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Objetivo: acabar con la hepatitis C en La Mina

Objetivo: acabar con la hepatitis C en La Mina

La ley de cuidados inversos, enunciada por el médico y sociólogo Julian Tudor Hart en 1971, dice que el acceso a la atención médica varía en proporción inversa a su necesidad en la población asistida. Es decir, que las personas con más necesidades son las que tienen más dificultades para acceder a los recursos…

Objetivo: acabar con la hepatitis C en La Mina

Trabajadores del centro de reducción de daños de La Mina. / RICARD CUGAT

Redactora

La ley de cuidados inversos, enunciada por el médico y sociólogo Julian Tudor Hart en 1971, dice que el acceso a la atención médica varía en proporción inversa a su necesidad en la población asistida. Es decir, que las personas con más necesidades son las que tienen más dificultades para acceder a los recursos médicos. Desobedecer a esa ley -que se ha hecho más que evidente durante la pandemia, con la telematización de tantos servicios- es uno de los empeños del programa para la detección y el tratamiento de la hepatitis C implantado en la sala de venopunción de La Mina gracias a una colaboración entre el Hospital Clínic -institución que pone a los profesionales expertos en hepatitis- y el Parc de Salut Mar, del que depende el centro de reducción de daños de en este estigmatizado barrio de Sant Adrià de Besòs, fronterizo con la capital catalana.

El éxito del programa radica en su flexibilidad total para con los pacientes. “Si tengo que enviar los medicamentos a la cárcel porque el paciente ha entrado preso, los mando a la cárcel. Si se los tengo que mandar a un CAS de otro barrio porque por lo que sea la persona no puede volver a La Mina, lo hago también. Si prefieren hacer el tratamiento en casa, se lo doy para que se lo lleven, y si prefieren que se lo guarde aquí, lo guardo”, narra Mont Gálvez, enfermera del Hospital Clínic cuya pequeña pero aprovechadísima consulta está en la sala de venopunción de La Mina. “Mi objetivo es hacer un cribado entre todos los usuarios y que todos los positivos se traten”, prosigue Gálvez. 

Que este programa del Clínic se haya trasladado físicamente a La Mina -y se desarrolle al 100% en este espacio, sin que los pacientes tengan que pisar ni una sola vez el hospital– tiene un porqué claro. La meta es eliminar la hepatitis C antes del año 2030, y el colectivo en el que esta enfermedad tiene una prevalencia mayor es el de personas consumidoras de droga inyectada. El 60% del colectivo tiene o ha tenido hepatitis C, cifra altísima, que preocupa especialmente por el 24% de personas que se reinfectan. 

El ejemplo de la cárcel dado por Gálvez no es anecdótico. Una tercera parte de los pacientes procedentes del centro ingresan en prisión durante los meses del tratamiento y el seguimiento. Dos terceras partes no tiene trabajo y una tercera no tiene casa, lo que dificulta enormemente el seguimiento de los tratamientos. Se trata de los más vulnerables entre los vulnerables. De las 919 personas consumidoras de droga inyectada a las que Gálvez ha invitado a hacerse la prueba -una prueba sencilla y rápida, con una gota de sangre- 420, el 46%, aceptaron hacérsela. El resto, no. O todavía no. El trabajo de Gálvez es también el de estar siempre allí con la puerta abierta, ser paciente y saber encontrar el momento.

De los 420 que aceptaron hacerse la prueba, 234, el 55,7%, fueron positivas y 168, el 72%, empezaron el tratamiento. Los datos los aporta el jefe de la unidad de hepatitis del Clínic, el doctor Xavier Forns, el hepatólogo que hace el seguimiento de los pacientes captados por Gálvez en La Mina a distancia, desde de su consulta en el hospital.  

Prueba para detectar hepatitis C en el centro de venopunción del barrio de La Mina.

Además de curarse de la enfermedad -obviamente, el objetivo perseguido por todos-, los profesionales del programa destacan que gracias a la vinculación al mismo, algunos hábitos de estas personas han mejorado, disminuyendo el consumo. Además, la compartición de la parafernalia ha disminuido de un 43% a un 19% -uno de los principales causantes de la reinfección- y las relaciones de riesgo de un 33% a un 16%. Es por cosas como esas que la historia del centro de reducción de daños de La Mina es una de las ‘G-Stories’, programa de la biofarmacéutica Gilead Sciences creado para contar historias de éxito en el ámbito sanitario con el objetivo de darlos a conocer a la población general, concienciar y hacer divulgación sobre distintas enfermedades.

Noemí González, coordinadora de la sala de venopunción, señala que la relación con el vecindario ha pasado por muchas fases, algo muy habitual en este tipo de equipamientos, tan necesarios como complejos. «Lo que siempre hemos querido hacer entender al barrio es que atrae lo que atrae a los usuarios de drogas aquí no es el centro de venopunción, sino los vendedores de droga. El centro está aquí porque tienen que estar cerca de los puntos de venta y los puntos de venta está aquí. Está calculado que el tiempo máximo entre la compra de una dosis y su consumo es de 10 minutos. No tendría sentido un centro de venopunción alejado de los puntos de venta”, señala la coordinadora del centro, que en 2020 atendió a 2.126 personas distintas, un 91% hombres. 45.281 consumos seguros en un año, un año, además, extraño, el 2020. Un año, además, en el que el centro no cerró un solo día y en el que se atendieron 188 sobredosis. 188 vidas salvadas.

La sala abre 10 horas al día y los vecinos reclaman más horario. Cierra a las ocho de la tarde y a partir de esa la venta de droga sigue, con lo que el servicio sigue siendo necesario. Entre las actividades que realizan con los usuarios para establecer un vínculo con ellos, más allá de ofrecerles un lugar seguro en el que consumir, está salir a recoger jeringuillas por el barrio. “Es una actividad que es remunerada; es un trabajo por la comunidad, pero un trabajo, además de una manera de generar convivencia”, destaca González. Realizan también salidas a un huerto comunitario del barrio y les ponen las noticias de varios países: atienden a muchos georgianos, por ejemplo, a los que les cuesta enterarse de lo que sucede en su país (muchos no solo no tienen casa, tampoco móvil).

Pese a que, actualmente, hay más casos de hepatitis que de VIH, socialmente el estigma y la preocupación todavía está más centrada en el VIH. A veces las personas acuden a la consulta a pedir la prueba rápida de VIH y Gálvez aprovecha y les convence para hacerse también la de la hepatitis.

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