gobierno militar de Velasco. Entonces, Huberto estudiaba ingeniería agrónoma en la Universidad San Antonio de Abad del Cusco. “La hacienda era parte de la vida de toda su familia”, dice Ana María al recordar la expropiación del predio. Por eso los derroteros de la vida condujeron a Huberto a Lima, en donde finalmente hizo un hogar en el distrito de Surquillo. En la capital ocupó el puesto de jefe del Departamento Internacional del Banco de la Nación durante 25 años.

Los años de Huberto en Lima estuvieron marcados por el amor a su familia, recordados hoy por las puntuales llamadas de las 7 de la mañana en los cumpleaños de sus hijos, sobrinos y hermanos, o por los tradicionales almuerzos de domingo en su casa de Surquillo. “La unión familiar era el valor más importante para él”, cuenta su hija Ana María. A ello se sumó su devoción por el Señor de los Milagros y por el Niño de Reyes de Choquellohuanca, a quien le rezaba cada día antes del amanecer. 

Este último ícono religioso, especie de reliquia en manos de la familia Marín desde 1938, esta representando por un niño vestido con una túnica celeste, coronado con adornos de plata, y echado sobre una cama de madera cubierta de una sábana blanca. Cada año, un linaje distinto ejerce como carguyoc, tradición andina que los compromete a organizar una misa seguida de una reunión familiar. Luego de la celebración del 2019, los hijos de Huberto solicitaron llevar el carguyoc para el año siguiente. “Quisimos darle ese regalo a mi papá”, dice Ana María. El pasado 5 de enero, Huberto recibió a su familia y al Niño de Reyes de Choquellohuanca en la comodidad de su casa de Surquillo.

Fuera de esas celebraciones, Huberto vivía sus días de jubilado entre la lectura de periódicos en las mañanas y la música del bolerista mexicano Javier Solís, el jazzista estadounidense Nat King Cole y del rock inglés con Queen. Cuando se aburría de las melodías extranjeras volvía a la música que emana de los instrumentos de cuerdas y vientos como charangos, guitarras y zampoñas, o a su taller de madera en donde improvisaba como hacedor de muebles. Por la tarde, y como buen hijo del sur andino, no había nada que lo alegrara más que saborear un adobo al horno o un rocoto relleno con pastel de papa, preparado por su esposa María.

A pesar del tiempo y la distancia, Huberto nunca olvidó el valle donde nació. Solía jugar la lotería de la Tinka con la esperanza de ganar el pozo mayor. Con ese dinero, según le decía a su familia, quería promover la construcción de un túnel en el camino a Huayopata y la puesta en marcha de un proyecto de iluminación pública para la zona. No fue hasta el 2015, casi 40 años después de haber dejado La Convención, que Huberto regresó a su natal Choquellohuanca acompañado de su hija Ana María, su yerno y su nieta.

En los últimos años de su vida, el memorioso cusqueño recibía un tratamiento de diálisis tres veces por semana, que limitó sus actividades de carpintería. En mayo último, acabó siendo internado en el Hospital Rebagliati, pero como paciente de Covid-19. Su destino ya estaba escrito. Huberto falleció antes de que acabara el mes. En su hogar todos saben que la letal pandemia pudo apagar su corazón, pero nunca sus recuerdos. Por eso, hoy más que nunca, el dicho de una de sus hermanas resuena entre su descendencia: “Tu tienes la memoria de Matusalén… por eso un día te irás, pero quedará tu memoria”.

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Nadia Lozano Villamar

Loreto, 1978

Teniente del Cuerpo de Bomberos

La última promoción del cuerpo de bomberos de Iquitos lleva el nombre de la teniente Nadia Lozano Villamar, la primera mujer que ocupó la jefatura de una compañía en esta ciudad de la selva peruana. A los 41 años, estuvo hasta el final en la primera línea de batalla contra un enemigo silencioso pero letal. “Se preocupaba demasiado por los demás: no me dejaba salir a la calle ni a mí ni a mis hijos. Era un ejemplo para nosotros y para los bomberos de su compañía”, recuerda su esposo Mauro Rodríguez Sandi, también oficial de los bomberos de Loreto-Nauta.

La señora Lozano ingresó al Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú en 1997. A los 23 años de servicio, y a costa de sacrificio y perseverancia, había alcanzado la jefatura de la compañía San Juan Bautista Nº 93. Su cargo no le impedía ser instructora de los bomberos recién ingresados. “A ellos les enseñaba con paciencia, como le hubiera gustado que la capacitaran a ella. Pero también luchaba contra el machismo, porque a los hombres no les gustaba que los dirigiera una mujer”, dice Mauro Rodríguez, quien añade que ambos se conocieron en medio de un incendio hace 21 años.

Nadia Lozano procedía de una familia de bomberos: su padre y dos de sus hermanos también vestían y defendían el traje rojo. La tradición se extendió cuando ella se casó con Mauro y nacieron sus tres hijos. El primero de ellos también se hizo bombero. La pandemia los agarró entre los ajetreos cotidianos de atender emergencias y el tiempo libre que trataban de tener para cuidar la calidad de vida en familia, un valor importante entre la gente que se dedica a labores de riesgo. “Nos dábamos nuestras escapadas a lugares turísticos como Santa Clara. Ahí comíamos pescado, viajábamos en motocicleta y éramos libres por la carretera, comiendo coco o naranjas, lo que halláramos”, comenta Rodríguez. Uno de sus deseos era visitar Cajamarca, porque una de sus amigas le dijo alguna vez que era la ciudad más bella del país. 

La señora Lozano era una mujer cuyas ganas de superación se acrecentaban a diario, según recuerda su familia. Cuando fue necesario, incluso fue comerciante en un mercado de Nauta. Su último trabajo fue en una contratista de Petroperú, pero antes laboró en el programa social Qali Warma, en una aerolínea, una municipalidad y una compañía de seguridad. No conforme con la carga que ya tenía, también quería estudiar administración de empresas y diseño gráfico. 

Mauro Rodriguez –quien es docente de profesión– dice que su esposa era la alegría andante: cantaba durante las ceremonias de los bomberos y en las reuniones sociales. Una vez la llevó al colegio donde enseñaba y en una ceremonia ella cogió el micro, cantó y bailó. No solo tenía talento para hacerlo, sino que hasta perteneció a un grupo de danzas típicas de Iquitos.

El día que aparecieron los primeros síntomas, ella no quería descansar, pero esa noche regresó a casa y se la veía decaída, sin ánimos y no quiso comer. Apenas empezó a faltarle el oxígeno la llevaron al hospital regional y la familia empezó una frenética búsqueda de ese recurso médico por toda la ciudad. Ellos, que se pasaron la vida arriesgando las suyas por otros, no recibieron la misma respuesta.  “En el hospital había una señora que tenía varios balones, le rogué que me vendiera uno y no quiso. Al día siguiente me llamó para decirme que podía venderme uno. Ya había fallecido mi esposa”, recuerda el señor Rodríguez.

La señora Lozano deja tres hijos, de 20, 18 y 15 años. Los tres saben que la suya es una familia marcada por el fuego: empezó cuando sus padres se conocieron en un incendio, hace 21 años, y se modeló con una vida intensa hasta el último día.

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Humberto Chota Laulate

Loreto, 1947

Presidente de la Federación de Comunidades Nativas Ticuna y Yagua del Bajo Amazonas

Unos días antes de que falleciera, el apu Humberto Chota llamó a su hijo Miguel para darle un mensaje que ahora él recuerda con bastante claridad, como aquella mañana. Sentado sobre una mecedora en su casa de la comunidad Jesús de Praga, el líder indígena le dijo: “Tomarás mi mando, mi palabra y seguirás mi camino. Te entrego mi confianza, mi potestad, mi enorme trabajo y lo transparente que yo he sido. ¿Has visto cómo he sido yo?”. “Sí”, le respondió el joven Miguel y añadió que no aceptaría su puesto porque no estaba preparado. Necesitaba seguir aprendiendo de su progenitor. “Quiero que te sanes”, recuerda que le dijo aquel día.

El apu Humberto Chota, una autoridad del pueblo Shawi, fue un férreo defensor del territorio indígena y de la memoria de sus antepasados. Fundó la Federación de Comunidades Nativas Ticuna y Yagua del Bajo Amazonas (Feconatiya) y como su presidente emprendió una larga lucha para titular sus tierras y protegerlas de los narcotraficantes, mineros, madereros ilegales y de los foráneos. “Los mestizos lo odiaban, porque hacía frente al narcotráfico y la deforestación de bosques”, dice su hijo, quien viajó hasta Iquitos para adquirir una gigantografía con la que lo recordarán a un mes de su partida.

El cuarto de ocho hermanos, Chota era un luchador social nato. En el 2009, cuando estalló el Baguazo, estuvo acompañando a los miembros de los pueblos awajún, huambisa y wampis en la defensa de su territorio. Su hijo Miguel dice que aquella vez coincidió con Santiago Manuin, el apu Awajún de Amazonas, quien también falleció esta semana debido al Covid-19. “Tengo fotos de ambos en aquel conflicto”, dice mientras resalta que su padre le contaba que todas esas acciones eran por el bien de la comunidad. 

Uno de sus sueños era lograr que todas las comunidades indígenas amazónicas contaran con sus propias escuelas secundarias, para que todos los niños estudien en su propio entorno y no se vean expuestos a la discriminación, como ocurre muchas veces con los estudiantes de origen bora, ticuna o yagua cuando se trasladan a distritos más conectados con las ciudades. “Quería que nuestros niños tuvieran sus colegios, donde se sintieran bien, como en su casa”, comenta Miguel Chota.

Gracias a sus gestiones, en el 2018 se construyó un colegio secundario en su comunidad, en el distrito de San Pablo, provincia de Ramón Castilla. “Él vio cómo se iba concretando su sueño”, cuenta el hijo del apu. “Lamentablemente, murió por falta de oxígeno y porque lo discriminaron”, indica. Se refiere a que, cuando estaba enfermo, Humberto Chota padeció la indiferencia y las limitaciones en la atención de salud que afectan desde siempre a las comunidades indígenas. Lo trasladaron de urgencia al establecimiento de salud de San Pablo, pero allí los encargados dijeron que no había oxígeno, y debieron regresarlo a su casa, donde sus familiares lo trataron con plantas medicinales.

Desesperado, el hijo mayor viajó en busca de un balón de oxígeno hasta Caballococha, en la provincia de Ramón Castilla, en la llamada triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil, pero tampoco había. Así que cruzó hasta Colombia en busca del insumo. Recuerda que le costó el equivalente a 2 mil soles. Estuvo ausente una semana de casa, y cuando volvió sus familiares le dijeron que su padre había fallecido la noche anterior. Ahora él tomará su lugar para tratar de cambiar esta situación de abandono que no solo afectó a su padre sino que amenaza a  todo su pueblo.

“Ahora yo soy la cabeza tras la muerte de mi papá”, dice Miguel Chota. “Queremos ayuda, que el Ministerio de Salud nos visite, que venga en chalupas, en lanchas, en avionetas, como sea, pero que no olvide que también somos seres humanos, que pertenecemos a la etnia Yagua y que nos sentimos desolados”. El suyo es un reclamo que, en medio de la crisis, también está cargado de angustia. Pero el joven ya trazó su camino, ese que heredó de su padre, un hombre sabio que ahora lo guía desde el más allá. El apu ha partido, queda el apu, se diría.

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Mariano Norman Varela Muñoz

Usquil (La Libertad), 1959

Suboficial de la Policía Nacional

Cada atardecer de los últimos 15 años, los loros Claudio, Pepa y Pepito parloteaban en coro estridente: “¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!”, cada vez que el suboficial Mariano Varela cruzaba por el umbral de la puerta de su hogar en San Juan de Lurigancho. Luego del ruidoso saludo, el policía respondía rascándoles la cabeza y dándoles semillas de girasol, que compraba luego de acabar su jornada en la Comisaría de Santa Elizabeth. Un mes después de su deceso, las aves aún llaman a su padre al caer la tarde, a la espera de que él aparezca. “Tenía terror a sus loros y no me acercaba; pero ya conversé con ellos y les he dicho que su papá ya no está”, cuenta su esposa Gloria Ramos, quien hoy es la encargada de darles sus semillas de girasol.

La historia de Mariano comenzó hace seis décadas en el distrito liberteño de Usquil, donde trabajó desde los ocho años para apoyar económicamente a su familia. Entre las labores en el campo con su padre y la venta de pan en los cerros con su madre, Mariano encontraba tiempo para recolectar madera y chapas usadas, y con esos materiales construirse los únicos juguetes a los que su familia podía aspirar en esa época. En la década de los 70, la familia Varela se trasladó a la provincia de El Santa, en Áncash, donde un joven Mariano cursó la primaria y secundaria, mientras ayudaba al nuevo trabajo de su papá en el puerto. “Aún guardo sus diplomas del colegio, sacaba primeros puestos”, dice orgullosa su esposa Gloria. 

El carácter que Mariano forjó durante su niñez fue transcendental para desoír la advertencia que le dio su padre, cuando se enteró que su hijo quería ser policía: “¿Acaso quieres morir de hambre?”. En los años siguientes Mariano distribuyó su tiempo entre Lima y Lambayeque, ya sea asistiendo a clases en la Universidad Nacional de Ingeniería, cuidando a su madre, quien falleció en 1980; y debatiéndose entre la Escuela Naval de la Marina o su servicio en la ahora extinta Benemérita Guardia Civil del Perú. Finalmente, la vida de Mariano, según él mismo repetía, acabó orientada a respetar el lema de la Policía: Honor, Patria y Lealtad.

Gloria guarda un sinnúmero de fotos de su esposo. Una de estas, por ejemplo, retrata el día de su matrimonio religioso en la Catedral de Lima, el 20 de octubre de 1984. En la imagen se observa a Mariano vestido con un terno oscuro y una flor blanca enganchada de la solapa de su saco. Por la emoción de su rostro quizá recordaba el esfuerzo para concretar la boda. En enero del año anterior, en pleno Fenómeno del Niño, debió recorrer la Carretera Central para llegar de Áncash a La Oroya, y pedir la mano de Gloria a su familia, según la costumbre de la época. “Mi mamá ya le había dicho: ‘tu tienes que venir con tu familia’; así que Mariano viajó con su papá y su hermana mayor a través de los huaicos”, cuenta su esposa. 

Otra foto muestra a Mariano vistiendo casaca, sombrero oscuro y un pantalón de camuflaje. El policía porta un fusil entre sus manos y mira hacia al frente en plena sierra de Ayacucho. En los años ‘80, Mariano fue destacado a una comisaría en Huamanga, entonces una de las zonas más violentas por el terrorismo. Gloria recuerda que unos desconocidos detonaron la casa de su vecina, una jueza de la localidad, ubicada en el jirón San Martín. Otra tarde, una bomba explotó en la fachada de la sede local de la Policía de Investigaciones, por donde ella solía caminar para asistir a sus clases de corte y confección. “Algunos compañeros fueron a buscar a mi esposo para decirle ‘hemos visto despedazada a la señora Gloria’; ellos pensaban que era mi cuerpo”, recuerda su esposa.

Por las fotos que guarda Gloria se puede inferir que una de las pasiones de Mariano, luego de su esposa y la Policía, era su viejo Toyota Corolla rojo, que tenía una ventana pintada con el nombre de los otros amores de su vida: su madre Clementina, y sus hijos Omar, Mariano, Rubí y Kevin. “Adoraba manejar, sobre todo cuando viajábamos en vacaciones”, dice su esposa. Con el suboficial al volante, la pareja llegó hasta Ecuador, en un viaje de 20 horas que incluyó diversas paradas para probar todas las variantes del cebiche norteño. Era tan estrecha la relación entre Mariano y su Toyota, que su mecánico de confianza por 30 años rompió en llanto cuando se enteró que su amigo y cliente había fallecido.

Las fotos de Gloria además retratan a un joven Mariano acabando dos maratones, organizadas por la empresa Cafetal, o como capitán de un equipo de fútbol en San Juan de Lurigancho. En esos 35 años de casados, Gloria además guarda recuerdos que no pudieron ser capturados por la cámara, como el amor incondicional por sus hijos o las canciones que él le cantaba como muestra de cariño, pero que permanecerán imborrables en su memoria. Una de sus preferidas era el bolero Mi linda muchachita del ecuatoriano Segundo Rosero. A través del teléfono, Gloria entona los primeros versos de la canción hasta que la voz se le quiebra al recordar a su pareja de toda la vida.

“Yo sé que está en el cielo cantando sus boleros”, asegura Gloria desde su hogar. La segunda semana de mayo, Mariano fue internado en el Hospital Augusto B. Leguía de la PNP. “Estoy bien, no te preocupes”, fue la última frase que Mariano le dijo por teléfono. El 16 de mayo, según recuerda el personal que lo atendió, el veterano efectivo tomó fuerzas y repitió tres veces el nombre completo de su esposa, siempre en voz alta: “Gloria Olinda Ramos Pelayo de Varela, ella es mi esposa”. Luego, cerró los ojos y suspiró. “Cuando un policía muere, nunca muere”, dice Gloria repitiendo con aplomo el legendario lema de la Policía, “él vivirá siempre en nuestro recuerdo”.

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Saúl N. Gonzáles

Chiclayo (Lambayeque), 1989

Trabajador de Tottus

Decir, por ejemplo, que un hijo ama a su madre podría retratar una obviedad y en cierta forma una de las múltiples facetas de la redundancia. Para Saúl, ajeno a la obsesión por las frases literales, el amor filial era uno de los rasgos de su carácter. Sin el padre presente en su infancia, la señora Liliana Gonzáles, se convirtió en el centro de su universo. Cuenta la familia que, a los nueve años, lo llevaron a pasar unas cortas vacaciones en Talara (Piura), mientras su mamá permaneció en su casa de Chiclayo. La experiencia fue conmovedora. “Lo dejé en el comedor y cuando regresé estaba llorando”, recuerda su tía Ida. El tiempo le enseñó a convivir con estas separaciones de la vida.

El 2006, cuando tenía 17 años, su madre abandonó el Perú por temas económicos para viajar a Chile, en donde ella acabó radicando de manera definitiva. El golpe de la nostalgia por su madre ausente fue duro, pero Saúl logró sobreponerse en el hogar que comandaba la abuela Mamatila. En esos años, la casa de Chiclayo se iluminaba con las bromas de la pandilla juvenil integrada por su mellizo Paul y sus hermanas Jhojana y Alejandra y sus cuatro primos. En ese grupo, Saúl se especializó, tanto en refinar apodos que luego lanzaría a diestra y siniestra, como en imitar los clásicos del cantante mexicano Luis Miguel.

Con los años, Saúl mitigó la nostalgia por su madre viajando a Santiago en las vacaciones de verano de la universidad, en donde cursaba la carrera de Contabilidad. Uno de esos reencuentros en Chile fue programado para coincidir con su cumpleaños 21 en febrero del 2010. Una década después, la señora Liliana aun recuerda aquella noche: “Celebramos el 26 de febrero y, una vez acostados al acabar la reunión, ya el día 27, empezó el movimiento”. Nunca lo imaginaron, pero pasaron juntos una de las peores catástrofes ocurridas en América Latina: el terremoto y tsunami de Chile.

Esa madrugada de terror, como cuando era un niño que idolatraba a su madre, le tocó acostarse junto a ella hasta las primeras horas del alba. Ya de vuelta al Perú, retomó su vida en Chiclayo, finalizó sus estudios e inmediatamente encontró trabajo en la cadena de supermercados Tottus. En esos años de ajetreo por la vida adulta, Saúl siempre llevaba a su madre presente. Cuando le tocó responder una encuesta de trabajo sobre su principal motor en la vida, él respondió: “Mi madre, que me crió y educó desde niño, cada día hace que quiera ser mejor”.

El compromiso, en honor de las enseñanzas de su madre, lo impulsó durante los ocho años que laboró en la cadena de supermercados de Chiclayo. Precisamente, en este lugar conoció a otra mujer especial en su historia: su pareja Diana Rojas, quien en estas semanas de dolor y luto mantiene viva su memoria al igual que sus hermanos. Ellos lo recuerdan apasionado por la cocina en familia, como buen heredero de la sazón norteña; y por las tardes de fútbol, como hincha de Universitario de Deportes. Aquellas eran sus dos principales aficiones cuando descansaba del trabajo.

En casa de la abuela Mamatila, todavía se evocan los memorables platos de arroz chaufa que Saúl cocinaba, así como los cumpleaños que le tocaba compartir con su mellizo Paul, hincha de Alianza Lima. En aquellas fechas, para evitar peleas y preferencias, se había tomado una decisión salomónica sobre la torta del onomástico: la mitad tenía el color crema y la inconfundible “U” del equipo de Odriozola, mientras la otra era blanquiazul por el clásico rival de Matute. Aquella era la única disputa irreconciliable entre dos hermanos que lo habían compartido todo desde que nacieron juntos, hasta que la pandemia separó sus vidas.

En sus días finales, Saúl pasó la enfermedad bajo cuarentena en su cuarto, cuidado por su familia y rodeado de sus muñecos de la infancia, entre los que destacaba su colección de la película Toy Story. Desde aquí, cuando no podía dormir por la fiebre nocturna, empezó a despedirse por celular. De su madre en Chile, de su hermana Alejandra, a quien le dijo: “Gracias por todo”, y de su primo Pierre, con quien se sinceró con una broma: “Te quiero mucho, aunque seas jodido”. Cuando llegó la última semana de abril, en medio de las horas más aciagas de la enfermedad en el norte, Saúl falleció.

Casi dos meses después de su partida, la familia Gonzales continúa reuniéndose en la sala para honrar su memoria, a través de viejas historias y anécdotas de días mejores, en un ejercicio que les permite voltear al pasado con una sonrisa para recordar a Saúl, el niño que siempre extrañaba a su madre.

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Judith Eliana Yaringaño Balvin

Jauja (Junín), 1977

Obstetra

A Judith Yaringaño no le atemorizaba cruzar un río si era por una buena causa. Los últimos meses estuvo concentrada en viajar a las comunidades más alejadas de la provincia de Padre Abad, en Ucayali, en busca de mujeres embarazadas que necesitaran atención. Quería reducir al mínimo las muertes maternas. Era uno de los objetivos que se había trazado este año. “Era una mujer luchadora, solidaria, preocupada por el prójimo”, dice orgulloso el profesor Tovar Espinoza, su esposo.

La señora Yaringaño era la directora de la red de salud Nº 4 Aguaytía-San Alejandro, en la región Ucayali. En lugar de encerrarse en un trabajo burocrático, ella se sumaba a los equipos médicos que acudían a las emergencias. Su vocación –dice su esposo– estaba en la calle, en las comunidades, aun en medio de una pandemia que se extendía por todo el país, y que golpeaba fuerte a la región Ucayali. La obstetra estuvo en primera línea hasta el final, solo se detuvo cuando el virus la alcanzó.

“Para ella no había imposibles, conseguía lo que se proponía”, cuenta Tovar Espinoza. Uno de sus últimos logros fue conseguir para la red de salud de Aguaytía una de las dos ambulancias que adquirió este año el Gobierno Regional de Ucayali, y que ahora sirve para trasladar a las pacientes y mujeres embarazadas desde las zonas lejanas hasta el hospital regional.

A medida que arreciaba la crisis del Covid-19 y los pacientes aumentaban, ella daba más. “Trabajaba de 7 de la mañana a 7 de la noche, y cuando llegaba a la casa no paraba. Llamaba, llamaba y llamaba para que reciban a pacientes referidos de zonas lejanas de Aguaytía en el hospital regional de Pucallpa”, agrega Tovar Espinoza. 

A la par que lideraba la red de salud de Aguaytía, la señora Yaringaño se desempeñaba como regidora del municipio provincial de Padre Abad, institución que le rindió un sentido homenaje tras su muerte. Antes de ejercer ambos cargos, la obstetra administraba dos boticas que montaron en los pueblos de Huipoca y San Alejandro. Nunca paraba, por eso también estudió una maestría en Salud Pública. 

“No temía contagiarse, incluso sabía que tarde o temprano eso pasaría”, dice su esposo.

La obstetra contrajo el Covid-19 en su trabajo, al estar en contacto con pacientes afectados. A fines de mayo, la enfermedad la tumbó y fue necesaria internarla en el hospital de EsSalud de Pucallpa. Resistió una semana, hasta que el miércoles 3 de junio falleció.   

El esposo de la señora Yaringaño dice que no pudo despedirse de ella y que tampoco quisiera hacerlo, porque para él no hay despedida. La última vez que la vio, antes de que la internaran en cuidados intensivos, ella le pidió que se cuidara y que cuidara a sus dos hijos. Ahora, si él tuviera la oportunidad de viajar en el tiempo no se despediría, solo le diría: “Tranquila, no te preocupes, no te agites, que todos queremos volverte a ver”.

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Héctor José Herbozo Olórtegui

Iquitos (Loreto), 1981

Médico

Cuando el coronavirus lo alcanzó en Iquitos, Héctor Herbozo cumplía su residentado médico, que había empezado el 2017. Era mediados de marzo, y por esos días el presidente Vizcarra declaraba el Estado de Emergencia. Los médicos tenían orden de inamovilidad. A casi 400 kilómetros de ahí, su esposa rezaba para que él regresara sano y salvo a Yurimaguas, donde vivían junto a su hija de 5 años y su abuela. “Amor, ¿sabes qué? esta situación me está asustando, necesito que vengas. Tengo mucho miedo”, le dijo ella por teléfono.

Dos semanas después, gracias a las gestiones de un colega, el doctor Herbozo volvió a Yurimaguas. “Llegó silbando”, dice Kristen Campos, su esposa. “A la semana, sus amigos médicos del residentado en Iquitos comenzaron a fallecer”, recuerda. 

Natural de Iquitos, el doctor Herbozo era un cuadro valioso de la comunidad médica amazónica: ocupó el primer puesto los once años de estudios básicos, y luego en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana fue miembro activo de la Federación de Estudiantes. En 2017 comenzó su residentado y le faltaba poco para terminarlo. Con 33 años se convirtió en el director más joven que tuvo el hospital Santa Gema de Yurimaguas. Un año antes fue subdirector, y desde entonces se preocupó por implementar la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y luchar por los derechos del personal de salud, dice su esposa. 

Aquella vez de su retorno a casa por seguridad, Herbozo pasaba los días al lado de su familia, aunque siempre pendiente del avance del Covid-19 en la Amazonía. Hubiera seguido así, de no ser porque una voz al otro lado del teléfono rompió esa calma a mediados de abril.

Era el actual director del hospital Santa Gema de Yurimaguas. El colega le explicó que todos los médicos habían abandonado sus puestos, se habían marchado a casa, atemorizados por el coronavirus. La señora Kristen pensó que en ese instante su esposo declinaría el llamado porque era una persona vulnerable: obeso, hipertenso y asmático. Pero las palabras que siguieron fueron otras: “Ahorita mismo voy; si no hay anestesiólogo, ahorita mismo voy”, escuchó ella.

La señora Kristen, imaginando un escenario catastrófico, le suplico que no fuera, que lo hiciera por su hija y su abuela. Pero el doctor Herbozo no hizo caso. “Me voy a proteger, tendré mucho cuidado”, respondió esa vez. El 12 de mayo le tomaron una prueba rápida que salió negativa, y que lo convenció de continuar yendo al hospital, pese a que sus compañeros dieron positivo. “Parecía que desafiaba al destino, se había salvado de varias”.

Tres días después se enfrentó a la verdad. Había contraído el virus en el hospital y estaba en el peor momento. “No iré a trabajar, me siento muy mal. Tenemos que aislarnos”, le dijo a su esposa. Tenía el semblante decaído y amarillento, tos y mucha fiebre. Permaneció en casa hasta el 23 de mayo, medicándose y con ayuda de un balón de oxígeno. Ese día ella lo llevó en su motocicleta al mismo hospital que Herbozo había aceptado ayudar.

Aún consciente, estuvo gestionando un espacio en el hospital de Essalud de Tarapoto, donde esperaba tener un tratamiento en mejores condiciones, pero todo estaba lleno. En esas circunstancias, fue trasladado en un avión hasta el hospital Rebagliati de Lima, donde finalmente falleció. “Después me enteré que lo abandonaron, que no lo trataron como debían, y nunca me informaron nada”, lamenta Kristen Campos.

El médico cirujano Enrique Sicchar, del hospital regional de Loreto, escribió en Facebook una semblanza de su amigo y colega Héctor Herbozo. Lo definió como un luchador social, defensor de las buenas causas, alguna vez bautizado cariñosamente como “el gordito revoltoso”. En Yurimaguas lo conocían como el médico del pueblo, porque atendía a cualquier hora y no cobraba la consulta a personas de bajos recursos. Cuando falleció, todos en el pueblo sintieron su partida. 

Un escritor del pasado decía que los hombres que luchan toda la vida son imprescindibles. El doctor Herbozo dio la suya batallando hasta el final. La pandemia impone formas de recordar a los que valen y él tenía clara la suya: su último deseo fue que sus cenizas fueran esparcidas en alguno de los lagos donde solía pescar.

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Leyla Aimani Inuma

Iquitos (Loreto), 1976

Enfermera

Leyla Aimani no alcanzó su mayor sueño, pero encontró otra pasión que cambió muchas vidas. Un día partió desde su pueblo natal en la triple frontera del Amazonas para estudiar secretariado en la ciudad de Iquitos. Dejaba a sus padres y hermanos con la idea de convertirse en profesional, hasta que sus planes fueron alterados por motivos urgentes: iba a ser madre a los 19 años. En esas circunstancias, hizo un giro profesional hacia la atención de salud pública, con la premisa de ayudar a su pueblo, ubicado en una zona asediada por la violencia y el narcotráfico en la Amazonía peruana. 

Leyla Aimani optó por estudiar enfermería en el Instituto Superior Tecnológico de la provincia, al tiempo que asumió con valentía la crianza de su primera hija. En los últimos años de la carrera, empezó a trabajar en las postas médicas de los poblados más recónditos y en comunidades indígenas de Iquitos. Viajaba días enteros por ríos extensos, entre el sonido natural de la selva, con miras a brindar atención médica a los compatriotas que difícilmente acceden a servicios esenciales como la salud. “En esas primeras experiencias recibía un sueldo que no superaba los 300 soles”, rememora Mayted Osorio, su hija mayor, a quien le contaba el arduo camino que recorrió para ejercer una carrera.

Con el tiempo adquirió experiencia en distintas áreas de emergencia, triaje y hospitalización en el Centro de Salud Red Caballococha, del Ministerio de Salud. Era reconocida por su sensibilidad para atender a los pacientes en cualquier momento. Leyla Aimani era enfermera, pero empezaron a llamarla doctora. Atendía a pacientes que la buscaban en su casa para pedirle ayuda ante diversas dolencias o alguna urgencia médica. En un pueblo pequeño, con servicios limitados, se convirtió en la fuente de consulta que unas veces suplía la falta de obstetras o se hacía cargo del doloroso proceso de defunción de los pacientes del hospital: trasladaba el cuerpo de los fallecidos para que sus familiares pudieran darles sepultura. 

Leyla también era solidaria con colegas de otras provincias. A muchos estudiantes de internado que llegaban a Caballococha les brindó cobijo, muchas veces sin pago de alquiler de por medio, y con la calidez de una familia. “Mi mamá siempre ha estado para esas personas”, cuenta su hija Mayted, quien recuerda que creció con la presencia de enfermeras, biólogos y doctores que llegaban a hospedarse en casa.

Leyla añoraba que sus hijos se conviertan en profesionales. Como parte de ese esfuerzo, los fines de semana dedicaba su tiempo a la venta de comida. Todo lo recaudado ayudó a costear la carrera y la graduación de Mayted como contadora. Durante el tiempo en que su hija se mudó a Iquitos para estudiar, Leyla aprovechaba cualquier oportunidad para verla: cuando trasladaba a un paciente desde Caballococha hacia Iquitos, o en celebraciones especiales. Cuando la hija logró graduarse, ella no perdía la oportunidad de comentar que tenía a una contadora en la familia.

En estos últimos meses, si ya el sistema de salud colapsaba en Iquitos por la pandemia, los estragos en las provincias no era menos preocupantes. En Caballococha, la familia de Leyla cayó enferma, aparentemente afectada por el Covid-19. A todos los trató desde casa, y al poco tiempo, lograron recuperarse. Los vecinos de la zona también buscaban a ‘la doctora’ para atenciones de rutina como la aplicación de inyecciones y medicamentos. Leyla los atendía pese a que era una paciente de alto riesgo: sufría de diabetes e hipertensión.

Semanas más tarde, los síntomas del coronavirus empezaron a afectarla. Llegó un punto en que tuvo que ser evacuada al Hospital Regional de Loreto. Una vez allí, todo el cuidado y atención que había brindado a tanta gente durante años empezó a manifestarse de vuelta. Su hija mayor recibió llamadas de gente que aseguraba haber conocido a su madre, por la ayuda que recibieron de ella. Las muestras de agradecimiento y  las oraciones se multiplicaban con el paso de los días, pero no fueron suficientes.

Ahora hay mucha gente que lamenta la partida de ‘la doctora’. Hay quien la recuerda comentar su sueño de construir su propio consultorio en Caballococha, para mejorar la atención de los pacientes. En tiempos inciertos, se dirá que hubo una mujer guiada por la humanidad. Y ese será su mayor legado.

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Luis Ruperto Montero Zapata

Catacaos (Piura), 1926

Comerciante

Cuando tenía 20 años, el joven Luis Montero dejó las comodidades de su casa en Catacaos, el famoso pueblo de artesanos de Piura, y se presentó en las instalaciones de la Marina de Guerra, en Paita, dispuesto a enrolarse y servir al país. Pero su madre –una mujer de espíritu dominante– ordenó a su esposo traer de vuelta al muchacho a costa de no aceptar una negativa. Aquella vez, Montero no pudo entrar a la vida militar, pero el episodio dejó una idea que ahora es parte de la memoria familiar: más que un asunto de rebeldía juvenil, era una muestra de que estaba listo para empezar a construir su destino.

Para evitar que volviera a marcharse en busca de algo, el padre de Luis Montero compró una vivienda tan grande que adentro tenía una cancha de básquet, ubicada en Casagrande, un pueblo vecino pequeño y rodeado de arenales inmensos, a media hora de Catacaos. El padre de Luis Montero era el principal comerciante de la zona. “Mi abuelo fue administrador de Calixto Romero, el fundador de lo que ahora es el Grupo Romero”, cuenta Rodrigo Montero Núñez, el mayor de los seis hijos de Luis Montero. 

Montero padre comercializaba maíz en grandes cantidades, y su esposa había montado una tienda que con el tiempo se convertiría en la más grande de Catacaos. Era uno de los pocos lugares bien abastecidos con jabón, aceite, harina, galletas y otros productos comestibles. A Luis Montero nunca le faltó nada en casa. La determinación que un día lo llevó a tratar de hacerse marino le sirvió luego para seguir el camino de superación de sus padres. 

En Casagrande, Montero instaló un almacén de maíz y granos. En poco tiempo se convirtió en uno de los principales comerciantes mayoristas de los pueblos del Bajo Piura. “Un día llegó a casa de mis abuelos, y le dijo a mi abuelita, sacando un fajo de billetes: ‘Ahorita tengo para comprar unos 30 o 40 carros al contado’. Ella le respondió: ‘Entonces cómprale ahorita un carro a tu hijo’”, cuenta Rodrigo, que se hizo de su primer vehículo a los 16 años.

Luis Montero se casó a los 26 años en la Catedral de Piura con una mujer de Huancabamba que había llegado a Casagrande como maestra de escuela. Hasta los años ‘90, el señor Montero se mantuvo firme en el negocio del comercio de arroz, maíz y granos. Los últimos años de su vida, cuenta su hijo mayor, los pasó muy cerca de sus nietos, a quienes contaba historias de sus inicios en el pueblo y aconsejaba para que fueran personas de bien. Era un abuelo tratando de fortalecer las raíces de sus descendientes.

Luis Montero sobrevivió a varias catástrofes: a los fenómenos El Niño de los años 1983, 1998 y 2017, e incluso a la epidemia del cólera, que una vez lo mantuvo varios días en cama, porque se resistía a ser atendido por un médico. Esta vez, la pandemia lo alcanzó con muchos años y menos fuerzas.

Unos días antes, Rodrigo habló con él por videollamada y le dijo que se cuidara, que fuera recio, como siempre. El hijo mayor de Montero supo que aquella videollamada era una despedida.

Fiel a la tradición, don Luis Montero fue enterrado en el cementerio del pueblo. La familia esperará que se calmen las cosas para exhumar sus restos y trasladarlo a Catacaos, con el fin de visitarlo con mayor frecuencia. En los pueblos del norte se tiene la certeza de que los finados están presentes, aunque sea de otra forma.

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Ovidio Avendaño Calle Castillo

Morropón (Piura), 1958

Profesor

Los verdaderos maestros son los que, incluso cuando ya no están, siguen presentes en la vida de las personas. Ovidio Calle Castillo era uno de ellos: formó a varias generaciones de ciudadanos notables, incluso a un niño que más tarde se graduó en la Universidad de Kiev, en Ucrania, después de insistirles a sus padres que debían apoyarlo. En la sierra de Piura, donde el señor Calle enseñaba, siempre ha sobrado talento, aunque falten recursos económicos. Su foja de servicio es una prueba de que estaba destinado a este oficio: tuvo que servir en el Ejército antes de estudiar para docente en Piura.

Natural de Santo Domingo, en Morropón, su hermano Miguel cuenta que todos le auguraban una carrera castrense, pero que él optó por viajar a la ciudad para buscar un cupo en el Instituto Pedagógico. Transcurría la difícil época de las lluvias por el Fenómeno El Niño. Eso tampoco lo detuvo.

Su carrera docente la empezó en colegios de Chulucanas. Allí conoció a los reconocidos ceramistas Max Inga y Gerásimo Sosa, de quienes aprendió el arte de moldear la arcilla. Don Ovidio no solo era maestro de primaria, sino que también enseñaba a los niños a pintar, a dibujar, a tallar la madera. Sus clases eran divertidas, lograba que el alumno se involucrara en un intercambio de conocimientos. Su hermano Miguel recuerda haberle escuchado una frase que explica ese esfuerzo: “Al mundo le falta más inspiración; el día en que todos estemos inspirados veremos el lado bueno de la vida”.

Su trabajo trascendió las aulas cuando fue asignado a la oficina de Infraestructura de la Unidad de Gestión Educativa Local (Ugel) Chulucanas, desde donde impulsó la construcción de colegios en zonas alejadas y sin servicios básicos.

Cuando descubrió que podía hacerse más desde otras instancias, se animó a postular como regidor, y ganó. Fue parte de la gestión del alcalde Eulogio Palacios Márquez en la década de los noventa, y durante este gobierno municipal fue presidente de la Comisión de Educación, Cultura y Deporte. Desde ese puesto también impulsó la construcción de escuelas en la zona andina de la región Piura.

La muerte lo sorprendió como docente de la institución educativa parroquial Santísima Cruz de Chulucanas. Tenía a cargo a 35 alumnos que recibían clases remotas, a través de Whatsapp. Su hermano Miguel sospecha que se contagió con el coronavirus en el hospital de Essalud de Chulucanas, al que acudía para seguir un tratamiento por problemas hepáticos. Cuando enfermó, toda su familia vivió un drama para conseguir medicamentos. Llegaron a cobrarles 3 mil soles por un producto cuyo nombre ya ni recuerda. «Una persona que trabajaba en salud lucró con nuestro dolor. Nos enfrentamos a los mercenarios del dolor”, dice Miguel.

Dos proyectos dejó inconclusos el señor Calle: implementar un taller para enseñar dibujo, pintura y escultura a los niños de Chulucanas; y convertir su casa de Santo Domingo en un centro cultural para que los niños de más bajos recursos de las zonas alejadas de la sierra de Piura pudieran recibir clases de arte y de otras materias. 

“Siempre se dice que las personas son incompletas: buenos profesionales y malas personas, o viceversa, pero mi hermano fue un maestro a carta cabal, un hombre íntegro”, dice Miguel Calle, quien está seguro de que la historia de su hermano será transmitida, como un relato de superación, a las generaciones venideras. Los buenos merecen quedarse en la memoria de su pueblo.

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Carlos Humberto Chati Gutierrez

Ica, 1961

Entrenador deportivo

María Rosa Chahua Palomino

Lima, 1962

Enfermera

Hace tres décadas, un fotógrafo anónimo capturó el instante en el que Carlos Chati y María Chahua sellaron su compromiso. En la vieja imagen, Carlos solo tiene 25 años y una sonrisa dibujada en el rostro. Lleva puesto un terno negro y una camisa blanca que destaca bajo una corbata michi. María, un año menor, viste traje blanco de novia y un velo de tul que deja escapar su cabello crespo. Fuera de la escena, un cura repite las típicas palabras del ritual litúrgico mientras ella toma la mano de su prometido y le coloca el anillo de bodas. Con Dios como testigo del matrimonio, la pareja promete que su amor vivirá hasta que la muerte los separe.

Desde que se conocieron, ambos parecían destinados el uno para el otro. Carlos nació en Ica, pero sus padres emigraron con él hacia la capital en 1965, y se asentaron en el barrio de Nuevo Horizonte, en el distrito de San Juan de Miraflores. El azar quiso que a dos cuadras de su hogar viviera la familia de María, quien nació en Lima, de padre cusqueño y madre ayacuchana. Aquel barrio fue el escenario de fondo para que aquella pareja forjara su amistad, sus primeros encuentros como enamorados y años después su propia familia con el nacimiento de sus hijas: Karla, Mayra y Marjorie.

Hacia fines de los años ‘70, Carlos era un vecino respetado en el barrio. Luego de egresar del Instituto de Investigación y Desarrollo del Deporte, dividía su tiempo entre sus viajes al interior del país en calidad de arquero de equipos de Ayacucho y las clases de fútbol que dictaba a los menores del distrito. “Como los niños caían en drogas o la delincuencia, él trataba de impulsar el deporte, para que ellos fueran mejores ciudadanos”, cuenta su hija Mayra. En esos ajetreos andaba Carlos cuando decidió correr el riesgo de pedir la mano de María.

Décadas después, él contaría la anécdota entre risas, pero en esos días de mediados de los ‘80 la misión parecía imposible. Como estilaban las familias de la época, el novio debía ir a la casa del patriarca de los Chahua para pedir a su vecina en matrimonio. Así lo hizo. En el primer intento fue echado por su suegro con un portazo en la cara; en la segunda incursión le fue mejor, solo recibió una advertencia de la madre de María que hoy arranca sonrisas entre las hijas de la pareja, pero que entonces parecía un insulto: “Mi hija no sabe cocinar, lavar o planchar; si te casas con ella, ya no hay devolución”.

–Mi papá pensó que era una broma de mi abuela, pero era verdad, dice Mayra entre risas que matizan el dolor de estas semanas.

En realidad, María deseaba ser una mujer empoderada y decidida a ganarse el pan de cada día con su esfuerzo antes que convertirse en una ama de casa tradicional, el inevitable destino que la sociedad le imponía a las mujeres de su época. Por eso, en su adolescencia viajaba regularmente a Jauja (Junín) para trabajar en una panadería junto a una de sus hermanas y agenciarse algunos soles. Estos ingresos luego le permitieron cubrir sus estudios técnicos de enfermería en Lima y cumplir su sueño de mujer independiente. “Mi mamá siempre nos decía que debíamos ser profesionales para no depender de ningún hombre”, recuerda Mayra.

A pesar de la advertencia de su suegra, Carlos acabó siendo el cómplice de los sueños profesionales de su esposa. En los primeros tiempos de la vida conyugal, María trabajaba y estudiaba, mientras él dedicaba buena parte de su tiempo al cuidado de sus hijas en el hogar. Ellas hasta ahora recuerdan, como si fuera una postal eterna de la infancia, el clásico iqueño que su padre cocinaba en esos días: picante de pallares verdes junto a una bandeja de sudado de pejesapo. Para cuando las niñas crecieron, Carlos siguió apoyando la carrera de María, ya sea llevándola a la Universidad Peruana Cayetana Heredia o recogiéndola luego de que se graduara como licenciada en Enfermería a los 43 años.

En la vida diaria, que forja los lazos de cualquier relación, más que una pareja, eran un equipo.

Con el transcurso de los años, los esposos comenzaron a pensar en la comodidad del retiro. Sus tres hijas –también dedicadas a la salud a través de la enfermería, la medicina y la psicología– recuerdan con nostalgia aquella etapa reciente. Sus padres sentados, viendo películas de acción, en la sala de su casa, ya sea por las noches o durante los fines de semana, luego de una ardua jornada laboral. “Para su futuro, mis padres habían decidido pasar más tiempo con sus nietos, viajar juntos y tener una casita en Ica”, cuenta Mayra sobre los planes de este matrimonio de tres décadas. El último viaje de la pareja ocurrió en febrero de este año, cuando visitaron los baños termales de Churín.

Un mes después apareció la pandemia y el mundo cambió. María llegaba a trabajar doce horas en el Centro Materno Infantil Manuel Barreto de San Juan de Miraflores, en el área de guardia de los recién nacidos, y atendiendo las consultas a los padres primerizos. También apoyaba en la distribución de los equipos de protección al personal que combatía en primera línea a la enfermedad y en el triaje de los pacientes que llegaban por Emergencia al centro de salud. Cerca del mediodía ella tomaba un respiro y salía de su trabajo para recoger su lonchera con el almuerzo recién preparado que le traía su esposo.

Por la grave crisis que vivían los recintos sanitarios, Carlos solo podía pasarle los alimentos a María través de las rejas que limitan el ingreso a Emergencias de este centro de salud. Esta arriesgada rutina se extendió hasta los primeros días del trágico mes de abril. En esas semanas, el deportista devoto del fútbol, del señor de Luren y de las damajuanas de Pisco, compartía en Facebook reflexiones ajenas en torno a la pandemia e incluso las noticias de los esfuerzos del alma mater de su esposa, la Universidad Peruana Cayetano Heredia, y de un grupo de laboratorios de su natal Ica, por desarrollar una vacuna contra el mortal virus.

Así transcurrieron los días hasta que Carlos se contagió de manera repentina: su destino estaba escrito en piedra. El 17 de abril falleció en su casa mientras su esposa también luchaba contra la enfermedad. A pesar del dolor de perder a su compañero de la vida y de los malestares que provocaba la infección, María se sobrepuso y siguió dando clases por Internet a sus alumnos de la Universidad María Auxiliadora, con un balón de oxígeno al costado. La separación de la pareja no duró mucho. Diez días después ella siguió los pasos del hombre con el que se casó en la Iglesia María Misionera de San Juan de Miraflores.

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Edith Grace Themme Runciman

Iquitos (Loreto), 1942

Trabajadora social

El reflejo de la luna llena en el río Amazonas cautivó de tal manera a Edith Themme cuando era una niña en Iquitos, que su último deseo antes de morir fue que sus cenizas fueran arrojadas a la corriente de la anaconda de agua que surca su tierra natal. De ascendencia inglesa por su madre y alemana por su padre, Edith fue la última de los tres hijos de aquella pareja. Según recordaba en sus conversaciones familiares, vivió una infancia de ensueño: en los primeros años sus sentidos alternaron entre los sonidos de la selva, el arrullo de las leyendas amazónicas y los acordes del piano que tocaba frente a los invitados a la casa de sus padres.

En aquel legendario Iquitos de inicios de los ‘50, Edith descubrió sus pasiones de la vida. La primera era asistir junto a su hermana Dora a las funciones de cine de matiné, alrededor de las 4 de la tarde, y después caminar en busca de un helado mientras comentaba los pormenores de la película. “El cine era una de sus pasiones”, cuenta su hija Carmen Agurto. Décadas después, Edith replicaría las tardes de su infancia en Piura, a donde se había mudado. Entonces, el género de ciencia ficción se convirtió en su especialidad y de todos los filmes de su tipo, la Guerra de las Galaxias fue su preferida.

Su segunda pasión afloró cuando conoció las actividades del Cuerpo de Paz de Estados Unidos en Loreto. Quizá inspirada por el trabajo de servicio público de esta organización o por su hermano mayor que era médico, Edith sentía una natural vocación de apoyo al más necesitado. Su interés por este tipo de carrera fue definitivo cuando sus padres recibieron la visita de una asistenta social brasileña. Después de darle la bienvenida con la tradicional interpretación de piano, Edith quedó fascinada con las explicaciones de la mujer sobre su trabajo. “En ese momento, hizo click con esta profesión”, cuenta su hija.

Con 16 años, Edith viajó a Lima para cursar la carrera de Trabajo Social en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Una vez acabados sus estudios, ella fue invitada en 1964 a colaborar en la tercera etapa del proyecto de colonización denominado San Lorenzo, en Piura. Este proyecto, promovido por el Banco Mundial para América Latina, buscaba transformar el desierto en un valle agrícola para cientos de familias. Su tarea era organizar a la comunidad en medio del calor y la arena. Tal era el compromiso de la joven asistenta social que llegó a comprarse un libro sobre fútbol para poder entrenar al equipo de menores de San Lorenzo y ganarse la confianza de todos.

“Así era mi mamá, siempre se entregaba”, dice Carmen.

Luego de aquel proyecto, en donde además conoció a su esposo, Piura se convirtió en el escenario de su vida adulta. Casada y con seis hijos, Edith llegó a trabajar en la Dirección Regional de Salud y ocupó el puesto de decana del Colegio de Trabajadores Sociales en la ciudad. En julio del año pasado, sus colegas y amigas en dicha institución le brindaron un reconocimiento por su “invalorable aporte al desarrollo del trabajo social”, y hace solo un mes, enteradas de su deceso, la describieron como la “peso pesado de nuestra profesión, con capacidad de trabajo y brillante”.

Entre las horas que le dedicaba al trabajo social, Edith también hallaba tiempo para asistir a las reuniones y los campamentos organizados por la Misión Rahma de Piura, como parte del movimiento fundado por el ufólogo peruano Sixto Paz Wells. “Mi mamá siempre fue una persona muy activa dentro del grupo, y a sus 78 años iba a las salidas de campo, donde siempre quería ella sola cargar todo su equipaje”, cuenta su hija, quien también integra dicho colectivo. Aunque el propio Paz disolvió este movimiento en los ‘90, Edith y sus compañeros aún cultivaban el crecimiento espiritual para el contacto con las llamadas “civilizaciones siderales” con el objetivo de despertar la conciencia de la humanidad.

Los últimos días de abril, ya en medio de la pandemia, Edith se encontraba planificando con sus colegas de trabajo social una videoconferencia por Zoom para elaborar un protocolo que les permitiera atender a los familiares de los pacientes con coronavirus en Piura. Sin embargo, de un momento a otro, la siempre activa mujer, empezó a sentir los síntomas de la enfermedad. Entonces, el sistema de salud había colapsado, y por más que su familia intentó buscar una cama disponible en los hospitales de la región, nunca la encontraron.

El 9 de mayo, consciente de su situación, Edith se despidió de su familia y se preparó para morir. Estaba en su silla de ruedas en la habitación de su casa en Piura. Tenía 78 años.

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Manuel Alberto Soplín Guzmán

Iquitos (Loreto), 1982

Trabajador del Seguro Integral de Salud

Casi tres décadas después de aquel partido, Manuel recordaría con detalle la noche que su hermano lo llevó al Estadio Nacional para ver fútbol. Entre el canto de la hinchada blanquiazul, los petardos y las bengalas, el niño de once años apenas logró escuchar su propio grito de euforia cuando Waldir Sáenz anotó en el último penal ante Cristal. Aquella liguilla histórica de diciembre de 1993 fue evocada por años en el equipo de La Victoria. Si para Alianza Lima ese triunfo significaba su regreso a la Copa Libertadores, para Manuel aquel gol marcaría un instante definitivo de su vida. En esta hora de dolor, su hermano Pavel recuerda aquella escena de la infancia con una sonrisa: “Se puso a saltar de la emoción”.

Desde entonces, Manuel siguió el sendero pelotero de sus dos hermanos mayores y decidió superarlos hasta convertirse en jugador profesional. En esos años de infancia, en los cuales uno hace amigos para toda la vida, participó en el semillero por excelencia del fútbol amazónico: el torneo ‘Pelota de trapo’ en Loreto. Luego llegó a vestir la camiseta de dos equipos de la región: el colegio San Agustín y la inconfundible alba del emblemático CNI de Iquitos, con la que brilló, como parte de sus divisiones inferiores, en un torneo internacional en Chile a mediados de los ‘90. Tenía casi 15 años, pero ya había saboreado algunos campeonatos.

“Dirigía a todo el equipo y los alentaba cuando iban perdiendo. Era un líder dentro de la cancha”, dice Pavel sobre el perfil futbolístico de su hermano. La crónica familiar revela que Manuel era un jugador polifuncional a lo largo y ancho del campo de juego. Cuando debía recuperar el balón en territorio ajeno se convertía en un volante de marca aguerrido, pero cuando debía repartir la pelota adoptaba la mentalidad de un entrenador antes del pase de gol. Por estas cualidades, a sus 19 años y luego de foguearse en el CNI de Iquitos, viajó a Lima para probarse en las grandes lides. Su destino, irónicamente, fue Sporting Cristal, el entonces campeón vigente del Torneo Descentralizado.

Sin embargo, solo estuvo una semana en el club rimense. Su corta estatura cortó el sueño pelotero de raíz. “Medía un metro cincuenta, y en el fútbol se buscan atletas, medir un metro sesenta ya es ser chato, imagínate a mi hermano”, cuenta Pavel. Aquel contratiempo no amilanó a Manuel, pero las escenas cotidianas de la vida limeña sí. Entonces, eligió volver a la soleada Iquitos para reconstruir su sueño. Sin mirar atrás, empezó a estudiar Administración de Empresas, consiguió trabajo en un banco local, luego en otras empresas locales, y hasta vio nacer a sus dos hijos. El trabajo y sus retoños marcaron su rutina semanal. Solo los sábados volvía a sus orígenes: vestirse de corto para batirse en pichangas interminables.

En los últimos tiempos, Manuel llegó a trabajar en el Seguro Integral de Salud. Para cumplir su labor debía recorrer durante semanas los pueblos más remotos de la Amazonía y afiliar a los miembros de las comunidades indígenas. Pavel recuerda que su hermano llegaba a pasar hasta 40 días fuera de su casa. “Lo hago por mis hijos”, decía para justificar sus largas ausencias. Pese a todo, el virus no lo atacó en la selva. Según su familia, se contagió en sus salidas al populoso mercado de Belén, que a fines de abril ya era uno de los mayores focos de la pandemia en Iquitos. Siendo el menor era el encargado de las compras de la semana.

En los primeros días de mayo, Manuel cayó enfermo y fue internado en Cuidados Intensivos del Hospital Regional de Iquitos. Su hermano Pavel recuerda que fue la última vez que lo vio: “Estaba consciente y lúcido, habló con sus hijos, con mi papá y con mi mamá”. Parecía una despedida. En las horas posteriores una ola de solidaridad emergió entre sus amigos. Desde Australia hasta Matute, los egresados de la promoción 99 del San Agustín de Iquitos, compañeros y rivales de las canchas que recorrió, y hasta los exjugadores del Alianza Lima que le tocó ver de niño, grabaron un video para homenajear al hombre que conocían con el apelativo Bolito.

Pocos antes de su deceso, y luego de su traslado a un hospital de Lima, sus amigos llegaron a colgar el video en Facebook. En una de las imágenes aparece Waldir Sáenz, el goleador que Manuel admiraba de aquel legendario equipo de potrillos de 1993. Si Bolito vio o no aquel video apenas importa. Lo único cierto es que, hasta el final de sus días, Manuel recordaría la noche que su hermano lo llevó, entre petardos, bengalas y goles, para ver al Alianza Lima de sus amores.

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Baltazar Fiestas Querevalú

Pariñas (Tumbes), 1953

Pescador

Tanto amaba Baltazar Fiestas a su pueblo que el día que conoció al expresidente Alejandro Toledo, asiduo veraneante de las playas de Tumbes, este le llegó a preguntar, con aquella voz engolada que lo caracterizaba: “Balto, ¿qué quieres? ¿una lancha? ¿una casa? ¿un trabajo?”. Cuenta la leyenda, que el pescador le contestó con la serenidad de las olas en una mañana despejada: “presidente, quiero que mi caleta sea distrito”. La respuesta fue suficiente. Según la anécdota contada por Lenin Puell, periodista y amigo de ‘Baltito’, ese mismo año el gobierno creó el distrito de Canoas de Punta Sal. Por historias como aquella, la partida del viejo pescador dejó un mar de lágrimas en la caleta cercana a la frontera con Ecuador.

“Se fue un grande. Cuando venía a mi casa, siempre me preguntaba qué más podía hacer por su pueblo”, dice el periodista tumbesino. Baltazar dedicó toda su vida al mar y a su pueblo, que para él eran lo mismo. En Cancas, capital de Canoas de Puntal Sal, caleta ancestral de pescadores, gente humilde y amable, Baltazar siempre fue considerado una autoridad en todos los ámbitos. Sargento de playa, teniente gobernador, presidente del gremio pesquero, creador del himno del distrito y hasta anfitrión del expresidente Toledo durante su gobierno.

Su hija Mercedes Fiestas Eche cuenta que don Baltazar pasaba largas jornadas en el océano Pacífico, mientras ella y sus cinco hermanos esperaban, a orillas del mar, que el pescador regresara como si se tratara de una ceremonia en honor a Poseidón. “Cuando volvía en su lancha Junín lo ayudábamos a jalar sus redes. Traía meros, langostas y caracoles. Lo mejor era para su familia. El resto del pescado lo vendía a varios compradores”, dice su hija, quien migró a Lima a los 16 años en busca de mejores oportunidades.

En otros tiempos, mucho antes de que su piel se curtiera por el agua salada y sol inclemente por la cercanía a la línea ecuatorial, Baltazar llegó a ser un infatigable futbolista que defendió varios equipos en el vecino distrito de Mancora en Piura. Incluso, el Club Carlos Mannucci de La Libertad quiso llevarlo a sus filas. “Él tuvo miedo de irse, no quería dejar a su madre. Siempre contaba que si hubiera aceptado esa propuesta hubiera sido otro su destino, pero pensó más en su familia”, recuerda su hija.

El corazón de Baltazar era generoso, según Mercedes, tanto que aun cuando la gente lo criticaba, él solo respondía con buenas acciones y sin rencor. “Era una persona desprendida”, dice el periodista Puell. El 27 de marzo pasado, con todo y cuarentena, celebró su cumpleaños 67 en compañía de su familia. Mercedes recuerda que aquel día el pescador se río tanto que ella pensó que algo malo le ocurriría. La pandemia recién tocaba las puertas de Tumbes.

Dos meses después enfermó de una gripe a la que no le hizo caso, hasta que los síntomas se agravaron y fue necesario trasladarlo al centro de salud de Cancas. La doctora que lo atendió le hizo un hisopado para saber si estaba contagiado, le dio unas pastillas y le recomendó guardar reposo. Sin embargo, Baltazar no podía estar quieto. Semanas atrás había sido operado exitosamente de una fractura en la pierna a raíz de un accidente de mototaxi, pero aun así quería seguir haciendo sus cosas del día.

“Siempre me decía que no podía estar en la casa, que su vida era el mar”, recuerda Mercedes, quien dejó Lima para volver a Tumbes preocupada por su accidente.

Como los síntomas continuaban, Baltazar regresó al centro de salud y esta vez le hicieron una prueba rápida que resultó siendo positiva. La doctora mandó al padre, a Mercedes y a su hermana a cumplir aislamiento domiciliario. Una semana después, comiendo poco y con mucha sed, el pescador empezó a tener serios problemas de respiración. Era domingo por la mañana cuando ocurrió lo inevitable.

“Nos preocupamos mucho. No sabíamos qué hacer. Pero él me tomó de la mano, dio dos suspiros y allí nomás quedó”, cuenta su hija.

A pesar del difícil trance por la tragedia, Mercedes aún se siente afortunada porque pudo estar cerca de Baltazar en su hora final. “Todos los días lo cuidaba y le decía que lo amaba. Agradezco a la vida por darme la oportunidad de despedirme de mi padre”. Para la hija de Baltazar en realidad fue un hasta luego, como cuando el pescador de Canoas de Puntas se lanzaba a la mar.

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Hugo Reynaldo Pampa Mallqui

Lima, 1963

Suboficial de la Policía

Hugo Pampa dejó un recuerdo para cada uno de sus hijos. El primero fue para Bryan, quien siguió los pasos de su padre en la Policía. El joven recibió una antigua y pequeña placa de metal, cuyo centro exhibe un lustroso escudo del Perú. Alrededor de este, una cinta negra en forma de círculo se exhibe junto al nombre en letras doradas de la legendaria PIP, como los antiguos conocían a la Policía de Investigaciones del Perú, extinguida a finales de los ‘80. El suboficial Pampa ingresó a esta unidad a los 18 años y ahí desarrolló las viejas artes y el olfato de los detectives de la época. “De los pocos que quedaban de la PIP, mi papá era uno de los mejores”, dice su hija Mary Ann. Según ella, que su padre haya conservado dicha placa durante 40 años refleja el orgullo que tenía por el lema de esta unidad: Honor y Lealtad.

El segundo recuerdo fue para Sebastián, el menor de sus cuatro hijos. “Cuando lo veas hecho y derecho, entrégale el anillo”, dijo Pampa a su hermano poco antes de fallecer. El anillo fue elaborado por sus 38 años de vida policial en el marco de una ceremonia que congregó a sus colegas de promoción. En esas casi cuatro décadas de servicio, Hugo recordaba con orgullo cuando el comando lo destacó a Andahuaylas, en Apurímac, en plena lucha contra el terrorismo de los ‘90. Durante dos años, ‘Pampita’, como lo llamaban sus colegas, vivió en esta provincia de los Andes junto a su esposa y sus hijas gemelas: Rose Mary y Mary Ann. “Recuerdo que nos llevaba a las granjas, donde nos regalaban leche recién salida de la vaca”, relata la última. Esos días hicieron que el curtido policía siempre anhelara comprar una casa en la sierra para pasar su vejez.

El tercer recuerdo fue una caja con monedas de S/1 de colección. Bryan las descubrió cuando fue a recoger las cosas de su padre en su unidad policial. Mary Ann cree que están destinadas para su hermana. Con 24 años y gracias a una beca, Rose Mary llegó a España en 2008. “Aún recuerdo la llamada que le hice en mi segundo día en Madrid”, cuenta la gemela. Ella contactó a su padre en Lima, pues sentía por primera vez la soledad. “Hija, si quieres volverte dímelo y te envío el billete hoy mismo”, fue la respuesta que recibió. Pampa no tuvo que pensar mucho en los costos repentinos de traer a Rose Mary a casa. Ella conocía el amor de su padre: “Hubiera movido cielo y tierra para conseguir los pasajes”.

El cuarto recuerdo llegó de manera extraña durante un viaje familiar a Trujillo. En enero, las gemelas lograron convencer a su padre de acompañarlas en un viaje a la ciudad de la eterna primavera. “No sé por qué aceptó ir con nosotras, pues siempre nos pedía que ahorremos nuestro dinero cuando queríamos consentirlo”, dice Mary Ann. La travesía duró tres días y dos noches. En aquellas jornadas Pampa debió apelar al físico de sus mejores años en la PIP para seguir el ritmo de la juventud. De tour en tour y a pesar del verano norteño, el veterano policía dio la talla. Una de esas jornadas, al final de la aventura turística, el padre se echó en la cama a descansar mientras sus hijas se recostaban a su lado como cuando eran niñas.

En ese momento de ocio, el suboficial decidió compartir con ambas los misterios de una canción que le gustaba por la voz del cantante, pero que no llegaba a entender porque era interpretada en francés. Entonces, de su celular empezó a emanar la melodiosa entonación del artista kazajo Dimash Kudaibergen, invadiendo la habitación del hotel trujillano en el que estaban hospedados. “Pourquoi je vis, pourquoi, je meurs?”, decía la letra de la canción. Aquella noche Mary Ann no entendió por qué la canción de un artista de las estepas asiáticas concentraba la atención de su padre, tampoco le dio mucha importancia a aquel misterio y lo dejo pasar.

En su cabeza solo resonaba la decisión familiar que habían tomado durante aquel viaje: los hermanos y el padre, de ahora en adelante, celebrarían juntos cada cumpleaños, sin importar el día del calendario. Así cumplió su promesa la familia Pampa, cuando llegó el cumpleaños de Sebastián, el pasado 17 de enero, y también cuando Hugo Pampa alcanzó los 57 años, el 15 de marzo. Tuvo que llegar una pandemia desde Oriente para quebrar el pacto familiar. El cumpleaños de Mary Ann debía celebrarse el 30 de marzo, pero debió ser postergado por la cuarentena.

“Pensábamos que ya se iba a levantar la inmovilización, pero siempre terminábamos postergando el encuentro”, dice su hija. La celebración con papá ya no fue posible. La primera semana de mayo, Mary Ann acompañó a Hugo Pampa en sus últimos días, incluso llegó a filmar sus esfuerzos por conseguirle una cama de cuidados intensivos con respirador. El suboficial del departamento de investigación criminal de Chaclacayo falleció el 13 de mayo en medio de los peores días de la pandemia. “Cuando se levante la cuarentena haremos el postergado encuentro, pero ya será en el cementerio”, cuenta Mary Ann con el aplomo de acero heredado del padre.

Después de su muerte y del ajetreo propio de la despedida, las escenas del viaje a Trujillo regresaron con fuerza a la mente de Mary Ann. En esas imágenes, además de las risas, de los tours y del inclemente sol de esos días, recordó la melodía que llamaba la atención del veterano PIP e intentó descifrar su significado. Por eso se sorprendió cuando halló la canción y su traducción al español: “Pourquoi je vis, pourquoi je meurs?” era “¿Por qué vivo, por qué muero?”. El misterio parecía más enigmático. Mary Ann pensó que la vida era rara, pero no se complicó porque entendió que el último recuerdo que les dejó su padre era aquella imagen “echados en la cama y riéndonos felices”. Entonces, ella volvió a sonreír.

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Alberto Ulises Angulo Andrade

Otuzco (La Libertad), 1960

Comerciante

En sus últimos años en Piura, Ulises estuvo acompañado por Django, un perro blanquinegro, de mirada profunda y pecho henchido. Natural de Otuzco (La Libertad), había llegado a las calurosas calles piuranas a fines del 2017, luego de administrar por décadas un puesto de venta mayorista de cebollas en el mercado de La Hermelinda, en Trujillo. Los ingresos de este negocio le habían permitido construir una casa en La Libertad y educar a sus seis hijos. Sin embargo, cuando las ventas empezaron a caer, su talento innato en los mecanismos secretos del comercio lo impulsó a separarse temporalmente de su familia para emprender nuevos proyectos en la región vecina.

Por los avatares del negocio, la pandemia encontró a Ulises fuera de su tierra natal y lejos de los suyos. La soledad de aquellos días, sin embargo, fue compensada por la compañía de su mascota. Como no podía ser de otra manera, había bautizado al perro con el nombre de Django porque era fanático de la clásica película del director italiano Sergio Corbucci, uno de los capos de los spaguetti western de los 60. El comerciante norteño era, en pocas palabras, un adicto de los filmes de vaqueros que programaba el cine Trujillo en aquellos años. Sobre todo, como manda el canon del género, de las películas del genio italiano, Sergio Leone, y de sus favoritos Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach.

“Mi papá solo leía revistas de vaqueros”, cuenta su hijo Denis. Por eso, la entonces pareja de Ulises se sorprendió cuando, a fines de los 80’, el comerciante mayorista de cebollas se dedicó a comprar decenas de libros de todo tipo para armar una biblioteca en casa. “Mi mamá le preguntaba: ‘¿por qué compras tantos si no los vas a leer?’, y él respondía que eran para sus hijos”, recuerda décadas después su primogénito. Si bien contó con el apoyo de sus herederos en el mercado, nunca los obligó a seguir sus pasos. Con la biblioteca, Ulises buscaba darles la oportunidad de descubrir su propio futuro. “Nos permitió elegir”, dice Denis, quien hoy es arqueólogo y cuya primera aproximación a esta carrera fue con un libro de historia adquirido por su padre.

Ulises cultivó una relación cercana con sus hijos, que se reflejaba en las reuniones familiares en Trujillo, en donde conversaban mientras comían y departían unas cervezas. “Se podía hablar de todo, nunca creyó que sus ideas fueran más importantes que las nuestras”, recuerda Denis. Ahora, él extraña mucho levantar el teléfono para llamar a su papá y conversar de las cosas de la vida. En uno de esos últimos diálogos, Ulises le llegó a confesar que en el futuro quería regresar a Trujillo para tener una vida tranquila en casa y poder comprarse un carrito para salir a trabajar. “Sino me voy a aburrir, soy una persona que siempre ha trabajado”, contaba Ulises por teléfono.

Una de las últimas conversaciones entre Denis y su padre ocurrió en plena pandemia. Con el Hospital Santa Rosa de Piura colapsado y una neumonía confirmada por tomografía, Ulises fue contundente por teléfono: quiero regresar a Trujillo para estar con ustedes. Ante este pedido, una de las hermanas Angulo Mendoza se subió a un camión de transporte de carga y llegó a Piura a las 6 de la mañana del 24 de abril. “Mi papá insistía en que era una gripe”, recuerda Denis. Cuatro horas después, y encomendándose a la Virgen de la Puerta de Otuzco, Ulises recorría la carretera de regreso a Trujillo, como pasajero junto a su hija y Django en un carro particular, del cual colgaba una bandera blanca en señal de emergencia.

En aquel trayecto, Ulises pudo haber rememorado sus viajes de antaño por la Panamericana Norte para trasladar mercadería, en especial sus aventuras de carretera en los ‘80. Según la historia que le gustaba recordar, él fue uno de los tres comerciantes que en 1983 logró llegar a Lima para comprar 20 toneladas de alimentos durante las lluvias torrenciales del Fenómeno del Niño, y luego regresar a Trujillo, a pesar del bloqueo de huaicos a la altura del río Lacramarca en Chimbote. Esa proeza, celebrada en su época por los comerciantes locales y ocurrida pocas semanas antes del nacimiento de su primer hijo, fue definitiva en su vida. “Tú eres mi cábala”, le solía decir Ulises a Denis, su primogénito, sobre aquellos acontecimientos. Por eso le puso el mismo nombre de su hijo a su puesto de ventas mayoristas en el mercado La Hermelinda.

Si bien en el pasado había vencido a un fenómeno de la naturaleza, hoy peleaba contra una pandemia. Por eso, aquel último viaje de vuelta a Trujillo era diferente para el veterano comerciante. El 24 de abril, arribó directamente al Hospital Regional de La Libertad. “Mi papá llegó descompensado, con una saturación muy baja”, dice Denis. Al día siguiente, ya internado recibió su cumpleaños número 60 en una camilla de dicho nosocomio. El buen hombre que llevaba el nombre de un héroe homérico vivía sus últimas horas. Aún así, consiguió despedirse de su familia con un pedido final que siempre evocará su entrañable amor por los animales y su pasión por el spaguetti western de sus años mozos: “no abandonen a Django”.

La familia Angulo honró su pedido.

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Gloria Esperanza Gonzales Lévano

Callao, 1953

Ama de casa

A partir de las 6 de la tarde, de cada 24 de diciembre, la señora Gloria Gonzales subía a un taxi junto a su esposo Celso Vidal y recorría los alrededores del Callao entregando juguetes, panetones y ropita a los niños que encontrara en la ruta. “Siempre fue caritativa; de un pan comía un millón de personas”, recuerda su hijo Enrique, a casi dos meses del fallecimiento de su madre. Por este motivo, su familia no se sorprendió cuando, sin avisar a nadie, Gloria viajó del puerto chalaco, en donde vivió toda su vida, hasta Carapongo, en Chosica, para cocinar carapulcra, aguadito y arroz, y así alimentar a los damnificados del Fenómeno del Niño Costero del 2017. “Así era ella”, dice Enrique.

Gloria tenía ascendencia cañetana, pero había nacido en el Callao en los años 50’. Sus primeros años de infancia transitaron en la zona conocida como Villegas, en ese entonces un territorio agrícola que alojaba a migrantes de la costa y de la sierra peruana, y donde actualmente se erige una parte del sector industrial de la avenida Argentina junto a los centros comerciales Minka y Maestro. Durante esa época, la infancia de Gloria fue marcada por la ausencia de sus padres: nunca conoció a su papá, mientras que su mamá dedicaba la mayor parte de su tiempo a viajar hacia la frontera sur del Perú y a los países vecinos de Argentina y Chile para comercializar ropa.

Por estas circunstancias de la vida, Gloria fue criada por su abuela y sus tíos, a quienes llamaba hermanos pues eran sus contemporáneos. En su adolescencia, la familia se trasladó con ella al sector de Reynoso, actualmente en Carmen de la Legua. Fue en este barrio chalaco que ella conoció a los 13 años a Celso Vidal, un jovencito que entonces vivía en el mismo vecindario y con quien comenzó un romance que duraría décadas y que con el tiempo traería al mundo a tres hijos. Sin embargo, nada es fácil en esta vida. Los avatares de la rutina diaria crearon mil obstáculos para separar a la pareja antes de su unión definitiva.

En aquella época, Gloria trabajaba junto a su abuela en La Punta, limpiando casas, mientras que Celso vivía confinado en el instituto naval. Para evitar el quiebre de su relación armaron un plan que fuera capaz de sacarle la vuelta al mismo destino. Cuando a Gloria le tocaba limpiar en una casa cercana a la escuela de la Marina, ella pedía permiso un par de horas para pasear por los alrededores a la espera de Celso. Cuenta la leyenda familiar que, en esos instantes, Gloria esperaba que su futuro esposo aprovechara la primera oportunidad para lanzarse al mar y luego nadar hasta La Punta. De esta forma podía evadir a los altos mandos de sus vidas: la abuela y los jerarcas de la Marina.

Una vez consolidada la relación, la pareja vivió en la azotea de la casa del papá de Celso, en Reynoso. “Era un techo para vivir con lo necesario”, asegura el hijo de aquel matrimonio. A pesar de solo tener estudios primarios, Gloria exhibía la sapiencia de una repostera de leyenda. Era capaz de preparar todos los postres clásicos de la cocina limeña: desde mazamorra morada, hasta crema volteada y leche asada. Luego, para sacarle el jugo a sus habilidades culinarias, los vendía en la puerta de su cuadra. Con los ingresos de aquellas ventas y del trabajo de Celso como soldador en una empresa, la pareja logró levantar dos pisos adicionales en la misma casa. Ahí vivieron hasta el otoño de sus días.

Su familia recuerda a Gloria escuchando las canciones de la reina del bolero peruano Gaby Zevallos o a Rulli Rendo, ícono de una serie de canciones que se conocerían como la nueva ola en los años ‘70. También era usual encontrarla cociendo o con palitos de tejer en las manos, al lado de un ovillo de lana, y un aperitivo que ella misma había patentado, haciendo gala del ingenio chalaco, como el “Clásico”: un poderoso combo que incluía una botella de Inka Kola, aquella que se conoce como ‘Gordita’, y una bolsa de snacks de chicharrón. En esas largas jornadas de costura, y en los años de crisis económica de los ‘80, llegó a crear una réplica exacta de los uniformes escolares para sus tres hijos.

Ya en su vida adulta –y a pesar de haber sobrellevado una infancia con padres ausentes– Gloria volcó parte de su tiempo en ayudar al más necesitado. Además de sus salidas tradicionales previas a la nochebuena y sus arrebatos imprevistos que la llevaban a zonas en emergencia, llegó a brindar clases gratuitas de tejido con lana a grupos de mujeres en el barrio. Incluso tenía planeado crear un club de madres para que recibieran conocimientos técnicos en manualidades. Su vocación por servir, según su familia, se consolidó en 1997 cuando asistió por primera vez a la parroquia Sagrado Corazón de Jesús y María del Callao. “La invitaron a reuniones y ahí empezó su camino en favor del prójimo”, dice su hijo.

Desde entonces, se recuerda su compromiso por el otro. En el vecindario, sus parientes más cercanos se referían a ella como su “abogada”, pues siempre peleaba para buscar un poco de justicia frente a las adversidades más cotidianas de la vida. “Mi mamá siempre ha sido una justiciera ante cualquier problema que hubiera en la familia. Se murió dejando muchos consejos y llevándose muchos recuerdos”, dice Enrique.

Con la admiración y respeto que todo su entorno le guardaba, Gloria –la hija del Callao, la experta en carapulcras, mazamorras y tejidos a doble punto y medio punto– dejó su entrañable barrio de Reynoso el pasado 6 de abril, con 66 años.

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Luis Gonzales Llontop

Monsefú (Lambayeque), 1953

Periodista

Recibirse de abogado a los sesenta años es una hazaña digna de ser recordada. Luis Gonzales Llontop lo hizo a punta de persistencia. Luego de haber padecido una niñez con muchas carencias, el hombre descubrió que solo el estudio podía salvarlo de la pobreza. Entonces aprovechó las oportunidades que se le presentaron y estudió de a pocos. Primero llevó la carrera de Relaciones Públicas en un instituto local y luego Periodismo en la Universidad de Chiclayo. Luego vino el Derecho e incluso una maestría en Gestión Pública. “Uno nunca deja de aprender hasta el día que muere”, decía con frecuencia, según recuerda su hijo Edgard.

Natural de Monsefú, en Lambayeque, el señor Gonzales fundó un programa periodístico local que en junio de este año cumpliría 35 años al aire. Su voz no solo es reconocida en su pueblo, sino en toda la región, y así lo acreditan los cientos de mensajes de condolencias en sus redes sociales y las llamadas a sus familiares. 

Gonzales tuvo una activa vida como periodista: fue corresponsal de varios canales de televisión nacional, y también se desempeñó como redactor de diarios locales; además de eso, fue vicedecano del Colegio de Periodistas del Perú – Filial Lambayeque. Aunque recibió propuestas para trabajar en otras regiones, nunca dejó su tierra.

Desde que empezó la pandemia, trabajaba de forma remota, hasta que los síntomas de Covid-19 lo obligaron a dejarlo todo.

Con esos pergaminos, cualquiera lo hubiera imaginado haciendo planes para el retiro, pero Gonzales era incansable: en el futuro planeaba abrir un centro de conciliación extrajudicial donde trabajaría con su hijo Edgard, quien le siguió los pasos y estudió las carreras de Comunicación y Derecho. 

En una entrevista que le realizó una revista local a propósito del Día del Periodista, el señor Gonzales se precia de dos cosas: de que nunca participó en Política y de que supo cuidar su prestigio profesional. “El periodismo es una de las profesiones que requiere del conocimiento general actualizado en diferentes materias”, apuntó. Lo dijo un hombre que completó su tercera carrera a los sesenta años y quería seguir aprendiendo. Por cosas como esa, hay una audiencia que extrañará su voz. 

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Víctor Amaya Cheng

Piura, 1972

Empresario de transporte

Hay personas que convierten sus debilidades en una fuerza motivadora para superarse. Víctor Amaya Cheng padecía diabetes, pero eso no le impidió ser un viajero empedernido que recorrió medio Perú en distintos tipos de vehículos. Su amor por los carros comenzó cuando tenía 13 años. A esa edad aprendió a manejar. El primer auto que condujo fue un Ford Falcon, que era de su padre. Después se compró una camioneta Dodge. Siguieron después vehículos más modernos, una mototaxi con la que se fue hasta Ecuador, y una motocicleta en la que Amaya y su hijo hicieron varios viajes por el país.

Amaya fue un hombre de mil oficios. Antes de fundar una pequeña empresa de transportes, iba todos los fines de semana a la frontera con Ecuador, de donde traía medicinas y frutas para vender en Piura. En otra época trabajó brindando el servicio de taxi Piura-Chiclayo. Toda persona que se forja a diario de esa forma tiene historias que lo marcan y él no fue la excepción. 

Quizá la más notoria fue la de una vez que recogió a un niño de la calle que pedía limosna cerca del paradero. “Lo llevó a la casa, lo aseó, le compró ropa, lo adoptó. Pero a los tres días, el niño se escapó de la casa. Lo volvió a encontrar, pero entendió que el niño se había acostumbrado a la calle”, dice su hijo Víctor. 

¿Cuánto comprendemos en realidad de las cosas que fueron valiosas para los que ya no están? ¿Las recordamos por las razones correctas? En la memoria de su familia, Victor Amaya era un hombre capaz de regalarle medicinas a un niño enfermo o de preparar sánguches en plena pandemia para los soldados que cuidaban las calles. La memoria de los gestos es lo que nos salva del olvido. 

Antes de que enfermara, don Víctor conversó con su hijo y le prometió que celebrarían su cumpleaños. “Yo vivo en Chiclayo, y estoy terminando de construir mi casa. Nuestro plan era que el 12 de julio celebraríamos mi cumpleaños acá”, dice el hijo. Su padre le había prometido cocinarle un rico frito para su onomástico, intuyendo que entonces ya habría acabado la cuarentena.  

Uno de los últimos deseos de don Víctor fue que, cuando acabe la emergencia, su familia realice una fiesta para recordarlo. Por los protocolos de salud, su cuerpo fue cremado. “Él no quería ser despedido en silencio, por eso pidió que luego de que pase todo esto hagamos una reunión con todos sus amigos del Perú y de otros países. Lo haremos. Está pendiente”, se promete Víctor. 

El hijo del señor Amaya quiere pensar que, mediante este gesto, él sonreirá desde el cielo, como en las fotos familiares donde aparece con ese gesto. Es una bonita imagen para continuar con la vida. 

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Silvio Valles Lomas

Masisea (Ucayali), 1977

Alcalde y líder indígena

Silvio Valles Lomas nació en la comunidad nativa de Vista Alegre (Pachitea), en Masisea, en la región de Ucayali. Desde muy joven se involucró con los movimientos sociales en defensa de los pueblos amazónicos originarios. Según cuenta Cecilio Soria, amigo cercano desde hace más de 20 años y funcionario de imagen institucional de la comuna, el hermano Silvio, como él lo llamaba, se involucró en la política porque vio de cerca el sufrimiento de los más humildes, de los campesinos y del pueblo shipibo.

Soria, también líder indígena desde los 80, recuerda con cariño los años en que empezó su amistad con Silvio Valles, cuando era un estudiante de contabilidad de la Universidad Nacional de Ucayali, en Pucallpa. Entonces Valles vivía solo y encontraba refugio y alimento en la casa de Soria.

“Lo que me gustaba de él era su persistencia y su carisma. Él también me animaba a mí. Yo siendo mayor, lo admiraba. Pero él me decía: No, yo te admiro a ti. […] Nos queríamos mucho”, dice entre risas al recordar la complicidad que tenían.

La tenacidad y cercanía con los pueblos indígenas fueron las características que lo convirtieron en el primer alcalde shipibo-konibo de Masisea, uno de los distritos más antiguos de Ucayali, luego de tentar el sillón municipal hasta en tres ocasiones previas. Para Cecilio Soria, su amigo no solo era un líder social, sino también un buen técnico, algo que había logrado trabajando como funcionario en el Instituto de Desarrollo de las Comunidades Nativas (Irdecon), del Gobierno Regional de Ucayali. 

Valles Lomas quería seguir el ejemplo de líderes indígenas de América Latina que lograron ser presidentes de sus países. Por eso, también planeaba postular al Gobierno Regional de Ucayali o al Congreso de la República. Su visión quedó expresada en el llamado que hizo durante el ‘Primer Encuentro de Embajadores y Ministros en la Amazonia por el Cambio Climático’, evento emblemático de su gestión, donde destacó la importancia de cuidar de los ríos y lagos por tratarse de “la sangre de la madre tierra”. 

Su novia Lideny Rodríguez, con quien planeaba casarse este año y quien lo acompañó hasta sus últimos momentos, lo recuerda como un gran líder que supo mantenerse siempre humilde y accesible para los demás. “Era una persona que siempre ha luchado por su pueblo. Y siempre lo recuerdan como una persona que no los abandonó, siempre estuvo allí cerca, visitando. En la pandemia ha recorrido todos los caseríos y comunidades, ese fue su último caminar, llevando víveres. Tal vez allí fue su contagio”, dice.

Lidely Rodríguez rememora las peripecias que debieron vivir para procurar medicinas para el alcalde. Tuvieron que buscar por todo Pucallpa el oxígeno que necesitaba. “Morían a su costado, y eso estremecía a mi pareja. Y en la tarde, en la noche no había nadie que lo atienda”. En su desesperación por auxiliarlo, ella intentó ingresar al Hospital Amazónico de Yarinacocha, donde estaba internado, pero no se lo permitieron por el riesgo que implicaba para su salud. “Yo no tenía miedo”, cuenta.

Organizaciones de defensa de los pueblos indígenas y los derechos humanos han lamentado la partida de Silvio Valles Lomas, a quien reconocen como aliado de varias luchas sociales. La comunidad shipibo-konibo resiente la ausencia de uno de sus hijos. 

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Eber Espinoza Mestanza

Niepos (Cajamarca), 1966

Teniente brigadier de bomberos

La única vez que la señora Lucero Quispe Sandoval se opuso a la labor de su esposo, fue cuando estalló la pandemia. Ella le rogó que no saliera de casa durante esta amenaza tan extraña, porque tenía un mal presentimiento, y que al menos esta vez enviara a otras personas. El teniente brigadier Eber Espinoza le respondió como siempre que atendía accidentes, urgencias médicas o incendios. “Debo estar al frente de mis muchachos y dar el ejemplo. No los puedo dejar solos”, recuerda ella que le dijo. Espinoza ingresó al cuerpo a los veinte años de edad. Aunque estudió para contador, su verdadera pasión siempre fue el servicio de rojo. “Era independiente y acomodaba sus horarios para pasar más tiempo en la compañía”, cuenta la esposa. Treinta y tres años después, ya como comandante departamental de los bomberos de Lambayeque, seguía siendo un hombre de acción para las emergencias. Semanas antes de contraer el coronavirus estuvo apagando un incendio forestal en Olmos. Su esposa, que era la presidenta fundadora de la Asociación de Apoyo a los Bomberos de Lambayeque, dice que en el tiempo que trabajó en esta institución los jefes tenían un horario fijo, pasaban la mayor parte de su tiempo en la oficina, viendo temas administrativos. Sin embargo, el teniente brigadier Espinoza todavía acudía a los cursos de capacitación y a los entrenamientos físicos: corría, trepaba, saltaba soga, atravesaba obstáculos. Estaba con sus bomberos. Conocedor de las grandes carencias que padecen esos voluntarios del rescate, el teniente brigadier pasó los últimos años de su vida intentando conseguir más fondos para costear la reparación de cisternas, comprar más vehículos y procurar que a los bomberos no les faltaran implementos.  Su trabajo es reconocido en la zona norte. Los vecinos del centro de Chiclayo lo recuerdan porque en el 2017, durante las lluvias de El Niño costero, los organizó para comprar una motobomba y desempozar varias casas que se inundaron. “Cuando falleció, me llamaban cada cinco minutos, a darme las condolencias, gente desconocida que decía que mi esposo los había salvado”, cuenta orgullosa Lucero Quispe.

Una de esas llamadas vino de la Comandancia General de Bomberos de Lima, para decirle que a su esposo le darán un ascenso póstumo porque murió en servicio. La última medalla es el recuerdo, y Espinoza se lleva muchas.

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Nildo Celestino Contreras Huaringa

Tarma (Junín), 1984

Sereno de la Municipalidad de Ate

Por herencia paterna estaba predestinado a ser hincha del Club Deportivo Municipal, el entrañable equipo de la franja. Sin embargo, los misteriosos senderos del evangelio pelotero lo convirtieron en adepto del F.C. Barcelona. Nildo –nacido en Tarma, la ciudad de las flores, y conocido en el hogar por su disciplina casi militar– era fanático de Messi. En los primeros años de aquella fe pagana por el argentino miraba sus goles frente a un televisor de mortales. Todo cambió cuando ingresó a laborar al Serenazgo del Municipio de Ate. Entonces, se dio el lujo de una vida de esfuerzos y compró una pantalla plana de 55 pulgadas para ver al genio rosarino en HD. Su padre, de haber estado vivo, habría perdonado la afrenta futbolística.

Julio Ramón Ribeyro retrató a Tarma como una ciudad suiza en los Andes: bucólica, de vivos colores y repleta de vacas lecheras. Nildo creció jugando con sus cuatro hermanos en medio de paisajes hermosos; admirando a su madre, quien asumió las riendas del hogar tras la prematura muerte de su padre a los 36 años; y saboreando los secretos del guiso de cuy y el conejo al horno que ella preparaba en Navidad. Era un hogar de escasos recursos, pero de mucho amor. “Su mamá tenía sus animalitos y a él le encantaba”, cuenta Candy Arenas, la mujer que tiempo después se convertiría en su compañera de la vida.

Nildo dejó Tarma a los 18 años. Como muchos otros jóvenes de su edad llegó a Lima a probar suerte y se puso a trabajar apenas encontró vacante en una fábrica de textiles. Allí conoció a Candy en el 2005. “Él trabajaba en el área de corte de textiles y yo en control de calidad. Por amigos en común nos llegamos a conocer”, recuerda su pareja. Luego la vida hizo lo suyo. Se enamoraron, alquilaron una casa en Huaycán (Ate) y llegaron los bebés, dos niñas que hoy tienen 13 y 3 años. En ese hogar, Candy conoció en todo su esplendor uno de los rasgos definitivos de Nildo, su implacable afán de pulcritud.

En sus mejores días, Nildo aparecía con tres baldes, el primero con agua, el segundo con lejía y el tercero con ambientador, y se ponía a trapear la casa de arriba a abajo. El mismo empeño obsesivo le dedicaba a su ropa de trabajo. “No podía tener una sola prenda arrugada”, recuerda Candy. Sus fotos le hacen justicia. Siempre aparece con el uniforme impecable y sonriendo. Para entonces, Nildo ya estaba trabajando en la base Huaycán del Serenazgo de Ate en tres turnos rotativos: mañana, tarde o madrugada. “Le gustaba su trabajo porque siempre quiso ser policía; le encantaba formar y desfilar”, dice su pareja con orgullo.

Ese cariño por el uniforme azul oscuro de los serenos era visible entre sus compañeros que, en vida y ahora cuando lo despiden en Facebook, lo recuerdan de buen humor y haciendo bromas a discreción. Por eso lo bautizaron con el inapelable apodo de ‘Chiste’ desde que ingresó al serenazgo en 2014. Su familia también lo recuerda alegre, nunca triste. Sin embargo, el coronavirus nos cambió a todos. En las primeras semanas de la pandemia, Nildo –que se bañaba literalmente en alcohol antes de ingresar a casa– parecía asustado por lo que veía durante sus patrullajes por las calles de Huaycán. No se respetaba la cuarentena.

A pesar de la situación de alto riesgo nunca abandonó sus recorridos por las calles de Ate, su empeño como sereno en la primera línea de fuego y la necesidad de mantener la economía familiar estaban por encima de todo. A principios de mes, ocurrió lo impensable. Nildo enfermó y tuvo que ingresar al Hospital de Essalud de Ate. El 11 de mayo, a las siete de la mañana, la enfermedad lo venció. Tenía 36 años, la edad de su padre cuando falleció en Tarma. El día anterior había conversado con su pareja por teléfono. En casa no esperaban el fatal desenlace.

En los últimos años, además de haber visto nacer a su segunda hija, de seguir saboreando los platos de su mamá cuando lo visitaba y de conseguir ahorrar algo de dinero, Nildo decidió amoblar la casa. No era el único plan que tenía a futuro. Luego de comprar un televisor nuevo para seguir al equipo de Messi –en las buenas y en las malas, como todo fanático que se respete– también soñaba con tener un hogar propio para sus niñas y sobre todo que la mayor postule e ingrese a la Escuela de la Policía. “Papá, voy a ser Policía; lo que tu no has sido, yo lo voy a ser”, le decía su hija mayor.

Nildo no llegará a ver su anhelo hecho realidad, pero aquella promesa es suficiente para imaginar que el sereno que hinchaba por el Barcelona cumplirá su sueño algún día.

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Luis Alberto Siancas Saucedo

Piura, 1958

Radiotécnico

La personalidad se forja no solo con los aciertos en la vida, sino también con las frustraciones. Luis Alberto Siancas Saucedo, de 61 años, conocía aquellos reveses tanto como las piezas de los aparatos de radio que reparaba. Fue criado por su abuela, y a los 17 años se presentó al cuartel de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) para servir al país. Apenas permaneció dos semanas debido a la insistencia de su abuela, que, temerosa de que le pasara algo, todos los días se paraba en la puerta del cuartel a llorar y a pedir que le devolvieran a su “hijo”. 

“Fue un episodio que lo marcó mucho, porque siempre me lo comentaba cuando hablábamos”, recuerda su hijo, el periodista piurano Wilson Siancas.

Era la segunda frustración en su vida. La primera fue no haber sido criado por sus padres genéticos, lo que a larga, dice el hijo, imprimiría hermetismo a su personalidad: era un hombre de pocas palabras, que no ahondaba en sus sentimientos, o prefería expresarlos en el amor a los animales.

La mayor parte de la vida de Siancas Saucedo se circunscribió al mercado de Piura. Tras estudiar electrónica en un instituto, montó allí, frente a su casa, una tienda para arreglar radios, licuadoras, televisores y otros artefactos. “Tanto le apasionaba su trabajo que dormía entre piezas de radios y trastos”, recuerda Wilson. El detalle más notorio de su cuarto era un minicomponente que armó con piezas viejas de esos aparatos.

Su otra pasión era leer y coleccionar la revista Selecciones y otros periódicos nacionales, cuya colección más tarde la heredó el hijo que se haría periodista. El año pasado, Wilson escribió un artículo sobre él para conmemorar el Día del Padre y le mandó un mensaje para que comprara el periódico. La respuesta del homenajeado fue escueta, pero emotiva a su estilo: “Muy bien, Wilson. Tus locuras me han demostrado mucho afecto”.

Luis Alberto Siancas nunca le contó a su hijo de manera específica lo orgulloso que se sentía de él. Wilson lo intuía, como cualquier hijo, pero lo confirmó con un mensaje de Facebook. Un señor escribió: “Lucho estaba muy contento con la historia que le publicaste en el periódico”. Y fue como escucharlo en directo. 

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Jorge Fremio Satalay Aranda

Tamshiyacu (Loreto), 1955

Técnico (r) de la Marina

Una imagen no solo cuenta una historia, también retrata una época. En una foto del pasado, Jorge Satalay sonríe ante la cámara, tiene puestos lentes de tipo aviador, el bigote típico de la época y viste el impecable uniforme de la Marina, de gorra, camisa y zapatos blancos, mientras exhibe una posición de descanso militar. Al fondo, la floresta, el techo de calamina para las lluvias y un local ambulatorio revelan su ubicación: el Hospital Naval de Iquitos. Se le ve feliz. No es para menos. Pasaron años y penurias desde que salió de la pobreza en Tamshiyacu, una localidad de Loreto a orillas del río Amazonas, hasta que se convirtió en técnico en enfermería de la Armada de Grau.

Mucho tiempo atrás, los padres de Jorge se ganaban la vida comerciando productos de la selva como plátanos y sandías que llevaban en bote al puerto de Belén. En Iquitos se les conoce como chacareros a las personas que dependen de las épocas de crecidas y vaciantes del río Amazonas para cultivar fruta y otros insumos de agosto a diciembre. El marino había vivido una infancia dura que le gustaba recordar cuando los años lo alcanzaron y lo elevaron a la condición de patriarca jubilado de la familia: “Nos contaba que de niño a veces no comía”, dice Roland Satalay, uno de sus cinco hijos.

Esa difícil época en Tamshiyacu y sus años como técnico en enfermería de la Marina, recorriendo el río Amazonas para realizar labor social en los caseríos más profundos de la selva, cimentaron su amor por Loreto. Estaba convencido además del potencial económico de su región. Sus viajes le habían confirmado que era posible construir un megaproyecto para facilitar el comercio exterior entre su localidad de origen, ubicada en la margen derecha del Amazonas, y los centros de producción del Yavari en Brasil. “Yo he recorrido esta selva cuando era joven y la carretera es posible”, decía el marino en sus años de retiro.

Después de vivir casi cuatro décadas en Loreto, Jorge fue enviado a Lima en 1993, que aún vivía los años más convulsos de la crisis económica derivada de la guerra antiterrorista. Al año siguiente, el marino se compró una casa en Ventanilla (Callao) y trajo a la capital a su esposa Eduarda Saavedra y a sus hijos, que en tiempos de fiebres y resfríos lo habían convertido en el médico privado de la familia. “Él nos atendía siempre”, recuerda Roland. En Lima, el técnico de la Marina cambió la pacífica rutina de navegar por los ríos de Loreto por el patrullaje de zonas bajo estado de emergencia.

En 1998, luego de años de servicio entre Iquitos y Lima, fue destacado a la Posta Naval de Ventanilla, cerca de su casa. Ese mismo año pidió su baja de la institución. Sin embargo, su espíritu emprendedor y los recuerdos de su tierra lo motivaron a volver a la selva. Así lo hizo. Muchos años después, cuando regresó, ya no era el joven marino de la foto en el Hospital Naval de Iquitos sino un abuelo enamorado de sus nietos que quería iniciar un negocio para heredarlo como testimonio final de su vida. El sueño lo empezó en la zona de Quistococha, en donde administró una laguna de crianza de sabrosos pacos y sábalos.

El patriarca de los Satalay quería transformar ese proyecto acuícola en la Amazonía en un lugar de recreo para las vacaciones de sus cinco hijos y sus siete nietos, con quienes siempre aparecía en fotos. “Este lugar es para la familia”, solía decirles Jorge. En realidad, él parecía anhelar que su estirpe volviera a la selva que lo vio nacer y morir. El 5 de mayo, el marino en retiro de 66 años falleció en el Hospital Regional de Loreto, que este mes se convirtió en el epicentro de la pandemia. En sus últimos días, según recuerda su hijo, un enfermero del nosocomio llegó a reconocer a Jorge ya que este lo había atendido tiempo atrás cuando trabajaba en el Hospital Naval de Iquitos.

“A este compadre nada lo mataba, pero esta fue su séptima vida”, dice su hijo mientras reflexiona en voz alta sobre lo curtido que era su viejo. En el obituario de Jorge Satalay Aranda podría escribirse que fue un hombre que sobrevivió a la pobreza de su infancia, a los patrullajes por la Amazonía, al terrorismo en Lima e incluso a un derrame cerebral pocos años antes. Quizá por eso es más difícil acostumbrarse a la partida de un ser querido. “Hasta ahorita no puedo creer que mi padre haya muerto, yo lo consideraba un gigante”.

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Jesús Aquiles Gamarra Ramírez

Áncash, 1953

Catedrático universitario

A sus 67 años, el economista Jesús Gamarra Ramírez no se ahorraba detalles para llevar una vida plena: su familia sabía que este hombre metódico de profesión compartía el rigor de la enseñanza universitaria con los partidos de fútbol de fin de semana con sus colegas de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP). Por lo que se puede reconstruir en la voz de sus deudos, en ambos campos obtuvo márgenes importantes de afecto.

Gamarra Ramírez encarnó el caso de quien se hace camino donde lo lleve el destino: nació en Áncash, pero desde muy pequeño se mudó a Lima con sus padres. Vivió en San Martín de Porres, en una casa grande que con el tiempo se convertiría en el centro de reuniones y celebraciones de la familia. Fue el mayor de siete hermanos, y a los 21 años –ya como profesional– se mudó a Iquitos, el corazón de la selva, donde se enamoró. Con su esposa el recorrido se extendería a medio mundo: Europa, Sudamérica, Estados Unidos y México. 

“Mi madre era su compinche, viajaban juntos, se divertían mucho, vivían plenamente”, dice su hija. 

En Iquitos, Jesús Gamarra se hizo docente universitario en la UNAP, y con el tiempo también enseñaría en la Universidad Científica del Perú, donde fue decano de la Facultad de Economía. 

Contra lo que indican los cánones de su profesión, Gamarra era dispendioso de afectos. “Tenía muchos amigos, amigos de verdad, que yo veía cuando era chiquita y luego ya de grande, ahora, o en su cumpleaños del año pasado”, dice Kelly Gamarra, su hija. Pero quizá el momento cumbre ocurría en las esperadas fiestas de septiembre, cuando toda la estirpe Gamarra se reunía para celebrar el cumpleaños de la matriarca de la casa.

Entonces el casi siempre metódico catedrático de Economía se convertía en un consumado bailador de salsa. “El que tiene son, tiene son”, repetía, según recuerdan en casa. Hay videos de esos días que acreditan su talento.

Jesús Gamarra no tenía planeado jubilarse. Tampoco padecía enfermedades preexistentes y comía sano. Por eso su muerte cogió desprevenidos a todos. “Hasta ahora no me lo creo”, dice su hija Kelly, quien ha recibido muchas llamadas de condolencias. En el metalenguaje de los economistas se diría que su desaparición ha remecido una cadena productiva de sentimientos. Tal vez baste decir, con el mejor tono salsero, que el barrio se ha quedado con pena.

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Aníbal Muñoz Mendoza

Iquitos (Loreto), 1966

Médico oncólogo

En la cama del hospital donde estaba internado, el doctor Aníbal Muñoz escribió un mensaje que confirmó la idea que muchos tenían de él: la de alguien que convierte el infortunio en una fuerza vital. “No tengo muchos recuerdos de mi infancia, porque al principio solo había pobreza y ganas de estudiar con más ganas”, decía el texto, que se viralizó mientras Muñoz luchaba contra el virus. La paradoja es que su partida, convertido ya en un médico respetado y querido, ha marcado la memoria de mucha gente, como se ve en muchos muros de redes sociales. 

“Desde pequeño soñaba con ser médico”, cuenta su hermana Roxana. Eran tiempos recios y ambos ayudaban a su madre a vender pollo en el mercado central de Iquitos. Llegado el momento, tuvo que ir a trabajar en campo para una empresa petrolera con el fin de ahorrar algo de dinero que le permitiera estudiar. Con el dinero que ganó, se compró una mototaxi. Con esa herramienta de trabajo se pagó la carrera en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) de Loreto. 

“Lo volvería a repetir cien veces más: manejar ese motocar que me permitió vestirme de blanco”, dice su mensaje escrito en el hospital.

Muñoz hizo su residencia en el Hospital Guillermo Almenara, de Lima. Se especializó en el tratamiento del cáncer. Un colega suyo ha recordado en redes que, en lugar de buscar otros horizontes, prefirió regresar a su tierra, donde promovió la apertura de la primera sala de quimioterapia. Era la voz más activa para pedir que se implementara una estrategia contra el cáncer en esa región. Lo que recordarán sus pacientes -algunos tan pobres que trataban de pagarle con animales de corral- es que siempre fue accesible, incluso si lo buscaban de madrugada para atender una urgencia.

En Alto Amazonas, donde fue gerente de la Red de Salud y regidor provincial, lo recuerdan como un médico altruista. En su afán por construir una mejor región fue también director regional de Salud de Loreto y candidato al Congreso en las elecciones del 2019.

“Que Dios me perdone, pero creo que acá Él se ha equivocado. Mi hermano no debió morirse, tan bueno que era”, dice Roxana. Muñoz deja dos hijos, de 22 y 12 años, y antes de morir se enteró que sería padre por tercera vez: su esposa tiene dos meses de embarazo. 

Era un soñador que dejó proyectos inconclusos: un consultorio médico a medio construir y la idea de levantar un hospital oncológico. Sabía que el sistema de salud es precario en la selva, por eso cuando ingresó a la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital regional dijo que quizás iba hacia la muerte. El último viernes, el médico hubiera cumplido 54 años. El avión que lo trasladaría a Lima, para intentar salvarlo, llegó unas horas tarde.

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Marcelina Maynas Collantes (Soi Same)

Ucayali, 1950

Artesana y comerciante

La inspiración de Marcelina Maynas nació en sus ojos. Desde que era pequeña, su madre aplicaba un secreto ancestral para cultivar la herencia de las mujeres artesanas de Ucayali: unas gotas de la planta medicinal ‘piri piri’ en sus retinas generaban el efecto mágico para plasmar la cosmovisión de los pueblos shipibo-konibo en prendas de vestir y accesorios. “No hacía diseños repetidos, los creaba al momento”, cuenta su hijo Ronald Suárez, sobre esa habilidad que la convirtió en una maestra para la comunidad, y en el personaje más importante de consulta para los académicos que estudiaban su cultura.

Hay múltiples formas para dirigirse a los maestros que dejan huella en las lecciones de clase. A Marcelina solían llamarla ‘madre’ como un atributo de familiaridad y reconocimiento de sabiduría. La tradición del pueblo shipibo-konibo asigna nombres, en algunos casos, para destacar las cualidades de una persona. Es así que ella recibió el nombre de Soi Same, que significa mujer fina y hermosa. 

¿Y cómo se hace el diseño?, era la pregunta que solían hacerle investigadores, comerciantes y hasta diseñadores de moda, atraídos por la calidad de los textiles de Marcelina Maynas. Ella confeccionaba faldas, blusas, gorras y brazaletes a base de hilo y mostacillas. La preparación tenía mucha mística: los colores y los diseños procedían de la fuente natural de los árboles. Es toda una cadena de conocimiento que Soi Same transmitía a cualquier interesado en la artesanía indígena. Por eso científicos sociales del país y el extranjero viajaban hasta Ucayali solo para conocer esa experiencia de cerca. 

Marcelina Maynas era una mujer autodidacta. Nunca asistió a la escuela por las nulas condiciones de acceso a la educación en su comunidad, pero eso jamás la detuvo. Aprendió a leer y escribir por iniciativa propia. Cuando empezó a formar parte de una congregación evangélica, ya era capaz de leer la biblia en su lengua natal. Decía que lo correcto era expresar el mensaje de manera clara, sin retórica, para que entienda lo mismo desde un niño hasta un anciano. “Ella me enseñó a escribir bien en shipibo para graduarme, y nos corregía cuando hablábamos o leíamos mal nuestra lengua”, dice su hijo Ronald Suárez.

Muchos lingüistas que preparaban maestrías y doctorados también la buscaban para despejar las dudas y recibir lecciones.    

En distintas ocasiones, Marcelina fue la voz de aliento y fuerza de la comunidad cuando se reportaban daños ambientales de las petroleras o taladores ilegales. Criticaba el hecho de que los recursos naturales sean para esas empresas una fuente de lucro económico, mientras que para su pueblo son la clave de su subsistencia. Con ese mismo ímpetu hacía frente a la discriminación: no pocas veces sufrió insultos por su origen indígena en los mercados de la ciudad de Pucallpa. Eso empezó a afectarle cada vez menos cuando notaba el interés de otra gente por revalorizar su cultura. Decía que las enseñanzas y creaciones conectadas a la naturaleza no son motivo burla. 

Esa misma confianza la transmitió a sus hijos. ”Tú tienes que estudiar y ser profesional. Eso es lo que te va a hacer diferente. No tengas miedo”, recuerda Ronald que ella decía cada vez que él se quejaba de haber sido discriminado en el colegio.

Un día, Marcelina Maynas propuso organizar una marcha contra la discriminación en rechazo a las declaraciones de un congresista que, tras el asesinato de una mujer indígena durante una sesión de ayahuasca, había ofendido las costumbres del pueblo shipibo-Konibo. La protesta impactó en la ciudad de Pucallpa, al punto que los pueblos asháninka, yine, wampís y achuar se sumaron a la jornada.

Soi Same era generosa y servicial con las personas que lo necesitaban. Hasta sus últimos días gestionó la entrega de canastas de víveres para algunas comunidades indígenas en Ucayali. Su hijo Ronald asumió la tarea de repartirlas. Fue en medio de esos ajetreos cuando ella empezó a sentir mucho malestar. Entonces, ella aprovechó en decirle que sentía orgullo al verlo convertido en dirigente de las poblaciones shipibo-konibo en Ucayali, y que la gente reconocía su trabajo. “Hay que ser justo, y no ser corrupto. Nunca se debe robar al pueblo, no quiero verte en la cárcel y sentir vergüenza por eso”, le dijo. Era la lección de vida que el hijo nunca podrá olvidar.

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Orlando Jaime Vásquez Zumarán

Lima, 1966

Suboficial de la Policía

Apenas cayó la pandemia, el suboficial PNP Orlando Vásquez empezó a llevar consigo un termo con agua de cebolla caliente preparado como receta casera por su esposa, y una Biblia enfundada en cuerina negra regalada por su madre. Eran sus dos amuletos mientras conducía uno de los patrulleros de la Comisaría de la tercera unidad vecinal de Mirones, en Lima. “Es mi trabajo y tengo que cumplir; me voy a cuidar, te lo prometo”, fue la respuesta que le dio a su esposa Luzmila Nuñes, cuando ella le propuso renunciar a su labor de patrullaje durante la Emergencia Sanitaria.

Orlando era un apasionado del estudio y de la amistad. Días previos a los últimos exámenes de ascenso en la Policía, vivía encerrado en un cuarto de su casa en el distrito de Mi Perú (Callao). Aquel esfuerzo ya se había reflejado en el pasado con los 98 puntos de un total de 100 que alcanzó tras rendir su evaluación. Además, en sus 27 años de servicio, siempre fue un colega excelente y respetuoso, según la infinidad de policías que han contactado a Luzmila para darle el pésame por la partida de su esposo, el pasado 20 de mayo. “Me llaman amigos de él que yo no conozco para decirme que fue una excelente persona; incluso he recibido la llamada de la señora encargada de preparar los alimentos en la Comisaría”, cuenta Luzmila.

El termo caliente era una de las tantas muestras de amor que Luzmila le dio a Orlando en sus 26 años de casados. Ambos se conocieron a inicios de la década de los 90’. En ese entonces, ella era practicante de enfermería en la Clínica San Juan de Dios, y utilizaba el transporte público para regresar a su casa. Como su paradero final era el último de la ruta, Luzmila siempre conversaba con el chofer del bus, quien solía decirle: “Señorita, estudie y sea algo en la vida”. En uno de los viajes el diálogo tuvo un tercer interlocutor: Orlando Vásquez, el hijo del conductor que estaba sentado en uno de los asientos. Aquel lejano día empezó una amistad que se transformó en salidas recurrentes y en un noviazgo que luego acabó en boda. El 30 de abril de este año, ambos renovaron sus dos décadas de matrimonio. Luzmila siempre recuerda la promesa de su marido: “Juntitos hasta viejitos”.

Un 4 de mayo de hace 14 años, Orlando y Luzmila tuvieron una hija que bautizaron con el nombre de Nayaret. “Lo vi tan contento ese día, ella era su adoración”, dice la esposa por celular, al mismo tiempo que aprovecha y pone el aparato en altavoz para que la menor recuerde las aventuras del padre. Por ejemplo, el año pasado Orlando se escapó por algunos minutos de su patrullaje de rutina para asistir a la actividad por el Día del Padre en el colegio de Nayaret. Tal era el amor que sentía por su hija. “Él siempre decía que se iba a retirar cuando cumpla 30 años de servicio, para comprarse un carro nuevo y llevar a su hija a la universidad”, cuenta Luzmila.

Sin embargo, Orlando tenía un sueño más inmediato: una gran fiesta por los 15 años de su hija en el local de la Iglesia Evangélica Presbiteriana y Reformada, ubicada a tres cuadras de su casa en Mi Perú. En ese mismo espacio, dos años antes, Orlando había renovado sus votos como cristiano, vestido con camisa blanca y corbata, y acompañado por su familia. Cuando estaba de franco, él acompañaba a su familia al culto de los días domingo, entre las 11 de la mañana y la 1 de la tarde, y a las lecturas bíblicas de los martes y los jueves de oración. “Se entregó plenamente a serle fiel a Dios”, dice Luzmila.

Orlando dedicaba varias horas de su tiempo libre a leer y estudiar la Biblia, a pesar de que a veces sus colegas lo molestaban en el trabajo. “Él me decía que no le importaba, y nunca contestaba de manera grosera”, asegura su esposa. Quería estudiar y ser presbítero de su Iglesia, pues estaba comprometido en elegir el camino de Dios, según sus propias palabras. La tremenda fe de su esposo, que se reflejó en las largas noches de lectura de su credo y en la dedicación de servicio en su trabajo, hoy reconfortan a Luzmila en tiempos de duelo: “Él ahorita está feliz al lado del Señor”.

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Ernesto Canayo Vásquez

Pucallpa (Ucayali), 1975

Trabajador de limpieza de la Municipalidad de Lima

Ernesto Canayo creció en el corazón de Pucallpa, rodeado de árboles y escuchando el trino de los pájaros y el rumor de la lluvia. Exactamente, a la altura del kilómetro 15 de la carretera Federico Basadre, entonces una extensa pista de tierra colorada. “Por la sede de la Misión Suiza en Perú, por ahí, adentro, está nuestro pueblo”, recuerda su hermana Rossi, sobre los imborrables años de su infancia. En el escalafón de autoridad del hogar, Ernesto era quien asumía la protección y cuidado del linaje de los Canayo, cuatro niñas y un niño, cuando mamá debía dejarlos solos para trabajar vendiendo artesanías en la ciudad.

“Tengo recuerdos hermosos de él: a veces no teníamos qué comer, y nos llevaba a pescar”, cuenta Rossi en estos días de luto. Uno de ellos siempre persiste en su memoria. Son las 9 de la mañana, ella lleva fósforos y una ollita en la mano para preparar la comida, mientras sus hermanos, con Ernesto a la cabeza, caminan rumbo a las aguas del río Ucayali. Ese entrañable recuerdo de liderazgo familiar, Canayo lo intentó replicar en Lima, cuando llegó con apenas 19 años. Eran los ‘90 y la capital, caótica y agresiva, apenas sobrevivía a sus peores años.

Con el tiempo, y el talante de todo buen hijo de la selva, Ernesto acabó velando por los suyos desde el asentamiento de Cantagallo, en el distrito del Rímac, en donde vive la emblemática comunidad Shipibo-Konibo desde hace dos décadas. Así fue, en las buenas y en las malas. Durante los últimos años se dedicó a las labores de reconstrucción de la comunidad, luego de que un sorpresivo incendio dejara sin hogar a más de 500 familias. “Era noble, siempre apoyaba y buscaba lo mejor para todos, no solo para él”, dice su hermana.

Ese rasgo de su personalidad fue más que visible apenas inició el Estado de Emergencia en marzo último. Ernesto le pidió a su pareja regresar a Pucallpa junto a su bebé de apenas dos años para ponerse a salvo de la enfermedad. Entonces, él laboraba para la Municipalidad de Lima en el rubro de limpieza pública, que continúo funcionando como muchas otras labores esenciales. “Váyanse ustedes”, le dijo Ernesto a la madre de su hijo, rememora Rossi. Luego ambos hermanos se hicieron compañía a través de largas conversaciones telefónicas diarias que apenas presagiaron el fatal desenlace.

Hoy, mientras evoca al pariente perdido, Rossi recuerda que los avatares de la vida diaria, los años en Lima y la distancia del hogar asentado en la margen de la carretera Federico Basadre, nunca hicieron que su hermano olvide sus raíces. Ernesto siempre reivindicó su idioma y sus costumbres. Incluso cuando su madre viajaba a la capital para visitarlo, ambos salían a pasear vestidos con los trajes típicos de la comunidad Shipibo-Konibo. “Nunca tenía vergüenza”, cuenta Rossi, quien también migró de joven para trabajar en Ica.

El afán de Ernesto por visibilizar su origen era una de las solapadas maneras que encontró la nostalgia para recordarle su tierra y a los suyos. En efecto, él pensaba volver a Pucallpa para cuidar y apoyar a su madre y a sus hermanas. Ellas lo sabían y también lo añoraban. “Era nuestro hermano mayor, pero para mí era ‘mi hermanito’. Sin importar su edad siempre será mi hermanito”. Entre los hijos del lejano hogar de la infancia, rodeado de la selva, los pájaros y la lluvia, el recuerdo de esos años es imperecedero. Ernesto siempre será recordado como el niño que los llevó a pescar al río.

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Bernarda Milagro Gallardo Juárez

Piura, 1961

Cocinera

Si no enfrentáramos esta pandemia, que ha obligado a cancelar las manifestaciones públicas, el sepelio de Bernarda Gallardo Juárez hubiera tenido la asistencia de un concierto de cumbia. Quizá tanto como el de su hermano ‘Makuko’ Gallardo, el recordado vocalista de la orquesta piurana Armonía 10, que hace años fue despedido entre colas inmensas y un mar de dolientes en Piura. El vínculo de Doña Bernarda con la orquesta no estaba en el parentesco, sino en los potajes que ella preparaba para los cantantes e instrumentistas antes y después de cada presentación. Y ya se sabe que la música y la comida son los pilares de nuestra educación sentimental. 

Los domingos, el patio de la casa de Bernarda Gallardo se copaba de comensales que disfrutaban del frito, un plato que incluye arroz, plátanos, tamales y carne de chancho. Entre los asistentes uno podía cruzarse con el ‘Gato’ Bazán, el icónico animador de la orquesta; en su momento con Percy Chapoñay, ya fallecido, celebrada voz de éxitos como ‘Pobre soy’ o ‘Un cigarrillo y un café’; y con el resto de las voces de oro de Armonía 10. Todo peruano del norte sabe que la comida es el territorio popular de la democracia: no era raro que la sazón de la casa atrajera también a los integrantes de Agua Marina -otra mítica orquesta piurana de cumbia-, a autoridades y gente sencilla, a propios y extraños.

Como en buena parte del imaginario cumbiero, la historia de Bernarda Gallardo hablaba de una vida de rigores y emociones. De niña trabajó vendiendo yuca y condimentos en el mercado de Piura, junto a su hermano ‘Makuko’, quien en alguna época también trabajó en una cocina. Su madre les enseñó los secretos del frito, la patasca y el mondonguito, y Bernardina Gallardo los transmitió luego a su hija menor, con la idea de entrar a una etapa más tranquila de la vida. 

A inicio de la pandemia, ella estaba sana, acudía puntual a los controles médicos propios de su edad, y llevaba unos meses en un programa nutricional para controlar su peso. Por eso su hijo Kristofer piensa ahora que el mayor riesgo quizá estuvo en su carácter solidario: como vivía al frente del mercado de la ciudad, muchas personas le confiaban sus paquetes de provisiones mientras terminaban de hacer sus compras. Ella los recibía sin poner excusas. “Quizás alguien que le encargó una de sus bolsas de víveres la contagió. Era tan buena, nunca decía que no”, lamenta el hijo. 

La noticia de su muerte causó consternación en el barrio. “Muchísima gente del mercado me llamó a agradecerme y a darme las condolencias”, dice Kristofer. Con ella se pierde una oficial mayor de eso que el famoso chef Gastón Acurio denominó como el ejército de paz de los cocineros del Perú. La cocinera de la cumbia, también se podría decir.

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Santiago Ricci Pizango Sandoval

Tambopata (Madre de Dios), 1970

Técnico de la Marina

Poco después de perder a su madre, Santiago sintió que tenía una tarea por cumplir: velar por el lugar de su descanso final y proteger su recuerdo del olvido. Como buen militar que invocaba disciplina y puntualidad como mandamientos para sus hijos, acometió la labor con la misma devoción y amor que recibió de la mujer que lo trajo al mundo en Madre de Dios. Por eso, luego de su entierro en el cementerio de Puerto Maldonado, una idea lo abordó con obsesión: construir un mausoleo que hiciera justicia al amor filial que sentía por la señora Telma Sandoval.

Irónicamente, la rutina de la vida militar hizo que la tarea del mausoleo se retrasara y se hiciera más complicada de lo que parecía a simple vista, aun cuando Santiago era conocido por sus compañeros de la Marina con el apelativo de ‘Bala’ por su envidiable estado físico. “Mi papá fue muy dedicado a su trabajo, eso era lo primordial”, dice su hijo Juan, quien siguió sus pasos y se convirtió en marino. Aquella otra pasión, la carrera naval, los viajes a zonas de frontera, en barco por la costa y en lanchas a la selva en áreas de conflicto, finalmente lo estaban apartando del plan que se había trazado.

Debieron pasar dos años, y varios vuelos entre Lima y Madre de Dios, para que completara su cometido. En una de las primeras visitas al sepulcro de su madre, Santiago halló que el lugar había sido invadido por la vegetación. En el cementerio de Madre de Dios los muertos conviven en eterna disputa con la selva que reclama su espacio original. Luego de limpiar el área construyó un techo a dos aguas para que el sol y la lluvia no dañaran la capa de cemento sobre la tumba y finalmente levantó unas paredes de ladrillo rústico para proteger el terreno de la persistente maleza. Solo le faltaba tarrajear y pintar.

En la capital, el marino egresado de la Promoción 1993-B de la Escuela de Infantería de Marina, volvió a su rutina diaria. El año pasado había sido muy bueno para su historial. El Ministerio de Defensa le entregó la condecoración ‘Orden Cruz Peruana al Mérito Naval’, por sus 25 años de servicio, y además participó en el Ejercicio Multinacional de Ayuda Humanitaria ‘Solidarex’, junto con marinos de Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México y Panamá. Según su hijo, Santiago quería tanto a su institución que siguió trabajando aun sabiendo que padecía un mal cardíaco.

En esas estaba cuando el Gobierno decretó el Estado de Emergencia y la Marina se sumó al combate contra la enfermedad. “Mi papá estaba mal, pero aún así se arriesgó. A pesar de su situación ayudaba a la gente”, cuenta Juan, quien hoy está destacado en Loreto, uno de los mayores focos de la pandemia en Perú. Como militar, Santiago también sabía que su trabajo era de alto riesgo. Por ello, luego de la muerte de su madre, se encomendaba a ella cuando le pedía protección en sus redes sociales: “Recordándole a mamita que me cuide las 24 horas del día. De mi casa al trabajo”.

De aquellos mensajes, y de la vida naval de Santiago, nunca se advierte miedo a la muerte, solo añoranza y fe por el reencuentro final con doña Telma. Así también lo hizo saber en Facebook, cuando acabó el mausoleo de su madre: «Ya estaré contigo cuando el Señor lo quiera. Te extraño mucho».

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Neil Alarcón Quispe

Andahuaylas (Apurímac), 1986

Médico

Cuando se cuente la historia de esta pandemia, se recordará la carta desgarrada que una madre acaba de enviar al presidente de la República y a su ministro de Salud. «Sr. Presidente, no solo le escribo como madre, sino también como una extrabajadora del sector Salud que le ha dedicado más de 34 años al servicio, al igual que cuatro de mis hijos, quienes se encuentran trabajando en primera línea, 2 de ellos como médicos, uno como químico farmacéutico, y justamente mi último hijo, Neil, de 34 años, quien ha dado su vida por su vocación y sin ser escuchado por el Estado». La autora de la misiva, Mery Quispe Saldívar, no firma como la técnica en nutrición de toda la vida, sino con la autoridad del duelo que le toca: “Madre del Dr. Neil Alarcón Quispe”.  

El doctor Neil Alarcón era el último de siete hermanos. Entre los mayores hay un médico y obstetra, Carlos; un médico con especialidad en radiología, Jool; y el que optó por la rama farmacéutica, Ylich. Por eso no sorprendió que el menor de todos, que casi se crió en hospitales, optara por el mismo camino desde Andahuaylas hasta Pucallpa. 

Alarcón empezó su formación en la Escuela de Enfermería de la Universidad Nacional de Ucayali, en la misma ciudad donde trabajaban sus hermanos médicos Allí también desarrolló una inquietud política que lo llevó a ser miembro del Consejo Universitario. Con el tiempo logró el traslado a la especialidad de Medicina, y terminó sus estudios en la Universidad Privada Abierta Latinoamericana, en Bolivia. El último paso quizá define su temperamento: según su familia, se fue siguiendo el amor. “Era muy apasionado”, recuerda Jool Alarcón, el radiólogo de la casa, quien llegó a trabajar junto con él y tiene la memoria viva de muchos detalles personales.

Por ejemplo, que a Neil le gustó mucho el clima y la calidez de la gente de Pucallpa y que había decidido quedarse a vivir allí. El más joven de los doctores Alarcón quería construir una casa grande y el año pasado había comprado un terreno de varias decenas de hectáreas, donde pensaba criar animales. Pero su proyecto más ambicioso era abrir una gran clínica en la ciudad para atender a los más pobres y vulnerables.

Más que un sueño, era un proyecto en marcha: ya había abierto un pequeño centro de salud y él mismo había colaborado con la remodelación y el diseño de las instalaciones. Allí concentraría sus esfuerzos apenas culminara su Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUMS), en octubre del 2020. Mientras llegaba ese momento, todos los fines de semana viajaba a Lima para llevar una maestría en Salud Pública en la Universidad Alas Peruanas, donde estaba próximo a terminar su proyecto de tesis. Para entonces ya no era el muchacho que seguía a sus hermanos, sino el médico que modelaba su destino.

Cuando empezaron a conocerse las noticias de la pandemia, la madre de Neil Alarcón Quispe le pidió que dejara su trabajo en ese centro de salud que llevaba el sintomático nombre de ‘Fraternidad’. Él insistió: “Mamá, estoy al frente, no hay médicos y me necesitan”, recuerda la señora Quispe. 

Alarcón cuidó de otros colegas y vecinos contagiados con Covid-19 hasta donde pudo. Les entregó medicinas que se conseguían en Pucallpa, y cuando fue necesario le pidió a uno de sus hermanos que le enviara desde Lima una encomienda con más medicamentos y equipo de protección. En esos trances contrajo la enfermedad. Ahora su familia está convencida de que él mismo no recibió la atención adecuada que le hubiera salvado la vida. La certeza es más dura aún en una familia de especialistas de la salud.

«Sr. Presidente, ¿quién me devolverá a mi hijo? ¿Deben seguir la misma suerte mis otros hijos», preguntó la madre del doctor Neil Alarcón Quispe en la carta al presidente de la República. Se han hecho películas sobre esas circunstancias en que varios hermanos enfrentan el peligro por cumplir su deber en la misma trinchera, pero la realidad tiene su propia dureza.

La señora Quispe recuerda que hace muchos años, cuando empezó a trabajar como técnica en el hospital subregional de Andahuaylas, le preguntaron: “Usted tiene siete niños, ¿a cuántos de sus hijos va a dedicar al Ministerio de Salud?”. Ella recuerda haber contestado que, si dependiera de su elección, a todos. En ese momento fue un rapto de entusiasmo. Ahora es un recuerdo triste.

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Roberto Carlos Mozombite Olórtiga

Sullana (Piura), 1979

Suboficial de la Policía Nacional

Su padre Agustín Mozombite, un extécnico del Ejército, le inculcó dos lecciones que dejarían huella en su vida: cumplir con la palabra empeñada y ser agradecido con los que le dieran la mano. Desde su niñez en la calurosa Sullana, hasta sus últimos días en Lima, Roberto fue recordado por acatar esos preceptos. Los obedeció de chiquito, en el terreno arenoso que habitaba junto a sus seis hermanos, y mientras cuidaba los ladrillos que compraban sus papas para levantar su casa. Luego los practicó cuando ingresó a su segundo hogar: la Policía Nacional. “Fue el penúltimo, pero el más trabajador y empeñoso de nosotros”, dice su hermana Lucía.

Con las lecciones presentes del padre, Roberto estudió y se graduó de la carrera técnica de mecánica automotriz. Luego ingresó a la Escuela de la Policía y empezó una etapa de su vida que se prolongaría por más de 15 años. En ese lapso, el ‘Chino’ –como lo bautizaron con cariño sus colegas de armas– pasó por diferentes dependencias policiales en Lima, incluido un largo destaque de cinco años a la convulsionada zona ayacuchana del Vraem. Finalmente, llegó a la Comisaría de San Pedro en El Agustino, en donde sirvió en los últimos meses de su vida.

No contento con eso, Roberto postuló y cursó estudios superiores de Ingeniería Automotriz en la Universidad Tecnológica del Perú en Lima, al mismo tiempo que ejercía como policía. “Jamás faltó un día en cumplir sus labores. Podía tener mil compromisos, pero siempre su trabajo era primero”, dice Lucía al recordar a su hermano menor. Su padre le había enseñado a honrar su palabra y ese compromiso era con la Policía. En los últimos dos años, Roberto también dedicó parte de su tiempo a su gran amor: su madre Jesús Olórtiga, quien padecía de diferentes males de salud.

Por ella, el policía dejó sus estudios universitarios para costear el marcapasos que necesitaba y al mismo tiempo la acompañaba a su tratamiento de diálisis en el hospital. “Él regresaba a su casa a las 11 de la noche y luego se levantaba a las 4 de la mañana para ir a la comisaría”, recuerda su hermana. A pesar de todos los esfuerzos de Roberto, quien subió de peso por la preocupación y las malas noches, su madre falleció en junio del año pasado. Entonces, nadie presagiaba que los días de una letal pandemia nacida en China estaban por llegar.

Aquella muerte lo golpeó con fuerza. Sin esposa e hijos, doña Jesús era su gran motor para seguir adelante. Sin embargo, el tiempo cura heridas, incluso las más lacerantes. Para enero de este año, compartiendo el duelo con sus hermanos y amigos, Roberto ya estaba de regreso en la universidad, apenas le faltaba año y medio para acabar la carrera, y había retomado uno de sus pasatiempos: jugar fútbol y correr junto a sus amigos por la costanera. Tanto se había enamorado del deporte que llegó a instalar un pequeño gimnasio en su casa.

Los kilos ganados en los días de angustia por su madre habían desaparecido, pero los sueños por un futuro mejor estaban de vuelta. Su hermana recuerda que Roberto quería acabar sus estudios y quizá volver a su natal Sullana para invertir en algún negocio, mientras seguía en su querida Policía. Todo cambió en semanas. El 1 de mayo, al son de una trompeta fúnebre y con el quepi y la urna en manos, sus compañeros lo despidieron con una frase que resuena demasiado en estos días: “Honor y gloria, Roberto Carlos Mozombite”. El ‘Chino’ había partido.

Meses antes un colega lo llegó a fotografiar en su escritorio. Vestía camisa blanca, pantalón y zapatos negros y chaleco de oficina. Relajado y sonriente, parecía un detective de película.

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Robert Enrique Falcón Vásquez 

Iquitos (Loreto), 1965

Jefe municipal de Defensa Civil

Si el temple de cada persona se revela en las tragedias, la pandemia del Covid-19 agudiza rasgos de humanidad. El capitán de bomberos Robert Falcón mantuvo el sentido de su uniforme hasta sus últimas horas. “Ya internado, me decía que apoye a las otras personas y viejitos con el oxígeno, porque todo era un caos en ese hospital”, cuenta su esposa, Cathy Grandez. El principal establecimiento de salud de Iquitos ya era el epicentro de otra tragedia, una mundial, pero esta vez Falcón estaba entre los afectados.

La señora Grandez dice que el espíritu solidario de su esposo era legado de su padre, quien en su tiempo agotaba su sueldo para apoyar a jóvenes con talento futbolístico, pero agobiados por la pobreza. El turno de Falcón, miembro de la primera generación del cuerpo en Iquitos,  se produjo en el 2008, cuando un grupo de niños de la comunidad Los Delfines falleció víctima de leptospirosis, una enfermedad infecciosa y mortal que golpea la región. Al conocer el caso, Roberto Falcón, al mando de los Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF), empezó una cruzada -junto a bomberos españoles- para la instalación de plantas de agua potable en las comunidades que eran asoladas por la enfermedad. 

Al momento en que empezó la pandemia, el capitán Falcón llevaba más de tres años luchando por el traslado de un vehículo con escalera telescópica donado por los bomberos españoles del BUSF. Buscaba que el Gobierno Regional de Loreto o la comuna de San Juan Bautista asumieran los gastos logísticos. No lo consiguió, y eso debió ser un impacto en un hombre que se dedica a salvar vidas: una vez lloró de impotencia al conocer que tres niños y su madre murieron asfixiados tras el incendio de una vivienda del barrio de Belén. Él creía que los equipos pudieron salvar esas vidas. 

Falcón era ingeniero y tenía muchas ideas en mente para ayudar a su ciudad. Solía aparecer en los medios locales de Iquitos para brindar información sobre prevención de incendios en Navidad o para advertir sobre las medidas de mitigación ante la creciente de los ríos, un entorno natural y cotidiano para muchas familias de esta región amazónica. 

El bombero lo conocía porque, además, dedicaba sus ratos libres a la pesca deportiva. Viajaba por los extensos ríos de Nanay junto a ‘Los locos de la pesca’, un grupo de aficionados de distintas profesiones: funcionarios, mototaxistas, albañiles. Fiel a sus inquietudes, aprovechaba ese espacio para realizar con sus compañeros pescadores actividades navideñas en las zonas menos favorecidas.

“Hubo gente increíble que lo ayudó, y gente de la que esperó mucho, pero que ni ha aparecido”, lamenta su ahora viuda.  

El hombre que se dedicaba a socorrer a los demás falleció al lado de un ventilador mecánico portátil que sus hermanos de rojo le consiguieron pero que, según ha declarado su viuda, nadie en el hospital llegó a colocarle.

Entre las últimas acciones del jefe Falcón al frente del equipo de Defensa Civil en la municipalidad distrital de San Juan Bautista se recuerda un reparto de víveres para abastecer a los centros poblados de las zonas en cuarentena. De esas cruzadas cotidianas estaba hecha su vida de un bombero.

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Manuel Sánchez Cobos

Lagunas (Loreto), 1960

Periodista

El verdadero órgano de la memoria tiene que ser el corazón: podemos dibujar la biografía de una persona a partir de las emociones y pequeñeces compartidas. La esposa de Manuel Sánchez recuerda, por ejemplo, un detalle: lo primero que él le dijo al conocerse fue que era fiel oyente del programa musical que ella conducía en una radio de Iquitos. Loti Rimachi, sorprendida, solo atinó a decir que mucha gente lo escuchaba. Ese intercambio mínimo, una broma de momento, fue el inicio de una amistad que duró un año. Luego se hicieron novios y un año y medio después se casaron por la iglesia. “Ha sido el amor de mi vida, y le doy gracias a Dios por eso”, dice ella.

La señora Rimachi recuerda otros rasgos que pintan al Manuel Sánchez de sus ojos: el primer corresponsal de la cadena estatal en la región amazónica; el defensor de la naturaleza, que escribía artículos sobre ecología, tala ilegal, tráfico de animales, y delitos ambientales; el hombre que, incluso con treinta años de carrera a cuestas, procuraba mantenerse actualizado mediante capacitaciones online y cursos a distancia. 

Y recuerda también que estaban unidos por la fe. Manuel Sánchez era miembro, como ella, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ambos recorrieron pueblos de la selva llevando ayuda y predicando la palabra de Dios.

Se puede entender a un hombre por sus gestos cotidianos más que por su imagen pública. El retrato hablado de Sánchez dice que en sus ratos libres hacía pesca artesanal con sus colegas del canal. “A veces me enseñaba los videos de lo que pescaba y yo le decía: ¿por qué no me trajiste ese sábalo? Él me respondía: porque era muy pequeño, no cumplía la talla mínima”, dice la señora Rimachi. Nadie da medallas por lo actos de conciencia, pero estos generan memoria. 

“Era un hombre que se dejaba querer”, insiste la esposa.

Cuando estalló la pandemia, la empresa periodística donde Sánchez trabajaba mandó a sus casas a los trabajadores mayores de 60 años. A él le faltaba un año para entrar en ese grupo protegido. En lugar de quejarse, Sánchez se mantuvo al frente de la filial. Que en ese trance se haya contagiado se convierte en otro acto de servicio a la Nación.

Su esposa y sus dos hijos acompañaron a Manuel Sánchez hasta sus últimos momentos en el hospital de EsSalud. Lo vieron en la cama improvisada que le tocó dentro de una carpa, porque adentro todo estaba atiborrado, y pusieron a su lado un balón de oxígeno que costó 4 mil soles. Pero si le preguntan, la señora Rimachi, Loti, recuerda sobre todo que Manuel la agarró de la mano y le dijo que había visto cosas bonitas que ella no alcanzaba a ver. Fue un momento definitorio para esa historia de amor que empezó con aquella lejana broma sobre el programa de radio. La vida es eterna en cinco minutos, dice una canción que habla de alguien que también se llama Manuel. Ella cuenta que miró a su esposo con amor y se resignó. “Estoy segura que nos volveremos a encontrar en el cielo”, le dijo, y se echó a llorar. 

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Rafael Walter García Dávila

Iquitos (Loreto), 1954

Médico neumólogo

La pandemia nos ha empujado a una retórica de guerra para hablar de una lucha contra un enemigo desconocido y terrible. Lisbeth Castro, la esposa del médico neumólogo Rafael García Dávila, usa esas palabras con la misma precisión. “¿Qué hacen las mujeres en la guerra, cuando caen sus maridos? Agarran el fusil y se ponen a luchar. Así que en ese momento me dije: ‘Anda, coge ese carro y ve a despedir a tu compañero’”. La señora Castro dice que se encomendó a Dios y salió rumbo al cementerio. Hacía frío. No había flores ni dónde comprarlas. Cuando llegó al camposanto Jardínes del Edén, arrancó unas flores y le hizo un ramo para despedirlo. Unos hombres la condujeron a la tumba donde iban a enterrar a su esposo, fallecido el último 3 de mayo víctima del coronavirus.

-¿No vamos a rezar?- les preguntó ella. 

-No- le dijeron-. Este es el nuevo protocolo, mil disculpas. 

Lisbeth Castro pidió que la dejaran rezar un momento. Colocó las flores en su tumba y regresó sabiendo -recuerda ahora- que pudo acompañarlo en el último momento, cosa que no pueden hacer muchas otras personas golpeadas por el mismo dolor. “En el camino pensaba que se empieza de a dos y se termina en tribu. En circunstancias normales, cuando estás mayor y falleces, la tribu va a despedirte: los hijos, los nietos, los sobrinos. Pero ahora no es así”. Castro dice que les tocó empezar de a dos y terminar de a dos, con la seguridad de que, en ese momento, en la última despedida, la tribu los acompañaba de lejos.

El día que el doctor García falleció, su esposa entendió la magnitud del amor del prójimo que el neumólogo había generado a su alrededor. Sus hijos le contaron –porque ella aún no ha tenido el valor de revisar las redes sociales– que a Rafael García Dávila lo han querido a montones: los niños a los que atendía en el hospital regional de Loreto o en su consultorio privado, las viejitas que le agradecían en la calle, o las personas que tocaban su puerta incluso de madrugada. El médico pegaba en la vitrina de su consultorio los dibujos que le regalaban los niños que atendió. 

Cuando estalló la pandemia, García Dávila le dijo a su esposa: “Voy a atender por teléfono, a cualquier hora”.  

Esa no era necesariamente una buena noticia: a sus 65 años, el doctor García era una persona vulnerable y el riesgo aumentaba en medio del colapsado sistema de salud de Loreto. En ocasiones, se quejaba de que ni siquiera había agua potable, recuerda su esposa. Ella, a pesar de su insistencia, no logró hacerlo cambiar de opinión.

En tiempo de paz -esto es, cuando no hay necesidad de que alguien tome un fusil para reemplazar a nadie- la vida del doctor García y su esposa habría sido un relato de compañía. Lisbeth Castro imagina que, si hubieran tenido un poco más de tiempo, estarían paseando, visitando a sus hijos, o en la reunión de cada año con sus compañeros de promoción de Medicina de la Universidad de San Marcos, en Lima, que casi siempre coincidía con su cumpleaños. En momentos como esos cantaban, bailaban, festejaban, tenían charlas interminables sin importar que terminaran hablando una vez más de lo mismo.

En ese tiempo sin retóricas de guerra, que ahora parece tan lejano, en vez de agarrar el fusil del esposo caído, Lisbeth Castro lo hubiera animado en su afán de aprender cosas. Las últimas inquietudes del doctor García fueron la informática y la carpintería.

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Luis Gustavo Herrera Ziegner

Lima, 1958

Suboficial de la Policía Nacional

Era policía de profesión, pero cocinero de vocación. Luis Herrera Ziegner nació en La Victoria, pero sus padres arequipeños le heredaron la sazón characata y el carácter bravío del Misti. Por esa herencia volcánica, aprendió tres platos clásicos que lo convirtieron en leyenda en casi todas las unidades policiales que recorrió durante más de tres décadas de servicio: rocoto relleno, malaya frita y adobo. Aquella condición de sibarita consolidó el sobrenombre que usualmente se le aplica a una persona que hallamos entrañable por su afición por la comida: “el Gordo”.

El apelativo, en realidad, le quedaba corto. Luis Herrera era un embajador de la gastronomía arequipeña en la Policía y sus compañeros gozaron por años sus platos de bandera. “Le encantaba cocinar en sus días libres. Muchos de sus colegas lo recuerdan porque llevaba su comida a las festividades”, dice su esposa Elena Criado. Hoy lo cuenta como anécdota, pero aquel rasgo definitivo de su personalidad se develó cuando ella acudió al puesto policial para recoger los objetos personales más preciados de su cónyuge.

“Encontré sus cubiertos guardaditos en su oficina. Era de buen diente, por eso sus utensilios para él eran… ¡uf!”, cuenta la señora Criado. El recuerdo de la partida de Luis Herrera aún está fresco en la memoria de los suyos. Casi tanto como la ilusión que él tenía por llevar a su hija a Disneylandia para celebrar sus 18 años. “Decía que ya había trabajado bastante en la Policía y que le tocaba salir de baja. Con su platita tenía la ilusión de poder darle ese gusto a su hija, ese era su sueño”, rememora.

En efecto, Luis Herrera entregó casi toda su vida a la Policía. De su época juvenil se conserva una foto de 1985, donde aparece delgado y con alrededor de 27 años. El tiempo parece haberse detenido en la imagen. Está sonriendo a la cámara mientras posa junto a sus colegas de equipo. Ellos visten pantalones cortos negros y camisetas deportivas de rayas negras y rojas. En esos días, mientras la subversión asediaba ferozmente en la capital, él estaba destacado en la Región Policial del Callao. Tres décadas después, Herrera se preparaba para el retiro mientras recorría diferentes grupos de la Dirección Nacional Antidrogas (Dirandro).

En el hogar como en su unidad, su ascendencia era entrañable, según su esposa: “Siempre enseñó a sus dos hijos la importancia de los estudios y la honestidad. Ellos son maravillosos porque se guiaron de él”. En la Dirandro, sus colegas cuentan su historia con cariño. “‘El Gordo’ siempre nos apoyaba, tenemos gratitud hacia él”, son las palabras de aliento que su viuda recibió por teléfono luego de su deceso. El respeto de sus compañeros destaca más porque Luis Herrera, como buen hijo de arequipeños, no tenía pelos en la lengua.

“Las cosas te las decía en la cara, pero si un colega se equivocaba también lo apoyaba”, dice su esposa. La mujer que lo acompañó por décadas lo recuerda directo y franco, pero también dispuesto a ayudar. El policía que adoraba las malayas y los adobos era solidario y compartía con los suyos tanto dentro como fuera de la cocina.

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Manuel Loro Ayala

Sechura (Piura), 1946

Comentarista deportivo

Lo que más se recuerda de una persona son sus maneras y sus pasiones, acaso porque ambas son rasgos casi imposibles de cambiar. A Manuel Loro Ayala le decían el ‘Loco Loro’ porque hablaba mucho, hacía amigos con facilidad y le gustaba dirigir las conversaciones. “Era bromista, generoso con mis abuelos, de gran corazón”, dice su hijo Edwin, el tercero de cinco hermanos. Tenía el buen humor del norte, como hijo de Bernal, un pueblo del Bajo Piura.

Manuel Loro tenía 74 años. El otro rasgo que marca la memoria de sus allegados es su pasión por el fútbol. Quienes lo conocieron dicen que fue un defensa central ineludible para los delanteros, que no dudaba en ir al choque con el rival, pero que también tenía técnica para salir jugando con frialdad y orden desde su posición. Defendió los colores de varios equipos del Bajo Piura, y hasta compitió en la Copa Perú, el torneo de ascenso para el fútbol profesional. El pelotero surgido de un amable pueblo de agricultores debió recordarlo como si hubiera jugado un mundial.

Cuando en 2015 el Club Deportivo La Bocana de Sechura ascendió al fútbol profesional, el ‘Loco Loro’ fue de los primeros en celebrar el triunfo y en comentarlo en varios programas deportivos locales. Para entonces ya era un hombre de 69 años, que guardaba cajones de recuerdos en la memoria y la cojera que le dejó la lesión que lo apartó del deporte. “A mí me gustaba escucharlo, tenía tantas anécdotas de su época de muchacho”, agrega su hijo Edwin.

Loro Ayala fue agricultor, chofer, teniente gobernador y hasta juez de paz. Sus vecinos lo recuerdan por haber impulsado el proyecto de agua y alcantarillado como integrante del frente de defensa del pueblo. Pero nunca de desligó del fútbol. Con los años se hizo delegado de varios equipos. Eso quiere decir que varias generaciones van a recordarlo.

“La vida se pasa rápido”, lamenta su hijo, quien nunca pudo llevarlo en una de sus tres embarcaciones pesqueras, para que los viera trabajar a él y a sus dos hermanos varones en el mar. Edwin dice que les queda el alivio de saber que -en este partido con triunfos y derrotas que es la vida- Manuel Loro demostró que el respeto y las buenas acciones siempre serán el camino. “Nos decía que nunca dejáramos de estar unidos, que sigamos trabajando como hermanos”, recuerda. Juntos, quizá, como un equipo de fútbol.

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Melissa Jeens Hashanga Marichin

Iquitos (Loreto), 1987

Enfermera

Le gustaba decirle “íntima” a sus amigas, mientras su hermana la llamaba “mi gorda”. Evangélica y creyente en Dios, divertida y alegre al mismo tiempo. Vivía a todo ritmo. Esa era Melissa Hashanga, natural de Iquitos (Loreto), heredera de una familia dedicada al rubro de la salud: tres de sus cuatro hermanas trabajan como enfermeras o en laboratorios clínicos. Nada le había llegado fácil en la vida. Luego de finalizar sus estudios en el colegio Teniente Manuel Clavero de dicha ciudad, se dedicó al oficio de la manicure y la pedicure. Pocos años después se convertiría en madre soltera.

En su entorno más cercano fue conocida como una mujer de espíritu infatigable y metas claras. Entonces, laboraba alrededor de un centro comercial de Iquitos, donde se concentran los pequeños negocios de pedicure. Allí, un grupo de loretanas, sentadas en sillas en la vía pública, trabajan embelleciendo las manos y pies de los clientes en tránsito. Aquella labor era temporal para Melissa Hashanga, solo una escala para conseguir uno de sus objetivos de la vida: abrir un salón de belleza para ayudar al resto de sus amigas en la cuadra.

Gracias a los ingresos que percibía por estos servicios pudo ingresar a la Universidad Científica del Perú para estudiar enfermería y seguir la senda de sus hermanas. El año pasado acabó sus estudios y casi cerró esa etapa de su vida. “Con la manicure ganó la plata que necesitaba para terminar su carrera. Tenía muchas amistades que la llamaban, era bien conocida porque promocionaba su talento de pintar uñas en Facebook”, recuerda su hermana Giovanna.

Aquella mujer trabajadora se inspiraba en su madre, quien crío sola a sus cinco hijas y que hoy deberá hacer lo mismo por su nieta. “Mi mamá era su sostén y su refugio. Cuidaba a su hija mientras ella estudiaba y trabajaba a la vez”, cuenta Giovanna. Los últimos días de su vida, Melissa Hashanga los pasó laborando en una de las postas de Iquitos y en el Hospital Regional de Loreto, mientras se preparaba para conseguir el título de bachiller que le abriría las puertas de un contrato estable como enfermera.

Con el dinero de su esfuerzo, Melissa soñaba con tener, además de su salón de belleza para ayudar a sus amigas, una casa propia e incluso una clínica. También quería inscribir a su hija en un buen colegio. Ninguna meta parecía imposible para ella. Al evocar su memoria, su hermana resume los rasgos más característicos de Melissa: solidaria, sentimental y fuerte, pero al mismo tiempo bromista. “Era una persona que vivía muy rápido”, dice Giovanna.

En efecto, aquella mujer vital y querendona, recordada por cantar y bailar música de la selva, partió precozmente. El próximo 4 de junio, hubiera cumplido 33 años.

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Iván Jacinto Mendoza Ángeles

Lima, 1977

Secretario del Poder Judicial

Iván Mendoza era una persona reservada en su vida profesional, pero muy cariñosa cuando se trataba de su esposa Sara Aristondo y su madre. Su trabajo como secretario del Juzgado de Familia de Puente Piedra, que día a día lo sometía a la lectura de voluminosos expedientes y disputas legales entre parejas, había forjado su perfil discreto. Cuando el sol caía y volvía a casa, su temple aflojaba y se convertía en un padre gentil y amoroso. “Se revolcaba en el suelo con sus dos hijos y disfrutaba jugando con ellos”, cuenta su esposa. Era, a todas luces, un hombre que amaba la vida familiar. 

De niño creció mirando a su padre, quien había sido policía. Por eso intentó continuar sus pasos, antes de inclinarse por la Facultad de Derecho. Postuló para ingresar a la academia de la Policía Nacional, pero “le faltaron algunos puntitos para entrar”, dice su esposa al rememorar que Iván también tenía un carácter abnegado cuando le tocaba sufrir algún padecimiento. “Tenía que estar mal para ir al doctor, él decía: ‘Yo soy fuerte, a mí no me va a pasar nada’”. Sin embargo, detrás de aquella personalidad reservada se escondía un hombre de buena entraña.

El abogado nacido en Lima y graduado en la Universidad Federico Villarreal tenía la misma devoción por su anciana madre, con quien guardaba una estrecha relación y a quien visitaba constantemente. El pasado 24 abril, en la última conversación que la pareja mantuvo por vía celular, la preocupación familiar de Iván era palpable. Sara estaba en casa mientras su esposo permanecía hospitalizado en una clínica de Lima Norte. La comunicación se realizó por celular y, a la luz del desenlace fatal del 1 de mayo, parecía una especie de despedida.

«Te pido que veas a mis hijos y a mi madre, yo nunca te voy a dejar desamparada, siempre voy a estar a tu lado», dijo Iván en la conversación. En pocas palabras, el abogado le encomendaba, a la mujer con la que había formado un hogar, lo más preciado de su vida.

Iván y Sara tenían muchos planes en mente. Habían programado casarse en septiembre de este año, para oficializar su amor de años; querían un tercer bebé en el 2021 y que sus hijos fueran profesionales: el niño abogado y la niña odontóloga. Los planes de ambos quedaron inmutables en el tiempo, casi tanto como las imágenes plasmadas en innumerables fotos que permiten evocar la felicidad de la pareja y sus niños.

En estos días de luto, la resignación a veces ayuda a sobrellevar momentos de dolor que no tienen explicación inmediata. La esposa de Iván Mendoza así lo entiende cuando se repite a sí misma: “Dios sabe porqué hace las cosas”.

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Sindefredo Moncada Chuquipiondo

Iquitos (Loreto), 1945

Comentarista deportivo

El mayor activo de una persona es la convicción de que puede lograr algo extraordinario. El periodista deportivo Sindefredo Moncada decía tener el secreto capaz de llevar al Perú a un campeonato mundial de fútbol. Quería ser entrenador de la selección nacional y siempre hablaba de lo que llamaba la fórmula 2000, una estrategia para que Perú clasificara mucho antes del milagro que en el 2018 rompió treinta y seis años de mala racha. 

El ‘Chato Moncada’, como le decían de cariño, planteaba que cada jugador trabajara en la dinámica defensa-ataque, en el puesto donde se desempeñara. Quién sabe si, de haber llegado el caso, los detalles de su idea funcionaran, pero cuando hablaba de cosas como esa, fuera de fútbol o de vóley, Moncada se emocionaba, vivía el tema, y se pasaba largas horas charlando con sus amigos con ese ímpetu de hombre de fe que lee la biblia en casa.

La vida de Sindefredo Moncada Chuquipiondo estaba marcada por el deporte. No solo sabía de fútbol, sino también de tenis, atletismo y otras disciplinas. Su hijo Luis guarda fotos de cuando era joven y en las que aparece levantando trofeos con distintos clubes, vestido de corto, en el campo de juego de turno. A los 75 años, mantuvo la pulsión deportiva como expresidente del círculo de periodistas deportivos del Perú – Filial Iquitos.

La noticia de su muerte el último 24 de abril sacudió el medio deportivo de Loreto. Clubes, como en el CNI de Iquitos (que jugó en la liga profesional) lamentaron su repentina partida, al igual que la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), que destacó su trayectoria.

Moncada pertenecía a una generación que vio en directo a los mayores tótems del fútbol peruano. Por eso solía hablar de César Cueto, el ‘Nene’ Cubillas, José Velásquez, el ‘Ciego’ Oblitas, entre otros. Se refería a ese tiempo como una edad dorada. El 2018 le permitió ver romperse la maldición de que los peruanos de su tiempo no gozarían al Perú en otro mundial. En sus últimos años, recuerda su hijo, Sindefredo Moncada decía que ojalá Dios le regalara más vida para montar una bodeguita en casa, vivir de esos ingresos y seguir hablando de fútbol. Tenía otra pequeña epopeya para contar.

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José Migdonio Hidalgo Pinedo 

Iquitos (Loreto), 1964

Brigadier de Bomberos

Los bomberos conocen la urgencia del fuego. No era raro que el brigadier José Migdonio Hidalgo dejara almuerzos y cenas truncos por salir a la carrera para atender emergencias, incluso en Navidad y Año Nuevo: el tiempo que toma una cucharada de comida puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. “Yo le decía: pero papá, no tienes porqué ir. O por lo menos termina de comer. Pero él, apenas escuchaba las sirenas, se paraba y se iba”, recuerda su hija Joana Hidalgo, de 22 años. El brigadier decía que el líder tiene que dar el ejemplo en la primera línea. Esto es: ser el primero que enfrenta el peligro.

No le gustaba que le dijeran jefe o teniente, prefería el trato horizontal. Por eso, además de llamarlo por sus grados o cargos, le decían viejo, abuelo, papá. “Sobre todo, papá”, recuerda la hija. Y no solo ella o su hermano, sino también los sobrinos del brigadier, los amigos más cercanos, los bomberos que trabajaban con él, los jóvenes que recién se incorporaban a la compañía B-41 de Iquitos o quienes trabajaron bajo su mando en el Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER) de Loreto cuando tuvo que atender a los damnificados del sismo de 8 grados que afectó el distrito de Lagunas.

El cariñoso apodo hacía referencia a ese carácter protector,  de alguien que busca perpetuar un legado.

Quizá por eso, los momentos más emotivos que se recuerdan del brigadier Hidalgo -solo superados por el impacto que le causó la muerte de su madre- no fueron las tantas acciones contra incendios o desastres, sino las graduaciones de sus hijos. El día que él mismo le entregó a su hijo el certificado que lo acreditaba como bombero, se quebró entre lágrimas. Y el día que fue a Lima para la graduación de Joana como administradora de negocios, apenas la vio con su toga y birrete, la abrazó y le dijo: “Misión cumplida. Ahora sí, la vida me puede llevar”. 

No dijo que la muerte se lo podía llevar, sino la vida. Porque -en palabras de la hija- el brigadier Hidalgo era un fiel creyente de la vida que defendía cuando se enfrentaba a un incendio. 

A Joana le gusta pensar que si su padre siguiera vivo, que si el Covid-19 no se lo hubiera arrebatado hace unos días, él hubiera llegado a ser brigadier mayor, comandante de la jefatura departamental de los bomberos, y hasta un cargo público de más alto nivel, porque si algo tenía era el fervor de servir. Así lo hizo hasta el final, en medio de la pandemia, siempre en la primera línea. Y ocurre que los buenos casi siempre se van primero. 

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Ricardo Marcelino Gutiérrez Aparicio

Chimbote (Áncash), 1959

Periodista

Su rostro sonriente cantando un Velero llamado Libertad aún permanece en el recuerdo de su esposa Carmen Astocondor. Como fiel hijo de una época, Ricardo Gutiérrez fue marcado con fuego por las románticas letras de José Luis Perales. Nacido en el Santa (Áncash), en pleno boom pesquero de los años 60 y 70, hizo sus estudios escolares en el colegio San Pedro de Chimbote y llegó a Lima a estudiar periodismo en la entonces Escuela de Periodismo Jaime Bausate y Meza, y Derecho en la Universidad Nacional Federico Villarreal. 

Con el transcurso de los años, atraído de manera definitiva por el periodismo y dejando de lado las leyes, llegó a trabajar como asesor de comunicación en el Estado. En aquellos días aún convulsionados por el terrorismo, Gutiérrez Aparicio paseó su optimismo inquebrantable por el extinto Ministerio de la Presidencia, encargado en diferentes programas sociales, hasta llegar al Programa de Desarrollo Productivo Agrario Rural (Agro Rural) del Ministerio de Agricultura. El contacto con el mundo andino lo marcó casi tanto como Perales.

“En Agro Rural tuvo la oportunidad de trabajar con radios comunitarias”, cuenta su esposa. Como buen periodista siempre rescataba el poder de la palabra ya sea laborando en el Estado, o colaborando con medios en los Andes en temas de difusión o empleando su conocimiento en la actividad privada. Fue jefe de imagen en empresas como la desaparecida aerolínea Americana de Aviación y recientemente de la Asociación de Hoteles del Perú. 

En estos días de luto, en casa lo recuerdan apasionado por los dos estandartes que defendía: el periodismo y el fútbol a través del Club Universitario de Deportes, pero sobre todo como un hombre positivo, guerrero y de espíritu libre. “Era muy difícil verlo con el ceño fruncido”, recuerda su esposa. Como buen chimbotano, hombre de puerto, su destreza con el limón, el cuchillo y el pescado lo convirtieron en un imbatible cocinero de ceviche. 

En los últimos años no anhelaba la jubilación: “Nunca pensaba ‘ya cumplí mi temporada y me pondré a descansar’”, dice su esposa. Creía que tenía toda la vida por delante. Marido, padre de cinco hijos y recordado en compañía de su perro Chelón, Gutiérrez Aparicio partió días antes de superar la barrera de los 60 años. Su cumpleaños era el 6 de abril. “Se fue sin despedirse”, se lamenta su esposa. 

Un adepto de Perales hubiera querido pensar que la canción del español le hizo justicia: “Y se marchó y a su barco le llamó Libertad, y en el cielo… pintó estelas en el mar”.

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Policía Nacional

Marco Antonio Ortiz Vásquez

Trujillo (La Libertad), 1968

Suboficial de la Policía Nacional

La vocación es esa parte de tu espíritu que sale a flote sin importar dónde te lleve la vida. El suboficial Marco Antonio Ortiz era un músico que se hizo policía. La suya es una de esas historias donde hay antecedentes claros: de niño jugaba a sacar ritmos con ollas, sartenes, cucharas y palos. Años después empezó a formarse de verdad en la banda de su colegio, el San Juan de Trujillo. Más tarde ingresó al Ejército y allí también se hizo integrante de la banda militar. Con el tiempo, logró compartir su trabajo de custodio del orden con el de miembro de varias orquestas de esa ciudad.

El paso a la carrera policial empezó con un asunto musical: un oficial había mandado buscar a los mejores músicos de Trujillo para formar la banda de la Policía. Marco Antonio Ortiz fue uno de los reclutados. Antes de eso, se ganaba la vida con un conocido grupo de mariachis que grabó canciones con orquestas sinfónicas. Los videos están en Youtube.  

Su esposa, Narda, recuerda que el día que nació su primer hijo Ortiz no estuvo presente, porque estaba tocando con su banda. Durante años usó sus días de franco para ganarse un dinero extra como músico. “Hace dos años me dijo: “estoy cansado, voy a parar un tiempo”, recuerda la esposa. Estuvieron de acuerdo en que había cosas más importantes que el dinero. “Éramos pobres, pero felices”, recuerda ella.

La vida hogareña también fue espacio para la música. El suboficial Ortiz disfrutaba la sazón de su esposa en el ají de gallina y las menestras, y, como recompensa por una buena comida, él le cantaba canciones de Camilo Sesto, Vicente Fernández y Juan Gabriel. La pasión musical era tan fuerte, incluso en la estrechez, que una vez se las arreglaron para juntar dinero y no perderse el concierto que el ídolo de Juárez llegó a ofrecer en la ciudad.

“Yo me imaginaba con él haciéndonos viejitos. Siempre me decía que al final nos quedaríamos solos, porque los hijos se van”, cuenta Narda. El sábado 9 de mayo cumplieron 28 años de casados, apenas un año más que los que tenía como policía.

El último destino de trabajo del suboficial Marco Antonio Ortiz fue la comisaría de Ayacucho, en el centro histórico de Trujillo. Al conocerse su partida, una foto suya en redes sociales recibió varios comentarios de pésame. En la imagen, Ortiz aparece uniformado. En vez de arma, lleva una trompeta.

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Fredy Jonny Rueda Chumpitaz

Lima, 1964

Técnico (r) de la Marina de Guerra 

A las tres de la tarde con veintitrés minutos del 22 de abril de 1997, el marino especialista en explosivos Fredy Jonny Rueda Chumpitaz hizo detonar una carga que iba a marcar la historia del Perú. Era el inicio de la Operación Chavín de Huántar, un rescate insólito con militares que surgían de túneles subterráneos, tiroteos en los salones de una imponente residencia y más de setenta rehenes aterrados en las habitaciones del segundo piso. La cobertura en vivo de las cadenas internacionales de noticias tuvo una audiencia mundial, y a la vez una audiencia cautiva en las casas de los comandos enviados a esa misión. “En ese momento, nos afectó, porque su vida estaba en riesgo. Sentíamos temor de perderlo”, recuerda Bryan Rueda, el hijo mayor del militar. 

La operación logró el rescate de 71 personas que permanecían desde hacía cuatro meses como rehenes del grupo terrorista MRTA en la residencia del embajador de Japón en Perú. Para entonces, Rueda tenía 33 años y una vasta experiencia como veterano de la guerra del Cenepa, que en 1995 enfrentó a Perú y Ecuador, y del combate contra el terrorismo, cuando estuvo destacado en Ayacucho. Un reconocimiento reciente por su participación en el rescate de los rehenes podía coronar una carrera: en el 2017, veinte años después de aquella detonación, fue reconocido de manera oficial, junto con sus compañeros, como Héroe de la Democracia.

Si vis pacem, para bellum, escribió un antiguo estratega romano. La vida de un militar supone la paradoja de prepararse para la guerra en busca de la paz. A inicios de siglo, entre los años 2005 y 2006, Rueda integró la misión de los Cascos Azules de la ONU para mantener la calma en Haití. Al año siguiente retornó al Perú para combatir a los remanentes de Sendero Luminoso en el VRAEM. Se puede conocer mucho escuchando a alguien que pasa la vida en territorios tan extremos. “Nos enseñó a mantenernos unidos a pesar de cualquier problema, como un solo puño”, dice su hijo Bryan. 

Tras una carrera que lo obligó a pasar largas temporadas lejos de su familia, Rueda Chumpitaz estaba a punto de jubilarse. Solía comentar lo que haría una vez estuviera libre para sus hijos y nietos, y hace poco ganó algo de tiempo con un viaje familiar al norte del Perú. Fue hace apenas dos meses, antes de que le tocara entrar de lleno a esto que se vive como una nueva guerra. 

Las últimas semanas trabajó en la base de La Marina en Ancón, desde donde salía a las calles para supervisar las guardias y rondas en el marco de la lucha contra el Covid-19. Quiere decir que la suya ha sido una muerte en acto de servicio. Ahora, gracias a una norma emitida por el Gobierno en el marco de la Emergencia Nacional, Rueda obtendrá de manera póstuma el último ascenso.

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Relacionados

Edición: Óscar Castilla, David Hidalgo y Nelly Luna.

Equipo de investigación: Ernesto Cabral, Ralph Zapata. Ilustrador: Omar Siancas. Fotos: colección familiar de los deudos.

(*) OjoPúblico recoge en este especial el testimonio de los familiares de los fallecidos por Covid-19 y hace públicos sus recuerdos con su debida autorización. Durante el proceso de recolección de las historias se verificó, con la ayuda de los deudos, que el fallecido dio positivo en la prueba serológica y que simultáneamente tenía los síntomas propios de la enfermedad que convierten un caso en sospechoso. En otros casos, los familiares incluso brindaron el documento sanitario oficial que certifica a esta enfermedad como la causa o antecedente de la muerte.

referencia:
www.diariosur.es
ojo-publico.com